Policarpo. Capítulo – Cuatro

Posted on : 11-08-2010 | By : kapizan | In : Capítulo - CUATRO, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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El cincuentón Godofredo era, entre todos sus hermanos, el más parecido a Belarmino no sólo por su voluminoso corpachón, como por su bondad y su simpatía. Con cerca de 30 años de vida en los Estados Unidos, hablaba un inglés fluido pero marcado por el peculiar acento y la entonación paisa, que sonaban graciosos en sus labios y resultaban exóticos para los gringos. Con mucho esfuerzo e igual dedicación, había logrado un título como ingeniero hidráulico y trabajado la mayor parte de su vida adulta en empresas estatales como contratista especializado en la construcción de represas. Después de graduarse se había casado con Margareth Rakosqui, una joven razonablemente atractiva, de ascendencia polaca y por supuesto con un catolicismo más acentuado que el de la abuela Chana. Lamentablemente a pesar de muchísimos intentos, que fueron desde la medicina tradicional hasta la chamánica, nunca tuvieron hijos pues Godofredo resultó estéril; circunstancia que, cuando se supo, le granjeo entre sus amigos de la cada vez más numerosa colonia latina del Distrito de Queens, el apodo de “polvo seco”. Tal vez por ello el tío Godofredo amó a Policarpo, desde el día en que lo vio por primera vez, como el hijo que nunca tuvo, y lo llevó a compartir su soledad en el modesto apartamento que como única propiedad poseía en el populoso Distrito.

Si Policarpo era de naturaleza calmada y paciente, la experiencia de ser el lazarillo de su tío aumentó su paciencia y su capacidad de aguante. A diferencia de Godofredo y tal vez por su juventud, Polo aprendió el inglés en menos de dos años y antes de cumplir los 20 podría asegurarse que se había convertido en un joven bicultural y bilingüe, que pasaba horas enteras dedicado a leer en voz alta para su tío obras de historia, literatura y biografías, combinadas con la lectura de artículos picantes de una  conocida revista erótica, los favoritos del viejo, cuya sicalipsis se había acentuado a partir de la ceguera, quien aseguraba con picardía: “De mí podrán decir que soy polvo seco pero nunca podrán decir que soy polvo flojo”. Así pues, si los infantiles escarceos amorosos de Polo con su prima Kareth le hicieron desinhibido para el sexo, el doble comando del tío Godofredo y las prácticas con Celina Barrientos (una escultural mulata de 28 años, antigua bailarina de un famoso cabaret en la Habana, que había llegado como refugiada a New York después del triunfo de la Revolución Cubana) lo convirtieron en un excelente latin lover. Celina vivía en un coqueto apartamento adaptado en el basement debajo del que ocupaba Godofredo en el primer piso del edificio, en donde Polo y su maestra de almohada vivieron un largo, apasionado y desinhibido romance.

El mejor amigo de Policarpo durante su juventud en los Estados Unidos fue Gustavo Salcedo, otro colombiano con quien compartió aulas en la Catholic School of Queens, en donde ambos se graduaron en 1962, y con quien se gozó el furor del hippismo y del famoso eslogan “peace and love” hasta que en 1964, al cumplir la mayoría de edad, les concedieron la ciudadanía norteamericana, fueron llamados al servicio militar, recibieron entrenamiento como combatientes y los enviaron a Vietnam, en el primer contingente despachado en 1965, por Lyndon B. Johnson al sudeste asiático para “defender la democracia de la amenaza comunista”. El llamamiento a filas obligó a Polo a eliminar el arete y el pañuelo al estilo pirata que lucía en una comuna hippie que frecuentaba en New Jersey, y a Gustavo a raparse el largo cabello que mantenía atado en una cola de caballo que le había hecho ganar el apodo de Colitas, y le hacía parecer más bajo de lo que en realidad era: 24 centímetros menos que Polo, gracias a lo cual, cuando caminaban juntos mostraban una asimetría corporal similar a la de Benitín y Eneas.

Para despedir a la pareja de futuros combatientes, Celina preparó una exquisita comida cubana y organizó una reunión que programó para el domingo anterior a su partida y sirvió además para festejar el sexagésimo aniversario de Godofredo. A la reunión llegó Colitas acompañado por una joven hippie, veinte centímetros más alta que él, flaca y plana, pero con cara bonita y enormes ojos azules que miraban todo el tiempo a Colitas, a través de unas gafas baratas, con la ternura con que una niña miraría a su osito de peluche; para hacer pareja con el ciego, llegó Julieta, una enfermera de origen salvadoreño que Celina le había presentado a Godofredo un año antes y con quien el viejo había pasado agradables momentos de intimidad acariciando su cuerpo de tersa piel y proporciones perfectas y su rostro de rasgos imperfectos pero agradables.

El último en llegar fue Godofredo, precedido por su bastón gracias al cual se movía en el apartamento de Celina como Pedro por su casa. Por el olfato, captó la presencia de Julieta y se fue directo a su encuentro para abrazarla sonriente y decir con su voz sonora y vibrante pero cargada de ternura: “!Julieta!, qué alegría que hayas venido, tu aroma y tu presencia son la mejor sorpresa en mi cumpleaños…”. Celina, conmovida por las galantes palabras y por el abrazo que el ciego le dio a su amiga, con su típico acento cubano, dijo: “Esa no es la única sorpresa Chico, lo mejor… Ajá, es que Julieta renunció a su puesto en el hospital y se va a quedar cuidándote… Ajá, mientras la preciosura de tu sobrino esté en el ejército”.

El anuncio de Celina fue recibido con aplausos, y marcó la pauta de alegría y jolgorio que caracterizó esa noche como inolvidable para quienes disfrutaron la exquisita comida, los vinos, el ron cubano auténtico, y los relatos de Godofredo, salpicados de anécdotas picantes y tragicómicas, sobre su experiencia en el Pacífico, como oficial de Infantería de Marina durante la Segunda Guerra Mundial, en donde había servido a órdenes del legendario General Douglas McArthur y participado en operaciones tan complejas como el desembarco en Guadalcanal en 1943 y la recuperación de las Filipinas, a partir de la batalla del golfo de Leyte en octubre del 44, en la cual Godofredo, con rango de Teniente, ganó una condecoración por su valor y fue ascendido a Capitán, comandante de una compañía que participó en los cruentos combates que culminaron en julio de 1945.

