Operación Capicúa Capítulo VI

Posted on : 13-06-2011 | By : kapizan | In : Capítulo VI, Novela Corta, Novelas, Operación Capicúa

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Nueva Delhi, viernes 17 julio de 1981

Relato de Lorena Montes:

“Conocí a Kasak en el verano de 1981 en Nueva Delhi, al término de una conferencia organizada por el Indian Institute of Parasichology. Tres cosas me sorprendieron sobremanera cuando él me abordó: La primera, que me llamara por mi nombre, Ana Milena, pues con excepción de mis padres, mis familiares más cercanos y muy pocos amigos, todos me conocen por mi seudónimo periodístico: Lorena Montes. La segunda, que me hablara en perfecto español sin acento, a pesar de que su indumentaria, sus facciones, el color de su piel y su cabeza rapada, evidenciaban un origen claramente Hindú. La tercera, que Kasak era un niño de 12 años.
Al oír mi nombre, pronunciado con tanta claridad en mi idioma natal ― soy colombiana ―, en labios de un niño indio, me desconcerté y sólo atiné a preguntarle, cómo era posible que supiera mi nombre. Sin darme cuenta, formulé la pregunta en ingles sobrecogida por un repentino nerviosismo.

― Conozco tu nombre y sé muchas cosas de ti ―. Contestó el niño en español impecable, agregando con una amplía sonrisa que no logró tranquilizarme.
― Sé por ejemplo, que naciste en Medellín Colombia, el 21 de junio de 1948, a las dos de la mañana… justo el día en que comenzó, astrológicamente hablando, la Era de Acuario; que tu nombre completo es Ana Milena Arango; que eres periodista independiente, corresponsal de varias revistas americanas y europeas; que escribes sobre temas científicos y que últimamente, estás muy interesada en todos los temas relacionados con la percepción extrasensorial…

El sol comenzaba a ponerse y en ese momento su luz oblicua iluminaba un majestuoso templo Hindú, visible como a unos 600 metros de donde estábamos, a espaldas del niño, que en ese momento adquirió un perfil de contornos dorados, que me pareció místico y me infundió respeto.
Después de una breve pausa, el muchacho me miró directamente con sus ojos oscuros, penetrantes y limpios, levantó la mano derecha para dar énfasis a sus palabras y añadió:

―… Pero para mí, lo más importante es que tú eres “capicúa” y por tanto estas vinculada, en alguna forma, al cumplimiento de mi misión ―. Esto último, lo dijo en un tono más pausado y sin perder la sonrisa, que en ese momento me pareció enigmática.
― Explícame por favor ¿Tú quién eres? ¿Qué es eso del capicúa? ¿Quién te envía? ¿Por qué me abordaste? ― fue lo único que se me ocurrió preguntar atropelladamente, mientras encendía mi grabadora y un cigarrillo para calmar los nervios, francamente alterados por la serenidad y la seguridad que irradiaba este niño, que de pronto me pareció como un interlocutor no sólo adulto, sino también poderoso.
― Aguarda un momento ―. Dijo, mientras salía corriendo detrás de un carrito de helados que pasaba en ese momento por la avenida. ¡Primer gesto infantil que mostraba su comportamiento!… en pocos minutos regresó saboreando un cono y exclamó:
― ¡Dátiles con yogurt, mi favorito!―. Se sentó en una banca, colocada a la orilla del parque que servía como escenario a nuestra conversación y se concentró en consumir lentamente su helado, con delectación, como cualquier niño de cualquier lugar del mundo. Cuando hubo terminado, se levantó, se limpió los labios con un pañuelo rojo, me tomó de la mano y me dijo:
― Vamos, te explicaré ―. Retuvo mi mano entre las suyas, me miró directamente a los ojos, permaneció mirándome en silencio por un buen rato, soltó mi mano y empezó a caminar lentamente por la alameda, bordeada de frondosos árboles, a los cuales acudían decenas de pajarillos, como buscando sus nidos para pasar la noche que se aproximaba…

Le seguí en silencio por un buen rato. El paisaje era hermoso, apacible y la luz crepuscular le confería un ambiente tranquilizador pero al mismo tiempo surrealista; especialmente para mis ojos y para mi mente que no lograba captar lo que me estaba sucediendo, pero que gradualmente se iba calmando, mientras experimentaba la sensación de que me encontraba próxima a vivir una experiencia inolvidable.

