Policarpo. Capítulo – Seis y Epílogo

Posted on : 24-08-2010 | By : kapizan | In : Capítulo – SEIS y Epílogo, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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El reencuentro entre Policarpo y Colitas no fue en el pueblo, al cual éste último había llegado a finales de 1995, sino en la cafetería de la clínica en donde habían operado a Egidio. Como todos los encuentros entre amigos que llevan muchos años sin verse, los primeros treinta minutos de conversación sirvieron para hacerse un recuento atropellado de lo que habían sido sus vidas en los últimos 25 años. En lo que respecta a Colitas, éste había permanecido en el ejército gringo cinco años, se había retirado en Europa y había estudiado ingeniería de sistemas en una universidad de la antigua Alemania Occidental; se había convertido en un verdadero virtuoso de las computadoras y había desarrollado una metodología para transmitir sus conocimientos en forma didáctica y muy eficiente; de eso había vivido los últimos quince años y tenía planes de montar una academia en el pueblo sabanero; diez años antes se había casado con Rubiela, una profesora de español que había conocido en Alemania y con la cual formaba una pareja un tanto dispareja, pues ella era veinte años más joven y veinte centímetros más alta que él… La disparidad que años atrás caracterizaba a los dos amigos, la había perpetuado Colitas con su joven consorte, que era flaca y discretamente bonita; en ese momento, Rubiela estaba embarazada y feliz pues el obstetra les acababa de confirmar, en la misma clínica, que por fin después de cuatro hijos varones, la criatura que venía en camino era una niña.

Cuando Polo le contó a Colitas que la semana anterior le habían entregado la escritura del lote que se había ganado en la rifa, a la esposa de su antiguo camarada se le iluminó el rostro e intervino por primera vez en la conversación de los dos amigos para decir: “Créeme Salcedo (Rubiela siempre le dijo a su diminuto marido Salcedo, a secas, sin ninguna entonación y con un leve dejo de autoridad que daba a entender claramente que en ese matrimonio Salcedo era la cabeza, pero ella era la nuca y en consecuencia todo se hacía según sus designios), que nada en la vida es casual… Apenas ayer te quejabas de que no tenías amigos en Colombia y de que te iba a quedar muy difícil conseguir un fiador con finca raíz que hiciera pareja con tu tío, para gestionar el préstamo que necesitamos y poder montar la academia; yo creo que tu amigo Policarpo, que por lo que veo te aprecia mucho y te conoce muy bien, no tendría ningún inconveniente en hacerte ese favor” – dijo Rubiela rubricando sus palabras con una comprometedora sonrisa y formulando una pregunta aún más comprometedora -: “¿verdad que no tienes inconveniente en servir de fiador para tu amigo Salcedo?”… “Por supuesto que no, si al fin de cuentas a Gustavo le debo mi vida desde la guerra de Vietnam y ésta es la oportunidad para devolverle el favor”, se apresuró a responder sinceramente Polo, mientras pensaba para sus adentros que con el lote había adquirido un nuevo estatus como respetable “fiador con finca raíz”, que le permitiría ayudar a sus amigos, como le había ayudado, quince días antes, a su comadre Emilce a quien le había respaldado un préstamo en la Cooperativa Flor del Campo por ocho millones de pesos para surtir la farmacia. Así pues, en menos de un mes Policarpo sembró, con la mejor intención y sin darse cuenta, la semilla de sus desgracias futuras.

