El limonar de Misiá Rosarito

Posted on : 28-03-2011 | By : kapizan | In : Cuentos, Cuentos Breves

13

A comienzos del siglo pasado en un pueblo del oriente antioqueño en el marco de la plaza principal, en una casona solariega, contigua a la casa cural, que ocupaba un cuarto de la manzana, vivía con seis de sus diecisiete hijos misiá Rosarito viuda de Ramírez, que en estado preagónico se aprestaba, rodeada por sus seres queridos, para unirse al alma de su difunto esposo fallecido tres años antes. La casona, construida en el siglo XVII, como todas las viejas construcciones de la arquitectura española, era de un sólo piso, con un amplio corredor al cual desembocaban las habitaciones, que se unían entre sí por puertas interiores de madera, pintadas de color azul brillante como los marcos de los ventanales y las ventanas arrodilladas que daban al exterior y contrastaban con el blanquísimo color de los gruesos muros. En el corredor fuertes vigas, también azules, sostenían primorosas materas de geranios, novios, pensamientos y gran variedad de flores que daban un vistoso colorido al empedrado patio central. En éste, se destacaban una pileta de piedra tallada con un surtidor que graciosamente arrojaba agua por la boca de un serafín alado; y un inmenso y fructífero limonar que proporcionaba alguna sombra en los días calurosos. La matrona había soportado una penosa enfermedad que la tenía confinada en cama desde hacía seis meses. Con una gran paciencia cristiana y una dignidad propia de su rancia estirpe, sin perder su lucidez, pero con voz un tanto apagada, atendía amablemente las visitas de los vecinos que acudían interesados y preocupados por su estado de salud.

Sebastián era un mozalbete de unos doce años, sobrino del cura párroco que vivía con su madre, hermana menor del sacerdote, y era monaguillo y mandadero de la casa cural. Era frecuente que su madre le enviara a llevar colaciones o pastelillos a misiá Rosarito a cambio de que ésta permitiese al muchacho tomar algunos limones siempre jugosos y de muy buen color. Un buen día, después de entregar en la cocina un canasto con pastelillos, Sebastián entró a la habitación de misiá Rosarito y después de saludarla respetuosamente le dijo: “Mi mamá le manda preguntar que cómo sigue y que si por favor le puede enviar unos limoncitos”. Con una sonrisa la señora le respondió: “Decíle que sigo igual, que no se preocupe, y cogé los limones que necesités”
Cuando estiraba la mano para agarrar el último limón, el muchacho quedó petrificado del susto: sobre la copa del limonar, sonriente y vital pudo ver con claridad a misia Rosarito, sentada sobre las ramas mientras balanceaba las piernas en el aire y reía alegremente. Dando un alarido, Sebastián se precipitó, huyendo de la aparición, hacia la primera puerta que encontró abierta. En su huída atravesó cuatro habitaciones hasta llegar, despavorido y sin darse cuenta, al cuarto de la matrona que dormitaba con una camándula en las manos. Cuando el joven ingresó, la anciana abrió los ojos, le agarró con fuerza un brazo y le dijo: “¿Lo asusté mucho mijo?” Esas fueron sus últimas palabras pues enseguida, tras un prolongado suspiro, cerró los ojos para siempre.

13 Comentarios

Tu Rosarito me hizo recordar la mía, Rosario Herrera, de cuya casona unida interiormente por marcos sin puertas, usanza antioqueña, y, con geranios, novios, dalias y otras flores que adornaba el larguísimo zaguán, hicieron seis casas de las de ahora Me gustó tu cuento porque además, recuerda ese halo misterioso de los moribundos que “recogen sus pasos” y aparecen a deudos y otros, en su esfuerzo final. Poque conozco tu cuna altiplana, debo felicitarte por el conocimiento, leído quizás, de las solariegas casas de mi tierra.

Mi querido Juancho: gracias por tu comentario estimulante como siempre. Te aclaro que mi cuna es de un origen tan paisa como la tuya. Mi padre de Santuario Antioquia, de donde eran Misiá Rosarito y mis abuelos paternos; y mi madre de Medellín con padres de Jericó. Mi nacimiento en el altiplano fue por accidente: mi mamá estaba en Bogotá, se cayó en el baño y yo estaba listo para saltar cual paracaidista. Un abrazo.

¡Hola, Maestro Capi! ¿Crees en la transmigración del alma? ¿En la reencarnación? ¿En la vida en el más allá?

¿Fue la imaginación del muchacho? Sí así fuera, ¿cuándo? Cuando la vio en la copa del árbol o en la cama exhalando su último suspiro?

Me gustó mucho. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Un abrazo,

Don G.

Gracias por el comentario apreciado Don Guillermo. Por ahora y mientras se me demuestra lo contrario, creo en la vida más allá de la vida y en la reencarnación. Un abrazo

Pancho,menos mal leí tu macabro cuento en plena luz del dia..porque en la madrugada como acostumbro me hubiera dado un infarto..NO APTO PARA NIÑOS!!Un fuerte abrazo

Gracias mi querido Lumylaba.
Ese cuento está inspirado en una anécdota que contaba una de mis tías monjas.

Cordial abrazo

Hola, Tocayo: Como siempre, tus cuentos tienen sabor y amenidad; éste de hoy te quedó en la línea del realismo mágico. Solo te pondré un reparo, sin mucha importancia, pero indica que las afirmaciones de carácter general son peligrosas. Me refiero a eso de que las construcciones coloniales españolas son del siglo XVII. Para llevarte la contraria, están las de Cartagena, Tunja, Popayán, Villa de Leiva, Mompox…, que son del siglo XVI, por lo menos en cuanto al núcleo urbano más primitivo. Un abrazo y saludos. Francisco Tostón

Gracias mi querido Tocayo. Tienes toda la razón sobre el peligro de las generalizaciones; sin embargo respecto a la arquitectura española soy consciente de que ésta fue reemplazada en muchas construcciones colombianas después de la independencia; así por ejemplo el palacio Liévano actual sede de la Alcaldía de Bogotá y de las Alcaldías de Tenjo y Zipaquirá fueron inspiradas en la arquitectura francesa que perduró hasta el fin de la hegemonía conservadora; con la llegada de los liberales al poder en 1930 comenzó el auge de la arquitectura inglesa como se aprecia en muchas construcciones del barrio teusaquillo y alrededores. La casa de Misiá Rosarito, una tía de mi papá fue construída en el siglo XVII y conserva las características de las casas solariegas de tipo español. Gracias por tu estimulante comentario.
Un abrazo

Muy bien escrito como siempre Kapi. Excelente atención al detalle. Saludos,

José

Gracias mi querido José tus comentarios son siempre estimulantes.
Afectuoso abrazo

Buenisimo. Que excelente narrativa

Alberto

Es un excelente cuento con sabor y olor al huearto de las casas señoriales de la infancia de los paisas que tuvimos ese privilegio.
Me recuerda a mi tia Sofia en Envigado y mi tia Estrecita en Santa Rosa de Cabal. Seguramente Doña Rosarito volvió a recorrer los pasos de niña y volvió al limonar antes de irse a desgranar camándula al cielo aburrido de los mayores.

fellicitaciones

Estimado Alfredo: Muchas gracias por la visita y el comentario sobre el cuento de misiá Rosarito; me alegra que hubiese despertado los recuerdos añejos de tus tías en la casa solariega de Santa Rosa de Cabal..

Dejar comentario

Gathacol.net