La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo V

Posted on : 18-05-2018 | By : kapizan | In : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, V. La iniciación de Antonio

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

V
LA INICIACIÓN DE ANTONIO

Bosques de Sevilla, 1596

Durante un siglo en la quinta dimensión, pasan menos cosas que en la tercera. Por ejemplo, Binaroti había cumplido sus primeros trescientos años y en los dominios del rey Ergonio no se habían producido mayores cambios. Por el contrario, en el mundo de la tercera dimensión, el palomar de Arita era ahora ocupado por Malú su tataranieto y en la casa de al lado vivía Tomás el biznieto de Juan junto con su hijo Antonio que pronto cumpliría siete años y estaría listo para ser presentado ante el rey Ergonio en su palacio de la quinta dimensión.

Para esa época el rey de España era Felipe II que había sucedido a Carlos I de España, V de Austria, en el gobierno de un imperio en cuyos dominios nunca se ocultaba el sol. El Nuevo Mundo había sido conquistado a sangre y fuego, los indígenas fueron sojuzgados y se inició un proceso de colonización con la fundación de ciudades en las islas descubiertas tanto en el Caribe, como en territorio continental.

En Colombia, ese proceso comenzó en la costa norte, con la fundación de Santa Marta en 1525 y de Cartagena en 1533. En la época de este relato, ambos puertos eran muy importantes para el tráfico de mercaderías desde el nuevo mundo hacia Europa y viceversa. Eran además, la puerta de entrada al tráfico de negros traídos de África como esclavos, negocio que se había vuelto muy lucrativo.

Cuando comenzó el secuestro de negros para traficarlos como esclavos en el Nuevo Mundo algunos pigmeos africanos decidieron, voluntariamente, viajar como polizones en los barcos de los esclavistas para apoyar a los humanos de color en lo que fuera posible. Con el tiempo, Kinte, el rey de los pigmeos africanos organizó un sistema de comunicación con el Viejo Mundo mediante pigmeos que viajaban como correos entre los dos lados del océano, llevando y trayendo noticias.

Ya para entonces comenzaban los ataques piratas a los navíos españoles, para robar el oro, la plata y las joyas que los colonizadores enviaban al viejo mundo.

***

El día de su séptimo cumpleaños, Antonio madrugó y se encaminó con su padre hacia el interior del bosque a esperar el momento en que, con las primeras luces del alba, se abriría el portal dimensional que le daría entrada por primera vez al mundo mágico de los gnomos verdes, del que tanto le habían hablado su abuelo y su padre. Una mezcla de ansiedad, curiosidad y alegría invadió el espíritu del niño cuando su papá entonó la primera estrofa del himno de los gnomos y ambos cantaron:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

Tal como le habían contado que sucedería, el bosque se iluminó con un bello resplandor y apareció Binaroti con su guitarra encabezando un grupo de gnomos que portaban flautas e instrumentos de cuerda y de viento con los que acompañaron el resto del himno, cantando en coro con sus melodiosas voces:

Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá,
Túa cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.

Terminado el himno, Binaroti les ofreció en copa de oro el delicioso elixir que reduciría su tamaño al de los gnomos. Antonio sintió una leve sacudida en el cuerpo en el momento en que su estatura se redujo a treinta y tres centímetros. Una extraña sensación le produjo ver a su padre a la misma altura de todos.

― Bienvenidos al reino de su majestad Ergonio III― Dijo Binaroti en tono solemne, después de terciarse la guitarra a la espalda y quitarse el gorro puntiagudo al tiempo que hacía una elegante venia y movía el gorro de izquierda a derecha en un gesto teatral de saludo. Hecho esto, se colocó nuevamente el gorro y en tono invitador les dijo:

― Seguidme, la ceremonia está por comenzar.

Antonio y su padre, emprendieron la marcha por el sendero que conducía al estanque frente al palacio, seguidos por los gnomos que entonaron alegres canciones para animar el recorrido de media legua que separaba el portal dimensional de la morada real. Al llegar, fueron guiados a una tribuna cubierta por toldillos y Binaroti los acomodó a lado y lado ―Antonio a la derecha― de los tronos reales que en ese momento estaban desocupados.

Sin más espera unos heraldos hicieron sonar las trompetas y el chambelán de la corte anunció la entrada de los monarcas:

― ¡Sus majestades el rey Ergonio III y la reina Betunia, monarcas del reino kardiano!

Los reyes salieron por detrás de la cascada y avanzaron con elegancia a lo largo de la orilla del estanque. Al llegar a la tribuna, saludaron con un beso en la mejilla a los dos invitados y tomaron asiento en sus respectivos tronos, con lo cual se dio comienzo a una espectacular demostración de perros bailarines, ardillas saltimbanquis y monos malabaristas que desfilaron frente a la tribuna luciendo sus destrezas en honor a los monarcas y sus invitados. Vino después un precioso desfile de caballos, novillos, burros y lobos organizados en columnas de siete hileras de ancho y doce filas de profundidad, que marchaban al son de una banda de músicos integrada por gnomos que interpretaban himnos marciales de la época de la guerra con los morados.

Terminado el desfile el rey le impuso a Antonio un collar que lo acreditaba como ciudadano kardiano con todos los derechos y privilegios de los gnomos. Por su parte, Antonio se comprometía a acudir en apoyo del reino cuando fuesen requeridos sus servicios para cumplir misiones en la tercera dimensión. Acto seguido se sirvió un gran banquete después del cual Antonio y su padre fueron invitados por Binaroti y Petrochi a recorrer el reino a caballo para visitar todas sus comarcas, tarea que les tomó un semana, equivalente a un día de la tercera dimensión.

Mientras Antonio y su padre asistían a los festejos de la iniciación del niño en el mundo de los gnomos españoles, a cientos de kilómetros de allí, en el reino de los pigmeos africanos que gobernaba su majestad el rey Kinte, Ciro el búho cruzó el portal desde la tercera hasta la quinta dimensión, para contarle al monarca que en horas de la madrugada, cuando se disponía a reposar, vio con sus propios ojos cómo unos traficantes portugueses secuestraron al rey Benkos de Biohó para venderlo en el Nuevo Reino de Granada como esclavo.

Esa noticia, como veremos más adelante, evolucionaría en los tres años siguientes hasta crear una situación que transformó para siempre la vida de Antonio, de su padre y de sus amigos Binaroti y Petrochi.

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