La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo IX

Posted on : 18-05-2018 | By : kapizan | In : IX. La batalla final, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

IX
LA BATALLA FINAL

Una vez instalado el dispositivo defensivo, las chozas quedaron desocupadas, pues las pigmeas y sus hijos menores fueron evacuados a un lugar seguro detrás de una formación rocosa en las primeras alturas de la sierra. Kátaro había destinado una guardia de cincuenta lanceros para protegerlos. La aldea de los pigmeos tayrona estaba situada en una planicie en las estribaciones de la ladera occidental de la sierra nevada de Santa Marta, a unas cuatro leguas del campamento de Vangar en la tercera dimensión.

Con las primeras luces del crepúsculo matutino, Binaroti, Tomás y Halil, atrincherados detrás de las barricadas del hemisferio sur del dispositivo, alcanzaron a ver las figuras difusas de los lanceros enemigos que se dividían en dos hileras, cien metros antes de llegar al foso que circundaba las chozas evacuadas. A espaldas suyas, Petrochi, Antonio y Karlo también comenzaron a distinguir las siluetas de los morados que avanzaban con cautela para rodear la aldea por el sector norte del foso.

A esa hora Vangar encaramado en una roca, a pocos metros del portal dimensional, dirigía el despliegue de sus arqueros y observaba a la distancia el movimiento envolvente del resto de su tropa. El jefe morado ignoraba que a sus espaldas Kátaro, con cerca de doscientos cincuenta guerreros agazapados entre el follaje, había tendido un cerco a su ejército.

Cuando la noche dio paso a las primeras luces del alba, Vangar hizo sonar un cuerno para dar la señal a sus mestizos de lanzarse al ataque y para que los arqueros dispararan sus flechas contra el poblado de pigmeos.

Lanza en ristre y gritando enardecidas consignas de asalto aprendidas de sus entrenadores, los primeros mestizos corrieron hacia la aldea, pisaron las ramas que cubrían la abertura del foso y cayeron al fondo en medio de alaridos y ayes de dolor. Ante tamaña sorpresa, los que venían detrás frenaron en seco y fueron alcanzados por los disparos de cápsulas de Petrobin que disparaban sin cesar los seis defensores apostados en las barricadas. En minutos, el campo quedó cubierto por los cuerpos de quienes fueron alcanzados por el letal líquido encapsulado. Antonio alcanzó a disparar su mosquete contra la figura inconfundible de uno de los gnomos que cayó petrificado frente al foso. Se trataba de Nonex y con su caída, cundió el pánico entre sus huestes que arrojaron las lanzas, dieron media vuelta y emprendieron una desordenada huida hacia el camino que los había conducido a la aldea tayrona desde la tercera dimensión…

Ante la evidencia de su derrota, Vangar descendió de la roca, cruzó el portal hacia la tercera dimensión y dio un prolongado silbido. Señal previamente convenida para que Guarox con su gigantesco corpachón, acudiese en su ayuda portando en sus garras una canastilla de mimbre. Cuando el gavilán acudió a su llamado, el cobarde jefe de los gnomos se trepó en la canastilla y le dio la orden de emprender la fuga. Comenzaban a elevarse, cuando apareció Octox que huía despavorido, alcanzó a aferrarse del borde de la canasta y logró meterse a bordo, antes de que el gavilán emprendiese vuelo.

Binaroti y Tomás alcanzaron a ver el intento de fuga de los gnomos, apuntaron sus mosquetes y dispararon pero por la distancia erraron el tiro. Por ventura, cuando el gavilán levantaba vuelo, el rey Benkos que acudía en ayuda de sus amigos y aún no había disminuido su tamaño para cruzar el portal, apuntó su lanza, la arrojó con fuerza y atravesó de parte a parte al gavilán que soltó el tiesto con los fugitivos adentro y se desplomó herido de muerte. Al estrellarse la canastilla contra el suelo, Vangar y Octox salieron de ella completamente aturdidos e intentaron correr, pero cayeron abatidos por una andanada de flechas que lanzaron sus propios arqueros enfurecidos por la cobarde actitud de los gnomos. El resto de los mestizos, completamente desmoralizados al ver cómo sus jefes pretendían abandonarlos en el campo de batalla y aterrados por el efecto del Petrobin, se entregaron sin oponer resistencia.

Se rindieron cien combatientes completamente ilesos, que fueron conducidos a un corral de guadua mientras el cacique decidía su suerte. Varias horas tardaron en rescatar a sesenta mestizos que habían caído en el foso y presentaban heridas leves, moretones y contusiones, pero todos estaban vivos.

Hacia el medio día, sucedió algo inesperado: los restantes cuarenta combatientes que habían caído abatidos por las cápsulas de Petrobin, recuperaron el sentido y comenzaron a ponerse de pie como si se levantaran de un profundo sueño. Binaroti y Petrochi comprobaron entonces que el líquido verde paralizaba temporalmente a los mestizos en vez de petrificarlos para siempre, como sucedía con los gnomos morados. Esa reacción sólo era explicable por el hecho de que poseían un cincuenta por ciento de sangre pigmea.

Al anochecer, regresaron sanas y salvas las doncellas que estaban cautivas y la princesa Marli reveló la forma en que Gandul les había ayudado a escapar. Este comportamiento noble del mestizo conmovió al cacique Kátaro, que esa misma noche reunió a los nobles de su tribu y en presencia de Binaroti y su equipo de valerosos defensores anunció:

― Creo que la bondad y la nobleza de la sangre tayrona está latente en el corazón de los mestizos que formaban el ejército que acabamos de derrotar. También creo que sin la influencia maligna de los gnomos morados, esos guerreros pueden incorporarse al pueblo de sus madres y recuperar en la paz, el tiempo que perdieron preparándose para la guerra. Por ello, he decidido conceder amnistía total a los prisioneros que tendrán la oportunidad de emprender una nueva vida como miembros de la tribu, hermanos de sangre de los pigmeos tayrona.

Así pues, tras esa contundente victoria de Kátaro con el apoyo de Binaroti y su equipo, la paz y la tranquilidad, transitoriamente alteradas por la ambición y la maldad de los gnomos morados, volvieron al territorio de los pigmeos tayrona y se quedaron para siempre. Además, gracias a la generosidad y a la sabiduría del cacique Kátaro, la incorporación de los mestizos a la vida pacífica y placentera de la quinta dimensión se convirtió pronto en una realidad.

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