El capote de Vladimir

Posted on : 28-05-2010 | By : kapizan | In : Cuentos, Cuentos Breves

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Al amanecer del jueves 30 de noviembre de 1939, el Ejército Soviético, que había partido de Leningrado, invadió Finlandia convencido de que en pocos días lograría una victoria tan rápida como la de los alemanes en Polonia, se sorprendió ante la feroz resistencia del ejército finlandés y sus tácticas de hostigamiento con pequeñas unidades de excelentes esquiadores que camuflados con uniformes blancos, atacaban a las tropas invasoras causándoles innumerables bajas y haciendo gala de una puntería fuera de serie, perfeccionada por muchos años de experiencia en la cacería de montaña. Al tercer día de campaña, tras bordear el lago Ladoga, la división de infantería blindada a la cual pertenecía el joven teniente Vladimir Rostov, se detuvo para reabastecer el combustible.

El joven oficial fue enviado hacia el noroeste para efectuar un reconocimiento de ruta en busca de posibles campos minados en las estribaciones de una zona montañosa, para entonces completamente blanca por las primeras nevadas del invierno. La patrulla rusa reconocible a la distancia por el marrón de sus capotes militares, resultó objetivo fácil para los esquiadores enemigos que desde el filo de la montaña abrieron fuego causando la muerte casi inmediata de Vladimir, de siete soldados más y heridas graves a otros nueve hombres.

Durante los seis años que duró la Segunda Guerra Mundial, Olenka, la joven viuda de Vladimir estuvo trabajando en una fábrica de municiones en las afueras de Moscú. Todas las noches regresaba al diminuto apartamento que sólo pudo disfrutar un año en compañía de su amado, cuyo recuerdo llenaba su mente reviviendo los momentos felices que pasaron juntos y soñando con el día en que pudiese viajar a Finlandia para desenterrar los restos de Vladimir y darles cristiana sepultura en su ciudad natal. Un ajado croquis que había elaborado uno de los soldados que enterró el cuerpo “con el capote puesto para que no sienta frío en su viaje al más allá y bajo siete piedras redondas que forman una cruz marcada con su nombre y colocadas sobre la fosa”, eran las únicas pistas del lugar, que según el soldado, quedaba sobre las montañas cercanas al lago 150 kilómetros al noroeste de Viborg.

La última noche de su largo recorrido de casi mil kilómetros desde Moscú hasta un granero semiderruido que aparecía como primer punto de referencia en el croquis, la pasó Olenka en su interior, insomne, aterida y ansiosa por emprender, colina arriba, la marcha a pie hasta el lugar en que se encontraban los restos de Vladimir. Al atardecer y cuando tenía a la vista las rocas que identificaban el sitio, dio un traspié y rodó hasta que un tronco detuvo su caída. Aterrada, intentó levantarse y comprobó que tenía una pierna fracturada. Se arrastró como pudo buscando refugio en una cueva cercana, pero en su esfuerzo el dolor le hizo perder el sentido. Al recuperarlo, comenzó a nevar y Olenka se resignó a morir congelada. De repente, vio con claridad la imagen de Vladimir que se aproximaba sonriente, se despojaba del capote, la envolvía en él y la levantaba en sus fuertes brazos. Aferrada al cuerpo de su amado se quedó dormida mientras éste avanzaba ladera abajo. Tiempo después, al abrir los ojos, se sorprendió acostada en una mullida cama en medio de una cabaña, en cuyo interior crepitaba el fuego de una chimenea y se percibía el aroma de una cafetera hirviendo. Intentó levantarse y con sorpresa se percató de que estaba completamente sola y tenía puesto el capote marrón de Vladimir.

9 Comentarios

Sensacional esta narración, la leí y siempre estuve transportado en el lugar de los hechos, que aunque desconocidos para mi, por su descripcion me los hizo vivir plenamente.
Gracias Francisco por compartirme tus cuentos, a cual más maravilloso. Dios te guarde por muchos años más a fin que podamos contar con estos cuentos, permanentemente.

Apreciado Raúl agradezco sobremanera tu gentileza y tus valiosos comentarios que me motivan a seguir creando ficiones.
un abrazo

Me encantan los finales de tus cuentos, hacen que uno quiera leer más, pero ya no hay más, entonces uno busca más finales en otros cuentos. Y así, poquito a poquito, nos vas atrapando a todos tus lectores. TAP mi Capito lindo. Me haces falta…

¡Clap, clap, clap! (aplausos). Muy, muy bueno, don Capi. Me hizo revivir con precisión las noticias que leía en mi infancia en el diario de mi padre. Muy tierno el mensaje en medio de un escenario tan, tan cruel. Un abrazo… “et bon ouiquainde,” Don G.

Perfecto el relato, como siempre, amigo Kapi. Y el final, redondo (como siempre , también). Saludos muy afectuosos

Viejo capi. Siempre me sorprendo con tu capacidad para fabricar historias conmovedoras e inesperadas, así como tu inigualable estilo narrativo que nos permite a los lectores viajar y sentir el calor de la sangre, o el frío de la nieve como en este fabuloso cuento… Gracias

Como siempre un excelente relato,corto pero preciso,solo que uno quisiera que continuara.Abrazos

Pancho,aquí en confianza…dime,tu que comes o fumas para que tu mente produzca estos cuentos llenos de “ese realismo mágico”..creeme yo también me salgo de mi orbita terrenal al saborear tu exquisita sazón literaria.Un fuerte y caribeño abrazo

Solo tinto pues desde hace un año, con el pesar de quien entierra a un buen amigo, le di el último adios a mi amado tabaco, en pipa y en cigarro.

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