A media noche, encendieron las 60 velitas de una deliciosa torta que había llevado Julieta, le cantaron el Happy Birthday al emocionado Godofredo, de cuyos apagados ojos brotaron conmovidas lágrimas cuando palpó, tras desenvolver los paquetes con parsimoniosos movimientos, el inconfundible perfil de una pipa con boquilla curva que le obsequió Celina y de otra con boquilla recta que le regaló Julieta. Mientras acariciaba sus dos pipas, el viejo murmuró como para sus adentros: “Ésta es la señal”, permaneció un buen rato en silencio y finalmente tomando de la mano a Julieta dijo: “Acompáñame preciosa”; dio media vuelta y, guiado por su enfermera, anunció para todos: “Ya regreso, no tardamos”…

Pocos minutos después volvió la pareja y todos pudieron apreciar el hermoso cofre rectangular de madera, con guarniciones de plata, que sostenía en sus manos la enfermera. Godofredo y Julieta permanecieron de pie y aquél pidió a los otros cuatro convidados que se levantasen de sus sillas y formaran un círculo alrededor de la pequeña mesa de centro de la acogedora salita. Entonces, carraspeó para aclararse, golpeó tres veces el suelo con su bastón y, con el tono de voz solemne que emplearía un cacique para iniciar un ritual, anunció: “¡Hoy domingo 8 de noviembre de 1964, yo, Godofredo Ladrón de Guevara Misas, Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en nombre de Dios y de Jorge de Capadocia, San Jorge, patrono de todas las caballerías del mundo, heredo mi pipa de reflexión y mi pipa de acción, con todos sus implementos, a mi sobrino Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, a quien revelaré las tradiciones de nuestra orden, teniendo como testigos a los aquí presentes!”.

Según contó esa noche Godofredo, en 1942, el profesor Huber Collins, que había sido su maestro en la universidad y que para esa época, con casi setenta años de edad, lamentaba no tener la juventud de su discípulo para poder participar directamente en la guerra de los Estados Unidos contra las potencias del Eje, había organizado una reunión similar, con el propósito de celebrar el trigésimo aniversario de Godofredo y a la vez despedirle, pues en pocos días se embarcaría con destino a la guerra en el Pacífico. Lo que Godofredo pensaba hacer a continuación era iniciar a su sobrino Policarpo como Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en la misma forma en que el profesor Collins le había iniciado a él.

El cofre era una preciosa pieza antigua que había pertenecido a la tatarabuela de Chana y había servido como joyero a las generaciones subsiguientes, hasta que Chana se lo dio a Godofredo para que lo vendiese junto con su joya más preciada: un collar de perlas por el cual le habían pagado a Godofredo el equivalente a 1500 dólares; el producto de esta venta fue suficiente para que Godofredo viajase y pudiese conservar el valioso cofre, por el cual llegaron a ofrecerle en New York, a finales de 1941, 3000 dólares en el elegante almacén de un anticuario en Manhattan. El perito reconoció la soberbia pieza como una muestra de la orfebrería árabe berebere de los moros en España y la situaba en el siglo XIII o XIV  d. C. En esa oportunidad, Godofredo estuvo tentado de vender el cofre para comprar un apartamento, pues tenía planes de casarse con Margareth y formar su propia familia; sin embargo, a los pocos días sucedió el ataque japonés a Pearl Harbor, Godofredo se alistó como voluntario y pospuso su boda, que finalmente se realizaría a comienzos de 1946. Dado que el apartamento fue adquirido con las pagas ahorradas durante el tiempo que estuvo Godofredo en el Pacífico, Margareth se opuso a la venta del cofre y, como hábil artesana que era, elaboró unos compartimentos con tabiques de madera forrados en un fino terciopelo, en los cuales quedaban perfectamente acomodadas las pipas y todos sus implementos: un tarro de picadura inglesa, un humidificador con tapa de madera y esponjilla, un atacador metálico unido a una pequeña argolla circular de la cual pendían un atizador y una delgada varilla para acomodar la picadura en la cazoleta, un juego de escobillones de fieltro, una faltriquera de badana, y un encendedor de oro, especial para pipa. Tal cual y en perfecto estado de conservación, recibió Policarpo la inesperada herencia de su tío.

Nombrando a Celina y a Julieta como madrinas y a Colitas y a su amiga de turno como testigos, Godofredo procedió a entregarle las pipas a Policarpo, al tiempo que le invitaba a seguir cuidadosamente los pasos que él iba ejecutando parsimoniosamente con cada una de las pipas que le habían regalado esa noche e iba dando indicaciones precisas hasta que su sobrino encendió la pipa curva… Casi al amanecer Colitas y su amiga se marcharon, el tío Godofredo conducido por Julieta se dirigió a su apartamento, y Policarpo recibió esa noche la pasión de Celina, que se esforzó para hacer de su despedida una experiencia inolvidable.

El entusiasmo de Colitas por lucir el uniforme que según decía “aumentará mi atractivo para las chicas”, contrastaba con el pavor de Polo que, como se anotó, era un hombre de tendencias pacíficas. La famosa frase de Churchill: “El entrenamiento debe ser tan intenso que el soldado encuentre un descanso en la guerra misma”, se cumplió al pie de la letra en nuestro amigo pues, por un lado, el entrenamiento del futuro combatiente en las pistas de Fort Bragg no sólo fue intenso sino salvaje y despiadado (tanto que tendría repercusiones veinticuatro años después), y por el otro, el tiempo que pasó en Vietnam fue un delicioso descanso debido a una, según él, “milagrosa intervención del espíritu de la abuela Chana y de mi amado patrono San Policarpo”, quienes al parecer conspiraron para que nuestro héroe sólo durase cinco minutos en la zona de combate.

