Idolos de Ceniza. Capítulo VI

Posted on : 04-10-2010 | By : kapizan | In : Capítulo VI - Bruno y Felissa, Idolos de Ceniza

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BRUNO Y FELISSA

La sombra del Beech Bonanza se proyectó por un instante sobre las rocas que delineaban las estribaciones en la ladera noroccidental de Los Alpes italianos, cuando Bruno, tomando como referencia el curso del río Bacchiglione, viró para enfilar la nave e iniciar el descenso hacia su destino final: un campo de golf, a mitad de camino entre Thiene y Grantorto, en el cual hallaría un área demarcada con antorchas para guiar el aterrizaje. La noche otoñal era clara, con una luna cuyos pálidos reflejos daban un toque de mágico romanticismo a la primera etapa del plan que minuciosamente habían urdido durante varios meses Felissa y él, con el apoyo y la complicidad de Don Carlo Montini. Tras apagar los motores, descendieron de la aeronave y se encaminaron hacia el final de la improvisada pista en donde, según lo planeado, un Mercedes Benz negro del año 42 estaba dispuesto con las llaves de encendido listas. Ella ocupó el asiento del conductor, él se acomodó a su lado y emprendieron rauda marcha por un carreteable adoquinado hacia la pequeña casa situada a cien metros de una imponente mansión de estilo renacentista. En el interior de la enorme casa el nonagenario Don Carlo esperaba la muerte con la serena actitud de quien todo lo ha visto y lo ha vivido. La travesura de su sobrina había reanimado su espíritu y apoyarla daba sentido a los últimos meses de su agitada existencia.

Diez minutos después de que el Mercedes se hubiese marchado, el avión fue rodeado por una docena de hombres que en menos de una hora lo desarmaron en piezas, lo empacaron en guacales y lo embarcaron en un furgón que tomó la ruta hacia Vicenza para dirigirse posteriormente a Padua, en donde las cajas fueron guardadas en una inmensa bodega.

Los sentimientos de Felissa hacia su tío Carlo habían recorrido el sendero del afecto en toda su extensión. De un odio visceral por un hombre perverso a quien no conocía y que, según le habían inculcado en la niñez, era el causante de la muerte violenta de sus padres, pasó a los 18 años de edad, a un amor profundo cuando conoció al simpático viejo que desde ese momento se convirtió en su consejero, cómplice y amigo. Para esa época acababa de hacer su primer papel de reparto en una película italiana de razonable éxito, sin saber que había sido financiada con dineros proporcionados por Don Carlo a un productor que se encontraba al borde de la quiebra. Conoció a su tío en la fiesta de celebración posterior a la premier de gala. La espontaneidad, la franqueza y el carisma del viejo diluyeron la imagen que de él le habían forjado sus parientes maternos, en especial su tía Agnes, con quien se había criado tras la muerte de Vittorio Montini, su padre, y de Rose Mary Williamson, su madre norteamericana.

La infancia de Felissa desde los cuatro años, cuando pasó al cuidado de su tía Agnes, transcurrió como la de cualquier niño norteamericano de la clase media, en una modesta casa a las afueras de New Jersey, en compañía de sus cuatro primos, asistiendo a una escuela estatal. De sus padres guardaba un vago recuerdo sobre el cual la tía había armado una historia aterradora de sangre y violencia, en la que el protagonista principal era su tío Carlo: “Un pistolero de la mafia que no sólo se conformó con arrastrar a la perdición a tu padre, sino que acabó con la tranquilidad y la vida de tu madre, que cometió el error de enamorarse de un bandido”. Las habilidades histriónicas de Felissa salieron a flote en la secundaria como integrante de un grupo juvenil de teatro. Su salto a la pantalla grande lo había dado gracias a que un joven director de cine la vio actuando y le propuso un papel secundario en una película sobre los Borgia que se rodaría en Italia. Pronto descubriría que su belleza y su sensualidad eran armas poderosas para escalar posiciones en el mundo del celuloide; la aparición del tío Carlo en escena le proporcionaría el complemento perfecto para escalar a la cima.