Durante los meses que precedieron la muerte de Egidio, la situación financiera de los dos hermanos parecía razonablemente estabilizada debido al hecho de que, como indicamos, el gerente de la cooperativa les había sugerido que suspendiesen los pagos de las cuotas, que hasta esa fecha habían significado una sangría en la precaria economía de nuestros personajes. Era una calma tensa, como la que precede las tormentas. Muerto Egidio, hicieron la reclamación al seguro del que estaban convencidos cubriría el total de la deuda, a pesar de que todavía no habían recibido respuesta del reclamo que habían hecho cuando su padre enfermó. La demora en responderles la primera solicitud, se debió a que la cooperativa entró en graves problemas financieros y se inició su adquisición por parte de un banco con capital extranjero, con lo cual del concepto de economía solidaria se pasó a la fría, cruel y despiadada concepción de banca privada.
En una operación sin precedentes, el banco no aportó dinero para la compra sino que se capitalizó con la mitad de los aportes del más de medio millón de afiliados a la cooperativa, que de la noche a la mañana vieron reducido significativamente el capital que habían aportado como base para sus préstamos; así, por ejemplo Egidio, Polo y Bartolo que con grandes esfuerzos habían reunido doce millones de pesos para que les prestaran los treinta y seis millones que requería la ampliación de la casa paterna, vieron sus aportes reducidos a seis millones; lo que se alegó en esa oportunidad era que los afiliados deberían asumir solidariamente las pérdidas de la cooperativa. La tormenta se desencadenó el día en que Polo y Bartolo recibieron la carta del nuevo banco, y arreció el día en que Polo, ataviado con el “traje del sobregiro” (léase saco y corbata), que se puso por sugerencia de Bartolo que no pudo acompañarlo, se entrevistó con el gerente.

El “Doctor” Benigno Guacaneme, gerente de la sucursal del banco en el pueblo, que llevaba una semana operando en las antiguas instalaciones de la cooperativa, era un orangután de pelo hirsuto, traje marrón, horrenda corbata de colorines, mirada aviesa, mal aliento y sonrisa maligna que contradecía su nombre. Obviamente, no era doctor y el puesto que ocupaba se lo había ganado como eficientísimo cobrador en un escuadrón de “chepitos”, esa perversa organización que se había convertido, en los años 80, en el terror de los pobres deudores morosos, a quienes seguían, ataviados de negro con gabán, maletín de cuero y bombín, para ejercer sobre ellos una presión sicológica irresistible al ponerlos en evidencia, como deudores, ante sus vecinos y conocidos, y que para alivio de muchos había sido declarada ilegal por su carácter atentatorio contra la dignidad humana.

El orangután, fingiendo estar atareadísimo, ni siquiera levantó la vista cuando Polo entró a su oficina, a la cual le hizo pasar una fea secretaria que conocía como antigua empleada de la cooperativa, quien por primera vez pronunció su apellido con ese tonito despectivo que atormentaría a Polo en los años subsiguientes cuando le dijo: “Siga señor Ladrón de Guevara, el gerente lo espera”… Por lo menos dos minutos esperó nuestro amigo, hasta que el simiesco personaje levantó la mirada del arrume de papeles y con un gesto le indicó sentarse para comenzar sin ningún preámbulo: “Lamento comunicarle que su obligación con el banco, que como sabrá adquirió la cooperativa de la cual usted forma parte, incluida su cartera, de la cual usted es cliente moroso, se encuentra con un inexplicable atraso de diez meses, que en otras circunstancias hubiese sido más que suficiente para iniciar una acción jurídica”…

De nada valió que Polo explicara que había dejado de pagar por sugerencia del antiguo gerente de la cooperativa, pues estaba convencido de que el seguro cubriría la deuda; lo cierto era que en ese momento no estaba en condiciones de ponerse al día, pero como persona honorable que era, solicitaba un plazo de tres meses para liquidar una deuda cuyo monto, incluyendo intereses moratorios y honorarios legales, llegaba a los diez y seis millones de pesos… En ese plazo, Polo estaba convencido de que podría vender el lote que se había ganado y con el producto de la venta pagarle al banco.

