Los Gozques de Jimena

Por : kapizan
En : Relatos

8

Zico, un enorme y juguetón Fila brasilero con antecedentes nobiliarios fue el único perro “fino” que tuvo bajo su amorosa tutela Jimena Hoyos, la hija de mi gran amiga Ana Souza Lepro. Lo adquirió en Bogotá a finales de los años noventa, con sus primeros honorarios como actriz en una producción colombiana. La conexión espiritual entre la tierna bestia y su amorosa dueña fue siempre intensa y su relación reflejaba una gran camaradería. Eran “parceros”. Cuando la vida llevó a la joven a New York su “room mate” fue Zico; juntos compartían el gélido invierno o el caluroso verano, trotaban bajo la lluvia en primavera o se echaban a tomar el sol sobre los prados tapizados de hojas muertas en Central Park. Infortunadamente, una traicionera e inesperada complicación intestinal se llevó a la mascota que emprendió camino hacia el cielo de los animales, dejando a Jimena sumida en la pena pero cargada de fotos y recuerdos de momentos que regresaban siempre teñidos con el color sepia de la nostalgia acumulada, en casi ocho años de convivencia y aventuras compartidas.

Tras la partida de Zico, Jimena decidió que nunca más tendría una mascota propia y volcó toda su capacidad de amor hacia los perros callejeros ― comúnmente conocidos como Gozques ― que deambulan en los pueblos y veredas de la sabana de Bogotá. Con el tiempo la actriz y modelo, se transformó en fotógrafa y dedicó su energía a recorrer los municipios cercanos a Cajicá en donde su madre, dirige Carambola un Restaurante Café Tango Bar. Allí, a comienzos del año 2012, Jimena diseñó un dispensador de comida concentrada para perros, que sitúa a pocos pasos de la entrada del restaurante para que los perros de la calle acudan a esta original forma de alimentación; no satisfecha con eso, realizó una exposición de sus fotografías enmarcadas por ella en forma muy original, con elementos tomados del entorno en que viven sus amados perros. La exposición, titulada Gozques, fue un éxito total pues permitió que la artista destinara el recaudo por ventas a la creación de una fundación protectora de perros callejeros.

Para finales del año 2012, Jimena preparaba una segunda exposición de treinta y cinco fotos de sus Gozques en los Estados Unidos, siempre con la mira de fortalecer la fundación para mejorar las condiciones de vida y la alimentación de los canes que merodean en los pueblos de la sabana. En esta primera publicación sobre los Gozques de Jimena, presento una foto de la artista y la foto de Sheriff uno de sus modelos que según su propia versión: “Con la mirada autoritaria de sus ojos me dijo su nombre: Sheriff; también me dijo que su sueño es ser Sheriff en un pueblo del Oeste de los Estados Unidos para capturar muchos bandidos, hacerse famoso y convertirse en una leyenda como John Wayne. En la foto parece recién desayunado y listo para salir a mantener el orden en Zipaquirá, la ciudad sabanera en donde vive. En el marco no podía faltar el símbolo distintivo de su rango”.

El Retorno

Por : kapizan
En : Relatos

6

Tabio. Colombia, miércoles 20 – 02 – 2002

Faltaban exactamente once minutos para las dos de la tarde. El viejo Andy se levantó de su silla con movimientos parsimoniosos, extrajo del bolsillo de su chaquetón de pana un paquete de cigarrillos mentolados, un antiguo mechero zippo, y con la calma de quien realiza un ritual tomó un cigarrillo, lo tacó cinco veces contra el vidrio de su reloj Omega, lo encendió, aspiró profundamente y salió del taller de Victoria, envuelto en una nube de humo, encaminándose a la cercana casita de los juguetes con el propósito de despuntar un sueño, conforme a su ya conocida costumbre de echar una siesta cuya duración el viejo calculaba dejando consumir el cigarrillo entre sus dedos, con pulso firme, hasta que el calor de la colilla encendida lo despertaba. Doce minutos después, la ceniza se sostenía como por arte de magia.