“Nuestro pelotón se desplazaba en dos helicópteros… Según nos había dicho el Capitán, ese día sería nuestra prueba de fuego… Cuando los aparatos se detuvieran en vuelo estacionario en un claro de la jungla, deberíamos saltar y avanzar formando un cerco alrededor de una posición en la cual se suponía se encontraba un campamento del Viet-Cong… A medida que nos acercábamos, el miedo que sentía mientras le suplicaba al espíritu de mi abuela y a San Polito que me libraran de ese trance, era tan grande que me oriné en los pantalones camuflados. Con la horcajadura emparamada, supe que habíamos llegado al sitio de desembarco cuando el ruido del helicóptero cambió y el Sargento ordenó saltar… A mí me tocaba de tercero y sólo recuerdo que cuando me enderecé para saltar, sonó una ráfaga y no sé cómo, en vez de saltar, prácticamente caí de culo con la pierna izquierda enredada en el portafusil y al tocar tierra me golpeé en la cabeza con una piedra y perdí el sentido. Días después, con el pie izquierdo enyesado y cómodamente instalado en la bodega de abastecimientos de un batallón logístico en Saigón, a donde me trasladaron, Colitas me contó que cuando me vio en el suelo, pensó que me habían herido y se las apañó para levantarme, echar mi cuerpo sobre sus hombros y correr conmigo hasta el helicóptero, que me evacuó a un hospital de campaña. Un corresponsal de guerra, que creyó haber captado la imagen de la primera baja en combate de un heroico soldado norteamericano, se frustró al conocer la verdad: En la presunta posición enemiga, no había enemigos; el ‘herido en combate’ era un pendejo soldado colombiano que se partió una pata al saltar; y la ráfaga que hizo cagar del miedo a más de uno, no fue más que la reacción de un soldado atortolado que le disparó un proveedor completo a un pobre perro que se encontraba en el lugar equivocado…”.

Por supuesto, la crónica del periodista nunca se escribió y las fotografías del episodio que nos contó Policarpo las conservó por muchos años Colitas, que las recibió siendo ya amigo del periodista, para después regalárselas a su antiguo camarada cuando se volvieron a encontrar en Colombia. La foto de Colitas con su amigo que prácticamente le duplicaba la estatura, mostraba lo disparejo de esta pareja.

Mientras Polo, por lo antes explicado, disfrutaba sus “vacaciones” en Saigón, su hermano Bartolo se jugaba el cuero al mando de una unidad de contraguerrillas que perseguía, como parte de la sexta brigada colombiana, al en ese entonces joven guerrillero Manuel Marulanda, alias Tirofijo, quien defendía lo que él mismo proclamó como “República Independiente de Marquetalia”.[1] El mismo año en que Polo y Colitas celebraron el Prom. que marcaba el final de la secundaria en el colegio gringo, Bartolo con 15 años ingresó a la Escuela Militar de Cadetes, con la mira de seguir los pasos de su tío Benedicto, el Coronel, quien había marcado el derrotero de su sobrino el día en que le relató, con lujo de exageraciones y detalles, su “heroica participación en la guerra con el Perú”, suceso que pasó a la historia a nivel de conflicto y que en realidad no fue más que una escaramuza en nada comparable a las “tomas guerrilleras” de poblados campesinos, y al fragor de los combates que libran hoy en día los guerrilleros, los paramilitares y las Fuerzas Armadas. Bartolo tuvo desde entonces la firme intención de llegar a General de la República; sin embargo, años después, su frustración cuando el Congreso de la República no aprobó su ascenso a Brigadier General, fue mayor que la de la tía Rosalba cuando supo que el suegro de su sobrino, el encopetado Celestino Urrutia, estaba en la inopia. Pero no nos adelantemos, regresemos a la juventud de Bartolo, que se graduó de Subteniente de Infantería en 1964, hizo el curso de Lanceros (combatientes de élite) y fue destinado a lo que los militares llaman “orden público” cuando en realidad, opinamos, deberían llamarlo “desorden público”.

La personalidad de Bartolo, inmutable en su esencia desde sus pilatunas infantiles, se fue consolidando con agregados tales como un lenguaje procaz y cuartelario, pero simpático y tolerable por el uso oportuno de palabrotas que hacían sonrojar a las tías solteronas y a las monjas y que usaba tanto en su lenguaje hablado como en su correspondencia personal; una pasión desbordada por todas las mujeres, que se resume en una archiconocida ranchera que aprendió, a fuerza de escucharla cientos de veces en la destemplada voz de Clodomiro, el enamoradizo chofer de la camioneta, que dice poco más o menos: “Laralala… laralala… laralaralalala…Yo soy el aventureroooo …el mundo me importa poco… cuando una mujer me gusta… me gusta a pesar de todo… Me gustan las altas y la chaparritas, las flacas y gordas y las chiquiticas…” y cuyo pícaro mensaje se convirtió en el eje central de la promiscua y enrevesada vida amorosa del futuro mujerólogo; aparte de un valor y un arrojo como combatiente, que si hubiese estado generalizado en los soldados gringos que pelearon en Vietnam, incluido su hermano, otro hubiera sido el resultado de esa estúpida guerra.

Desde su cómoda posición en el puesto de mando de Saigón, Policarpo sintió nostalgia de patria y de familia y decidió escribir una carta a su hermano, que sería el comienzo de una esporádica pero simpática comunicación epistolar que se mantendría durante todo el tiempo que nuestro personaje permaneció lejos del país. Según Bartolo, “una de las maricaditas de mi hermano es que guarda todas las cartas que recibe en una cajita de cartón como cualquier vieja; sólo le falta la cintica rosada y el perfume”. Por ventura esa costumbre de Polo nos permite compartir con el lector algunas de las cartas que recibió de su hermano a lo largo de los años; como ésta, fechada en Bogotá en Febrero de 1966:

Hola Cabroncete:

Para empezar, no me vuelva a tutear ni en carta ni en persona cuando nos veamos; pues como dijo alguien ‘bogotano que tutea a sus hermanos es marica’.  Y yo sé que usted podrá ser medio pendejo pero no es ningún marica.