Tras ojear la escritura del lote y pedir que le sacasen una fotocopia, Guacaneme adoptó un aire falso de magnanimidad, ordenó a la secretaria que archivase la escritura en el expediente de Polo y le dijo: “Acepto su propuesta y le concedo tres meses a partir de hoy, pero le anticipo que si en ese periodo no cubre su obligación, tendríamos que iniciar un proceso legal o renegociar la deuda, para lo cual deberá conseguir un nuevo fiador con finca raíz, pues su hermano y usted, no son sujetos de crédito para el banco, que no puede cometer el error que cometió la cooperativa al prestarle plata a sujetos pensionados en un país en el que las pensiones son inembargables… Esto se lo digo, porque el valor del lote que usted pretende vender es inferior al monto de la deuda… En caso de que renegociemos la deuda el banco aceptaría una hipoteca sobre la propiedad que tenía su difunto padre y en ese caso, su señora madre podría servir como fiadora, es más, sobre esa casa el banco podría prestarle unos quince o veinte millones más”. Los ojos del banquero brillaron con la codicia ante la perspectiva de un préstamo con una buena garantía…

Cuando los hermanos suspendieron los pagos, la deuda se había pagado puntualmente en una tercera parte; pero en los diez meses que duró la enfermedad de Egidio el montó en mora, incluidos los intereses, ascendía a dieciseis millones y medio de pesos. Presionado por la necesidad de vender el lote, Polo se vio obligado a aceptar diez millones de pesos que le ofreció en efectivo uno de los carniceros del pueblo; faltaban pues seis millones y medio de pesos para ponerse al día con el banco en el plazo acordado con el orangután. Fue entonces, cuando Bartolo encontró una solución, consiguiendo el dinero restante a través de un préstamo en una “Cooperativa” que prestaba plata a pensionados, mediante libranza y a un usurero interés del seis por ciento, pero con la ventaja de que entregaban el dinero en veinticuatro horas y no se exigía fiador. A este sistema, del cual formaban parte más de treinta “cooperativas”, que en realidad eran de dos o tres dueños y funcionaban ante la ley presentando como afiliados a sus deudores, a quienes les descontaban regularmente en cuotas fijas de sus mesadas pensionales, lo llamó Bartolo “la Banca Lombarda”, en alusión a los astutos usureros que financiaban a la nobleza europea en el siglo XIV. Respecto al sistema de los Lombardos, Bartolo solía decir: “Son unos hijueputas… pero son nuestros hijueputas; y además no te piden fiador y te entregan la plata contante y sonante, Bolívar detrás de Santander, en menos de dos días”.

Un lunes, mientras contaba uno a uno los billetes que entregaría al medio día en el banco, Polo recibió una llamada angustiosa de su hermana Isabel quien le contó que durante el fin de semana, la guerrilla había invadido la pequeña finca que ella y su esposo tenían en Villeta y había secuestrado a Eulalia, una sobrina de su marido, que les acompañaba para pasar un fin de semana de descanso que se les transformó en una pesadilla. En resumen, el viernes en la noche treinta guerrilleros les habían sorprendido mientras jugaban naipes apaciblemente, les habían atado y después de convencerse de que Abelardo no era el millonario industrial, propietario de la finca vecina, que intentaban secuestrar y de verificar que éste se encontraba fuera del país, decidieron no perder el viaje y llevarse a la muchacha por cuyo rescate exigieron cincuenta millones de pesos, que deberían entregar en el plazo de una semana. Abelardo estaba tratando de gestionar un préstamo bancario para cubrir el rescate pero le acababan de decir que el banco sólo podía prestarle treinta millones y necesitaba conseguir el resto como fuera. Sin dudarlo un instante, Polo ofreció los dieciseis millones y medio que tenía para cubrir la deuda en el banco y un reloj de oro por el cual podría obtenerse entre ochocientos mil y un millón de pesos. Finalmente, Isabel vendió algunas joyas, Edelmira aportó una pulsera y en el transcurso de la semana se pagó el rescate y la sobrina de Abelardo fue liberada físicamente sana y salva. Por supuesto, los verdaderos damnificados del golpe guerrillero fueron Polo y Bartolo que no tuvieron más opción que renegociar la deuda, y suscribir una hipoteca sobre la propiedad familiar, con lo cual la viuda Edelmira quedó embarcada en el compromiso bancario.