Pasados cinco minutos, Toya, como cariñosamente todos llamaban a Victoria, colocó sobre una pequeña mesa la paleta con óleos y los pinceles, retrocedió tres pasos para mirar apreciativamente el enorme paisaje de montaña al cual estaba dando los últimos toques, sonrió satisfecha, y dando media vuelta se dispuso a salir del taller para ir a espiar al viejo Andy, como lo venía haciendo desde que éste había decidido, meses antes, pasar con ellos no sólo los miércoles sino también los sábados y los domingos.
Para su esposo León, también pintor, y para su único hijo Oliver, que a los seis años de edad ya exhibía un trazo firme y una aptitud natural para la creación artística, las visitas del viejo eran todo un acontecimiento. Para empezar, la presencia de Andy había impuesto, sin proponérselo, una rutina y un horario que introducían un cierto ritmo a las actividades del grupo familiar, muy diferente al despreocupado transcurrir de los demás días de la semana; empero, la familia de artistas se preparaba para recibir al viejo y aceptaba amorosamente sus excentricidades.
A las siete en punto de la mañana, tanto miércoles como sábados, con una leve presión de su mano izquierda el viejo detenía el trote de Misty, la yegua alazana a lomos de la cual recorría los siete kilómetros desde su cabaña, en la ladera oriental de la peña de Juaica, hasta San Sebastián del Bosque, en las estribaciones de la serranía de Sué, a cuyos pies se extiende el fértil valle de Tabio y Tenjo. El viejo desmontaba, desatalajaba la yegua, desenrollaba un ronzal, se lo anudaba alrededor del cuello y la conducía a la quebrada, a pocos metros del taller de León, para que abrevara. Después la soltaba en los verdes prados que se extendían al pie de los cerros. A las siete y media se reunía con León, que le tenía preparada una humeante taza de café negro con una cucharadita de azúcar, y se sentaban sobre dos troncos de madera, en la parte posterior de la casa, a charlar mientras fumaban. Toya, que los escuchaba desde la cocina, se ocupaba en preparar un delicioso desayuno con arepas antioqueñas, chocolate, queso campesino y huevos revueltos, que servía a las ocho y cuarto.
Después del desayuno, hacían charla de sobremesa hasta las nueve y a esa hora León y el viejo salían a dar una caminata por los alrededores de la finca hasta las diez de la mañana, en que los dos regresaban y se encerraban en el taller del pintor en donde se enfrascaban en alguna charla en torno al arte. El almuerzo se servía a las doce en punto, y a la una de la tarde Andy se acomodaba en una poltrona en el taller de Toya y le declamaba poemas de autores hispanoamericanos de todas las épocas, mientras ella pintaba sus paisajes.
Poco antes de las dos de la tarde, el viejo se ausentaba para hacer la siesta, regresaba al taller y dedicaba el resto del tiempo a especular sobre temas o preguntas filosóficas que Toya le planteaba, hasta la hora de la comida, que preparaba y servía León, a las siete de la noche. A las cuatro de la tarde se les unía Oliver, que hacía sus tareas escolares con la ayuda de su madre y después se instalaba a pintar en un cuaderno de dibujo con lápices de colores o a moldear pequeñas figuras de animales en plastilina o en arcilla. Los sábados, después de cenar, Andy jugaba un rato con Oliver, le contaba historias o inventaba para él cuentos fantásticos que le narraba sentado en el borde de su cama, hasta que el sueño vencía al niño y el viejo regresaba para conversar con la pareja al calor de la chimenea, hasta la media noche. Los miércoles y los domingos después de cenar, el viejo se despedía, salía de la casa, llamaba con un silbido a la yegua, que acudía presurosa; la ensillaba, montaba y emprendía un ligero trote rumbo a su cabaña.
Esa tarde hacía frío. Un viento helado mecía las copas de los árboles. Las nubes cargadas presagiaban un fuerte aguacero. Toya se puso un ajado chaquetón de cuero y con paso rápido recorrió los treinta metros que separaban su taller de la casita de juguetes, en cuyo interior el viejo había instalado una cómoda poltrona que usaba para sus breves siestas. Frente a la puerta de la casita, echado con indolente pose, dormitaba Gris, el perro sin linaje que se había unido a la familia desde su llegada a San Sebastián; sobre el techo revoloteaba en círculos Da Vinci, el colibrí que había convertido el jardín de León en su paraíso; y embelleciendo el cuadro, cual delicadas pinceladas sobre el alero, una pareja de pájaros cardenales, con sus rojos penachos enhiestos y sus alitas plegadas, entonaba su triste melodía. La escena en el interior de la casita era apacible: Andy reposaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha y el cigarrillo entre los dedos, casi completamente consumido, pero con la ceniza intacta. A los costados del sillón Dalí y Picasso, dos enormes y vigorosos perros labradores, montaban guardia en posición de esfinge.
La escena, que a través de la ventana le pareció a Toya conmovedora y tierna, la completaba Linaza la gata, enroscada en el cuello de Andy, lamiéndole con delicadeza las blancas barbas. “Esto está como para una foto”, se dijo a sí misma y sin pensarlo dos veces, regresó al taller por la cámara. De vuelta en la casita, abrió la puerta sigilosamente, pero no alcanzó a hacer ningún movimiento pues Gris aprovechó el momento, se abalanzó sobre el viejo y le puso las patas delanteras sobre el pecho. El cuerpo de Andy, se movió ligeramente hacia atrás, la ceniza cayó sobre sus piernas, una pequeña libreta, empastada en cuero, rodó de su mano derecha y quedó abierta a sus pies. Sobre la primera página aparecía garrapateada con la letra del viejo la palabra Maktub: “escrito está”.

* * *

Bogotá D.C., jueves 20 –02-2006.

El experimentado conductor de la ambulancia, tras sobrepasar la portería del conjunto residencial “Cerros del Mediterráneo” al norte de Bogotá, aceleró, activó la sirena y se dirigió por la carrera séptima sorteando con habilidad el pesado tráfico del mediodía, e intentando llegar, en el menor tiempo posible, a la cercana clínica Santa Fé. En la parte posterior del vehículo, un paramédico evaluaba al paciente: un hombre joven, con el rostro congestionado y sudoroso, que sangraba profusamente por una herida en la frente, causada ― según informaron los jóvenes que le acompañaban ―, al resbalarse bailando y golpearse contra una mesa. Rápidamente, el auxiliar médico descartó la herida como causa de la inconsciencia del paciente, pues los síntomas: deshidratación severa; taquicardia; dificultad respiratoria; y pupilas dilatadas que no respondieron a la luz; le llevaron a diagnosticar intoxicación por narcóticos. Decidió entonces, canalizar una vena para hidratarlo y solicitar por radio que alistaran la sala de reanimación. Quince minutos después, a la una de la tarde de ese jueves soleado y tranquilo, comenzó la agitación cuando el paciente fue trasladado por urgencias, para ser atendido por el médico intensivista de turno y por el jefe de urgencias, quien pocos minutos antes, había recibido una llamada del director de la clínica, para pedirle que se apersonara del caso, pues el paciente era hijo de un personaje muy influyente en la vida nacional: Marco Antonio Mendoza Erlander estudiante de la universidad de Yale, hijo menor del doctor Abelardo Mendoza Uprimy, embajador de Colombia ante la ONU, y su esposa Ingrid Erlander, famosa actriz sueca y hermano de la prestigiosa presentadora de televisión Andrea Mendoza Erlander.
La vida sentimental de Abelardo Mendoza había sido un desastre, con una tortuosa cadena de tres matrimonios fracasados, que por fortuna no dejaron hijos. En su edad madura, conoció a Ingrid Erlander, una joven actriz y modelo sueca, veinte años menor que él; se casaron y tuvieron tres hijos: Andrea y Helena, gemelas idénticas, y el menor ― a quien veía como su natural sucesor ―, Marco Antonio. Físicamente, las gemelas eran idénticas, pero sus personalidades, sus intereses y sus aficiones eran diametralmente opuestos. Mientras Andrea se inclinaba por el modelaje, la actuación y la vida bohemia; Helena se interesaba por la lectura de clásicos, la filosofía y la teología. Ambas eran hermosas y habían heredado el cuerpo escultural de su madre. En lo que no se diferenciaban, era en el amor que sentían por Marco Antonio, tres años menor que ellas, alto, fornido, rubio, con los ojos negros y expresivos de su padre y con una inteligencia fuera de lo común. El joven, a espaldas de don Abelardo, que lo había matriculado en la universidad de Yale para que estudiase administración de empresas, pasaba, desde hacía dos años, los fines de semana en New York en compañía de Andrea, su hermana, con quien compartía un lujoso apartamento en Manhattan. La joven era su aliada y cómplice en toda clase de locuras, pues la afinidad entre ambos era manifiesta.