No me gusta para nada que me lo tengan relegado a un puesto de cambiabotas y cuentamuniciones, cuando debería estar metiéndola con todo el perrengue y los cojones propios de los Ladrón de Guevara que se destacaron en la guerra con el Perú y en la de los Mil Días matando cachiporros.

En orden público me fue muy bien y me premiaron enviándome al Batallón Guardia Presidencial. Claro que el verdadero premio lo recibí por obra y gracia de San Bartolo el día que enyardé (hice el amor) a una española en la mismísima cama en que el Libertador Simón Bolívar se gozaba a Manuelita Sáenz en el Palacio de San Carlos.

Como creo que lo dejé picado con este anticipo le contaré la historia completa: Era un viernes y yo estaba de oficial de guardia con uniforme de gala, casco con virola, sable y capa gris que llegaba hasta las espuelas, pues para aumentar por lo menos cinco centímetros en la estatura que me negó la vida procuro usar botas altas con elevador cada vez que puedo. A la media noche y con el exclusivo propósito de chicanear con esa pinta de mariscal prusiano, me paré en medio de los dos guardias de la portada principal de palacio que queda enfrente de la entrada del Teatro Colón, para lucirme con la gente que salía de la función. Esa noche era el último día de una temporada de zarzuela y se llenó el teatro. Cuando ya se había ido todo el mundo, entre ellos una turista gringa que se hizo tomar fotos conmigo al lado, llegó asustada una cuervita divina (desde sus épocas de cadete Bartolo siempre se refirió a las mujeres bonitas como ‘cuervitas’ por el apellido de las catorce primas de su compañero Carlos Cuervo que se caracterizaban por ser además de bellas bastantes complacientes, hasta donde lo permitían las recatadas costumbres de la época) como de 20 años, con una pinta como la de Lola Flores en sus mejores tiempos y me dijo: ‘Oficial tengo un problema y quisiese ver si podríais ayudarme…’ El problema era que sus compañeros del grupo de baile se habían ido en el bus para el Hotel Tequendama en donde se alojaban y ella se quedó sin plata para un taxi y sin conocer la ciudad. Entonces yo, ni corto ni perezoso ante semejante papayaso, le dediqué la sonrisa número 33 – especial para inspirar confianza – y le dije con tanta sinceridad como pude aparentar: ‘No se preocupe señorita que yo le ayudo a resolver el problema, por favor acompáñeme…’ Como cualquier edecán de reina la hice seguir al palacio presidencial y la conduje apoyada en mi brazo izquierdo por los elegantes pasillos hasta el casino de edecanes… Allí culminé la operación descreste ofreciéndole un coñac francés y algo de comer preparado por el encargado del casino que por fortuna había sido mi recluta en la Escuela de Infantería. Para no alargar el cuento le diré mi estimado cabroncete, que tres horas después este pecho retozaba con la bailarina en la mismísima cama desde la cual había saltado a la calle el Libertador cuando casi lo enyardan (apuñalan) los conspiradores. Para defenderme de cualquier acusación por sacrílego, le diré que cuando la tuve a punto, mentalmente le pedí disculpas a mi general Bolívar, convencido de que nuestro apasionado Libertador me comprendería pues en iguales circunstancias hubiera hecho lo mismo. Por hoy no le cuento más porque sobre las güevadas de la familia suficiente tendrá con las cartas de mi mamá y las tías.

Su hermano que a pesar de todo todavía lo quiere,

Bartolo”.

El pánico de Polo ante la posibilidad de que lo regresaran a la zona de combate se diluyó el 22 de julio de 1966, cuando le notificaron que regresaba a home y se le informaba que tenía dos opciones: continuar en el ejército comenzando la carrera militar como cabo de infantería o ingresar a la universidad estatal que escogiese, con una beca del gobierno de los Estados Unidos. Similar notificación recibió Colitas, y como resulta fácil suponer, Polo optó por la universidad y su amigo por el ejército. Finalmente el Cabo Colitas regresó luciendo en su uniforme small cuatro vistosas condecoraciones; en tanto que su amigo, enfundado en uno extra large, desprovisto de meritorias cintitas de colores,  trajo como recuerdo de su breve estada en la zona de combate un juego de radiografías, que aún conserva, y permiten ver a contraluz sus cuatro fracturas: maléolo peroniano, quinto metatarsiano, tibia y maxilar inferior. Olvidábamos mencionar que el único combate librado por Polo en el sudeste asiático, tuvo lugar en un burdel de Saigón en donde un borracho mastodóntico  le partió la quijada de un puñetazo cuando quiso intervenir conciliadoramente para que el beodo no le siguiera pegando a una pobre putica. Desde entonces Polo se dejó crecer la frondosa barba que el semi-lampiño Bartolo nunca pudo tener.

Mientras estuvo en Saigón, Polo se destacó por su habilidad para los números, y el hecho de que en su hoja de vida se hubiese consignado esta aptitud natural influyó para que, al momento de aceptar la beca que le ofrecieron, escogiese como carrera la ingeniería; así pues, ingresó a la universidad estatal de New York, de donde se graduó con todos los honores a finales de 1971. De la vida universitaria que Polo alternaba con el cuidado de su tío ciego y amenizaba con deliciosas jornadas de catre con Celina, sólo queda el punzante recuerdo de una relación frustrada con Victoria Méndez Santander, nieta por línea materna de la chismosa señora a la cual ya hicimos referencia cuando hablamos del primer embarazo de Edelmira.