Renegociada la deuda a treinta y seis meses, con la casa hipotecada, con la pensión de Bartolo gravemente afectada por los descuentos de la banca Lombarda y con cuotas ligeramente por encima del millón de pesos mensuales; bien pronto se dieron cuenta los dos hermanos de que sus respectivas pensiones eran insuficientes para cubrir los gastos de sus responsabilidades familiares, aportar la suma que cada uno de los tres hermanos había asignado para la subsistencia de Edelmira y pagar la cuota del préstamo. Se imponía buscar la forma de generar más ingresos. Fue entonces cuando los dos hermanos decidieron reactivar el CEE, para ofrecer programas de capacitación dirigidos a creadores potenciales de microempresas en el sector rural. Diseñaron un seminario de capacitación que utilizaba como instrumento didáctico el libro que había escrito Polo y acordaron operar, desde el apartamento de éste y sin secretaria, para reducir los costos fijos al mínimo. Bartolo diseñó lo que él mismo llamó una “operación ofensiva de ventas” mediante el envío de propuestas individualizadas a los alcaldes de los municipios, inicialmente de Cundinamarca y posteriormente de Boyacá.

Quince días después de haber enviado las propuestas, el alcalde de un pueblo sabanero respondió interesado y en menos de un mes lograron vender, por diez millones, un programa para el entrenamiento de cuarenta líderes comunales, con los cuales se organizaron diez microempresas de trabajo asociado bajo los esquemas legales de la economía solidaria. El seminario fue un éxito que estimuló a los dos hermanos, que creyeron ver en ese mercado la solución a sus problemas financieros. Para simplificar, bástenos decir que en el transcurso de los dos siguientes años no lograron vender ni un solo programa más, los diez millones se esfumaron cubriendo gastos, y llegaron a la amarga conclusión de que entre ciento noventa y un alcaldes, que recibieron propuestas similares, sólo uno, el primero, resultó completamente honesto. Refiriéndose al resto, Bartolo expresó: “Son unos hijueputas que pueden clasificarse en tres grupos: los descarados, que te dicen de frente ‘con los diez millones de pesos que vale su programa me construyo una alcantarilla o un anden que me dan más votos que su capacitación’; los fusiladores, que te atienden muy bien, se muestran muy interesados en el proyecto y los muy cabrones te hacen perder tres o cuatro viajes, hasta que entienden el sentido de la propuesta y entonces contratan por un millón de pesos a cualquier güevón varado que dicte un programa similar y se roban los nueve millones de pesos restantes; y las pirañas, que buscan, como nos sucedió en Bogotá, que inflemos el presupuesto para robar descaradamente. En estos años llegamos a la conclusión de que por las buenas y honradamente es muy difícil negociar con los políticos sin convertirse uno en un corrupto, como ellos. La excepción que confirma la regla fue ese alcalde que creyó en nosotros y nos proporcionó lo que ahora llamo ‘alegrías de caballo capón…’”.

Para sus desplazamientos a los municipios los hermanos habían utilizado el taxi de Borolas, quien les daba crédito mensual y que a la larga junto con la hija de uno de los carniceros que les sacaba en computador las propuestas, fueron los únicos beneficiarios de la famosa operación ofensiva, sin contar la empresa de telecomunicaciones que facturaba la cuenta telefónica de Polo y del fax que se convirtió en un costo fijo cada vez más difícil de cubrir; hasta el punto de que más de una vez, para poder pagar los costos de transporte y de teléfono, tuvieron que acudir a la Banca Lombarda o a los usureros del pueblo que prestaban al cinco por ciento de interés mensual; sin contar con esporádicos préstamos de la tía Rosalía cuyos fondos tampoco daban para atender las exigencias crediticias del CEE que, como era inevitable, a finales del año 2000 naufragó definitivamente. Para esa fecha y a los trancazos, por lo menos, se pagó la deuda con el banco y se liberó la hipoteca.