Ese jueves, Marco Antonio, con la complicidad de Andrea, no había asistido a clases en Yale, pues el día anterior se había escapado a Bogotá con el propósito de celebrar en grande su cumpleaños número 22. Había llegado a la capital el miércoles en la tarde y se había instalado en la lujosa casa que usaba su padre, las pocas veces que permanecía en Colombia. Esa semana, Abelardo se encontraba en Estocolmo con Ingrid, que actuaba en una temporada de teatro. La celebración había comenzado esa misma noche, en la Zona Rosa de Bogotá, en compañía de Andrés Uribe y Sara Upegui, dos de sus mejores amigos desde la época del colegio y con quienes se había iniciado en el consumo de drogas; originalmente marihuana, pero que ya para esas fechas incluía hongos, ácidos, y cocaína de alta pureza, que por su condición económica podían “darse el lujo” de consumir sin restricciones. Lo único que no había probado Marco Antonio, era la heroína. La celebración a la cual se unieron posteriormente otros cuatro amigos, se encontraba en su apogeo al amanecer del jueves; entonces, Marco Antonio sugirió que la continuaran en su casa, pues su hermana Andrea le había prometido que viajaría para su cumpleaños y su vuelo llegaba a las nueve de la mañana a Bogotá.
El regalo que orgullosa traía como sorpresa Andrea para su hermano, eran doce dosis de heroína que había pagado en New York y habían ofrecido entregarle en Bogotá. El encuentro entre los dos hermanos estuvo marcado por la euforia de Marco Antonio, y la disposición de su hermana para unirse al grupo y “nivelarse” con los demás jóvenes aplicándose una dosis de heroína. A las once y media de la mañana, el joven quiso probar por primera vez el opiáceo, pero como no lo había utilizado nunca antes, se excedió en la dosis. Una hora después, con la euforia desorbitada, el rostro congestionado, sudoroso, rubicundo, y el pulso acelerado, mientras bailaba alocadamente, la sobredosis hizo su efecto: comenzó a perder la orientación en tiempo, espacio y persona; su cuerpo se retorció en una extraña pirueta y cayó sobre la blanca alfombra sin sentido. Al caer, su frente había golpeado contra una mesa y la sangre alarmó a sus amigos. Alguien angustiado llamó a la ambulancia.
Cuando el paciente ingresó a la sala de reanimación, el médico ordenó que le aplicaran una ampolla de Narkan, como antídoto para neutralizar el efecto de los opiáceos; que lo intubaran para hacerle una ventilación mecánica; y que le practicaran un electroshock, con el fin de volver su corazón a un ritmo normal; después de 45 minutos aplicando el electroshock, el paciente no respondía… Los facultativos decidieron entonces hacer un último intento… repentinamente, el paciente abrió por unos instantes los ojos y movió los labios para pronunciar, por entre el tubo plástico, una palabra, que nadie en la sala pudo entender: Maktub. A continuación, el monitor mostró un cambio hacía una morfología normal y la respiración del joven comenzó a sosegarse… Faltaban exactamente once minutos para las dos de la tarde.

La gitana

Por : kapizan
En : Relatos

20

La gitana recibió a Getulio Souza con una sonrisa que dejaba ver unos dientes desportillados y amarillentos. Fijando sus ojillos negros y escrutadores en los del joven, le indicó con un gesto que tomara asiento frente a ella en el taburete de madera, delante de una mesa cuadrada cubierta por un paño rojo, sobre la cual descansaban las manos de la vieja y un mazo de tarot. Era una mujer cuyo rostro, antaño hermoso, semejaba una máscara de cuero curtido y grueso, con arrugas tan profundas que parecían repujadas a mano por un artesano de la época colonial; por debajo de una pañoleta de seda morada, sobresalían dos mechones largos de cabellos grises y sucios con las puntas colgando a la altura de unos aros  de cobre engarzados en los lóbulos de las orejas. De su vestido multicolor en seda barata apenas se apreciaba la parte superior, que dejaba al descubierto unos brazos oscuros y flácidos repletos de tintineantes pulseras; las manos huesudas, recargadas de anillos de fantasía, se veían aumentadas en su longitud por unas uñas pintadas de rojo escarlata. Sin apartar la vista de su cliente, la pitonisa permaneció en silencio mientras sus dedos acariciaban el revés de las cartas que fue desplegando como un abanico.

Sobrecogido por un cierto magnetismo que irradiaba la vieja, Getulio se sentó como hipnotizado sin poder apartar su mirada del arrugado rostro y con la sensación de que sus pensamientos más íntimos no podrían eludir el escrutinio al que su alma estaba siendo sometida. Finalmente la misteriosa mujer rompió el silencio con una voz profunda que retumbó en el cerebro del joven, pese a que ella pronunciaba las palabras en un tono bajo, monótono y sin ninguna entonación. Getulio, que vestía con sencillez y sin ostentación, se sorprendió cuando la gitana adivinó: “Su problema no es el dinero pues usted es un joven inmensamente rico. Veo que es sensible y tiene mucho porvenir como artista. Sus cuadros serán muy famosos. No ha superado la muerte de sus padres en un accidente aéreo y se siente muy solo en una enorme casa. Su salud es perfecta. No ha encontrado el amor y quiere saber qué le depara el futuro al respecto; y eso es lo que vamos a averiguar”.

Ante dos opciones que le planteó la gitana: una lectura del tarot o ver el reflejo del rostro de la futura mujer amada, Getulio optó por la segunda, que costaba el triple. Complacida por la elección, la vieja recibió el jugoso fajo de cruzeiros, alisó y contó con parsimonia cada billete; con el dinero en la mano se puso de pie y le indicó a Getulio que le siguiese a la parte posterior de la carpa, separada por una pesada cortina de terciopelo. Mientras la gitana depositaba el dinero en una cajilla metálica colocada sobre una especie de altar en el cual,  escoltado por dos varitas de incienso de sándalo, ardía un cirio debajo de un cuadro en madera que mostraba una estrella de cinco puntas tallada en alto relieve, los ojos de Getulio recorrieron el cubículo examinando el escaso pero valioso mobiliario, compuesto por cinco piezas antiguas y auténticas dispuestas sobre una tarima de madera: una mesa redonda de caoba con incrustaciones de marfil que formaban una elaborada figura geométrica; un espejo de cristal de roca con marco en plata labrada; un candelabro de cinco brazos, también en plata y con igual número de velas; y dos banquetas tapizadas en cuero capitoneado.

