Idolos de Ceniza. Capítulo III

Posted on : 14-09-2010 | By : kapizan | In : Capítulo III. Gabriela, Idolos de Ceniza

6

GABRIELLA

El viernes 6 de abril del año 2001, alrededor de las diez de la mañana, Gabriella temió que el cansancio y la debilidad que sentía en los brazos fuesen los síntomas de algo mucho más delicado. Sin embargo, no se atrevió a contarle a Nicolás lo que le venía ocultando desde que seis meses antes en Lima había empezado a sentir una molestia pasajera, que pocas semanas después de su llegada a Colombia se revelaría como un hecho grave, obligándoles a modificar sus planes de pasar una temporada en Bogotá conociendo la ciudad, sus alrededores y asistiendo al reconocido Festival de Teatro que anualmente se realizaba por esas fechas en la capital colombiana. Ésta era la etapa final de su recorrido por las carreteras suramericanas a bordo de un Land Rover adquirido un año antes en Buenos Aires, cuando diseñaron la travesía con la meticulosidad con que venían haciéndolo desde que tiempo atrás decidieron recorrer el mundo sin afanes, con la apacible calma que caracteriza a los viajeros de mediana edad.
Esa mañana habían salido del tradicional Hotel Tocarema en Girardot con la mira de llegar a la Capital en donde tenían reservaciones en el Tequendama. Tras remontar la pronunciada cuesta del Boquerón el Land Rover, conducido por Gabriella pues a Nicolás no le gustaba hacerlo, se lanzó a 120 kilómetros por hora sobre la amplia carretera hacia Fusagasugá, mientras una pertinaz llovizna mojaba el asfalto. Más adelante, cuando ella frenó para salvar la vida de un perro imprudente, se vio obligada a dar un golpe de timón que los sacó a la orilla para terminar atascados en una enlodada cuneta. La brusca maniobra no logró despertar a su acompañante del profundo sueño producido por media botella de whisky que había bebido, en menos de dos horas, de una licorera metálica de bolsillo forrada en cuero. La sensación de impotencia de Gabriella cuando los músculos de sus brazos no le respondieron en su intento por activar la palanca de doble transmisión para salir del atolladero, le desató un amargo llanto en medio de fuertes sollozos, lamentaciones e improperios que finalmente espabilaron al sorprendido Nicolás. El resto del recorrido fue una verdadera tortura para éste, pues al disgusto por conducir el campero, en medio de una lluvia que no cesó hasta llegar al hotel, se sumaban la ansiedad por un buen trago de Old Parr y la preocupación que le producía ver a Gabriella sumida en una depresión que él nunca le había visto. Ella intentaba disipar sus miedos fumando en silencio mientras escuchaba tangos en el walkman, con unos audífonos que la alejaban de la realidad.
Al día siguiente Gabriella, que había dormido sosegadamente ayudándose con un par de tragos de la botellita que Nicolás le ofreció, se despertó más tranquila reconociendo que el cansancio era la causa de su debilidad. Acordaron entonces no utilizar el campero sino contratar un taxi de turismo al servicio exclusivo de los clientes del Tequendama, conducido por un sesentón amable, discreto y buen conocedor de la ciudad que resultó ser un inigualable cicerone para recorrer Bogotá, engalanada en abril para recibir a los visitantes que acudían al Festival Iberoamericano de Teatro, del cual disfrutaron asistiendo a cuanta representación alcanzaban a llegar gracias a la pericia del taxista. Al terminar la tercera semana de placenteros recorridos por Monserrate, los principales museos, en especial el Museo del Oro con su valiosa colección de piezas precolombinas, el centro colonial, los mejores restaurantes de comida típica, la impresionante Catedral de Sal de Zipaquirá tallada a pico en los socavones de una mina, y de visitar los municipios del altiplano, Gabriella nuevamente mostró síntomas de cansancio, pesadez en los brazos y debilidad, por lo que decidieron permanecer en el hotel.
Al medio día de ese domingo el temor de Gabriella se confirmó haciendo inocultables los síntomas de una enfermedad que se venía agazapando en su bien delineado cuerpo, que a los 42 años conservaba la silueta y la flexibilidad propias de una mujer diez o quince años menor. Después de recorrer el bien surtido despliegue de viandas frías y calientes que conformaban el brunch dominical en el restaurante El Virrey del Tequendama, el estrépito de platos al estrellarse contra el piso sobresaltó a Nicolás, pues a Gabriella se le cayeron de las manos como si no pudiese sostenerlos. Poco después lo invadió el pánico, cuando ella con lágrimas en los ojos intentó hablar y no pudo. Los músculos de la lengua no respondían las órdenes cerebrales de su dueña.
Las palabras del médico del hotel, después de practicar un exhaustivo examen a la asustada Gabriella, aterraron a Nicolás: “No me atrevo a dar un diagnóstico definitivo sobre lo que pueda tener su hermana, señor Angueira, pero tengo la impresión de que es un serio trastorno neurológico y por ello le recomiendo que sea internada cuanto antes en una clínica especializada…”