Después de un tiempo, caminando en silencio, llegamos al centro del parque identificable por una glorieta marcada a su vez por un jardín de bellísimas flores de color rojo, en medio de unos arbustos hábilmente podados por un artístico jardinero que les había dado formas geométricas de rombos, triángulos y esferas. En mitad de la plazuela, como a cuarenta centímetros del suelo, una preciosa pileta de mármol contenía una fuente de agua, iluminada por focos interiores, que le daban un fantasmagórico contorno, en medio de esa noche que comenzaba para mí, en tan extrañas circunstancias.
Con un gesto natural de su mano derecha, el misterioso niño me invitó a sentarme en una de las bancas de madera, simétricamente colocadas en el borde exterior de la plazoleta y permaneció de píe frente a mí. Sus facciones, dulcificadas por una hermosa sonrisa, resplandecieron con un brillo picaresco de sus ojos, cuando comenzó a explicarme:

― Mi nombre mundano es Jawaharbal Bahadur, pero mi nombre cósmico es Kasak y así deberás llamarme. Soy telépata, por eso leo en tu mente la pregunta, ¿Qué significa eso de nombre cósmico?

La sonrisa del niño, se transformó en una breve y ruidosa carcajada cuando vio la cara de asombro, que seguramente puse, al advertir que por mi mente acababa de pasar exactamente esa pregunta; por eso, su comentario me asustó un poco y me hizo experimentar la sensación de que la privacidad de mi mente podía ser invadida por la mente poderosa de este mozalbete.

― No tienes de qué preocuparte por mi condición de telépata ― dijo Kasak, colocándome su mano sobre el hombro derecho, como para calmarme y agregó ―: Quienes hemos desarrollado este don, y tú algún día no muy lejano, lo desarrollarás; somos respetuosos en la comunicación telepática, pues no penetramos una mente sin pedir autorización a su dueño, en la misma forma en que tú no entras a un cuarto ajeno sin golpear antes la puerta. Si lo hice, fue para darte una demostración y no con el ánimo de asustarte. De todas maneras – agregó en tono cortés – discúlpame.
― De acuerdo ― dije cada vez más intrigada ―. Te disculpo, pero me debes muchas explicaciones. ¿No te parece?
― Por supuesto ― dijo Kasak sentándose a mi lado ―, comenzaremos por tu última pregunta, la que no te dejé formular.

Diciendo esto, se acomodó en el asiento, unió las manos frente al pecho formando un triángulo con lo dedos pulgares e índices unidos por la yemas. Levantó la mirada al cielo despejado de verano, embellecido por una miríada de titilantes estrellas que daban una pálida claridad a la noche y producían, en conjunto con los olores silvestres, un ambiente de paz y de sosiego. Kasak, permaneció en silencio por unos segundos y luego de aspirar el fresco aire nocturno, comenzó diciendo:

― Todos los seres humanos, tenemos un nombre único, cósmico, universal, el cual nos es revelado cuando alcanzamos un nivel adecuado de evolución. Oportunamente conocerás el tuyo… ¿Quién soy? ― Prosiguió Kasak ― Lo podrás averiguar tú misma, visitando mi casa, conociendo a mi madre y dialogando con ella o acompañándome a la escuela y hablando con mis profesores. Descubrirás, que en mi medio, me desenvuelvo como un niño normal. Pero eso, es sólo apariencia. En realidad, yo soy uno de los muchos seres, que han encarnado en la era de acuario, para conducir a la humanidad hacia una era dorada, en la cual reinen el amor, la paz, la belleza, la armonía y la opulencia. Entendida esta última, como la satisfacción plena de todas las necesidades, para todos los seres humanos…

Kasak hizo una pausa, como para observar el efecto que sus palabras habían producido en mí. Me miró fijamente a los ojos y prosiguió:

