Idolos de Ceniza. Capítulo V

Posted on : 28-09-2010 | By : kapizan | In : Capítulo V - Los Angueira, Idolos de Ceniza

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LOS ANGUEIRA

La noticia del día fue la llegada de Argemiro Pulido conduciendo su camioneta a bordo de la cual aparecieron por primera vez en Bojacá los Angueira. El vehículo ingresó por el costado occidental del parque principal, dobló a la izquierda frente al Convento de Nuestra Señora de Gracia, sobrepasó el Santuario de Nuestra Señora de la Salud, avanzó una cuadra más, giró a la izquierda, se detuvo frente a la Notaría, situada en un pequeño local a espaldas del parque, y sus tres ocupantes se apearon e ingresaron a la oficina. Media hora después, los recién llegados se marcharon rumbo a la salida del pueblo por el Camino Real, y los mirones pudieron apreciar dos juegos de maletas Samsonite pasadas de moda como único equipaje de la conspicua pareja. Cuando las viejas del pueblo se agruparon para especular al respecto, quedó como un hecho irrebatible la primera opinión, emitida con convencimiento absoluto por doña Gertrudis: “El viejo Pulido consiguió a ese par para venderles la casa de la difunta señorita Iriarte”. Desde ese momento los parroquianos, haciendo gala de la malicia, la suspicacia y la doblez heredadas de sus ancestros muiscas, empezaron a tejer una sutil red de vigilancia sobre los dos extranjeros, que seguramente traerían costumbres disolutas y perniciosas que podrían afectar la vida puritana de su pueblo.
El antiguo curato de Bojacá era un pueblo conventual de día y fantasmal de noche. Así había sido desde los albores del siglo XVII y así continuaba siendo en los albores del siglo XXI. Si algún director de cine decidiera rodar allí una película de época, sólo tendría que disimular un gallardete amarillo que desentonaba en el marco de la antigua plaza de armas, hoy parque principal, anunciando un asadero de pollos. Bojacá era el punto de partida del Camino Real, construido por los españoles sobre los antiguos senderos indígenas, cerca al borde occidental del altiplano, que descendía serpenteando desde los casi tres mil metros de altura hasta los 1700, en medio de una exótica variedad de flora y fauna. Aun hoy en día los amantes de las caminatas pueden pasar de un clima paramuno, gélido y brumoso a un agradable clima templado en menos de seis horas de marcha.
Al aire conventual del pueblo contribuía la proliferación de pequeños almacenes dedicados a la venta de velas, imágenes de la Virgen en cerámica, novenarios, camándulas y toda suerte de objetos de gran demanda entre los fieles católicos que acudían con fe al Santuario de la Virgen de la Salud. Las tiendas religiosas se encontraban alrededor del parque principal o en casi todas las estrechas calles del área urbana, conformada por una mezcla de casas viejas de estilo español con paredes de adobe y tejas de barro que se alternaban anacrónicamente con edificaciones más recientes de ladrillo y cemento con tejas de asbesto. En el costado oriental del sector habitado, un muro de piedra de dos metros de altura señalaba el lindero de un inmenso prado en donde pastaban con desgano varias docenas de vacas lecheras. El muro se extendía hacia el sur hasta la última calle del pueblo, y allí doblaba hacia oriente en una extensión de dos kilómetros sobre un carreteable que desembocaba en “Las Piedras del Chivonegro”, conjunto de enormes rocas de caprichosas formas, apiladas en un montículo. Según las crónicas de la época de la conquista española, los sacerdotes muiscas efectuaban desde allí ofrendas a Sué, el dios sol, y a Chía, la diosa luna.

“El predio que le estoy ofreciendo es ideal para sus necesidades, señor Angueira…”, había dicho el Doctor Pulido a su cliente potencial dos meses antes, “…no sólo le ofrece la tranquilidad que requiere el estado de salud de su hermana, sino que está a menos de una hora de la Capital por excelente carretera, y a veinte minutos de Facatativá, que tiene un bien dotado hospital, en caso de emergencia…”. Tras describirle los detalles de la vivienda, situada al costado norte del Camino Real a sólo cinco minutos a pie del parque principal, el vendedor se había extendido contando anécdotas históricas sobre la milagrosa Virgen de la Salud cuya imagen, una reproducción de la Virgen de las Angustias de Granada, había sido traída al Nuevo Reino por un español de apellido Pérez. La última anécdota la había contado precedida de este comentario: “Bojacá es ideal para esconderse del mundanal ruido. El mismísimo Libertador Simón Bolívar se refugió en la hacienda de Cortés, después de la conspiración de septiembre de 1828… la casa que le ofrezco queda al lado de esa hacienda. Como verá, señor Angueira, esa es una tierra con mucha tradición, buenas fincas de ganado y cultivos”. A Nicolás las historias sobre la vida religiosa del pueblo no le interesaron y se limitó a escucharlas con muda cortesía, pero no pudo evitar una sonrisa maliciosa con el relato de Bolívar escondido en ese pueblo.