“Conocí a Victoria en una fiesta de despedida organizada por una prima rica de mi amigo Colitas, en un lujoso apartamento de la gran manzana, pues él había sido trasladado a una guarnición en Europa y viajaba al día siguiente… Era una morena con un cuerpazo como para quitarle la respiración a cualquiera y unos ojazos que cuando lo miraban a uno prometían más de lo que su dueña estaba dispuesta a ofrecer, no porque no quisiera sino porque había sido criada con la mojigata tradición de que las mujeres tenían que llegar vírgenes al matrimonio… Por trillado que parezca, no encuentro más palabras para describir mi relación con Vicky, como todos le decían, que ‘amor a primera vista’.

Esa misma noche la besé por primera vez, quedé turulato y le juré amor eterno… El fuego que prendió en mí la pasión y el fervor con el que Vicky respondió mis besos sólo pudo apaciguarlo Celina al amanecer del día siguiente después de cinco polvos consecutivos…  Nuestra relación tuvo como escenario los sofisticados ambientes de Manhattan, propios del  mundo diplomático en el cual se movía su padre, que era el embajador ante las Naciones Unidas. Su excelencia el Señor embajador, como exigía que se le dijera en todo momento, era un viejo encopetado y fatuo que le daba excesiva importancia a los apellidos y a los pergaminos; tal vez por eso aceptó nuestro noviazgo y seguramente soñó en secreto con un matrimonio de conveniencia, pues no desperdiciaba oportunidad para intentar halagarme con referencias a mi linaje… Todo iba a las mil maravillas y ya estábamos planeando casarnos cuando yo me graduara; pero tuvimos la desgracia de que la abuela, la chismosa vieja Santander, octogenaria y enrazada en bruja, decidiera visitar a su hija en los Estados Unidos… La lengua viperina de la bruja se encargó de difundir con exageraciones tendenciosas la triste historia de la tía Rosalba y la extemporaneidad de mi llegada al mundo… Recuerdo como si fuera ayer el día en que llegué de visita al apartamento de mi amada para ser recibido por mi suegro, que me congeló con la mirada y antes de tirarme la puerta en la narices me dijo: ‘Jovencito a partir de este momento usted es persona no grata en este hogar pues yo no voy a permitir que mi hija se case con un pelagato cuya historia desdice de su apellido…’. Como medida preventiva, el viejo puñetero había despachado a mi amada Vicky para Puerto Rico en donde, según supe después, terminó embarazada de un vividor que la sedujo, se la gozó y la abandonó antes de que naciera su hijo. Hasta allí llegó la eternidad de mi amor, que sólo duró seis meses y se quedó sin consumar pues Vicky me alborotaba pero no me lo dejaba ni oler.”

Al tiempo que Victoria Méndez Santander desapareció de la vida amorosa de Polo, Erika Posada Iragorri apareció, para quedarse por un buen rato, en la vida amorosa de Bartolo quien contrajo matrimonio con ella, como quien “contrae una enfermedad contagiosa”, según diría la propia víctima varios años después y con un dejo de amargura. La  ceremonia  fue elegantísima, estuvo oficiada por un obispo castrense y culminó con “bóveda de acero” montada según la tradición, con las hojas desnudas y entrecruzadas de los sables y las espadas de sus compañeros de armas, sobre las cabezas de los recién casados a la salida de la iglesia.

Por esas extrañas coincidencias de la vida, Erika resultó ser la hija menor de Estanislao Posada, primo hermano de la tía Rosalba y, ese sí, forrado en dinero que, según decían las viejas del costurero, había heredado de su padre, Don Lorenzo Posada Mejía, quien se había vuelto millonario (cuando las fortunas considerables se medían en miles) comprando a los damnificados de la guerra de los Mil Días tierras y propiedades por el 10 o el 15% de su valor real y como usurero prestando plata al “módico” 20%. Lo irónico es que para honrar la memoria de tan “egregio ciudadano”, un estadio, una biblioteca (dicen que era analfabeto), una importante avenida y un colegio, llevan el nombre de semejante atracador con bastón, sacoleva y cubilete cuya figura, odiada por todos los pobres vergonzantes que fueron sus deudores, se perpetuó en una estatua pedestre que sus lambones hicieron erigir en un céntrico parque capitalino.

El padrino de la boda de Bartolo fue su hermano Polo, quien viajó con el tío Godofredo hasta Medellín, ciudad en la cual su hermano se desempañaba, con el grado de Teniente, como comandante de un pelotón de Policía Militar en el comando de la Brigada en donde había conocido a Erika durante una fiesta. El parentesco con su novia lo vino a establecer gracias a las pesquisas del capellán que, como es costumbre en el ejército, indaga sobre las calidades de la novia para establecer las condiciones morales y familiares de la candidata. Por el vínculo de consanguinidad Bartolo tuvo que pagar a la Iglesia una cuantiosa dispensa de 7000 pesos (casi el doble de lo que era su sueldo como oficial) y tuvo que recurrir a un préstamo para cubrir los gastos del arreglo de la iglesia que, dada la elegancia del festejo previsto, representó el equivalente a otros cuatro sueldos. Significativo resultaría en el futuro de nuestro deudor amoroso, el hecho de haber servido como fiador a su hermano; favor que éste le retornaría años después en los comienzos del chapoteo del pobre Polo en las arenas movedizas de sus deudas.

El ramo de la novia, que según la costumbre se rifaba entre las jóvenes solteras presentes en la boda, se lo ganó Isabel, la hermana menor de nuestros dos amigos y como por arte de magia la agraciada joven, que rondaba los 22 años, conoció un mes después a Abelardo Ramírez, un apuesto pero simplón y aburrido empleado bancario de mediana categoría con quien se casó ese mismo año, en una sencilla ceremonia a la cual no pudo asistir Polo pues el tío Godofredo estaba enfermo de un cáncer en la próstata que hizo metástasis en el cerebro y se lo llevó de este mundo antes de que Isabelita regresara de su luna de miel. Con la muerte de Godofredo, Polo conoció el significado de la palabra hipoteca pues, cuando pensaba que heredaría el apartamento de su tío, llegaron tres matones con cara de guardaespaldas de don Corleone, que le restregaron en las narices los documentos de una hipoteca sobre el apartamento, que el viejo había dado como garantía por un préstamo de dos mil pinches dólares para poder asistir a la boda de su sobrino en Colombia. Nunca supo el desheredado Polo a qué tasa de interés le prestaron los mafiosos, pero sospecha que debía andar muy cerca de la tasa a la cual cobraba a comienzos del siglo pasado don Lorenzo.

