La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XIII

Posted on : 18-05-2018 | By : kapizan | In : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XIII. El grupo Binaroti

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XIII
EL GRUPO BINAROTI

Al día siguiente, temprano en la mañana, la princesa hizo acudir a su despacho a Robi, a Natalia, a Macacafú, a Fuchilurí y a las dos ardillas. Al lado izquierdo del trono, estaba sentado Roy, el ministro de cultura y protección del medio ambiente. Según les habían contado Macacafú y Fuchirulí, durante su recorrido de la tarde anterior, Roy era el prometido de la princesa y al año siguiente, contraerían matrimonio. Estaba previsto que muy pronto el Rey Macacafú I y su esposa la Reina Ostrá ― quienes dirigían el reino Ma-Fú desde su palacio situado a la altura de la antigua tierra de los aztecas, y los toltecas, en su condición de primeros mestizos mafuchinos y padres de la princesa Dialid ―, trascendieran al país de la séptima dimensión, también conocido como el cielo supremo o el séptimo cielo; entonces, Dialid y Roy, recién casados, asumirían el trono del reino Ma-Fú.

Tan pronto llegaron los convocados, los hizo acomodar frente a ella en torno a una mesa en forma de media luna que emergió del piso, junto con cuatro sillas (las ardillitas posaban cómodamente instaladas en el hombro izquierdo de sus amiguitos), cuando la princesa activó un mecanismo con la cantonera del cetro.

― Natalia, o mejor Nati ― comenzó sin más preámbulos la princesa ―, me gusta el diminutivo de tu nombre y a partir de ahora lo usaré siempre para llamarte o referirme a ti ―. Su majestad hizo una pausa, tomó la punta de su trenza izquierda en actitud reflexiva, sonrió con cierta picardía y continuó dirigiéndose a todos:

― Si os dais cuenta, las ocho letras de vuestros nombres, cuatro de Nati y cuatro de Robi, nos permiten construir un anagrama: BINAROTI. El nombre del gran Binaroti, mi abuelo europeo, esposo de Irinia, mi abuela indígena; patriarca de los Mafuchinos quien, apoyado por su esposa ― hija menor del gran cacique Quemuenchatocha ― dirigió el devenir de nuestra raza desde comienzos del Siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Estos primeros monarcas, al trascender al séptimo cielo, heredaron el trono a su hijo Macacafú I, mi padre. Éste a su vez, contrajo matrimonio con Ostrá, hija menor del gran Petrochi, el gnomo europeo, compañero de mi abuelo en la aventura de las carabelas, esposo de mi abuelita Odilia, la hija mayor del gran cacique Nemequene.

― Anoche, en sueños ― continuó la princesa, tras una breve pausa y con el tono que se da a las cosas trascendentes ―, el gran Binaroti me indicó que había llegado el momento de intervenir en la tercera dimensión, pues los humanos, en forma absurda, motivados en la ambición por el poder y el dinero, estaban destruyendo su propio planeta, contaminando el aire, el mar y los ríos; talando indiscriminadamente los árboles, sin reponer lo cortado y, en consecuencia, acabando con ese recurso vital que es el agua; en síntesis, alterando peligrosamente el equilibrio que debe existir en la naturaleza.

Su majestad recorrió la mirada sobre los presentes y dirigiéndose al conde Roy, le pidió:

― Querido Roy, os encargo de apoyar a estos jóvenes y a las dos ardillas a quienes conoceremos como el grupo BINAROTI, encargado de operaciones especiales de protección de la naturaleza en la tercera dimensión.

― Considero que el liderazgo del grupo debe estar a cargo de Nati, pues su condición de profesional y educadora le da mayores posibilidades de desempeñarse como una activista eficiente en defensa del equilibrio ambiental ― apuntó con muy buen juicio el conde Roy.

― Es más ― agregó la princesa Dialid ―, el próximo año la madre de Robi, según me contó Nati, está dispuesta a que ingrese al colegio como un niño común y corriente, pero conservándola a ella como institutriz de bellas artes, idiomas y música. Esta circunstancia ― terminó diciendo la princesa con mucha lógica ―, favorece la posibilidad de que al grupo Binaroti puedan incorporarse en el futuro algunos compañeritos del colegio al que acuda Robi.

― ¿Alguna pregunta o inquietud?―

― Háblame de mi abuelo ― pidió Robi con la confianza y la falta de protocolo que caracterizaban la relación con la princesa.

― ¡Ah el viejo Rubén Martínez! ― exclamó la princesa con un dejo de nostalgia y una primorosa sonrisa iluminada por el brillo evocador de su mirada ―. Era un ser muy especial: merecía ser un roble, pero prefirió ser un aliso desde que, al trascender a la cuarta dimensión, se convirtió en guardián del bosque de árboles nativos; el mismo bosque umbrío que él sembró en los cerros que rodean el valle en que queda la casa donde vives con tu madre. La mansión que Rubén heredó de sus ancestros en el hermoso valle a pocos kilómetros de la capital, cerca del pueblito de campesinos del cual el viejo fue alcalde dos veces hace ya muchos años. Él siempre amó la naturaleza; por ello, empezó a preocuparse cuando la capital creció y las fábricas se fueron estableciendo en la zona rural del pueblito, a lado y lado del Río Frío, en torno a los humedales; entonces, estos se fueron secando, se fueron contaminando y empezaron a agotarse pues los taladores y los empresarios, inconscientes y ambiciosos, compraron enormes extensiones de tierra y obtuvieron, fraudulentamente, absurdos permisos de explotación. Ahí comenzó el desastre: la tala indiscriminada y la violación de la capa vegetal para la minería a cielo abierto, con el fin de negociar con la gravilla y la madera. Tu abuelo ― finalizó la princesa ―, fue un hombre maravilloso y un gran amigo de Macacafú y Fuchirulí. Por esa razón, quise que ellos fuesen vuestros guías en nuestra dimensión y tus compañeros en el grupo Binaroti. Ellos te pueden contar muchas historias de tu abuelito.

Esa tarde, los miembros del recién creado grupo Binaroti pasaron varias horas reunidos con el conde Roy, recibiendo instrucciones y discutiendo sobre cómo podrían intervenir en la tercera dimensión en la forma más efectiva posible.

Al amanecer del día siguiente, tras despedirse de sus anfitriones, Nati, Robi y sus amigos ensillaron las llamas y emprendieron la marcha de regreso, cargados con la responsabilidad de cumplir la importante misión encomendada por su majestad: “contribuir con todos los medios disponibles a mejorar la deteriorada situación ambiental en el mundo habitado por humanos de la tercera dimensión“. En ese sentido, les animaban las últimas palabras del conde, “… en todo momento, ustedes podrán contar con el apoyo necesario por parte de los mafuchinos. Vayan en paz y que el espíritu del gran Binaroti los cuide, los guíe y los proteja”.

Todos, especialmente Natalia, eran conscientes de la magnitud de la tarea y de que resultaría imposible intervenir simultáneamente en todos los frentes; por ello, tomaron la determinación de concentrar sus esfuerzos iniciales en la recuperación de las fuentes de agua. En la mente de la joven, con base en la información proporcionada por Roy, comenzaba a fraguar un plan concreto, que seguramente contaría con la bendición del abuelo Rubén y haría sentir muy satisfecho al gran Binaroti.

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