La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XIV

Posted on : 18-05-2018 | By : kapizan | In : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XIV. La catástrofe

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XIV
LA CATÁSTROFE

Durante la marcha de regreso, los más contentos eran Macacafú y Fuchirulí; a ambos los entusiasmaba la posibilidad de volver a ver a Tomasina, la cocinera de la mansión, a quién habían conocido desde que era una niña. Tomasa, su madre, según contó Macacafú, era amiga de la infancia del viejo Rubén y en sus primeros encuentros con los mafuchinos, habían jugado juntos. Años después, cuando Tomasina su única hija, cumplió siete años, los mafuchinos celebraron su cumpleaños, tal como habían hecho con Robi. Cuando creció, Tomasina se convirtió en la cocinera de la mansión y cada vez que los visitaba, al pie del aliso, les llevaba deliciosas viandas. Desde la muerte del abuelo, no habían vuelto a verla. Tomasa, la madre de Tomasina, había trascendido meses antes que el viejo Rubén y su espíritu se había convertido en un frondoso sauce a pocos metros del aliso que habitaba el espíritu del abuelo.

Natalia y Robi opinaron que la mansarda era el mejor escondite para los mafuchinos y las ardillas; además, de su alimentación se encargaría Tomasina ― hasta entonces ellos desconocían su relación con los mafuchinos ―, quién seguramente, suponían, estaría muy contenta de servir a sus amiguitos y de ser aliada del grupo Binaroti.

Durante el resto del recorrido, las ardillas aprovecharon para darles una erudita explicación sobre el ciclo del agua y mostrarles una gran variedad de árboles nativos del continente americano ― Robles, alisos, sauces llorones, entre otros ―, que crecían en las laderas de la cordillera y poseían excelentes propiedades como proveedores de agua para la tierra, a diferencia de otras especies de origen europeo, como los pinos y los eucaliptos ― creados por la sabia naturaleza para países con estaciones en donde absorben agua de la nieve ―; pues estos, en vez de aportar agua a la capa vegetal, extraen de la tierra más agua de la que aportan. Según ellas, era un gravísimo error reforestar con esas especies en países ecuatoriales.

Finalmente llegaron al aliso, las llamas se despidieron muy afectuosas y los Binaroti ingresaron, con las primeras luces del amanecer, al que sería su centro de operaciones: la mansarda. Había transcurrido una semana en la tierra de los mafuchinos y siete horas en la tercera dimensión.

Tan pronto estuvieron instalados en los aposentos de la mansarda, se desató un violento aguacero, que no amainó en muchas horas y dio paso a una lluvia permanente que no se detuvo, salvo pequeños intervalos, en quince días. Las consecuencias de éste diluvio no se hicieron esperar: el Río Frío se desbordó inundando grandes extensiones de tierras cultivadas en el valle; centenares de familias quedaron sin hogar y hubo enormes pérdidas económicas; sin embargo, lo verdaderamente catastrófico fue el deslizamiento de uno de los cerros orientales que rodeaban el pueblo situado a unos ocho kilómetros de la mansión: cientos de toneladas de lodo cubrieron más de trescientas casas campesinas en una avalancha cuya cifra exacta de personas sepultadas nunca podrá establecerse.

Para Natalia, la avalancha nunca hubiese sucedido si la compañía Vergara S. A. no hubiese tenido permisos de explotación maderera, en las laderas de la montaña. Epaminondas Vergara, su propietario, era un ambicioso personaje oriundo del pueblo, en donde ejercía un indudable poder económico y político. Gracias a su poder e influencia, en los últimos años se había dedicado a obtener de las autoridades, a cambio de mordidas y prebendas, autorización para explotar grandes latifundios en dos frentes: tala indiscriminada de bosques ― que nunca reforestaba ―, para comercializar las maderas preciosas; y, minería a cielo abierto para extraer gravilla y venderla por volquetadas.

***

Un buen día Robi y Natalia se llevaron una gran sorpresa: Doña Priscila, la madre del niño, recibió la visita ― inesperada para ellos ―, de Epaminondas Vergara. Este hecho ― coincidieron todos en el grupo Binaroti ―, no presagiaba nada bueno. Por ello al usar las pulseras, pudieron aprovechar la ventaja que proporciona el reducido tamaño de los mafuchinos, y escucharon la conversación, para enterarse, con horror, de que doña Priscila terminaría aceptando una jugosa propuesta del inescrupuloso empresario, para comprarle el terreno montañoso al oriente de la mansión; allí donde el abuelo Rubén había sembrado el precioso bosque nativo, que le servía de morada a su espíritu, en el aliso, y al de la vieja Tomasa, en el sauce.

A la semana siguiente, el empresario y Doña Priscila firmaron los documentos en la notaría y las seis hectáreas de bosque pasaron a ser propiedad del empresario. El bosque, estaba situado en la ladera oriental de la cordillera a unos quinientos metros de la mansión, frente a un camino veredal que facilitaría el traslado de los árboles talados al aserrío de Vergara situado en las afueras del pueblo. Después de contarlos, supieron que la amenaza se cernía sobre cuatrocientos ochenta árboles ― cuatrocientos robles, sesenta alisos y veinte sauces llorones ―, que convertidos en valiosa madera engrosarían las abultadas cuentas bancarias del voraz empresario. Esto, sin contar con lo que le reportaría la comercialización de miles de toneladas de gravilla que podrían extraerse de las seis hectáreas, despojadas de su hermosa y necesaria capa vegetal.

El proceso de tala a cargo de dos equipos de corte con motosierras de gasolina y el picado posterior de ramas pequeñas, tomaría unas ocho semanas; el transporte en camiones de los troncos desde el cerro hasta el aserrío tardaría un par de semanas adicionales; a partir de ese momento, se podría empezar a descapotar el terreno para remover con maquinaria pesada la capa vegetal y comenzar la explotación de la gravilla en gran escala. Una tragedia inminente…

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