La gitana permitió que el joven apreciase con detenimiento las piezas genuinas que parecían completamente fuera de lugar, pues por su belleza y calidad hubiesen servido para adornar cualquier salón de un palacio en vez de la descolorida carpa de una pitonisa. Poco después, le indicó que se parase frente a ella, por fuera de la tarima y al costado izquierdo del altar. Cuando lo hubo enfrentado, le ordenó que cerrase los ojos y colocase las manos a la altura del pecho, formando un triangulo con los pulgares como base rozándose las uñas y los demás dedos apuntando hacia arriba, unidos por sus yemas. Con movimientos calmados, meticulosos, la vieja desató una escarcela de cuero y pedrería pendiente de su cintura, extrajo de ella un pequeño recipiente de plata que destapó, dejando al descubierto un extraño ungüento oleaginoso, de olor penetrante pero agradable, tomó un poco en la punta del dedo índice y lo aplicó sobre la frente del joven formando una estrella; guardó el recipiente en la escarcela, condujo a Getulio hasta una de las banquetas frente a la mesa de caoba y le pidió que permaneciese con las manos en triángulo y sin abrir los ojos hasta que ella le indicase. Acto seguido, encendió las cinco velas del candelabro, pronunció una fórmula ritual en un lenguaje ininteligible, efectuó una inhalación profunda, exhaló suavemente sobre la bruñida superficie del espejo y le ordenó al joven que abriese los ojos y mirase fijamente el cristal. Poco después, comenzó a cobrar forma un rostro femenino cuyas delicadas facciones empezaron a perfilarse gradualmente hasta mostrarse con la claridad de una fotografía ante la alelada visión de Getulio.

La impresión en la carpa de la gitana había sido tan fuerte que el rostro de la mujer quedó grabado para siempre en la retina del artista, quien esa misma noche, encerrado en la privacidad de su taller, comenzó a elaborar un boceto de lo que llegaría a ser, una semana después, el retrato pintado al óleo y en tamaño natural de una joven de veinte o veintidós años, con ojos negros bajo unas cejas perfectamente delineadas, con largas y encrespadas pestañas, delicada nariz ligeramente respingada, labios sensuales que dejaban ver dos hileras de blanquísimos dientes, y firme mentón que remataba el óvalo de un rostro levemente bronceado, enmarcado por una larga cabellera negra azabache, que caía en bucles sobre sus hombros desnudos.

Un mes después del encuentro con la gitana, el mayordomo le anunció a Getulio que tenía una llamada telefónica de una dama llamada Emiliana Moreira, que había preguntado por el maestro Souza para coordinar la elaboración de un óleo. El joven pintor atendió la llamada de larga distancia; su interlocutora hablaba desde Sao Paulo. La joven, a juzgar por su voz melodiosa y agradable, quería que Getulio pintase un retrato de su rostro para obsequiárselo a su hermano mayor, único pariente, residente en Sao Paulo, quien cumpliría años en octubre; el inconveniente era que a ella le resultaba imposible viajar a Porto Alegre para posar y le pedía al maestro que hiciese una excepción y pintase el cuadro a partir de una fotografía que le llegaría por correo junto con un marco de madera tallado y recubierto con hojilla de oro, que le indicaría el tamaño de la pintura. Renuente en principio a elaborar una obra a partir de una fotografía, que sin duda le dificultaría dar la expresión apropiada a los ojos, finalmente Getulio cedió al pedido de la joven. Su voz le había cautivado.

Transcurrida una semana, el joven pintor recibió un sobre con una fotografía y el marco para el cuadro convenido. Curiosamente las dimensiones del marco coincidían a la perfección con las del óleo que había pintado; pero lo que le dejó perplejo fue la comparación entre su propia obra y el rostro de mujer visto en el espejo de la gitana: eran idénticos; sin duda, Emiliana Moreira era el amor de su vida. Esa misma noche Getulio escribió una carta a Emiliana en la cual ponderaba su belleza y expresaba su deseo de conocerla personalmente, al tiempo que le pedía que le honrase con su amistad. Siguiendo su intuición, el pintor omitió contarle a la joven la coincidencia que le había impresionado profundamente. A partir de entonces, se inició entre los dos jóvenes una relación epistolar que pronto se transformó en romance y llegó a su punto culminante a mediados de octubre, cuando Getulio le anunció a su desconocida novia que viajaría a Sao Paulo con el cuadro y a tiempo para el cumpleaños de su hermano, a quien pensaba pedir su mano, pues había llegado a amarla profundamente y estaba convencido de que ella era la mujer que el destino le deparaba como esposa.

Al llegar a Sao Paulo, Getulio se instaló en la casa de unos parientes e inmediatamente salió a buscar la dirección de Emiliana. Las señas coincidían con una edificación de dos plantas; en el primer piso funcionaba un almacén de antigüedades que pertenecía al hermano de su amada. La primera sorpresa que se llevó el joven fue encontrar frente al almacén un coche fúnebre con una cinta de seda morada en la parte posterior, en la cual leyó con claridad el nombre del difunto: Emiliana Moreira. Aterrado, ingresó por una puerta lateral hasta un salón en el segundo piso, en donde se realizaba el velorio. Allí su impresión fue mayúscula: frente al féretro, se encontraba una mesa de caoba con incrustaciones de marfil, un espejo y un candelabro que no le eran desconocidos. Su pánico llegó al paroxismo cuando al destapar el ataúd, en vez del rostro esperado de su adorada novia, se encontró con la rugosa y avejentada cara de la gitana.