Carlo Montini y su hermano menor Vittorio eran hijos de inmigrantes italianos llegados en 1914 a Norteamérica huyendo de la guerra europea. El mayor tenía diez años cuando desembarcaron en Ellis Island y su hermano nació ocho años después en New York. El padre murió apuñalado en una reyerta entre los estibadores de los muelles que se disputaban las pocas plazas de trabajo durante la depresión del 29. Para entonces el joven Carlo consiguió trabajo como guardaespaldas de un mafioso del Bronx que manejaba el negocio clandestino de los juegos de azar y las apuestas; pero su verdadero auge en el crimen organizado llegó con los años de la prohibición y el contrabando de licores. A comienzos de 1960, cuando nació Felissa, los hermanos Montini eran las cabezas visibles de una organización que controlaba el vicio en un amplio territorio de la ciudad. Vittorio y su esposa sucumbieron, en 1964, ante las balas de la mafia italo-americana en las calles de New York en una vendetta entre familias rivales. El asesinato de Vittorio fue como una señal para su hermano mayor, que tomó la decisión de retirarse del trabajo en las calles y regresar a su tierra natal para dar desde allí un giro a su negocio invirtiendo todo su capital en actividades legales que, como fachada, le permitían ejercer un control político apoyando a líderes de la derecha italiana para que accediesen a diferentes posiciones de poder. Felissa nunca olvidaría las palabras de su tío el día que lo conoció: “Tienes mucho talento, figura y belleza mi pequeña, pero en este retorcido mundo del cine eso no es suficiente. Para llegar lejos necesitas un empujón y el tío Carlo te lo va a dar…”.

La primera noche de amor en el refugio proporcionado por el viejo fue quizá la más intensa, apasionada y relajante después de los meses de preparación para lograr lo que Felissa llamaba “la liberación total”. Al día siguiente alrededor de las diez de la mañana un golpe de aldaba anunció la llegada del anciano. Con una pícara sonrisa que le daba a su rostro la expresión de un niño haciendo pilatunas, el viejo activó el control de su silla de ruedas, que se desplazó silenciosa hasta la pequeña sala. Con un gesto de la mano indicó a la pareja que tomaran asiento, mientras él se erguía con calma para avanzar cuatro pasos y acomodarse en una poltrona. “Todavía puedo caminar, la silla me la dieron para reducir el esfuerzo. La verdad es que me siento como un piloto carreteando para decolar… el vuelo final según el médico puede ser en navidad. Ya veremos. Por ahora lo importante son los preparativos para que ustedes puedan pasar desapercibidos. Estos cambios tienen un costo elevado, pero ése es mi regalo de despedida. Sobre los detalles no deben preocuparse pues nunca nadie los sabrá. Éste es un secreto de Omertá”.

Felissa preparó café y sirvió galletas, mientras su amante le contaba al viejo las peripecias del viaje. Finalmente Bruno sacó una bolsita de cuero que llevaba alrededor del cuello atada con una cadena, extrajo de su interior cinco diamantes de alta pureza que había retirado un mes antes de una cajilla de seguridad en un banco parisiense y se las entregó a Don Carlo. Éste miró los diamantes apreciativamente: “Magníficas joyas, tengo el comprador y creo poder conseguir por estas piedras los cinco millones de dólares que decidiste conservar como único capital. Es una reserva más que suficiente para que se den la gran vida y puedan gozar la vejez, pues por lo que veo va a ser mucho más alegre y entretenida que la mía…”.

Esa noche septembrina los amantes se divirtieron jugando con un computador en el que alteraban sus respectivas imágenes hasta encontrar las facciones con las cuales les gustaría pasar el resto de su nueva vida. La excitación por la aventura los mantuvo insomnes rememorando su primer encuentro amoroso y la forma en que habían planeado hasta el último detalle. Para ambos la casa que les había proporcionado el viejo como escondite provisional traía gratas remembranzas, pues era la misma en que ocho meses antes habían hecho por primera vez el amor sin vislumbrar el inusitado curso que tomarían sus vidas.

Todo había comenzado durante las celebraciones de año nuevo que ese primero de enero habían coincidido con la fiesta exclusiva y fastuosa que Don Carlo había organizado para conmemorar “mis primeros noventa años”. El viejo se las había apañado para que Donetti asistiese como invitado pues pensaba que esa sería una buena oportunidad para que su sobrina consiguiese un contrato como imagen de la nueva línea de perfumes que lanzaría al mercado la filial francesa de la multinacional. En realidad el magnate no podía negarle un favor a Don Carlo pues no sólo le debía a los hermanos Montini el apoyo brindado para multiplicar el capital con que había establecido su primera industria, sino que a los contactos políticos del viejo debía muchos contratos con el gobierno italiano.