― Puedo revelarte que formo parte de un grupo integrado por diez niños y un maestro que nos dirige. Todos los niños tenemos exactamente la misma edad, pues nacimos el primero de enero de 1969. Estamos destinados a cumplir diferentes funciones en el proceso de preparar al mundo, a partir del año 2022, para una transición gradual que apunte a la conformación de un gobierno mundial unificado, de carácter espiritual y Teocrático, que surgirá después de la fusión ecuménica de todas las iglesias mayores de Oriente y Occidente.
Se nos conoce como los líderes, actualmente en formación, de la Operación Capicúa. Provenimos de una civilización más avanzada, que habita en el planeta Ganímedes de nuestro sistema solar, y decidimos voluntariamente abandonar nuestros cuerpos físicos, de edad muy avanzada, para encarnar en este planeta sin perder nuestro conocimiento y participar en esta misión, con el propósito de avanzar en nuestro proceso evolutivo individual. Aparte de nosotros, nacerán en la tierra, después de 1991, ciento noventa y un niños de ambos sexos, uno por cada país, que serán preparados a comienzos del próximo milenio, con el fin de ayudar a la humanidad a construir una nueva civilización…

― ¡Un momento! ― Exclamé, interrumpiendo a Kasak, pues debo confesar que su extraña revelación me dejó perpleja ― ¿Quieres decir que eres un extraterrestre?
― ¡Je, je, je, je! ― se rió el muchacho y contestó ―: Sí y no, je, je, je. Es difícil de explicar, pero lo intentaré.
― Cuanto antes mejor ― dije, un tanto molesta por sentirme tan confundida -.
― Verás – dijo Kasak, al tiempo que se sentaba a mi lado y echaba la cabeza hacia atrás para mirar las estrellas ―. Ganímedes es el satélite más grande de Júpiter y está habitado por nuestra civilización, desde que hace miles de años nuestros antepasados lograron evacuar Maldek, nuestro planeta original, que se desintegró en una violenta explosión nuclear en la cual perecieron millones de personas. En Ganímedes, conocido en la galaxia como el reino de Mu, ha logrado convivir armónicamente y por milenios, una sociedad que vive en el cuarto nivel de la evolución, que corresponde a la fraternidad.

― Entonces ― intervine para clarificarme ― ¿Esto quiere decir que los niños de la que tú llamas “Operación Capicúa”, han venido a trasplantar el sistema de vida de Ganímedes en la tierra?
― Yo no diría trasplantar ― respondió Kasak ―, sino adaptar lo esencial de nuestro sistema a un mundo pluricultural y multiétnico, como el de este planeta.
Kasak se detuvo frente a la avenida, me miró con una sonrisa que me pareció misteriosa y dijo, como si hubiese leído mi pensamiento:
― Sé que tienes infinidad de preguntas respecto a la revelación que te he hecho; sin embargo, por hoy es suficiente… ya es tarde y no quiero que mi madre se preocupe. Faltan tres días para que termine tu conferencia, toma este tiempo para decantar la información que te he proporcionado y el lunes cuando el sol se ponga, te espero en la fuente luminosa. Sin mediar palabra, se empinó un poco para darme un beso en la frente, dio media vuelta y se marchó dejándome con un torbellino de inquietudes en la mente.

4 Comentarios

Pancho,al leer este interesante y agardable relato cósmico..viene a mi mente por un instante,que lo que tu narras es vivencia real,pues no me imagino que tu inventes tanta vaina rara tan bien estructurada.Capi..!Júrame que no eres extraterreste!

Gracias por la lectura mi querido Lumylaba. Te juro que soy terrícola de carne y hueso.
Un abrazo

Don Capi: me puse a pensar cuál hubiera sido mi reacción en caso de que Kasak me hubiera dicho a mí todo lo que le dijo a Lorena. Bueno, esto es teórico; pero pienso que hubieses salido disparando. No debo ser uno de los elegidos. Así es la vida. Un abrazo y feliz Día del Padre (si allí también lo es). Don G.

Supongo que yo tambien hubiera salido disparado. Esa es la ventaja de ser escritor, le puede crear a sus personajes ficticios situaciones que uno quizá no soportaría. gracias por la lectura. Un abrazo.

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