Idolos de Ceniza. Capítulo II

Posted on : 07-09-2010 | By : kapizan | In : Capítulo II. El Túmulo de Ceniza, Idolos de Ceniza

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EL TÚMULO DE CENIZA

El caso fue cerrado cuando oficialmente se declaró que Nicolás Angueira había fallecido de hambre. En su cuerpo fueron halladas altas concentraciones de alcohol y en opinión del forense, que había establecido la hora del deceso entre las dos y las tres de la madrugada del 25 de abril del año 2006, si el sujeto hubiese estado mejor alimentado finalmente habría muerto por causa de una cirrosis alcohólica. Ese mismo día Cristina, la investigadora del Equipo de Criminalística de Campo que había efectuado el levantamiento del cadáver del ciudadano argentino residente en Colombia, cumplió con los trámites de reportar el deceso al consulado del país austral.
A pesar de las extrañas circunstancias en que fue hallado el cuerpo en el caso Angueira, los funcionarios de la Fiscalía de Facatativá lo archivaron en sus recuerdos y siguieron absorbidos por la macabra e interminable tarea de recoger cadáveres en un país signado por la violencia. Por su parte, Cristina no podía ahuyentar de su mente la imagen del viejo famélico, de facciones angulosas en cuyas arrugas se escondían el dolor y la angustia, magnificadas por el gris inerte de unos ojos sin brillo que ella misma había cubierto con unos párpados fríos. Sin poder evitarlo las imágenes acudían a su mente, acompañadas siempre del acre olor a muerte que esa mañana había traspasado el tapabocas de tela con los efluvios mezclados de whisky, tabaco y café rancio.
A los treinta y cuatro años de edad y con seis como funcionaria de la Fiscalía, Cristina, que no compartía la apatía de los forenses, daba rienda suelta a su espíritu sensible al pensar más de la cuenta e incluso sufrir por la historia oculta detrás de cada caso. En éste, lo más curioso para ella era que no había historia, ni parientes que contasen quién había sido Nicolás Angueira, o pudiesen explicar los motivos por los cuales se había encerrado en el cuarto más pequeño de la casa a dejarse morir, esperando la llegada del fin mientras bebía y fumaba con una sorprendente meticulosidad, a juzgar por las trescientas sesenta botellas de licor vacías alineadas simétricamente alrededor de las cuatro paredes; las casi quince mil colillas de cigarrillos consumidos hasta el filtro, depositadas en un cajón de madera al lado izquierdo del catre; y los trescientos sesenta tarritos de salchichas, al parecer el único alimento que había consumido durante el último año de su atormentada existencia, formando una pirámide de latón sobre una mesa de madera.

