La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XII

Posted on : 18-05-2018 | By : kapizan | In : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XII. La morada andina de la princesa Dialid

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XII
LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

Desde el primer encuentro con los mafuchinos y por invitación de estos, Robi y Natalia, siguieron visitando el Aliso para encontrarse con dos de sus nuevos amiguitos: Fuchirulí y Macacafú quienes, por disposición de la princesa Dialid, a partir de la segunda visita, se convertirían en sus guías y acompañantes en los recorridos que hiciesen al reino fantástico de la quinta dimensión en que habitaban desde tiempos inmemoriales los amigables y diminutos pigmeos, nativos del milenario continente a cuyas costas llegaron los españoles durante el reinado de Isabel la católica. Estos pigmeos indígenas, al casarse con algunos gnomos provenientes del norte de Europa ― llegados como polizones en las carabelas, de Cristóbal Colón en el siglo XV de la Era Cristiana ―, dieron origen, entre otras, a las castas Fuchifú y Macá, de las cuales descendían Fuchirulí y Macacafú, simpáticos y mestizos personajes conocidos como “los mafuchinos”, por algunos pocos seres humanos de corazón puro, buenos sentimientos y amoroso comportamiento que habían ganado el privilegio de verlos.

Aquellos que habían tenido la fortuna de conocerlos y de hablar con ellos, reconocían que los mafuchinos parecían humanos diminutos con una estatura promedio de treinta y tres centímetros, facciones perfectas, extremidades simétricas y proporcionales con lo cual adquirían el perfil correspondiente a su estatura; la simetría de sus extremidades y su adecuada proporción con el cuerpo, les daba el aspecto de “liliputienses”; es decir versiones diminutas de seres humanos. Físicamente, lucían fino cabello negro recogido en una trenza sobre la espalda, en el caso de los hombres; y suelto sobre los hombros o en dos trenzas, en el caso de las mujeres; poseían además, ojos oscuros muy expresivos, hermosa piel del color de la canela; dentadura perfectamente alineada y sonrisa perenne. Los mafuchinos, tanto los Fuchifú como los Macá, eran dos etnias de la nueva raza mestiza surgida de la unión entre los gnomos europeos y los pigmeos americanos, que poblaban en la quinta dimensión los territorios paralelos al Continente Americano de la tercera dimensión; el único rasgo que los diferenciaba entre sí era la nariz: recta y respingada en los Fuchifú, aguileña y ligeramente ancha en los Macá.

En el último año, Robi y Natalia habían visitado seis veces a los mafuchinos y permanecido en el reino Ma-Fú siete horas en cada ocasión. Lo bueno de estas visitas era que el tiempo en la quinta dimensión era diferente pues esas pocas horas nocturnas de la tercera dimensión ― mientras la madre del niño dormía plácidamente ―, equivalían a una semana completa de aventuras y recorridos por exóticos parajes, viajando a lomo de veloces llamas o resistentes caballos; volando sobre el cuello de poderosas águilas o esbeltos cóndores; o, a veces, navegando sobre el espaldar de ágiles delfines o confortables ballenas. Lo mejor era que los animales hablaban y todos tenían tamaños apropiados para el de los enanitos y los visitantes, quienes antes de cruzar el umbral dimensional, encontraban al pie del aliso un exquisito elixir, servido en copas de oro; esta poción achicaba la estatura de quien la bebiese y le proporcionaba energía suficiente para vivir sin cansancio cada aventura.

La noche anterior al octavo cumpleaños de Robi, tanto él como Natalia recibieron en sueños ― como había sucedido en ocasiones anteriores ―, instrucciones sobre su próxima visita. Ambos amanecieron excitados y no era para menos: ¡La princesa Dialid en su morada de las más altas montañas de la cordillera, los recibiría para festejar su día y darles un regalo muy especial!