Julieta, que en los últimos años había sido la compañera fiel, amorosa y tierna del viejo Godofredo, desconsolada por la pérdida de su amor otoñal regresó a su país, y años después Policarpo se enteraría de que Julieta se había incorporado al FMLN, la guerrilla salvadoreña que combatía al sistema en el pequeño país, y había muerto en un cruento enfrentamiento con el ejército.

Con la muerte del tío Godofredo y con la pérdida del apartamento que aspiraba heredar, Polo se vio de la noche a la mañana sin techo, a punto de graduarse y sin ningún medio fijo de ingresos, salvo pequeños trabajitos ocasionales que escasamente le alcanzaban para sus gastos de bolsillo. Como le había enseñado el ejemplo de la abuela Chana en aquello de que “la necesidad es la madre de la industria”, con cien dólares que le prestó Celina, por amor y sin intereses, se compró un carrito con una hornilla para preparar y vender hot-dogs en una esquina cercana a su casa y a la estación del Sub-way en el 74 de Roosevelt Avenue, con lo cual resolvió a trancazos el problema de la subsistencia pues el de alojamiento se lo resolvió la cubana; hasta que por esas cosas curiosas de la vida, un amigo de la morocha que alternaba con él las maratónicas jornadas de catre (previa coordinación, para evitar cruces molestos, pues Celina se lo daba al gringo por plata y no gratis, como lo hacía con el buen Polo) generosamente le ofreció empleo en una constructora multinacional que tenía operaciones en América Latina y necesitaba en su nómina un joven ingeniero recién graduado que hablara español.

Así que, en 1973 Policarpo culminó lo que más adelante llegaría a definir retrospectivamente como su segunda edad, marcada por dos hechos significativos: Celina murió de un infarto fulminante, inesperada circunstancia que le produjo a nuestro amigo un dolor casi tan profundo como el que le ocasionó la muerte de la abuela Chana quince años antes; y al poco tiempo, la multinacional lo destinó a Nicaragua como ingeniero nivel IV (no sabemos entre cuántos niveles) con el propósito de participar en un proyecto que Anastasio (Tacho) Somoza había contratado para la supuesta reconstrucción de Managua, destruida en su sector céntrico por el devastador terremoto de diciembre de 1972.

“…Tacho Somoza fue muy astuto, nunca reconstruyó el área devastada; es más, dejó las ruinas de las edificaciones de más de tres pisos sin demoler y los organismos de turismo del estado promovían excursiones para que los turistas visitaran, como quien visita un monumento arqueológico, ‘The devastated Managua Downtown ruins’, y aprovechando que era propietario de una enorme planta productora de adoquines, ordenó a sus planificadores urbanos que construyeran ‘polos de desarrollo’ en los extremos oriental y occidental a las afueras de la antigua ciudad, que unió con una completa red de centenares de kilómetros que llamó en inglés, y así se quedaron, ‘Bypasses’. Para colmo de los colmos, el dictador era propietario de todas las distribuidoras de llantas del país y, según me enseñó un ingeniero de nivel III, una vía adoquinada que se recorra diariamente, reduce en un 30% la vida útil de las llantas; ¿cómo te parece el negociado que montó este hijo de puta?… Por algo lo derrocaron los Sandinistas…”.

Como bagaje de los tres lustros que prácticamente compartió con Godofredo como figura paterna y con Celina como amante, Policarpo trajo, aparte del valioso cofre con las dos pipas y sus accesorios y un álbum de fotografías, algunas verdades de a puño: que “el dinero no es bueno sino por lo que dan por él” y que “no existen problemas de dinero sino de ideas”, lo aprendió del viejo Godofredo. El problema con esta última concepción,  es que la creatividad de Godofredo sólo le producía ideas de cómo, dónde y a quién pedirle plata prestada, sin importar el interés, como quedó demostrado con la hipoteca que le firmó a los mafiosos. De la morocha cubana aprendió que “es pecado mortal cobrarle intereses a la gente que uno ama, pues la plata no es más que plata y no tiene porqué engordarse por cuenta del amor…”. Este principio quedó tan profundamente arraigado en el corazón de nuestro deudor amoroso, que jamás (y han sido muchas las oportunidades en que ha prestado dinero a sus amigos) ha cobrado intereses; sin embargo, como veremos más adelante, siempre ha pagado puntualmente los intereses de lo que se conoce eufemísticamente como “banca informal”, que incluye a los “Lombardos”, a los prestamistas del pueblo y a los usureros del sistema “gota a gota”, matracalada esta última de pícaros, émulos y fieles seguidores de las enseñanzas y el ejemplo de los desgraciados que, como don Lorenzo, hicieron fama y fortuna a costa del dolor y las penurias de nobles venidos a menos y acogotados pobres vergonzantes de la clase media.

Policarpo se dedicó con entusiasmo a cumplir sus funciones como ingeniero residente en los proyectos de la multinacional en Managua, hasta 1976, año en que conoció a Pepe Roig un salvadoreño de origen catalán que había colgado la sotana con el propósito de oficiar, en su nueva vida, en el altar del dios dólar, para lo cual había hecho una maestría en una prestigiosa universidad de postgrado que tenía su sede en Managua. Después de graduarse, Pepe había sido contratado por la universidad para ejercer el cargo de Director de Admisiones y en esta condición, gracias a su capacidad de convencimiento, logró que Polo se inscribiese para dedicar los dos años siguientes a complementar su formación de ingeniero con los misterios de la administración de empresas, con lo cual dio un giro sustancial a su existencia enrumbándola por el mundo de los flujos de caja, los estados financieros, la estrategia empresarial y el mercadeo; área esta última, en la cual puso de manifiesto rápidamente su inclinación y sus aptitudes. Dos años después, al obtener su título, la universidad le ofreció una plaza como investigador y la posibilidad de hacer carrera en el mundo académico, al cual dedicaría 12 años de su existencia. En 1981, con los Sandinistas en el poder, la Escuela de Negocios empezó a tener problemas para reclutar estudiantes; entonces el rector vio en las capacidades de Polo la esperanza de resolver el problema y le ofreció el cargo de Director de Admisiones. Policarpo diseñó una estrategia de mercadeo que resultó exitosa para llenar el aula, y en su ejecución contó con la ayuda valiosa de Luz Angélica Robleto Arce, una maravillosa mujer que en breve se convertiría no sólo en su eficaz asistente sino en el amor de su vida.

