El secreto de las águilas

Posted on : 19-10-2010 | By : kapizan | In : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

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I

La ley ancestral era inexorable. La primogénita del gran cacique, por haber nacido mujer, debería ser sacrificada como una ofrenda al dios Sol para conjurar las desgracias que, por esa desafortunada circunstancia, sobrevendrían a la tribu, y para congraciarse con la deidad a fin de que bendijese a la noble pareja de gobernantes con un heredero varón.
El día señalado para el sacrificio, la inocente criatura completaría siete lunas alejada de su madre, alimentada por una nodriza y sin haber recibido, a diferencia de las demás niñas de la tribu, un nombre. Al amanecer y en presencia de la comunidad en pleno, el gran chamán tomó a la niña en brazos e inició un lento y ceremonioso ascenso, de espaldas al sol naciente, hasta el tope de la imponente peña en cuyo costado oriental se habían tallado trescientos sesenta y cinco escalones. Cuando el astro alcanzó el cenit la ceremonia llegó al clímax, los asistentes se postraron de rodillas y elevaron los brazos extendidos hacia el cielo, en tanto que el chamán levantó a la niña, y la arrojó al vacío envuelta en la manta ritual. Repentinamente, un águila descendió en picada, atrapó el pequeño bulto con sus poderosas garras y, para sorpresa de todos, transmontó la cordillera hasta perderse en la lejanía.
Al atardecer de ese mismo día, doscientas leguas al norte de la peña ritual y en territorio de otra tribu, el abuelo Wegshi y su nieto Segchi, que regresaban de cacería, observaron estupefactos el descenso del águila que depositó el cuerpo de la niña envuelto en la manta a pocos metros de donde se encontraban. Desde esa noche la niña fue adoptada por la tribu y la llamaron Wayra, hija del viento.

II

— Abuelo ― pregunta Segchi ¿las águilas duermen?
— ¡Jamás! ― Contesta con determinación el anciano ―. Las águilas nunca duermen. Las águilas reposan con los ojos abiertos y las alas plegadas, en el más alto picacho de la más alta montaña de la cordillera. Cuando tenía tu edad ― agregó el abuelo imprimiendo a su voz el tono de solemne confidencia con que se transmiten las verdades reveladas a muy pocos ―, mi padre me enseñó que en las águilas habitan los espíritus de los antepasados que le dieron gloria y esplendor a nuestra raza.

III

Según la milenaria tradición de la tribu, cuando un joven había vivido tres veces siete años y completaba doscientas cincuenta y dos lunas, en su preparación física y espiritual para ser declarado hombre o mujer adulto, se celebraba una gran ceremonia con participación de la tribu en pleno. En la última noche de luna entera, previa a su cumpleaños y en presencia del Gran Cacique y sus progenitores, se le imponía a los varones el collar de veintiún colmillos y el tocado multicolor que denotaba su estirpe. Esa noche Segchi, el joven primogénito del Cacique, ascendió con paso firme y majestuoso a la cúspide plana de la pirámide de granito; se paro con las piernas entreabiertas y los brazos extendidos de cara a la luna y con voz potente y sonora magnificada por el eco, expresó un deseo salido de lo más íntimo de su corazón:
– Quiero ser un águila de amplias y poderosas alas, de mirada firme, limpia y penetrante, de ancho y poderoso pecho, de afiladas garras e inmensa capacidad de amor y de ternura. Quiero alcanzar los picachos más altos de la cordillera y desde allí remontarme hasta el cielo para descender con mucha elegancia, mientras observo en la distancia la hermosa pequeñez de la tierra. Quiero volar y retozar en las alturas con mi águila hembra, picotear con dulzura su cabeza y sus costados, acariciar con mis plumas su figura y engendrar en el cielo un aguilucho, que herede todo lo bueno que yo tengo, mezclado con lo mejor que tenga su madre, para que nos supere hasta convertirse en un águila de luz, que guíe a la humanidad por el sendero de la paz, el amor y la armonía. Eso es lo que quiero y tengo la certidumbre de lograrlo, pues me inspira la presencia del Gran Espíritu y me anima la fuerza que me infunde el ejemplo de mis antepasados.