Tras beber el elixir y cruzar el umbral, encontraron a Macacafú y a Fuchirulí. A su lado, se alineaban cuatro llamas lujosamente aperadas con sillas de montar. ― Yo soy Ralita, tu montura ― dijo en un tono de voz muy amable una de las llamas ― y seré la guía de la caravana hasta la cima de la cordillera pues la idea es que os familiaricéis con la flora, la fauna y las fuentes de agua que brotan en las montañas en donde tiene su palacio la princesa Dialid. Sin más explicaciones Macacafú sugirió que montaran y emprendieran la marcha con un alegre trote mientras todos cantaban una tonada que, en la visita anterior, les había enseñado Ostrá, uno de los músicos reconocido como el mejor juglar de las comunidades de enanitos que vivían en las playas del océano pacífico.

***

La princesa Dialid habitaba en el interior de una gigantesca peña que había sido tallada para conformar una serie de salones, habitaciones y lugares de esparcimiento, conectados entre sí como un intrincado laberinto.

Las instrucciones para esta primera visita de Natalia y Robi a la cumbre de la montaña habían sido muy claras: deberían viajar por tierra, a lomo de llama, para que pudiesen apreciar los detalles de la vegetación que iba cambiando a medida que avanzaban, por un serpenteante camino empedrado con lajas milenarias, acomodadas en un espacio de aproximadamente dos metros de ancho, rodeado con una valla protectora de hermosos y floridos arbustos nativos que le daban colorido y una agradable fragancia al sendero. Además, tan pronto llegaran al pico de la montaña deberían recibir el atuendo apropiado ― pantalón de lona, saco de lana, huipil de hilo bordado de múltiples colores con figuras geométricas, poncho de lana teñida y un chullo como cubrecabezas ―; a continuación, deberían ser conducidos hasta el salón de visitantes ilustres en donde serían presentados a la princesa y a los demás miembros de la corte.

La princesa Dialid se encontraba al fondo de la estancia sentada en un trono tallado en madera sobre una base de piedra que la elevaba unos cuantos centímetros sobre el nivel del piso, en el que permanecían de pie los ministros, y los principales dignatarios del reino. Llevaba como atuendo una túnica bordada en hilos de colores que la cubría desde los hombros hasta los pies; en su mano derecha portaba un cetro de oro, símbolo de su autoridad; su cabeza estaba cubierta por un chullo tejido en hilos de oro y plata. Las facciones de su rostro eran hermosas y su mirada reflejaba una exquisita combinación de amor y sabiduría. Cuando Robi y Natalia inclinaron la cabeza para saludar a la soberana, ésta en un gesto desprovisto de todo protocolo descendió del trono, se aproximó a ellos y con sencillez les dio un cordial abrazo de bienvenida y sendos besos en ambas mejillas. A continuación, con la cantonera del cetro oprimió el botón de un mecanismo que se activó para elevar sobre el piso una larga mesa con veinticinco sillas a su alrededor. Acto seguido, ingresaron al salón unos criados portando una primorosa vajilla de plata que dispusieron frente a cada uno de los puestos de la mesa alargada. La princesa invitó con un gesto a los presentes para que tomaran asiento alrededor de la mesa, al tiempo que indicó a Robi y a Natalia que se sentaran a su derecha y a su izquierda respectivamente. Los criados sirvieron vino, su majestad levantó la copa y brindó por la salud y la buena permanencia de los visitantes en su morada real. Recalcó su relación con Rubén, el abuelo de Robi a quien había conocido años antes y cuyo espíritu habitaba en la cuarta dimensión.

La cena fue abundante y exquisita. Todos los alimentos eran de origen vegetal pues los mafuchinos eran vegetarianos y los cocineros conocían deliciosas recetas que preparaban con maestría para satisfacer los paladares más exigentes. Después de los postres, la princesa hizo una señal y frente a cada uno de los dos invitados colocaron una pequeña caja con un presente. Al momento de abrir las cajas, Robi y Natalia se sorprendieron cuando unas vocecitas precedidas de breves carcajadas, se presentaron:

― Yo soy Chirulita, acompañaré a Natalia, durante su permanencia en nuestro reino ―, dijo una simpática ardilla de tupida cola de pelos rojos y blancos.