Luz Angélica era, y continúa siendo, la personificación de la bondad, la ternura, la sensatez y la prudencia; con unos ojos cafés vivaces y profundos que iluminan su cara cubierta de diminutas pecas y enmarcada por una abundante y ondulada cabellera rojiza, ha sido desde entonces la mejor amiga, la confidente y desde 1982 la esposa de Policarpo, quien asegura que sin el apoyo moral de Luz Angélica, jamás hubiese podido sortear las duras pruebas que la vida ha puesto en su camino. Luz Angélica pertenecía a una de las más rancias y aristocráticas familias de la llamada “Calle Atravesada de Granada” y su padre, un hombre curiosamente honesto y bueno que talvez por eso fue nombrado, desde la dictadura de Anastasio Somoza García, Jefe del Tribunal de Cuentas de su país, murió en 1976 y cuando los Sandinistas accedieron al poder le quitaron a su viuda la pensión que como funcionario del gobierno anterior le correspondía. Así pues, lo que fue una familia acomodada pasó de la noche a la mañana a la condición de nobles venidos a menos. Cuando Polo supo esta historia comentó con sarcasmo. “Vea pues, Dios los hace, ellos se juntan y el mundo los critica”. En el fondo, Luz Angélica era una mujer fuerte y abnegada, cuya fortaleza fue puesta a prueba durante la revolución Sandinista, cuando los revolucionarios que avanzaban sobre Managua se atrincheraron en el antejardín de su casa, una verdadera mansión al sur de Managua, que fue bombardeada por la aviación Somocista y parcialmente destruida, mientras Luz Angélica, su madre, sus dos hermanos y un pequeño sobrino de dos años se escondieron en un baño donde permanecieron cerca de una semana. Educada en Londres en una escuela para señoritas, conoció en su adolescencia a Jean Phillipe Guinard, un joven de ascendencia francesa que fue su primer amor y que, cuando planeaban casarse, murió a la temprana edad de 22 años aquejado por una letal leucemia; desde entonces y hasta que apareció Policarpo en su vida la joven no tuvo ningún otro amor.

Al contrario de lo que había sucedido, cuando Luz Angélica apareció en la vida amorosa de Polo para quedarse indefinidamente, Erika, la esposa de su hermano y con quien había tenido dos hijas (Saturnina nacida el 4 de junio de 1973 y Caridad nacida el 8 de septiembre de 1975; ambas criaturas bautizadas, según la tradición familiar, con los correspondientes nombres de las Santas del día), desapareció de la vida de Bartolo. El inquieto militar, que para esa época había sostenido relaciones clandestinas no con una sino con cuatro amantes paralelas y engendrado con cada una de ellas una hija, rompió cobijas con su legítima esposa cuando se enteró del primer y único desliz que ésta tuvo. Pocos días después de los hechos, Bartolo envió una carta a su hermano en la cual le contó por primera vez el motivo de su separación y los detalles, hasta entonces desconocidos por Polo, respecto a su vida amorosa y a sus hijas habidas por fuera del matrimonio; veamos a continuación algunos apartes de la misiva:

“…Lo felicito mi querido Cabroncete por la linda mujer que se consiguió; en las fotos que me mandó se ve como una cuervita con todas las de la ley; y por lo que me cuenta espero que le dure todo el tiempo esa bondad, esa ternura y esa amistad que usted me cuenta han llegado a tener, pues en lo que a mí se refiere, el romance con Erika duró hasta el día que regresamos de luna de miel; a partir de ahí se volvió cantaletosa, celosa, posesiva y jodona; lo de celosa se lo entiendo pues como usted sabe, yo nunca he sido fiel a ninguna mujer y cometí la estupidez de jurarle una fidelidad hasta la muerte, que no he sido capaz de mantener; pero por lo demás me tenía desesperado su jodetería. Por eso y por nada más, decidí ‘llamarla a calificar servicios’[2] cuando le descubrí un desliz ni más ni menos que con el gilipollas de Horacio, el baboso marido de Beatriz su mejor amiga. Créame que los cachos que me puso se los perdoné, pues al fin y al cabo me los merecía; lo que pasa es que esa fue la oportunidad que me dio para romper el “yugo” matrimonial y para liberarme de una carga que yo mismo me había echado sobre los hombros, por pendejo… Es más, le propuse que nos separáramos y pasáramos a la más cómoda posición de amantes, pero se me emputó con la propuesta y se largó con las niñas para la casa de su mamá. Como en Colombia no existe el divorcio, finalmente y con ayuda de un abogado carísimo que nos divorció legalmente en Santo Domingo, quedamos libres, sin necesidad de ir a República Dominicana, y en menos de quince días. Lo que puede la plata ¿No?

…Yo creo que nací en el lugar equivocado, pues con esta pinta de jeque árabe que me gasto me hubiera ido mejor en Jordania o en cualquier país árabe en donde por ley, según me han dicho, ‘cada hombre puede tener tantas mujeres como pueda sostener y mantener satisfechas’; con mi sueldito del ejército hasta ahora (y esto es algo cabroncete, que sólo va para usted pues ni mi papá, ni mi mamá y mucho menos Isabel o las tías lo saben y no deben enterarse jamás), sólo he podido conformar un modesto harem con cuatro cuervitas divinas y del cual, por lo visto, Erika no quiso formar parte. Eso sí, le garantizo que a todas las mantengo satisfechas, con cada una he tenido una hija y todas llevan mi apellido, las quiero mucho y procuro que no les falte nada. Por desgracia San Bartolo y las Almas benditas no me han concedido dos gracias que les pedí: un hijo varón y que mi mujer y mis mozas se quieran como hermanitas…”.