La liberación de la hipoteca dio a los Ladrón de Guevara un respiro que no se prolongaría por mucho tiempo. Por esa época Abelardo, el esposo de Isabel, se pensionó y con el dinero de su cesantía adquirió una pequeña casa en un predio cercano a Villa Edelmira; y en esa forma la viuda, sus tres hijos y sus nietos quedaron viviendo en el mismo municipio. Naturalmente, los nietos más cercanos a Edelmira (la abuela nunca se enteró de la existencia de las cuatro hijas extramatrimoniales de Bartolo nacidas en Bogotá y las dos hijas de Erika vivían en el exterior) eran León, el hijo de Polo y Luz Angélica; José Exuperio, Luis Gualberto y Raúl Osmundo, los hijos de Bartolo y Rocío; y Timoteo y Faustina, los mellizos de Abelardo e Isabel, que al igual que sus primos debían sus nombres a las listas del Bristol.
El día en que León cumplió su mayoría de edad, su padre había logrado reunir, dado que ya no pagaba cuotas para amortizar la deuda con la extinta cooperativa, un millón y medio de pesos, monto con el cual tenía la intención de abrir una cuenta de ahorros a nombre de su hijo, a fin de que éste comenzase a crear una historia bancaria limpia que se diferenciase de la suya, enlodada desde el momento en que apareció por primera vez, junto con su hermano, en el tenebroso listado de morosos de SIS DATA.

Desde la época en que la cooperativa fue absorbida por el banco extranjero, había en el pueblo dos sucursales bancarias: el BANCO NACIONAL, en donde Polo había abierto una cuenta de ahorros desde que sirvió como fiador a su amigo Colitas, cuya obligación era con ésta institución y TETRABANCO, nombre adoptado por la nueva organización que había sustituido el conocido logotipo de los dos arbolitos verdes del cooperativismo por un tetraedro de un horrible color fucsia. Mientras llenaban los formularios para la apertura de la cuenta de ahorros para León, Olga, la amable empleada que les estaba atendiendo, recibió una llamada telefónica interna al término de la cual cambió su expresión y le dijo a Polo: “Don Policarpo, el subgerente quiere hablar con usted, por favor acompáñeme”…
Sin muchos rodeos, el subgerente le explicó que su cuenta como codeudor del Señor Gustavo Salcedo se encontraba con una mora de cuatro meses y que en consecuencia urgía que se pusiese al día, pues de lo contrario se haría necesario iniciar un cobro jurídico… ante la tímida pregunta de Polo por cuánto era el monto de la deuda impagada; el subgerente, oprimiendo una tecla de su computador leyó en pantalla: Dos millones novecientos noventa y ocho mil pesos exactos. Era obvio que el funcionario ya sabía que nuestro personaje disponía de ese dinero, pues acababa de negociar su cheque en dólares por un equivalente de cuatro millones de pesos y pensaba abrir una cuenta de ahorros por un millón y medio a nombre de su hijo. Polo meditó un momento, sabía que a su amigo Colitas le habían hecho un robo significativo en su academia, de donde le habían sustraído varios computadores y otros elementos de oficina y que estaba en serios problemas financieros, pues el antiguo y valeroso soldado ganador de varias condecoraciones se había convertido en un técnico apocado que había delegado la administración de su empresa a su dominante mujer, quien había demostrado muy poco seso y tendencia al despilfarro en su gestión gerencial. Polo se dijo entonces para sus adentros, “Dios proveerá”… Miró al subgerente y le dijo: “No se preocupe, yo asumo la deuda”. Mientras hacían la transferencia de fondos de su cuenta para cubrir la mora, León le preguntó a su padre en voz baja: “¿Por qué lo haces?” y Polo en voz alta para que le oyese el subgerente le respondió: “Por una sencilla razón, ¡los amigos tienen corazón, los bancos no y Colitas es mi amigo!”.

