La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Posted on : 05-12-2011 | By : kapizan | In : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

4 Comentarios

Felicitaciones, Don Capi. Un cuento delicioso. Habría que aplicar esta solución a la tala de árboles en la Amazonia. Un gran abrazo y Felices Fiestas. Don G.

Gracias Don Guillermo.
Éste es uno de los relatos que más he disfrutado escribiendo; tanto que en la actualidad con un maravilloso equipo de jóvenes creativos estamos empeñados en adaptarlo al cine como una película de dibujos animados.
Un abrazo,
Kapizán.

muy bien d.g es un cuento muy bonito y lo felicito

Gracias Jakeyne por la lectura y el comentario.Cordial saludo

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