El cirio

Por : kapizan
En : Relatos

22

— El bellaco de Segismundo debe morir ― dijo el Duque en voz alta y con determinación mientras tendía una copa de vino al Marqués Fernández de la Rioja.
— Comprendo vuestra ira, pero debemos ser muy cautelosos.
— Lo sé, la circunstancia de que ese miserable se encuentre bajo la protección del tío de Beatriz no deja de ser un tropiezo; es más, creo que debemos ocuparnos, tarde o temprano, de mandar al viejo a los infiernos.
— Recordad Arnulfo que estamos hablando del Arzobispo de Toledo, uno de los hombres más poderosos de España, que cuenta además con el apoyo irrestricto de la Reina de Castilla.
— También lo sé, mí querido Fernández, pero enemigos más poderosos que este Cardenal he logrado derrotar. Además la Reina, que como bien sabéis está más loca que su difunta abuela, no me preocupa mucho pues quien verdaderamente gobierna España es su padre, un hombre bastante ambicioso.
— De acuerdo, no menosprecio vuestra habilidad para solventar situaciones difíciles y enfrentar enemigos poderosos; pero este trabajo debe hacerse con mucha cautela, pues el primer sospechoso seríais vos. Se me ocurre que primero deberíamos ocuparnos del austriaco “haciendo que parezca una muerte natural”.
— Tenéis razón, ése es un trabajo que debo encomendar a un hombre astuto y sagaz como Hilario. ¿Sabéis por ventura dónde hallarle?
— Ciertamente. Está en Francia y sé cómo encontrarle.
— Sea pues, espero que le hagáis venir con la mayor premura. Primero nos ocuparemos de Segismundo y después del Arzobispo.

* * *

La iluminación de la recámara, que Segismundo utilizaba para sus cálculos y sus observaciones astronómicas, se aumentó cuando el silencioso Bolonio, eficaz y diligente servidor que el Arzobispo había puesto a su servicio, ingresó portando un candelabro con tres cirios de mediano tamaño para reemplazar los que en ese momento estaban a punto de extinguirse. Después de atizar el fuego de la chimenea y de servirle una generosa copa de vino tinto, extrajo del jubón una carta que minutos antes le había entregado un mensajero de Beatriz para que la hiciese llegar a su enamorado, el joven y gallardo Barón Von Krauss, y la tendió a su amo.

Las noticias de su amada no podían ser mejores para Segismundo: el Conde Reinaldo de Vintimilla había muerto accidentalmente durante una partida de caza; su hija Beatriz quedaría bajo la tutela del tío Juan, Arzobispo de Toledo que desde la llegada a España del joven Barón austriaco, con quien compartía los mismos intereses por el estudio de la alquimia y la astronomía, se había convertido en su protector. Empero, el gozo del joven Segismundo por lo que significaba la muerte del Conde, y la seguridad de que su adorada Beatriz quedaría liberada del compromiso matrimonial que su padre había acordado con el despreciable Arnulfo, Duque de Villafañe, se vieron empañados por la advertencia que en su carta le hacía Beatriz: “[…]por ello amado mío, debéis proceder con la máxima cautela pues me aterroriza pensar que la perversidad del Duque pueda alcanzaros; tened presente que es un hombre astuto y cruel que no dudaría en recurrir al asesinato para desposarme y adquirir derechos sobre el condado que heredé de mi padre. Es menester que busquéis la protección de mi tío el Arzobispo, que verdaderamente me ama y vería con muy buenos ojos el que yo me convirtiese en tu esposa, pues a diferencia de mi padre, que siempre fue aliado del Duque y cómplice en muchas de sus felonías, lo desprecia y por ello su primera acción después de los funerales fue enviar una carta anulando la alianza matrimonial, que habían pactado un mes antes de que el cielo me concediese el privilegio de conoceros y desde entonces empezar a amaros[…]”.

El ejemplo viviente de la crueldad del Duque lo tenía el joven Barón frente a sí: Bolonio, a quien el Duque seis años antes había hecho arrancar la lengua, porque le escuchó piropear a una doncella que el libidinoso hombre había convertido en una de sus amantes. Desde entonces el sirviente había buscado el apoyo del caritativo Arzobispo de Toledo. Segismundo, al tender su copa para que Bolonio le sirviese más vino, compartió con él los temores de Beatriz y le pidió que tomase las previsiones necesarias para protegerle.

El brillo en los ojos de Bolonio y las señas que éste le hizo le dieron a entender al joven austriaco que el fiel sirviente estaría dispuesto a probar todas sus comidas para evitar un envenenamiento, y a acompañarle bien armado, cuando saliese, presto a enfrentar hasta la muerte a quien pretendiese hacer daño a su señor.

* * *

El galope acompasado de un caballo golpeando contra los cascajos del sendero despertó a Otilia, que tenía un sueño bastante ligero. La vieja se cubrió el famélico cuerpo con una pesada y sucia manta de lana y se asomó al exterior de su cueva en medio de la oscuridad de una noche sin luna y sin estrellas, en donde la única luz provenía de un brasero en el que, a fuego lento, hervían dos enormes calderos, cuyo fétido olor asqueó al jinete desde el momento en que desmontó de su cabalgadura y avanzó conteniendo las náuseas para gritar a voz en cuello:
— Sal de tu asquerosa madriguera que traigo una importante tarea para ti, vieja bruja.

Al reconocer la voz, la bruja soltó una estridente carcajada y salió de la cueva para aproximarse a su inesperado visitante. Frente a él se cubrió la cabeza con la manta para protegerse de la nieve que comenzaba a caer y le dijo:

— Algo importante ha de ser para que te atrevas a perturbar mi sueño, viejo monje renegado, y si no quieres congelarte no tienes más remedio que hablarme frente al fuego. Por lo visto has perdido el olfato y ya no disfrutas como en los viejos tiempos el olor del caldo de lengua de ahorcado que estoy cociendo.

Dos horas después, al emprender la marcha de regreso, Hilario llevaba en una faltriquera de cuero las pócimas, envasadas por la bruja en tres tubitos de vidrio cuidadosamente colocados en el interior de un fémur convertido en recipiente y sellado en sus extremos con brea. Gracias a que Otilia había sido su cómplice en múltiples ocasiones, y a la generosa recompensa ofrecida por Villafañe, pudo darse el lujo de pagar a la bruja diez reales para que le instruyese sobre la receta del triple veneno con el cual pensaba eliminar a Segismundo. Al regresar a Toledo empleó dos días y unos cuantos maravedís en efectuar algunas pesquisas que le permitiesen encontrar la forma de introducir, en el palacio del Arzobispo, el cirio que al consumirse exhalaría el triple veneno que produciría una muerte lenta, dolorosa, alucinante, inexorable, sin dejar ningún rastro.