El doctor Mauricio Koppel Iregui era un neurólogo colombiano de origen alemán, que en el cenit de su brillante carrera había fundado la Clínica Neurológica Rudolf Koppel como un homenaje a su padre, un eminente cirujano que había servido en el Ejército Alemán durante la primera guerra mundial. Terminada la conflagración Rudolf emigró a Colombia, donde contrajo matrimonio con Catalina Iregui, hija menor de un distinguido médico colombiano, fallecido a comienzos de los años sesenta por causa de una enfermedad neurológica. La muerte de su abuelo materno motivó al entonces estudiante de medicina de la Universidad de Harvard a escoger la neurología como su campo de especialización, y a esta enigmática rama de la medicina se había dedicado con pasión absorbente, hasta el punto de que a los 67 años permanecía soltero, acompañado por una impresionante trayectoria de logros académicos y profesionales, tales como la publicación de cuatro libros de texto y más de cien artículos en revistas especializadas, la dirección del departamento de neurología de la clínica Mayo en Rochester en el estado de Minnesota, la presidencia, en dos ocasiones, de la Sociedad Americana de Neurología, y la distinción con tres premios internacionales por sus aportes a la ciencia, entre otros.
La muerte en 1986 de la octogenaria señora Catalina Iregui viuda de Koppel representó un cambio en la vida de su hijo Mauricio, quien decidió radicarse en Colombia para cumplir con la última voluntad de su madre. Dos semanas antes de morir, la anciana lo había comprometido haciéndole el traspaso de un lote de seis hectáreas situadas en el sector de los cerros nororientales de Bogotá arriba de la carrera séptima, y haciéndole jurar que en ese terreno haría realidad el sueño de su padre de construir una clínica neurológica dotada con un pabellón para atender a personas de escasos recursos. En agosto de 1995, con asistencia del Presidente de la República, se inauguró la Clínica Neurológica Rudolf Koppel que en pocos años se colocó a la vanguardia de los centros clínicos más avanzados de América Latina, con tres salas de cirugía, un laboratorio dotado con instrumental de alta tecnología, capacidad para atender doscientos cincuenta pacientes hospitalizados con la comodidad y los servicios de un hotel de cinco estrellas. Indudablemente sus costos eran cubiertos con los elevados precios que pagaban los pacientes adinerados y alcanzaban para subsidiar una atención similar a los pobres en el pabellón que con el nombre de la caritativa señora Iregui mantenía un lleno completo de otras tantas camas.
A las cinco de la tarde de ese domingo, a bordo de una ambulancia, bajo una lluvia torrencial que como un mal augurio entristecía el panorama y ensombrecía los pensamientos del atribulado Nicolás, llegaron a la sala de urgencias de la prestigiosa clínica en donde fue internada Gabriella para ser sometida durante toda la noche a una agotadora secuencia de exámenes. Los resultados fueron entregados a la mañana siguiente al doctor Koppel para que emitiese un diagnóstico sobre la ciudadana argentina, remitida por el médico del Hotel Tequendama.
El diagnóstico del reconocido neurólogo, matizado por su amabilidad y su agradable tono de voz que inspiraba confianza, fue para Nicolás como el veredicto de un juez implacable: Gabriella se encontraba en un estado bastante avanzado de una enfermedad mortal para la que no se había descubierto hasta la fecha ningún tipo de cura. En el mejor de los casos le quedaban dos, máximo tres años de vida pues la Esclerosis Lateral Amiotrófica era una enfermedad neurológica degenerativa que se caracterizaba por pérdida progresiva de la fuerza muscular inicialmente en las extremidades superiores comenzando por los hombros, extendiéndose hacia la periferia y los músculos faciales, con posterior pérdida de la función motora, para luego dificultar los movimientos de los músculos en el tronco e impedir la actividad visceral del esófago, el estómago y los intestinos. Ante un cuadro clínico de esa naturaleza lo único posible era tratar de brindarle a la paciente la mayor tranquilidad en un ambiente rodeado de afecto, con sesiones semanales e intensivas de terapia física para retardar el avance de la rigidez muscular y mejorar hasta donde fuera posible su calidad de vida. La única luz de esperanza era la perspectiva de que en ese lapso los laboratorios farmacéuticos, que según Koppel llevaban varios años dedicados a la investigación para producir algún medicamento que frenase la progresión de este tipo de esclerosis o lograra revertir sus efectos, fuese finalmente desarrollada y comercializada. Según el galeno, su clínica contaba con un excelente equipo de terapeutas que podrían garantizarle en el corto plazo dos importantes paliativos: recuperar significativamente la motricidad e impedir que se viese confinada a pasar los últimos meses de su existencia en una silla de ruedas.
Ante el explicable interés de Nicolás por conocer más detalles sobre las investigaciones farmacéuticas, el doctor Koppel le había indicado que mantenía correspondencia con un colega norteamericano que desde 1996 dirigía un equipo de investigación en los laboratorios Morantes de México, una filial de la poderosa Donetti Chemical Inc. con sede en Guadalajara. Según el neurólogo, su colega, con quien le unía una vieja amistad desde sus años universitarios, le había escrito una carta reciente en la que mostraba su optimismo por los resultados de un medicamento experimental para prevenir con una vacuna la aparición de la Esclerosis Lateral Amiotrófica y de una sustancia que podría eventualmente revertir la enfermedad desde sus etapas más avanzadas; el investigador, que hasta la fecha había realizado pruebas en cobayos con resultados alentadores, estimaba que para finales de ese año podría ensayar los efectos con seres humanos. Por supuesto, ésta era una información confidencial y le pedía a Nicolás que guardase reserva absoluta al respecto, al tiempo que le garantizaba la participación de su hermana tan pronto como se iniciase la fase del tratamiento con el nuevo medicamento, en pruebas con seres humanos. Por lo pronto, recomendaba que la pareja buscase su estabilidad permaneciendo en un lugar tranquilo, cerca a un centro especializado que pudiese proporcionarle el tratamiento terapéutico que ayudaría significativamente a mejorar su calidad de vida. Como acción inmediata sugería la conveniencia de internar en su clínica a Gabriella durante un periodo de dos meses, al final de los cuales seguramente lograrían demorar el proceso degenerativo en forma significativa.