― Y yo soy Chirulito, hermano mellizo de Chirulita… de ahora en adelante, seré la compañía de Robi; la princesa nos ha encargado de contarles todo lo que se refiere a las especies animales y vegetales en esta dimensión y de enseñarles algunos secretos que los humanos desconocen sobre el vínculo que debe existir entre las diferentes especies animales y vegetales, para preservar la pureza del ambiente que debería ser óptima en la tierra, como lo es en nuestro mundo.

― Desde hoy y con la guía de Fuchirulí y Macacafú tendrán acceso a los pergaminos en que se ha escrito la historia del origen de nuestras castas y a la genealogía desde que nacieron los padres de la princesa hace ya quinientos años ― dijo el conde Roy, Ministro de cultura y protección del medio ambiente ―, un hombre de barba y bigote finamente recortados, que aparentaba los trescientos años de edad de la princesa.

En el reino de Ma-Fú ― nombre de los territorios en que surgieron las castas Macá y Fuchifú y que se extienden sobre los países que van desde el Canadá hasta la Patagonia ―, la edad de los mafuchinos y sus dos castas, se medía en tiempos diferentes; así por ejemplo, un mafuchino de quinientos años, tenía la apariencia de un humano cincuentón; entonces, Roy y la princesa, con trescientos años de edad, parecían contemporáneos de Natalia que ese año, 2018 de la era cristiana, cumpliría sus primeros treinta años.

Esa tarde, Natalia, Robi y las ardillas ― acomodadas en los respectivos hombros de sus futuros discípulos ―, guiados por Macacafú y Fuchifú, recorrieron todos los rincones de la morada de piedra tallada en que habitaban la princesa y toda su corte. Dos salones llamaron la atención de los visitantes: un enorme museo de cera con muñecos que representaban a los gnomos venidos de Europa y a los pigmeos nativos del continente, ataviados los primeros con trajes de colores vívidos y gorros puntiagudos, en tanto que los segundos lucían tocados de plumas, taparrabos, chullos de lana, ponchos y huipiles de hilos bordados; y el salón de “caracterizaciones”: un amplísimo recinto repleto de trajes, uniformes, faldas, capas y vestidos de humanos ― hechos a mano a la medida de los mafuchinos ―, según las modas de los últimos cinco siglos; la colección se completaba con los más variados diseños de pelucas, gorras, sombreros, cascos y cubrecabezas. Según explicó Fuchirulí, los cortesanos eran muy amigos de reconstruir su propia historia mediante representaciones teatrales; además su diversión favorita consistía en representar comedias basadas en la vida y costumbres de los humanos con quienes compartían sus buenos sentimientos pero no entendían muchos de sus absurdos comportamientos originados en sentimientos negativos como el odio, los celos, el egoísmo o la avaricia. De hecho, complementó Macacafú, los miembros del grupo de teatro pasaban semanas enteras infiltrados entre los humanos observando y tomando nota, sin intervenir, sobre las situaciones que surgían, para escribirlas y recrearlas después, en forma caricaturesca, en la temporada anual de teatro. Para ese evento, se montaban las obras que un grupo de teatro itinerante ― del cual formaban parte él y Fuchirulí ―, representaba a lo largo y ancho del continente.

― Ustedes siempre nos han hablado en español; ¿en qué idioma hablan entre ustedes? ― quiso saber Natalia.

― Los mafuchinos, incluidos los animales, somos políglotas y todos hablamos español o portugués en el sur e inglés o francés al norte del río Grande; pero también practicamos las principales lenguas de nuestros antepasados indígenas-pigmeos como quechua, guaraní, quetchí y cachiquel, entre otros ― intervino con un cierto tono de orgullo Chirulita, la pelirroja ardillita ―.

