La Leyenda de los Mafuchinos – Capítulo II

Posted on : 10-05-2018 | By : kapizan | In : II. El regreso del Almirante, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN


II
EL REGRESO DEL ALMIRANTE

Bosques de Sevilla, España, 1493

Arita, la paloma mensajera, planeó con elegancia y en círculos amplios sobre los techos del puerto y los mástiles de las embarcaciones ancladas cerca al muelle de Sevilla. Faltaban diez minutos para que el tenue resplandor de lo que los navegantes llaman el “crepúsculo náutico matutino”, abriese por un breve espacio de media hora, el portal dimensional que le daría acceso al mundo mágico de la quinta dimensión. Entraría entonces a la tierra habitada desde siempre por los pacíficos y alegres gnomos verdes, como los llamaban las hadas y los unicornios para distinguirlos de sus antiguos enemigos, los malvados gnomos morados. Tanto los unos como los otros tenían la piel blanca y las facciones de los europeos, pero lo que marcaba la diferencia física entre ambos, era el color de sus gorros puntiagudos.

Después de cruzar el portal, la paloma rendiría su informe verbal a su majestad Ergonio III. Una semana antes, el monarca de los gnomos verdes la había enviado como observadora al puerto de Palos de Moguer a donde acababan de llegar, en enero de 1493, dos de las tres naves ―La Pinta y La Niña― que habían zarpado cinco meses antes. Volvían con dos tercios de la tripulación original y una exótica carga de humanos semidesnudos, aves y frutos, nunca antes vistos en el viejo continente. Días después de la llegada al puerto de Palos, Arita se desplazó en vuelo rasante hasta la corte española en Barcelona, donde los reyes católicos recibirían a Cristóbal Colón, que retornaba de su primer viaje de exploración en busca de una nueva ruta hacia las Indias.
Al regreso de Barcelona, sobre los techos de Sevilla, la paloma aprovechó el plácido vuelo para ordenar sus ideas y calmar la excitación que le había producido la charla con Guayo el papagayo, exótica ave parlanchina de vivos y hermosos colores que ella no sabía que existía.

***

Su majestad el rey Ergonio y su esposa la reina Betunia, habitaban un sobrio pero elegante palacio labrado en el interior de una formación rocosa. El portalón del palacio estaba oculto por una cristalina cascada y el palacio estaba rodeado por una cerca de acebos que se cargaban de flores blancas en primavera y había sido sembrada entre frondosos abedules, abetos y otros árboles nativos de las tierras españolas. El agua de la cascada se apozaba en un pequeño lago en donde retozaban bellísimos peces de múltiples colores que sacaban la cabeza del agua cuando la pareja real se paseaba por la orilla y entonaban para ellos alegres canciones.

Todas las mañanas, después de un frugal desayuno, la pareja real salía de sus aposentos, se acomodaba en sendos tronos de madera tallada con el escudo del reino kardiano, recibía de frente la energía del sol naciente, escuchaba un concierto matutino ofrecido por los peces y una miríada de pajarillos. Una vez terminado el concierto, sus majestades atendían las audiencias programadas para cada día. Esa fría mañana, Arita se aproximó a los monarcas después del concierto y el rey le tendió la empuñadura del cetro para que se posase allí e iniciara su reporte.

― ¡Bienvenida! ―dijo el rey Ergonio con una acogedora sonrisa, mientras acariciaba con la mano derecha la blanca cabeza de la paloma, y agregó: ―Contadme mi leal y valerosa Arita qué lograsteis saber sobre el viaje del almirante Colón.

Con voz suave pero clara y muy bien modulada, la paloma dio su reporte:

― Os digo, su Majestad, que lo que más me llamó la atención fueron las exóticas personas, aves y frutos que vinieron de vuelta con los expedicionarios: se trataba de seis mozos.

― ¿Qué aspecto tenían? ―Quiso saber el monarca.

― Eran de piel cobriza, pelo largo y lacio, ojos oscuros y sólo se cubrían con un trozo de tela; iban descalzos, lucían collares en el cuello y tocados de plumas de colores en la cabeza.