Espera la próxima semana el Capítulo IV. “Nicolás”

6 Comentarios

Pancho,espero que en base a tus enigmas misteriosos, en el próximo capitulo no me vayas a matar a nicolas y resucitar a gabriela….pero está interesante “la tramoya”.Cordial saludo

Me alegra haber mantenido tu interés y que “la tramoya” te esté pareciendo interesante. gracias de nuevo por tu fidelidad como lector mi querido Lumylaba.

Hola, Francisco Javier: Acabo de leer tu última entrega de Ídolos de ceniza. Estupenda. Solo me quedó sonando un poco milagroso que el accidente en el Land Rover, a 120 kilómetros por hora, no hubiera tenido peores consecuencias, casi tan graves como la propia dolencia de Gabriella. Un abrazo. Francisco Tostón

Apreciado Tocayo: Tienes razón, tal vez le puse demasiada velocidad al campero; lo tendré en cuenta para futuros accidentes ficticios. Gracias por la lectura y los comentarios. Un abrazo

El capítulo empezó bien con un recorrido por Bogotá que me hizo recordar una visita de hace muchos años (especialmente la Catedral de la Sal); pero me entristeció la enfermedad de Gabriella. Un amigo de la época de la Universidad falleció hace un año de ese mal. Espero con ansiedad el capítulo IV. ¡Se pone cada vez más interesante y necesito atar cabos!

Apreciado don Guillermo de nuevo gracias por tu fidelidad como lector. Ante todo lamento la pérdida de tu amigo por culpa de esa nefasta enfermedad.
Tus comentarios son siempre estimulantes; me alegra que encuentres intersante la trama y espero que con el VI capítulo que será publicado dentro de tres semanas, logres atar los cabos que te hacen falta para poder emitir una opinión sobre la obra completa.
Cordial Abrazo

Dejar comentario

Gathacol.net