Tanto Bruno como Felissa reconocieron el impacto que el uno había producido en el otro: en esos días invernales con sus noches descubrieron al calor de la chimenea un amor que ninguno de los dos había experimentado. Para ella, antes de Bruno, el amor de pareja no existía y se atrevió a confesarle que todas sus relaciones anteriores no habían sido más que un medio astutamente manipulado, muchas veces con el apoyo de su tío, a fin de escalar posiciones en su carrera como actriz. Para él, antes de Felissa, las mujeres eran importantes como tales, pues su belleza le daba colorido y variedad a la ardua tarea de mantener un imperio empresarial, que hasta entonces había sido el único amor de su vida. En la intimidad de esa cabaña, aislados del mundo por una cómplice tormenta de nieve, estrechamente abrazados en la placidez que proporciona una relación sexual plena, Felissa con lágrimas en los ojos le confió a su amante el hastío y la desesperante sensación de vacuidad que le proporcionaba la artificial condición de símbolo sexual como ídolo de la pantalla; incluso había pensado en el suicidio para poner fin a esa ilusión que la había deslumbrado y que una vez alcanzada estaba destruyendo su vida y corroyendo su alma. Tras confesar sus temores íntimos, que sólo había confiado a su bitácora, Felissa reclinó la cabeza sobre el torso desnudo de Bruno y se quedó profundamente dormida, mientras él acariciaba suavemente su sedosa cabellera roja. Conmovido por la revelación, Bruno pasó el resto de la noche inmerso en serios cuestionamientos sobre su propósito de vida, para llegar a interiorizar la importancia relativa del poder. Nunca antes le habían faltado las palabras para expresar sus sentimientos a las mujeres, pero con Felissa tomó sentido para él una frase de Petrarca que alguna vez había leído: “Quien puede decir cuanto ama, pequeño amor siente”. Comprendió entonces que por ella sentía un amor tan grande que no podía expresarlo con el límite de las palabras. Por eso al día siguiente respondió, sin dudar un instante, a la pregunta que ella con ansiosa mirada le había formulado: “¿Qué pasaría con tu empresa si te desapareces por un año?”. “En realidad no pasaría nada pues George se encargaría de todo… Es más, un año me parece poco. Contigo estaría dispuesto a desaparecer para siempre”.

Tres meses después de la llegada de Bruno y Felissa a Vicenza, Don Carlo irrumpió en la cabaña con la expresión de felicidad de un niño al concluir con éxito una tarea por la que espera gran recompensa. Con un brillo de felicidad en sus ojillos negros y una sonrisa que iluminaba su curtido rostro, sacó un sobre y con voz temblorosa por la emoción lo exhibió agitándolo en la mano: “¡Lo logramos! ¡Todo listo!”. A continuación se puso de pie como impulsado por una nueva energía y comenzó a dar vueltas mientras reía y lloraba de felicidad. Al día siguiente, como si sólo hubiese estado robándole tiempo al tiempo para alcanzar a cumplir una misión, el viejo murió apaciblemente mientras dormía.

Un mes antes de su muerte don Carlo le había expresado a Felissa su última voluntad: un funeral sobrio en el que únicamente quería que le acompañasen ella y Bruno, a quien había llegado a querer como el hijo que nunca tuvo. Como católico deseaba que se oficiase una misa de cuerpo presente y sus restos fuesen sepultados en el cementerio de Vicenza, en el mismo mausoleo donde se encontraban enterrados sus padres y su hermano menor Vittorio. Dada la decisión de su sobrina, en quien admiraba el valor demostrado al renunciar a los privilegios de la fama, optó por modificar el testamento a favor de los hijos de su concuñada Agnes, fallecida diez años antes, únicos parientes de Felissa. Al día siguiente de la ceremonia religiosa, la pareja viajó a Roma en donde tomó un vuelo comercial con destino a Sydney, lugar escogido al azar como punto de partida para esa nueva etapa de sus vidas. Al pasar sin ningún contratiempo los trámites de migración en Australia, se sintieron pletóricos de felicidad y con la liviandad de espíritu que les proporcionaba el anonimato.

De Australia volaron a Sur África, segunda etapa de lo que Felissa llamaba “un viaje de bodas sin rumbo fijo, hasta que la muerte nos separe”. En el verano del 95, estando en Mónaco, los sorprendió el despliegue que en todos los medios se dio a la publicación de “Mi Bitácora”, el libro con los secretos íntimos de la desaparecida estrella del cine. Felissa sintió el amargo sabor de la traición por parte de su asistente y lamentó el suicidio de su antiguo prometido, pero se repuso rápidamente gracias a la comprensión y al pragmatismo de Bruno, que le restó importancia al hecho. Esa misma noche Felissa sorprendió a su amado al entregarle una libreta en cuero con anotaciones en italiano, marcada como “LA MIA BITACOLA – 1994”, y lo emocionó con sus palabras: “Amore mio, ésta es mi octava y última bitácora. No pienso continuarla, no es necesario. La comencé en Vicenza cuando te conocí, describe la sinceridad de mis sentimientos hacia ti y expresa las emociones que he vivido a tu lado desde que estamos juntos. Consérvala como testimonio del amor y la pasión que me inspiras”.

Para finales de 1998 habían terminado de recorrer las principales ciudades y centros turísticos de Australia, Europa, Asia y África. En diciembre de ese año llegaron a Miami, adquirieron una camioneta Blazer y equipo de camping e iniciaron una travesía a lo largo y ancho del territorio norteamericano hasta el Canadá. Por acuerdo mutuo Felissa conducía, pues Bruno detestaba manejar. El recorrido por Norteamérica les tomó algo más de un año.