Al atardecer, después de pasar un largo tiempo en la biblioteca y en la sala de juegos, los invitados fueron conducidos a sus habitaciones, en donde les dieron a cada uno el traje de gala que deberían lucir en la noche para asistir a la fiesta ofrecida por la princesa Dialid, con motivo del octavo cumpleaños de Robi. En el festejo, la mesa del salón principal lucía engalanada con festones de flores de múltiples colores entre los cuales, se destacaban enormes fuentes de porcelana repletas de deliciosos pastelillos, figuritas de mazapán, barras de caramelo, helados y pastillas de chocolate; al lado de varios jarrones de vino, agua cristalina y jugos de frutas. Al costado derecho de la mesa estaban dispuestos el trono de la princesa, los dos sillones para los invitados de honor y cerca de trescientos asientos para los cortesanos; al costado izquierdo había otras tantas sillas para acomodar a los pobladores de las montañas vecinas que habían sido invitados a la celebración.

A la siete de la noche, cuando todos estaban acomodados y solo faltaba el ingreso de la princesa y sus doce ministros, entró al salón una banda de músicos marcando el ritmo a un desfile de cuadrúpedos ― caballos, llamas, perros, novillos, gatos, armadillos y conejos ―, de ambos sexos, organizados por tamaños, en siete bloques de siete filas de ancho por veintitrés columnas de profundidad; el desfile dio la vuelta a la mesa y los ciento sesenta y un (161) animales en forma perfectamente ordenada tomaron asiento hacia el fondo del salón en una gradería.

Detrás de los animales hizo su ingreso un grupo de acróbatas, malabaristas, bailarines y actores que desfilaron en son de danza, para tomar asiento al lado derecho del bloque de animales que conformaba el coro de cuadrúpedos, mientras la banda de músicos se situaba, en primera fila , al frente del coro y los artistas.

A una señal del maestro de ceremonias, la banda de músicos interpretó las primeras notas del himno mafuchino, el coro de animales entonó el “Macacafú fuchi fú… fuchilurí macá…” y el resto de los presentes cantó a todo pulmón “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”, mientras la princesa hacia una majestuosa entrada al gran salón seguida por sus ministros.

***

― Tal como sucedió hace ochenta años, medidos en el calendario de los humanos, Rubén el abuelo de Robi recibió la investidura de mafuchino honorario que hoy le estoy otorgando a su nieto Robi y a su amiga Natalia ― anunció la princesa en tono solemne ―, igualmente recibirán los poderes necesarios para regresar a su tierra y adquirir a voluntad el tamaño de los mafuchinos, fácilmente mimetizables; siempre y cuando esto sea en beneficio de la humanidad y del medio ambiente terrícola de la tercera dimensión.

Acto seguido, un paje se aproximó al trono portando sendas pulseras de plata con un sello en el centro en el cual se había agregado la figura, en alto relieve, de un trébol de metal verde con cuatro hojas. La princesa se puso de pie, le pidió a los invitados que se parasen en frente de ella y les colocó en la respectiva muñeca de la mano izquierda las finas prendas que los acreditaban como miembros de honor de la comunidad mafuchina; al tiempo que les decía:

― Colocad el dedo índice de vuestra mano derecha sobre el sello trebolar de vuestras respectivas pulseras, movedlo en círculos hacia la derecha y pronunciad el primer verso de nuestro himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…”. Al punto, Robi y Natalia adquirieron su tamaño natural, sus cabezas quedaron casi rozando el techo del salón; asombrados, los asistentes prorrumpieron en un cerrado y estruendoso aplauso acompañado de vítores.― Para deshacer el ejercicio ― explicó su majestad ―, sólo tenéis que mover el dedo en círculos hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá…”.

Hecho esto, Robi y Natalia regresaron al tamaño mafuchino; y ésta fue la señal para dar comienzo a la celebración que se prolongaría hasta primeras horas del amanecer.

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