El descuidado exterior de la centenaria casona de estilo español, con gruesos muros de adobe cubiertos por tejas de barro cocido, sugería desde la oxidada verja de hierro la visión desoladora de lo que se encontraría al interior… Un sombrío zaguán daba acceso al patio empedrado en cuyo centro se destacaba una pileta de cemento con aguas estancadas y putrefactas; alrededor ocho columnas de madera con varias capas de pintura descascarada sostenían las materas de barro repletas de terrones resecos con vestigios de tallos muertos. Un corredor cuadrangular embaldosado daba acceso a todas las estancias de la vivienda: en el ala derecha: sala, comedor y cocina; en el fondo: alacena y una alcoba pequeña en la que fue encontrado el cadáver; y en el ala izquierda: una biblioteca, la habitación principal con baño privado y una tercera habitación, separada del cuarto pequeño del fondo por un baño. Todas las habitaciones tenían ventanales con postigos de madera desvencijados, cerrados y con rendijas que permitían ver el interior.
El equipo de la Fiscalía había inspeccionado cuidadosamente todas las habitaciones con los muebles cubiertos por una gruesa capa de polvo: en la sala principal rompía el entorno señorial un moderno equipo de sonido del que salían las sentidas notas de un tango programado para sonar indefinidamente; en la biblioteca, repleta de libros antiguos, se destacaba una repisa de varios estantes con tocados de plumas, collares, y bastones ceremoniales, propios de la parafernalia de los rituales indígenas; sobre la repisa, había cinco aves de rapiña disecadas: un cóndor al cual le habían sacado los ojos de vidrio y cortado las alas, dejando un reguero de plumas alrededor del mueble en que tenía hincadas las filosas garras, y cuatro halcones cuyas cabezas habían sido arrancadas y colocadas en cada una de las esquinas de la estancia con los picos apuntando hacia el centro como si su decapitación hubiese formado parte de un siniestro ritual, a juzgar por un tocado de plumas de Quetzal, un bastón ceremonial con sonajeros en uno de sus extremos y un cuchillo, colocados en el centro de la raída alfombra. En la cocina habían encontrado varias bolsas plásticas de basura repletas de cajetillas vacías, colillas de cigarrillos, envolturas de celofán para galletas y bolsas desocupadas de café molido. Llamaba la atención la forma en que las cajetillas, los empaques de café y de galletas estaban dispuestas: no habían sido arrojadas a las bolsas sino que estaban depositadas en su interior, cuidadosamente seleccionadas, dobladas y encarradas como si se tratase de algo que valía la pena acomodar con cuidado. En el cuarto pequeño hallaron además una caja de cartón con sesenta ampolletas vacías de un medicamento desconocido. Pero indudablemente, aparte de una libreta con anotaciones manuscritas aferrada a la mano derecha del cadáver, el detalle que más había llamado la atención de la joven investigadora era un túmulo de ceniza de tabaco, de casi veinte centímetros de altura, formado sobre el piso al costado derecho del camastro y que al ser removido dejó al descubierto un cofre funerario con las cenizas de un cuerpo incinerado.
En sus indagaciones Cristina había establecido que los restos humanos calcinados correspondían a la única pariente del difunto: su hermana menor, Gabriella, fallecida un año antes en el hospital San Rafael de Facatativá. La anterior información fue proporcionada por el abogado que cinco años antes había vendido la casa a los dos hermanos. Según éste, los Angueira no tenían familiares; cuando falleció Gabriella, su hermano dispuso que fuese incinerada y le entregasen sus cenizas; además, aclaró que su relación con ellos había sido inicialmente comercial y posteriormente profesional pues les había ayudado a constituir un fideicomiso en la sucursal del Banco de Colombia en Facatativá. También les había colaborado para gestionar ante las autoridades de migración su cédula de extranjería y su visa como residentes en el país, que les concedieron en junio del año 2003; desde entonces no había vuelto a tener contacto con la pareja de argentinos.
Un comentario malicioso de doña Encarnación, la partera del pueblo: “…ese par de hermanos nunca me gustaron, a mí me daba mala espina la forma sucia y pecaminosa en que se miraban…” había inducido a Cristina a verificar el parentesco de los Angueira. El requerimiento a la Policía Federal Argentina, a la cual remitió huellas dactilares de los hermanos fallecidos, fue respondido con una nota en la que claramente se indicaba: “(…) los ciudadanos argentinos Nicolás y Gabriella Angueira figuran en el registro como hijos legítimos de Bernardo Angueira y Violeta Ortega, ambos fallecidos en un accidente aéreo en 1967(…). Cotejadas las huellas dactilares remitidas por la Fiscalía de Colombia, se estableció que corresponden a los ciudadanos en mención”. Antes de cerrar el caso, Cristina notificó al ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) que podía iniciar un juicio de sucesión sobre los bienes intestados que figuraban a nombre de la pareja: una propiedad en el municipio de Bojacá y un fideicomiso en el Banco de Colombia por cinco mil cuatrocientos cuarenta millones seiscientos mil pesos colombianos ($5.440.600.000), equivalentes a dos millones cuatrocientos setenta y cinco mil dólares norteamericanos (U.S $2.475.000), al tipo de cambio de la fecha.
De acuerdo con la versión del abogado, que se había hecho presente en la Fiscalía dos días después del levantamiento, la casa había sido comprada por los Angueira, a mediados del año 2001, completamente amueblada, pues ellos habían llegado con sus pertenencias empacadas en dos juegos de maletas de viaje. Por la casa Nicolás Angueira había pagado doscientos millones de pesos; previamente había entregado como arras del negocio un campero Land Rover. Ante el comentario de las valijas, Cristina recordó que el cadáver estaba vestido con una sudadera de algodón, sus pies iban cubiertos por unas viejas pantuflas de lana tejida y en el cuarto principal, con camas gemelas muy bien tendidas, habían hallado las maletas cuidadosamente empacadas, listas como para emprender un viaje.

Espera la próxima semana el Capítulo III. “Gabriella”

4 Comentarios

En definitiva,empacar las maletas antes de tiempo es de mal aguero..rumbo al canton norte!!..espero el otro capitulo para no quedar “preñao”.Cordial saludos

Tu lealtad de lector me compromete a seguir publicando. Gracias mi querido Lumylaba. Abrazos

¡Me sorprendieron los protagonistas argentinos! Aumentó el suspenso. Me intriga saber la conexión con los del capítulo anterior. Muy buena la descripción de la vieja casa. Me hace recordar algunas que conocí por aquí. Keep plugging! Hasta la próxima , G.

Mil gracias por los comentarios mi querido Maestro. Para captar la conexión entre los argentinos y Donetti, me temo que debes esperar hasta el capítulo seis, mientrs tanto puedes formular tus propias hipótesis y cotejarlas al final.Cordial abrazo.

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