Hilario logró establecer que el estudioso Barón pasaba noches enteras encerrado en una recámara dedicado a sus investigaciones y experimentos en largas jornadas, y que, debido a la menor cantidad de luz propia del crudo invierno, se veía obligado a consumir un promedio de tres cirios medianos por noche; supo que Serafín el cerero, abastecedor de velas y cirios para los nobles y ricos de Toledo, era insobornable, pero también que Bernardo, uno de sus ayudantes, quien se encargaba de empacar los despachos y atender la entrega del producto a los sirvientes al momento de retirar la provisión de velas para sus amos, era susceptible de soborno debido a su afición por el juego que le mantenía lleno de deudas; le informaron que Bolonio, un servidor del Arzobispo, se encargaba de atender los requerimientos del austriaco, para quien ordenaba noventa cirios mensuales que, empacados en tres atados iguales, retiraba el último día de cada mes; así pues, estableció que tenía alrededor de una semana para elaborar con sus propias manos, según las instrucciones de la bruja, el cirio, y para sobornar a Bernardo. Tiempo suficiente para introducir el cirio envenenado en uno de los paquetes que retiraría Bolonio el viernes primer día de diciembre de 1514.

Una vez armada la trama con la participación del corrupto asistente del cerero, Hilario se dedicó a labrar el cirio, mientras su espíritu se refocilaba de sólo pensar en el efecto que producirían los tres venenos, que untaba al pabilo cuidadosamente con un pincel: el segmento superior de la mecha lo impregnaba con una fétida y pegajosa mezcla de hierbas a base de cicuta, que produciría a su víctima temblores seguidos de pérdida de coordinación y parálisis; el segmento del medio con estramonio, le causaría alucinaciones diabólicas; y por último, el tramo inferior de la mecha con esencia de semillas y hojas de tejo, le paralizarían el corazón para siempre. Entonces cobraría los cien ducados y se daría la gran vida gastando los casi cuatro mil maravedís que el Duque de Villafañe le había prometido si cumplía a cabalidad su cometido.

El primer viernes de diciembre a las cuatro de la tarde comenzaba a oscurecer cuando Bolonio tiraba de la carreta cargada con las provisiones para su amo, en medio de las cuales, y envueltos en grueso papel encerado, iban los noventa cirios con su mortífera y aleatoria carga venenosa… “A partir de esta noche, se dijo para sus adentros Hilario, cualquier

* * *

Tras revisar las últimas páginas escritas a mano con lápiz de grafito muy bien afilado, Renato se levantó de su silla y comenzó a pasear nerviosamente por el interior de su estrecha buhardilla, mesándose las hirsutas barbas, dando frenéticas chupadas a su pipa y exhalando oscuros nubarrones de maloliente picadura barata, hasta que después de un buen rato se paró frente al ventanuco mirando sin observar la sombra del Castillo de Nesle a orillas del Sena… “¡Inexorable! ¡Inexorable! ¡Merde! ¡Merde! ¿Cómo se puede salvar Segismundo?, no hay tiempo, no le dejé tiempo. El amor es frágil. Tiene amenazas. Ésa es la realidad. Segismundo morirá. Se me volvió tragedia. C’est la vie. Los personajes del mal cobraron fuerza propia. Romanticismo trágico. ¡Merde!… Justicia, por lo menos justicia. ¿Cómo?

El canto de un gallo en la lejanía le sacó de su ensimismamiento. Como enloquecido abrió una gaveta de su escritorio, extrajo los ocho capítulos anteriores buscando febrilmente datos, perfiles de personajes y circunstancias ya narradas que le ayudasen a reencausar los hechos hacia el final que inicialmente había previsto.

Terminada la revisión, sacó un cuaderno de papel amarillo y comenzó a anotar:
— Bruja confiesa bajo tortura del Santo Oficio.
— Bernardo se emborracha y suelta la lengua.
— El Marqués de la Rioja agonizante se confiesa con el Arzobispo.
— Beatriz conspira con Bolonio para eliminar al Conde.

Cuando el gallo cantó por segunda vez, Renato llenó una jarra de peltre con el resto, agrio ya, de una botella de vino ordinario y se sentó en una desvencijada poltrona, para continuar rumiando el final de su novela hasta quedarse dormido. No había amanecido aún, pero los madrugadores parisinos provocaban los ruidos normales en el despertar de una gran ciudad, cuando el afligido escritor abrió los ojos completamente aterido. Una luz trémula era la única fuente de calor en el mísero aposento. Se levantó como un autómata, volvió a su escritorio, sacó del interior de su raído chaleco un cortaplumas para afilar una pluma de ganso, la humedeció en tinta negra y con esa poca luz regresó al párrafo que había dejado inconcluso. Después de garrapatear una página, sintió que sus manos temblorosas apenas podían sostener la pluma, poco a poco su cuerpo se fue poniendo rígido, su mente comenzó a tener visiones dantescas. Se apoderó de él un pavor inenarrable. Al amanecer, cuando la luz se extinguió, el corazón de Renato dejó de latir.

Los Adarme

Por : kapizan
En : Relatos

19

El día en que Facundo Adarme Iragorri cumplió dieciocho años, su familia se quedó sin plata y él se quedó sin pelo. La doble tragedia comenzó cuando el notario del pueblo provinciano, en que por más de cien años la familia Adarme había sentado sus reales, se presentó en la casona de la hacienda, no como todos creyeron para leer el testamento de don Raimundo Adarme Vergara, quien un mes antes acosado por las deudas y los remordimientos se había suicidado ahorcándose en la rama más alta de un ciprés, sino para notificarles que el nuevo dueño de la hacienda con el hato de ganado, los caballos y la casona solariega, última propiedad que le quedaba a don Raimundo, era don Vicente Gutiérrez, un gamonal a quien el difunto señor Adarme, que en paz descanse, le había hecho escritura días antes de su irreversible decisión, después de haberla perdido en una memorable mano de póquer.

Si “veinte años no es nada…”, como reza el conocido tango, diecinueve fueron más que suficientes para que el calavera de Raimundo dilapidara su parte de la fortuna que en vida había dejado don Rolando Adarme a sus dos únicos hijos: la solterona Encarnación y el irresponsable Raimundo, que sabiéndose millonario enamoró a la muy encopetada señorita Rocío Iragorri Uribe, con quien contrajo matrimonio seis meses antes de la muerte del viejo Rolando, ese sí diligente y creativo hacendado que había duplicado su propia herencia y se había convertido en el más rico y próspero ganadero de la región.