― Y ¿Cómo eran las aves? ― preguntó la reina

― Las tres aves ― contestó Arita ― tenían grandes picos curvos, plumaje de vistosos colores rojo, amarillo, verde y azul, nunca las había visto, pero escuché que los marinos las llamaron papagayos― la paloma hizo una pausa y agregó: ― precisamente, esa tarde logré hablar con uno de los papagayos, que dijo llamarse Guayo y me contó cosas muy interesantes sobre la tierra a la que llegó Colón… Pero lo más interesante que él me contó cuando le hablé de vuestro reino, es que me dijo haber servido como enlace entre unos pigmeos de piel cobriza, habitantes de la quinta dimensión y los humanos que vivían en chozas de paja a la orilla del mar que rodea una isla muy grande…

La paloma habló más de una hora contando con lujo de detalles tanto lo que vio, como lo que le contó su nuevo amigo Guayo. Cuando terminó, el rey ordenó a un lacayo que le sirviese una porción doble de gazpachos dorados que Arita comió con delicada elegancia, acompañando cada tres picotazos con un trago generoso de jugo de uvas moradas. Terminado su banquete, la paloma hizo una venia a sus majestades, les agradeció sus atenciones y emprendió vuelo de regreso a la tercera dimensión.

Arita residía en un palomar en casa de Juan, un labriego viudo de treinta años que vivía en los bosques cercanos al puerto de Sevilla, con su hijo Felipe de nueve años. Padre e hijo mantenían contacto con los gnomos verdes y los visitaban con frecuencia. Cuando querían ingresar al mundo de sus amiguitos, se dirigían al bosque y cantaban el himno de los gnomos que años atrás le había enseñado el abuelo Salustiano a su hijo Juan cuando cumplió siete años. Juan, que siempre fue bueno, mantuvo este privilegio a través de los años y cuando su hijo Felipe cumplió los siete años le enseñó a su vez el himno y la forma de acceder a la quinta dimensión. Para entonces, el abuelo Salustiano había muerto y su espíritu moraba, en el plano etérico de la cuarta dimensión, en un frondoso abedul que él mismo había sembrado. Con las últimas notas del himno, el bosque se iluminaba con un enorme resplandor y frente al abedul con el espíritu del viejo Salustiano, aparecía Binaroti el gnomo, que les ofrecía, en copa de oro, un elixir delicioso. Al beberlo, el tamaño de ambos visitantes se reducía a los treinta y tres centímetros de estatura de los gnomos.

En la quinta dimensión, una semana equivale a un día o a una noche de la tercera dimensión. Esta diferencia la aprovechaban al máximo el labriego y su hijo que visitaban los dominios del rey Ergonio al menos una noche cada mes. En cada viaje, Felipe y su padre pasaban alegres y fascinantes aventuras de una semana en el maravilloso mundo mágico. Para entonces, Binaroti tenía doscientos años y por su aspecto, aparentaba casi la misma edad de Juan que acababa de cumplir veinticinco años.

***

Esa noche en su recamara, a espaldas de la reina que peinaba su lustroso cabello rubio frente a un espejo de cristal de roca, el rey retomó el tema del reporte de la paloma. La miró a los ojos a través de la bruñida superficie y comentó:

― Querida, me pareció muy completo e interesante el reporte de Arita con base en lo que le contó Guayo el papagayo― dijo el rey Ergonio tomando entre sus manos la mano derecha de la reina Betunia ― ¿Qué opinas de la información que nos dio sobre los pigmeos de piel cobriza, similares a los seis humanos que trajeron los marinos de Colón?

― Creo que al ser descubierto un nuevo mundo con una raza diferente de pigmeos, se corre el riesgo de que vuelva a repetirse la historia y los gnomos morados que logramos expulsar a la cuarta dimensión busquen la forma de cruzar el mar e infiltrarse en el nuevo territorio para hacer mucho daño a los humanos; y ni qué decir, si logran engañar a los pigmeos, como sucedió en el África―. La reina hizo una pausa, se volvió hacia su esposo y con tono de preocupación concluyó:

― Sería fatal, si consiguen colarse nuevamente en la quinta dimensión. Me estremezco al recordar cuando secuestraron a dos de nuestras más bellas gnómidas.

― Tienes razón querida ― replicó el rey Ergonio. Meditó unos segundos mesándose las barbas y agregó: ― Creo que debemos aprovechar el próximo viaje que seguramente hará Colón a estas tierras, para enviar un emisario nuestro como embajador de buena voluntad ante el rey de los pigmeos, con el fin de advertirle sobre el riesgo de que los morados traten de infiltrarse en su mundo y de enseñarles los conjuros y los trucos que hemos aprendido para neutralizarlos.

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