En febrero del 2000 decidieron trocar el invierno norteño por el verano austral; entonces, vendieron la camioneta, empacaron sus escasas pertenencias en un juego de maletas Samsonite que habían adquirido en Roma antes de emprender su primer viaje y tomaron un vuelo de Aerolíneas Argentinas rumbo a Buenos Aires. Desde allí comenzaron un recorrido similar por Suramérica hasta las costas del Caribe.

En noviembre del año 2000, después de dos meses de permanencia en Buenos Aires y de recorrer Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur del Perú, se aproximaban a Lima en donde habían previsto quedarse un mes, conocer la ciudad y tomar vuelos locales para visitar El Cuzco u otros sitios de interés en la Cordillera Andina. Rumbo a la capital peruana, se detuvieron para almorzar en un restaurante de carretera. Poco antes de abordar el vehículo, a Felissa le sorprendió ver su antiguo rostro en el recuadro de la portada de Idol’s Magazine en su versión en castellano. El título hacía referencia al escandaloso pasado de la famosa actriz. Intentó comprarla pero Bruno se lo impidió con un gesto de la mano al tiempo que le tendía una licorera metálica de bolsillo forrada en cuero y le decía: “Un buen trago siempre ayuda… No te tortures amore mio, no vale la pena sufrir por el pasado. Convéncete de que Bruno Donetti y Felissa Montini no son más que un par de ídolos de ceniza…”.

Al caer la tarde, Felissa estacionó el campero frente al hotel que habían previsto como base para su estancia en Lima. En la recepción una amable empleada les dio la bienvenida, les preguntó si tenían reservación, y Bruno en un claro español con mal disimulado acento gringo contestó:

―Sí señorita, tenemos una reservación a nombre de Nicolás y Gabriella Angueira.

FIN

8 Comentarios

Bueno, don Capi, se develó el misterio de los “argentinos”. Una historia de amor con final no demasiado feliz; pero el interés por cuya lectura no decayó hasta la última línea. Aparte de conocer el desarrollo y desenlace de los acontecimientos narrados, ello me permitió convertirme en un “experto” en la historia, geografía y costumbres colombianas, descriptas en forma estupenda!!!

¡¡¡Felicitaciones!!! Disfruté muchísimo la lectura.
Keep plugging!

Muchísimas gracias mi admirado maestro por tus elogiosos comentarios. Me complace haber mantenido tu interés hasta el final. El miércoles me reuno con el joven cineasta que está interesado en presentar la historia como un proyecto de película colombiana que participaría el año entrante en un concurso estatal tendiente a obtener financiamiento. Desde ya preveo que la clave del éxito sería encontrar una par de protagonistas tan versátiles, que puedan interpretar los dos papeles sin que el espectador capte la diferencia hasta el final. Todo un reto. ¿ Qué opinas?

No sé mucho de cine, don Capi; pero me parece que es muy importante tener un buen libreto aparte de buenos actores (y director). ¿Vas a trabajar personalmente en la conversión de lo que nos enviaste a un libreto para una película? Un abrazo,
don G.

Gracias por tu pronta respuesta mi querido don Guillermo; acabo de reunirme con el posible director de la película y acordamos que yo definitivamente tendré un papel activo en la redacción del libreto, que será elaborado por una profesora universitaria de ese género que tiene experiencia en películas y series de televisión colombianas. Tenemos como fecha tope para entregar el trabajo el 30 de junio del año entrante. De nuevo gracias por tu interés.
Un abrazo
Kapizán

Pancho,cada vez me sorprende más tu ingenio para construir y narrar con lujo de detalles los bellos y enigmáticos personajes que salen de tu mente privilegiada,me gocé con fascinación infantil cada uno de tus relatos.Gracias por aportar un rato de sano esparcimiento literario a este Conde soñador.

Mi querido Lucho, como siempre tus comentarios me alegran el día y me motivan a seguir creando. Gracias, muchas gracias. Un abrazo.

ÍDOLOS DE CENIZA.
Espectacular novela, merece ser llevada a la pantalla grande.
La trama, de principio a fin, mantiene al lector en expectativa; la descripción de los sitios y personajes se plasma pintoresca y claramente en la narración; el inesperado final de sus protagonistas, cierra con broche de oro esta magnifica obra literaria.

Quien te admira y respeta como escritor y
persona, tu amiga.
Lucy Stella Gaitán Leaño.

Mil gracias mi querida Lucy. Tus comentarios me estimulan para seguir escribiendo. Tu amistad me honra. Afectuoso abrazo fraterno.

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