El pago de las cuotas atrasadas de su amigo Colitas abrió una tronera en las ya, de por sí, apretadas finanzas de Policarpo. Con esa decisión, no sólo se esfumó el regalo de cumpleaños de su hijo León sino que desapareció el dinero con el cual la familia hacía el mercado mensual y atendía los gastos de la casa; sin embargo, Dios proveyó por conducto de Chirrinche, el carnicero, quien diariamente comenzó a proporcionar préstamos en efectivo a su amigo Polo para cubrir los gastos esenciales de la casa, por los cuales no le cobraba ningún interés y se limitaba a renovarle su “línea de crédito” cuando al final de cada mes Polo recibía su pensión y se ponía al día. Por supuesto, nuestro amigo se sentía incómodo abusando de la bondad de Chirrinche y no paraba de imaginar opciones para que su flujo financiero volviera a la normalidad. Pensó en un crédito a la Banca Lombarda por intermedio de su hermano, pero éste había copado su límite de endeudamiento; intentó empeñar algunas de las pocas joyas de Luz Angélica, que se las ofreció para ayudarle a resolver el problema, pero era tan poco lo que le daban a cambio y tan alto el riesgo de que las pocas prendas de su esposa se perdieran, que optó por desistir; finalmente, Bartolo tuvo una idea genial, o al menos eso fue lo que les pareció en su momento: vender puerta a puerta mil ejemplares del Curso de Gerencia para Pequeñas Empresas que había producido Polo años atrás y que constituía uno de los activos del fenecido CEE… Las cuentas eran muy claras, si lograban vender cada libro a 10.000 pesos (el precio con el cual siete años antes el libro se había registrado en la cámara del libro era de 12.000 pesos), teóricamente tendrían la posibilidad de recaudar diez millones de pesos…

Las ventas comenzaron bien, pues en tres días y sin mucho esfuerzo lograron vender treinta libros en el pueblo, visitando la totalidad de las pequeñas empresas comerciales y artesanales de la localidad; pero bien pronto se agotó ese mercado y además, como diría Bartolo posteriormente: “La gente compraba el libro más por lástima y compasión que porque estuviese realmente interesada”. El calvario comenzó, cuando intentaron vender el libro en las poblaciones vecinas en donde Polo y Bartolo eran unos perfectos desconocidos quince días, en que se transportaban en bus con veinte libros que cargaba cada uno en un maletín, lograron vender siete; es decir obtuvieron setenta mil pesos netos que escasamente alcanzaron para cubrir los gastos de transporte y almuerzo de los vendedores ambulantes, que fueron rechazados con frases como “¿Quién me garantiza que ese libro no se lo robaron en el IPN? (el libro había sido editado como una cortesía del Instituto Politécnico Nacional, que había impreso dos mil ejemplares con el logotipo de la organización, se había quedado con quinientos y le había entregado el resto a Policarpo para su comercialización); o “aquí no recibimos vendedores ambulantes”; o simplemente, “muchas gracias pero no me interesa, yo sé muy bien cómo manejar mi negocio”. En esos días Polo y Bartolo semejaban, como nunca antes, la triste figura del Quijote y Sancho Panza en sus aventuras más aciagas.

A las pocas semanas de la fracasada venta de libros puerta a puerta, Polo tuvo la idea de donar los libros a una institución que trabajaba con jóvenes reinsertados de la guerrilla y pensó que su obra podría ser de alguna utilidad… Lamentablemente, cuando se disponía a hacer el correspondiente inventario, descubrió que la humedad, con la acción combinada de ratas y polillas, había destruido casi la totalidad de los libros que no se habían vendido…No hubo más remedio que formar una pira con los despojos editoriales, en la cual se quemaron para siempre los sueños empresariales y académicos de nuestro desventurado amigo.