Nadie que la hubiese conocido podría negar que a los veintidós años Rocío no sólo era muy bonita, sino muy rica como hija única y heredera universal de un industrial bogotano y viudo que había fallecido dos años antes, sin sospechar siquiera que el capital que había acumulado para Rocío se esfumaría en manos de un yerno que nunca conoció.

Para todos, el pudor y el recato de la joven desposada eran una virtud. Sin embargo, fueron la frustración de Raimundo: en la noche de bodas su virginal esposa se presentó al lecho nupcial ataviada con una camisola que le cubría desde los hombros hasta los tobillos, con un orificio a la altura de sus partes pudendas por donde el apasionado marido se vio forzado a engendrar a Facundo, su primogénito, y a conformarse con la misma cubierta de tela para satisfacer sus derechos conyugales, que quedaron limitados a una vez cada mes y una vez cada vez. Obviamente, tan restrictivo y poco agradable panorama conyugal le llevó a retozar en otros lechos, casi siempre después de prolongadas partidas de póquer con sus amigotes; por fortuna para el apellido Adarme, de estos devaneos no quedó ninguna descendencia bastarda. Siete años después nacería la segunda hija del matrimonio. En la venida al mundo de Leobarda no tuvo ninguna participación Raimundo, que nunca conoció las circunstancias en que la niña fue concebida.

Cuando el pequeño Facundo tenía seis años, doña Rocío fue invitada por su cuñada a pasar la Semana Santa en la Capital. Estando alojada en la casona colonial que poseía la señorita Adarme en el barrio La Candelaria de Bogotá, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal, a la una de la tarde del nueve de abril de 1948. El asesinato de Gaitán provocó una sangrienta revuelta que la historia registraría como “El Bogotazo” y la pobre Rocío como el día en que un policía borracho la metió en un zaguán y la violó tres veces. Aunque nunca lo confesaría, Rocío experimentó tres orgasmos consecutivos y quedó embarazada de su hija, a quien castigarían con el nombre de Leobarda Adarme Iragorri. El nombre fue impuesto por la tía Encarnación, que como católica fanática exigió que éste fuese escogido con base en las listas del Santoral, para desgracia de la niña que nació el 18 de enero, día de las Santas Prisca y Beatriz y de San Leobardo. La madre, que hubiese preferido que la llamasen Beatriz, no tuvo más remedio que aceptar el capricho de la señorita Adarme, que quiso rendir un homenaje al tatarabuelo español de la niña, don Leobardo Adarme, por el simple procedimiento de poner a su ahijada el mismo nombre en versión femenina.

El aterrador anuncio del notario no sólo produjo el vertiginoso descenso de la familia Adarme Iragorri, desde su ilusoria condición de millonarios a la muy triste de nobles venidos a menos, sino que, como veremos adelante, afectó de diferente manera a Facundo, a Rocío y a Leobarda.

Para Facundo significó la dilución del sueño que había forjado, alentado por su padre, de viajar a Europa con el fin de realizar estudios y, en su fuero interno, dar rienda suelta a su reprimida sexualidad en brazos de las complacientes jóvenes francesas, de cuya liberalidad daba fe Joaquín, su único amigo, a través de numerosas cartas que le enviaba desde París llenas de detalles picantes y descripciones eróticas que incentivaban frecuentes desahogos solitarios en el joven Facundo, que ansiaba a la vez liberarse del control de una madre excesivamente amorosa pero posesiva y manipuladora. El golpe fue tan devastador para Facundo, que en el transcurso de esa noche se le manifestó una alopecia severa originada por el estrés, en un raro caso que según el médico se presenta “…en diez mil uno, en cien ninguno”; lo cierto es que a la mañana siguiente, la cama de Facundo parecía una peluquería mal barrida.

El hecho de que Facundo pudiese continuar a su lado ayudó a Rocío a soportar el impacto de los acontecimientos, que le obligaban a viajar con sus hijos a Bogotá para buscar asilo como arrimados en la casa de su cuñada; empero, lo que más la afectó fue ver a su vástago con la cabeza como una bola de billar y completamente desolado. Sin dudarlo un instante tomó la decisión de cortar por la raíz la frondosa cabellera castaña de su hija Leobarda, para fabricar con sus hábiles manos una peluca que cubriese la desnudez craneana de su infortunado hijo. Desde entonces, Facundo empezó a usar de día y de noche la peluca, sostenida por un sombrero borsalino que había pertenecido a su padre. Por su parte, Leobarda tuvo que esperar muchos años para que su pelo creciera con la misma lentitud con que fue creciendo su resentimiento y su deseo de venganza. La calvicie de Facundo fue el secreto mejor guardado en la familia Adarme; pero como lo demostrarían los hechos, la seguridad de un secreto compartido no es tan inquebrantable como la de un secreto individual, que no se le cuenta ni al confesor, tal como hizo Rocío con el episodio de su violación.

Justo es reconocer que la señorita Encarnación Adarme recibió muy bien a sus desventurados parientes, más por preservar las apariencias y el buen nombre de los Adarme, que por generosidad. No permitió que Facundo consiguiese un empleo, sino que le asignó una pensión para que pudiese vivir dignamente como correspondía a un joven caballero de su estirpe, a cambio de que se encargase de hacer todas sus diligencias y de llevarla todos los días a misa, a su grupo de oración y al costurero al que acudía tres veces por semana, conduciendo un anticuado pero sobrio y elegante Cadillac negro que había pertenecido a su abuela; por supuesto, Rocío se vio involucrada como acompañante de la señorita Adarme e incorporada a todas sus actividades. En cuanto a Leobarda, decidieron que lo mejor era internarla en un exclusivo colegio privado para señoritas, destino que la trasquilada adolescente aceptó con fingida resignación, como soportaría las burlas de sus compañeras, a quienes dio la versión oficial divulgada por su madre de que el corte de su cabellera se debía a un problema dermatológico. En realidad, cada dos años Rocío cortaba el pelo de su hija para remodelar la peluca de Facundo.