La nobilísima estirpe fundada, a finales del siglo XVII en un latifundio cercano a Facatativá, por el hidalgo caballero don Jeremías Iriarte Vengoechea, se vino a menos después de la Guerra de los Mil Días y se extinguió con la muerte de Amadeo Iriarte Pérez, último vástago fallecido en 1983 sin dejar descendencia. Como un vestigio depreciado de la antaño poderosa familia sobrevivió, reducida a una casona y diez fanegadas de tierras en Bojacá, la virginal señorita Magdalena Iriarte, única hermana de Amadeo que se murió de melancolía a los 76 años de edad en la solitaria navidad del 99. Por fortuna para el Dr. Argemiro Pulido, abogado de la familia, la solterona murió sin testar a favor de una comunidad religiosa como era su intención, y por ello el astuto litigante acogiéndose a la ley colombiana, informó al ICBF la existencia de esa propiedad, que pasó a dominio de la entidad. Esta notificación le confería a Pulido el derecho a quedarse con el veinte por ciento de los bienes intestados. Éste, en una hábil negociación con el organismo, logró que fuese representado por la casona con todos sus enseres en un predio de mil metros cuadrados.

Rumbo a la casa recién adquirida por los Angueira, el Doctor Pulido les contó la historia de los antiguos dueños, que habían sido sus clientes desde que había representado al padre de los dos hermanos en un litigio por salvar de los acreedores la última porción de tierra que le había pertenecido: las diez fanegadas con la casona y su solar. Infortunadamente, en un accidente automovilístico en Londres a mediados de los años sesenta, murieron el señor Iriarte, su esposa y su nuera embarazada. El pobre viejo había muerto convencido de que la esposa de su primogénito, le daría un heredero al ilustre apellido. Amadeo, que conducía el vehículo, resultó ileso pero con un grave trastorno psicológico que le obligó a abandonar su cátedra universitaria de etnología y regresar a Colombia a vivir con su hermana, convencido de ser un Conde del Renacimiento que regresaba al nuevo mundo, en compañía de cuatro halcones “para enseñar a los nativos la cetrería, que es arte de nobles”. La falta de conocimientos sobre el cuidado de los halcones europeos en los climas andinos hizo que a los pocos meses de su llegada a Facatativá muriesen tres; al otro lo mató un cóndor en desigual pelea, pero pagó cara su osadía pues Amadeo lo eliminó de un escopetazo. Para calmar el dolor de su chalado hermano, Magdalena consiguió un taxidermista que disecó las aves, incluyendo el cóndor asesino. Desde entonces, los exóticos plumíferos adornaron la abigarrada biblioteca, sobre un estante con piezas indígenas que el antiguo profesor había recogido como etnólogo especializado en las culturas indígenas de Centro y Suramérica.