En otros apartes de la extensa carta, sazonada con palabras propias de su vulgar lenguaje y anécdotas de sus amoríos, Bartolo le contaba a su hermano pormenores respecto a la forma en que había conocido a las madres de sus otras hijas, que por fortuna no fueron bautizadas según la tradición familiar y habían llegado al mundo entre 1974 y 1979. En síntesis diremos que la vida amorosa de Bartolo daría tema para escribir una novela y que de la noche a la mañana nuestro querido Polo se enteró de que tenía cuatro “cuñadas”, e igual número de sobrinas: Consuelo Rivera, una secretaria del comando del ejército que había dado a luz a Lorena el mismo año y casi en la misma fecha en que había nacido Saturnina; Gladis García, una estilista que había traído al mundo a Marisol en 1977; Marlene Rojas, una actriz de teatro madre de Ana Marlene nacida en 1978 y Bibiana Zambrano, una ceramista que había alumbrado a Martha Bibiana en 1979. Policarpo se preguntó entonces lo que diría su abuela Chana si se hubiese enterado en vida de los escarceos amorosos de su nieto y de la poco católica forma en que éste manejaba el amor.

El 19 de abril de 1984, día de San León IX, el hogar de Policarpo y Luz Angélica se vio iluminado por la llegada de un larguirucho y escuálido bebé (con los años llegaría a ser una reproducción fiel de las aristocráticas facciones que en su buena juventud habían enloquecido a Celina la cubana, con el mismo cuerpo esbelto y con el cabello rojizo que heredó de su madre), que su padre fiel a la tradición del Bristol hizo bautizar con el nombre del correspondiente Santo: León, se convirtió en el centro de la atención y los desvelos de la pareja y en el orgullo de los abuelos que viajaron desde Colombia a su bautizo en Managua. Ese mismo año, la universidad decidió incursionar en el campo de las pequeñas y medianas empresas y realizó, con apoyo de organismos internacionales, un proyecto de investigación para identificar las necesidades de capacitación gerencial en el sector de la PYME, como se le llamó desde entonces, y en el cual Polo encontró un nuevo horizonte para su actividad profesional.

En los siguientes cuatro años Policarpo adquirió un gran prestigio internacional como experto en el tema del manejo gerencial de las pequeñas empresas y como profesor de mercadeo en los programas de postgrado.

El año 88 trajo cambios significativos en la vida de los dos hermanos. Por un lado, Bartolo fue llamado a calificar servicios,  con el rango de Coronel pues sus superiores consideraron que su vida promiscua no era propiamente la que correspondía a la dignidad que exige el comportamiento de un General de la República; y entró en una depresión tan honda que le quitó casi por completo el apetito y le ayudó a rebajar 35 kilos de lo que él llamaba “exceso de equipaje”. Por el otro, al cumplir 45 años y completar, según sus esquemas, la tercera edad, nuestro amigo Polo, que llegó a aspirar a la rectoría de la universidad centroamericana tuvo una profunda frustración cuando por manejos internos, propios de las luchas por el poder, se le bloqueó la oportunidad que le habían prometido de adelantar estudios doctorales en los Estados Unidos y vio en ello una sucia jugada de sus adversarios, pues para acceder a la rectoría como ingenuamente soñó, era requisito indispensable ostentar un título de PhD o de DBA (Doctor of Bussines Administration)… Por esos misterios insondables de la mente, a la de Policarpo le llegó como un huracán el recuerdo de su experiencia “bélica” en Vietnam y su duro entrenamiento, obnubilándolo con lo que el psiquiatra llamaría “psicosis tardía de guerra”, que le llevó a tener extraños comportamientos, comparables a los de Rambo en sus mejores películas y a planear incluso el secuestro del rector de la universidad que había frustrado sus pretensiones académicas… Dos meses en una clínica siquiátrica en Guatemala para superar este surmenage, le merecieron tres cosas: una asignación para su vehículo en el parqueadero de discapacitados; un tratamiento siquiátrico para controlar tendencias maniaco – depresivas; y una reclamación al seguro médico para atender su subsistencia, ante la incapacidad manifiesta de aceptar cualquier liderazgo y por consiguiente cualquier empleo.

En julio de 1988 nuestro deudor, con una pensión asignada por el seguro de 1771 dólares exactos, con Luz Angélica, León y cinco maletas regresó a Colombia, derrotado pero no vencido, para iniciar su cuarta edad arrimado en el modesto apartamento que compartían sus padres en el barrio El Campín.


[1] Nota del Autor: El lector que desee conocer pormenores de las FARC encontrará toneladas de papel impreso, sobre este grupo y sobre Tirofijo, su jefe, quien desde finales del siglo pasado hasta nuestros días se conoce como el guerrillero más viejo del mundo.

[2] Nota del autor: Expresión militar que denota un retiro inesperado del ejército por voluntad del gobierno.

Espera la próxima semana el Capítulo CINCO

2 Comentarios

Mi admirado don Capi: debo confesar mi ignorancia. En mi juventud fumaba en pipa; pero después de leer tu descripción me di cuenta que lo hacía en forma primitiva. Ya es tarde para corregirlo. ¡Hace muchos años que no fumo!
De más está decir que la descripción de las damas presentes y sus relaciones con el sexo opuesto (un fuerte tuyo) es siempre muy “agradable” de leer. Quiero ver cómo sigue. ¡Keep plugging!

Gran gusto y particular orgullo me produce saber que Don Guillermo mi gran maestro de Incae, no solo lee mi obra sino que la disfruta y me hace siempre estimulantes comentarios. Mil gracias y cordial abrazo,
Kapizán

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