IV

― Gran chamán ― dijo Segchi soltando la mano de Wayra, que permaneció a su lado en actitud expectante ―. Wayra y yo nos amamos y queremos casarnos, pero tenemos miedo de que nuestro amor termine.
— Queremos saber ― intervino la joven ― si existe algún talismán, algún bebedizo o algún conjuro para garantizar que nuestro amor perdure.
— Hay una prueba que deben superar para lograr lo que desean, pero no es fácil ― respondió en tono grave el chamán ―.
— Haremos lo que sea ― contestaron al unísono los jóvenes ―.
— Entonces tú, Segchi, emprenderás camino hacia el sol naciente y después de cruzar a nado el gran río, escalarás el picacho más alto que verás a la distancia desde la orilla. Una vez allí, con tus propias manos y con ayuda de una red capturarás un águila hembra y la traerás a mi presencia en la tercera noche de luna llena a partir de hoy. Y tú, Wayra, harás lo mismo y en el mismo plazo pero en la dirección opuesta y con un águila macho.
Al amanecer del día siguiente Wayra y Segchi emprendieron la marcha… Al cumplirse el plazo fijado por el chamán, los jóvenes amantes regresaron exhaustos pero llenos de ilusión portando cada uno en su red el águila correspondiente. Con una sonrisa de complacencia, el gran chamán les entregó una tira de cuero y les ordenó:
— Átenlas por las patas y échenlas a volar.
Al poco tiempo de estar atadas las águilas, impedidas para volar, comenzaron a revolcarse entre el lodo. Desesperadas se agredieron a picotazos; entonces, antes de que se hiriesen mutuamente, el anciano dijo:
— Ahora suéltenlas y déjenlas volar.
Liberadas, las dos aves emprendieron majestuoso vuelo sobre la cordillera y el gran chamán volviéndose a los jóvenes les enseñó:
— Aprendan el secreto de las águilas: vuelen siempre juntos y tan alto como puedan, pero jamás atados.

V

Desde tiempos inmemoriales, año tras año, lustro tras lustro, centuria tras centuria, los pueblos que han habitado las inmediaciones de la cordillera, acuden en peregrinación al valle de las ofrendas, para rendir culto a las dos águilas que según la leyenda, encarnan los espíritus del gran cacique Segchi y de la princesa Wayra su amada esposa. Las águilas sagradas, son visibles para todos los mortales desde el amanecer del día mas largo del año, que señala el comienzo del verano, hasta que al caer la noche se remontan al picacho mas alto desde donde vigilan, con los ojos abiertos y las alas plegadas, el regreso seguro de los peregrinos a sus casas.

8 Comentarios

Hola, ilustre tocayo. Hermoso el cuento-leyenda-mito de las águilas. Últimamente no he tenido mucho tiempo, de modo que me queda pendiente el de la “Operación capicúa”. Un abrazo. Francisco Tostón

Gracias mi querido e insigne tocayo. Excelente nombre compuesto el que le asignaste a este relato. En realidad, creo que tiene algo de las tres cosas

Pancho,que hermosa enseñanza,tu narrativa mágica ilustra en una forma sencilla y agradable esta parte importante de la filosofia de nuestras vidas en pareja.FELICITACIONES BROTHER!

Gracias mi querido Lucho. Como buen piloto perteneces a la casta de las Aguilas, al igual que Myriam; ambos han volado muy alto pero jamás atados

Lo disfruté mucho, Don Capi. Es muy clara la enseñanza que se deriva del cuento, narrado en forma muy dulce. Me sorprendiste con el aguila que salva a la pequeña que está cayendo. ¡Inesperado! Un abrazo, Don G. (P.S.: Lamentablemente tuve unos días complicados y no pude leer el cuento anterior).

Mil gracias por tu comentario. Me tranquilizó muchísimo tu mensaje pues llegué a pensar que estabas enfermo pus no he vuelto a recibir tus artículos. El cuento anterior, Operación Capicúa, y la novela Ídolos de Ceniza, son por ahora las obras candidatizadas para llevar al Cine.
Cordial abrazo.
PS. Si tienes oportunidad de leer Operación Capicúa, me encantará leer tus comentarios

Mi Capito,
Así ya conociera estos cuentos, los puedo leer una y otra vez y siempre me sorprenden y me gustan más que la vez anterior. TAP

Gracias mi muñeca por ese comentario que me emocionó mucho.beitos TAP.TAP.TAP.

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