Una vez instalados los Angueira en su nueva propiedad, Nicolás había establecido una rutina en la que él se hacía cargo de todos los trabajos domésticos bajo la mirada entre complacida y triste de Gabriella, que permanecía la mayor parte del tiempo en una mecedora de mimbre de la que sólo se paraba con la ayuda de él para efectuar la serie de ejercicios y masajes musculares recomendados por los terapeutas para reducir al mínimo el dolor de la rigidez muscular. Lo que más torturaba a Nicolás era la imposibilidad de Gabriella para pronunciar frases completas debido a la falta de fuerza en los músculos de la lengua que además le hacía difícil la ingestión de alimentos sólidos. Por ello su dieta era a base de líquidos, papillas y compotas infantiles suministradas pacientemente con una dedicación que le merecía miradas de gratitud de la enferma. Todas las noches después de ayudarla a desvestirse, Nicolás le aplicaba una inyección subcutánea en el cuello con la esperanza de que el medicamento experimental diera resultados, o al menos recuperase el habla y la facilidad para deglutir alimentos sólidos. Hecho esto, le proporcionaba una pastilla para dormir, la arropaba y le hablaba como a una niña hasta que la vencía el sueño; entonces salía en puntillas de la habitación para encaminarse al cuarto pequeño con una botella de whisky que bebía mientras rumiaba, casi hasta el amanecer, su impotencia para revertir la dolorosa situación en que les había colocado la vida. A las siete de la mañana, después de tres o cuatro horas de sueño intranquilo, el reloj interno de la responsabilidad lo despertaba, se daba una ducha rápida, se afeitaba, regresaba al cuarto principal a esperar que ella abriese los ojos, casi siempre a las ocho, procedía a ayudarle con el baño, a escoger la ropa que usaría en el día, y a vestirla. Después del desayuno Nicolás dedicaba un buen rato a cepillarle la negra y corta cabellera, y a maquillarla con la delicadeza con que un pintor daría los toques finales a un retrato; y cada veinte días se tomaba la molestia de tinturarle el pelo, pues sabía que ella detestaba las raíces de su color original y se aterraba ante la aparición de las canas. Por recomendación del Doctor Koppel Gabriella debería caminar al menos media hora diaria para fortalecer los músculos de las piernas. A media mañana, si el clima lo permitía, efectuaban una caminata hasta el pueblo y recorrían las escasas calles. Antes de regresar, descansaban una media hora en el parque, de espaldas al busto de Bolívar, de cara al Santuario de la Virgen y al Convento de los Agustinos, sentados en dos sillitas plegables que Nicolás portaba colgadas a la espalda.

Dos días después de la llegada de los forasteros al pueblo, doña Gertrudis y otras tres señoras suspendieron el cotilleo que disfrutaban a la salida de la misa de nueve cuando desde el atrio del santuario los vieron venir: avanzaban erguidos con paso lento. Ella ataviada con un largo abrigo de paño, tocada con un gorro de lana y con el rostro parcialmente envuelto en una bufanda de alpaca, cogida del brazo izquierdo de él, que lucía un grueso chaquetón de pana y un sombrero tirolés. La neblina, que aún permanecía flotando a sus anchas en el parque, los envolvía hasta la cintura y les daba un aire de espíritus aparecidos. Después de que pasaron frente a las viejas, doña Encarnación, la partera, se volvió hacia sus amigas, se persignó ampulosamente y con un gesto de repulsión en su arrugado rostro dijo con tono de premonición: “Esos dos huelen a muerto”. Doña Gertrudis a su vez sentenció: “Son ateos”. “Tienen que serlo”, apuntó otra y agregó su justificación: “ni siquiera se santiguaron, ni él se quitó el sombrero, pasaron por aquí como si la Santísima Virgen no existiera”. Desde ese día nadie les dirigió la palabra, las mujeres embarazadas o las madres con niños de brazos evitaban cruzarse con ellos, pero todos los observaban y especulaban sobre los motivos de su presencia en el pueblo y su actitud claramente impía.

Los martes a las ocho de la mañana llegaba a la casona un automóvil Mazda 626 de color cereza conducido por Rómulo, recogía a la pareja y la llevaba a Bogotá para que Gabriella asistiese a su terapia semanal en la clínica Koppel. Rómulo Garzón era un Sargento retirado del Ejército que vivía en Facatativá con su esposa y su única hija, Soledad, recién graduada como contadora pública en la Universidad Nacional. Rómulo poseía además del Mazda una camioneta Chevrolet de doble cabina y modelo reciente destinada al transporte de insumos para dos pequeñas industrias locales. El Doctor Pulido los había puesto en contacto con Nicolás, para que Soledad le manejase los asuntos tributarios y él les sirviese como conductor en todos los desplazamientos que requiriesen. Nicolás quedó encantado con la seriedad, la responsabilidad y la respetuosa actitud del chofer y con la eficiencia de su hija en el manejo de su declaración de impuestos; por esta razón abrió una cuenta de ahorros a nombre de Soledad para que se encargase de pagar puntualmente todos los servicios públicos de la casona.