Al poco tiempo de instalados los Adarme en Bogotá, y por esos misteriosos cambios de la moda, el sombrero dejó de formar parte del atuendo masculino; por ello, cada vez la figura larguirucha de Facundo con su borsalino se fue haciendo más y más conspicua, en tanto que su complejo fue adquiriendo enormes proporciones. El pobre hombre sufría lo indecible de sólo pensar que su bien guardado secreto fuese descubierto, y por ello hasta donde le fuera posible evitaba el contacto con sus semejantes, en particular con las mujeres, razón por la cual su iniciación sexual se fue postergando y su vida en este aspecto quedó reducida a la autocomplacencia.

Así pues, la vida rutinaria y gris de la solterona, la viuda y el bien disimulado calvo transcurría año tras año sin ningún sobresalto hasta que Leobarda regresó del internado, pues al mismo tiempo apareció en La Candelaria, en la casa contigua, la señorita Dora Tirado, quien regresó de los Estados Unidos para recibir la herencia de su padre. El Doctor Salustiano Tirado, eminente cardiólogo colombiano había acumulado una considerable fortuna, acrecentada al contraer nupcias con una millonaria norteamericana. Posteriormente, habiendo perecido su esposa en un accidente cuando Dorita apenas tenía tres años, incapaz de asumir el papel de padre y madre, el Doctor Tirado había enviado a su hija a vivir con sus abuelos maternos en New York y nunca volvió a casarse. Al fallecer el médico, que era muy católico, dejó en su testamento una considerable suma a una fundación de caridad que presidía la señorita Adarme, a quien nombró fideicomisaria del resto de su fortuna, que recibiría Dorita al cumplir la mayoría de edad.

A los veintiún años, Dorita Tirado era una exuberante pelirroja de ojos azules, boca sensual y diminutas pecas en la nariz, alegre, extrovertida y con una experiencia sexual que aterraría a las pudorosas Rocío y Encarnación. A los quince años se había ido a vivir a una comuna hippie para niños ricos en New Jersey, en donde conoció al amor de su vida, un gringo de origen italiano, de veintidós años, feo pero vigoroso y calvo de nacimiento, que se constituyó para ella, desde el día en que hicieron el amor por primera vez, en un símbolo fálico de cuerpo entero que marcaría para siempre en la ardiente muchacha una enfermiza fijación por los calvos. Lamentablemente Vinicio, como se llamaba, fue transformado en pocos meses de máquina erótica, en máquina mortífera, después de haber sido reclutado por el Ejército gringo para ser enviado como boina verde a la jungla vietnamita, en donde murió despedazado por una mina. A la muerte de Vinicio, y por escasez de calvos en la comuna, Dorita se desilusionó del hippismo y regresó a Manhattan convertida en cazadora furtiva de cabezas peladas en los bares de solteros de la gran ciudad. Leer más »

Ananías

Por : kapizan
En : Relatos

3

A los cincuenta y tres años, Ananías Borrero era un hombre anodino y gris, como el traje de tres piezas que siempre usaba con corbata negra y sombrero hongo, que le hacían ver más esmirriado de lo que en realidad era. El pasado de Ananías había sido lento, aburrido, sin emociones y sin sobresaltos: huérfano de padre desde niño, creció junto a una madre posesiva, dominante y sutilmente cruel, que lo retuvo a su lado hasta el día en que murió, tres años antes, dejándolo completamente solo, perdido en el mundo y con la cuenta de ahorros exigua por causa de los gastos que ocasionó una larga y penosa enfermedad; desde entonces, se había dedicado a recuperar su fondo de ahorros en previsión de tener alguna reserva para su vejez. Su vida adulta transcurría entre su casa y el juzgado en el cual trabajaba como secretario. Nunca había bebido, ni fumado, ni viajado, ni participado en juegos de azar, y nunca había conocido los deleites del amor. Como consecuencia de la extraña relación que mantuvo con su madre, Ananías sentía pavor en presencia de cualquier mujer y, cuando por casualidad su mirada se cruzaba con algún representante del sexo femenino, le aquejaba un temblor en las manos y sus párpados comenzaban a moverse en un frenético tic nervioso; única señal de vida que mostraba su rostro cetrino e insulso, con ojos de un verde desteñido, mentón breve, labios delgados y nariz prominente, bajo la cual lucía un bigotito ralo y ridículo. No era feo, simplemente era insípido. Físicamente era frágil, se constipaba con frecuencia, en general era débil y enfermizo. Hipocondríaco por naturaleza, había acudido días antes al consultorio del doctor Bermúdez asustado por el cambio de aspecto de un lunar de nacimiento que tenía en el pecho, una cuarta abajo del hombro izquierdo. El doctor, después de examinarlo concienzudamente y practicarle algunas pruebas, había pedido la opinión de otros colegas y Ananías esperaba ansioso el dictamen.

Un frío lunes de octubre, minutos antes de las cinco de la tarde, Ananías, nervioso y tenso, llegó al consultorio del doctor Bermúdez, se quitó el sombrero y tomó asiento en una de las cuatro sillas que ocupaban la pequeña sala de espera. No tuvo que aguardar mucho, pues una fea e inexpresiva enfermera pronunció su nombre y le hizo seguir al interior del consultorio. Hora y media después salió anonadado, pálido y demacrado; el sombrero se agitaba en sus temblorosas manos, mientras con los ojos nublados se encaminaba al ascensor. Cuando abrió la rejilla de ballesta, Ananías, que ingresó con la cabeza gacha, pudo apreciar que éste sólo estaba ocupado por una mujer, a juzgar por un par de piernas bien torneadas y enfundadas en medias de seda negras; inmediatamente le dio la espalda para evitar la molestia de un encuentro que hubiese aumentado su nerviosismo. Al llegar a la calle, se caló el sombrero como evitando que el torbellino de sus pensamientos se escapara en torrentes y echó a andar por la acera, tenuemente iluminada por unas espaciadas lámparas, cuya luz se filtraba entre las ramas de los árboles nativos que adornaban la avenida y se mecían impulsados por un viento que calaba los huesos y creaba una atmósfera que imprimía un aspecto fantasmal a los escasos transeúntes. Completamente ensimismado, no se percató de que la mujer echó a andar detrás de él como una sombra, elegantemente protegida del frío por un abrigo de pieles y cubierta por un sombrero de ala ancha que ocultaba la perfección de sus facciones y la intensidad de su mirada inescrutable que no se apartaba un instante de la nuca del aturdido Ananías. Leer más »

Gathacol.net