Dos meses después de la llegada de los Angueira, la medicina experimental hizo efecto: por primera vez Gabriella articuló una frase completa para sugerirle a él que arreglaran el antejardín de la casona. A partir de ese momento, con un entusiasmo inusitado Nicolás empezó a ocupar buena parte de la mañana en sembrar flores nuevas y plantas ornamentales, abonar la tierra, podar y embellecer el jardín mientras ella le observaba sonriente desde su mecedora en el corredor frontal de la casa, que empezó a recobrar el aire alegre que no había tenido en años. En esos momentos de efímera felicidad Nicolás recuperaba la esperanza, sentía que valía la pena continuar con el empeño de proporcionarle amor, tranquilidad y sosiego a la enferma. Lo único que ensombrecía la paz y la calma en la rutinaria, casi agradable, vida de los Angueira, eran las palabras del Doctor Koppel el día que examinó a Gabriella después de que hubiese recuperado el habla: “Es un hecho que las terapias y la aplicación del tratamiento con la medicina experimental han dado resultados que superan mis expectativas. En este sentido me atrevo a asegurar que su hermana ha recuperado sensiblemente la motricidad y el habla. Eso le ha permitido llevar una vida más normal. El problema radica en que el medicamento no ha logrado reactivar los movimientos musculares de los órganos internos… El riesgo entonces estaría en el caso de que contrajese una neumonía o una bronconeumonía, pues la capacidad mínima de movimientos musculares en el tórax y el diafragma le inducirían graves fallas respiratorias e incluso un paro cardiorrespiratorio…”.
Así, con esa espada de Damocles gravitando sobre su cabeza, Gabriella vio pasar cuatro años rodeada de los cuidados, el afecto y la ternura de su solícito enfermero… Un lunes la neblina mañanera se había esfumado muy temprano bajo los rayos implacables y picantes del caprichoso sol sabanero. Los Angueira salieron a su caminata sin la acostumbrada protección de abrigos y bufandas, pues la ausencia de nubes y el ardiente sol matutino permitían suponer que sólo llovería en horas de la tarde. Mientras descansaban a la sombra del busto del Libertador, una brisa traicionera empujó un cúmulo de nubarrones que sin previo aviso se desgajó sobre el pueblo en torrencial aguacero. Maldiciendo para sus adentros su imprevisión por no llevar paraguas, Nicolás intentó cubrir con su cuerpo a Gabriella y como pudo corrió a buscar refugio en el alero de la casa más cercana. Fueron tres o cuatro minutos, tiempo suficiente para que sus ropas se empaparan y ella comenzara a temblar completamente aterida y no dejara de hacerlo hasta que una hora después Nicolás friccionara su cuerpo con alcohol y le preparase una bebida caliente de panela con limón…
Al amanecer del día siguiente el ulular de una ambulancia rompió el silencio sepulcral de Bojacá al emprender rauda marcha hacia el Hospital San Rafael de Facatativá, conduciendo a la enferma delirante acompañada por el desolado Nicolás.

Espera la próxima semana el último Capítulo. “Bruno y Felissa”.

4 Comentarios

Pancho,muy bueno e interesante el relato,pero sigues siendo perverso, nos dejas una semana pariendo borugos esperando el final,espero no intentes matar a Gabriela,pues sería estéril…ya le mandé hacer misa por su salud y ese método a mi no me falla.Un fuerte abrazo

Ilustre conde de Luylaba, lamento comunicarte que tu misa no sirvió de nada. Tu pedido llegó tarde: Gabriella ya había muerto. Precisamente de su cremación llegó Nicolás (capítulo anterior) antes de encerrarse a beber, a fumar y a comer salchichas.

Hola, ilustre tocayo. Leí el capítulo de los Angueira y me sentí cerca de los personajes, ya que Bojacá fue mi primer destino en Colombia. Allí, entre brumas, clases y sudores de peregrino, transcurrieron mis primeros años en el trópico. Entre reuniones con los jóvenes de la JAC, las clases de latín y las canciones de Garzón y Collazos pasé ratos tranquilos e inolvidables. Tal vez por eso, este capítulo me gustó de manera especial. Cuando salíamos los miércoles a merendar al campo y a esperar las palomas que regresaban de la sabana, para echarles plomo venteado; contemplábamos el panorama hacia la tierra templada de La Esperanza, El Ocaso, Cachipay y la Laguna de Pedro Palo y regresábamos alegres cantando canciones españolas, no sabíamos que eso se parecía mucho a la felicidad.
Un abrazo.
Francisco Tostón

Apreciado e insigne tocayo:
Me complace saber que el pasado capítulo de la novela hubiese servido para que evocaras los años de juventud transcuridos en ese pintoresco y hermoso rincón de la Sabana de Bogotá . Por lo visto, conoces mucho mejor que yo los parajes de Bojacá. Mi conocimiento se limita a una sola visita de observación para recrear el escenario que ewscogí para ambientar la trama de Ídolos de ceniza. Un abrazo

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