La vida siguió su curso en medio de una rutina en la que se pagaban todas la deudas puntualmente y se sostenía la casa de Polo con la generosa “línea de crédito” de Chirrinche. Bartolo, acosado por los gastos que generaban sus hijos, se vio obligado a aceptar un puesto como jefe de operaciones en la empresa de seguridad privada que poseía un antiguo subalterno suyo, en la cual no se sentía muy a gusto, pero que aceptaba como único medio para mantener al día sus apremiantes necesidades. Corría bien avanzado el año 2002, cuando Polo se enteró de que su amigo Colitas había fracasado con su academia y había desaparecido, de la noche a la mañana, con su mujer y sus hijos. De la deuda con el Banco Nacional no se había sabido nada más y Polo suponía que su amigo la había saldado antes de partir. Desconocía que, por segunda vez, su amigo había entrado en mora, que el banco había tratado de comunicarse con Policarpo por conducto de una oficina de cobranzas y que al no encontrarlo, nunca se supo por qué (es muy posible que se haya debido a que el teléfono de Polo estaba cortado por falta de pago y duró así seis meses hasta que con un préstamo de la Banca Lombarda pudo salvar la línea), había iniciado un cobro jurídico…
La gran satisfacción de Polo a fines de ese año, fue la graduación como bachiller de su hijo León cuyo proyecto de grado fue laureado. El proyecto del muchacho consistió en capacitar como creadores de microempresas a veinte jóvenes de escasos recursos para lo cual, valiéndose de la asesoría de su padre, utilizó igual número de libros en buen estado, que se salvaron de la pira. El problema ahora, era cómo financiar los estudios superiores de su inteligente hijo que soñaba con convertirse en economista, ingresando a una costosa universidad cuyo prestigio, acorde con el elevado valor de la matrícula, garantizaba un futuro promisorio para sus egresados. Inicialmente, Polo exploró una posibilidad de financiamiento con el Instituto Nacional de Crédito Educativo, pero esta opción se frustró ante la imposibilidad, por estar reportado en SIS DATA, de servir como fiador de su hijo; impedimento que también tenía Edelmira en razón de su edad y, por supuesto, su hermano Bartolo que solía decir entre burlón y amargado: “Yo no sirvo como fiador de nadie pues estoy reportado hasta en el banco de semen”. Polo exploró entonces la posibilidad de que su hermana Isabel o su cuñado Abelardo le sirviesen como fiadores a su hijo; pero la posición de Abelardo fue negativa respecto a ser fiador de su sobrino, talvez por su experiencia como funcionario bancario. Por esto, se hizo famosa en el pueblo la expresión de Bartolo: “En este país, en esta época, es más fácil hacerle un nudo a un banano que conseguir un fiador”. Al fin de cuentas, como siempre en el pasado, la tía Rosalía acudió en auxilio de su sobrino y le prestó los cinco millones de pesos, sin intereses, que valía el primer semestre del joven pichón de economista… Con ese respiro, Polo se propuso reducir sensiblemente sus gastos y financiar los semestres subsiguientes con cheques posfechados. Pronto descubrió Policarpo que no era fácil conseguir quién le prestara los cinco cheques, cada uno por valor de un millón y pico de pesos, con los cuales permitía la universidad que se pagara el semestre, por conducto de una financiera privada, que obviamente invalidaba a Bartolo y a otros dos amigos que le hubiesen hecho el favor, pero también estaban reportados en SIS DATA.
Entonces, sucedió algo milagroso que Polo atribuye a su Santo Patrono: un día, en que tuvo que viajar a Zipaquirá para hacer una diligencia notarial referente a Villa Edelmira, quiso la suerte que se encontrase con Carmelita Rojas, su primer amor quien rondando los sesenta se mantenía esbelta, con los mismos ojos negros y la atractiva sonrisa que habían despertado su amor de adolescente. Carmelita, encantada de volver a ver a su primer novio, le invitó a almorzar en un restaurante bastante próspero que había montado diez años antes junto con Basilio, su único hijo, habido en su único matrimonio con un venezolano que tenía un restaurante en Maracaibo y que al morir le dejó una herencia razonable que le permitió regresar al país y establecer el Restaurante Maracaibo, a pocas cuadras de la entrada a las famosas Salinas de Zipaquirá. Esa tarde, después de un opíparo almuerzo regado con un vino chileno barato pero muy bueno, los antiguos novios revivieron la época deliciosa de Santa Isabel y se contaron sus mutuas historias. Los primeros años de Carmelita en Venezuela habían sido muy duros, soportando las borracheras escandalosas del cura Llorente y su madre, hasta que Carmelita conoció al padre de su hijo y huyó con él a Maracaibo; Juan José, que era su nombre, resultó un hombre trabajador y bueno que cuando se enteró por la prensa de que el Padre Llorente había caído preso por estafa y se había suicidado en una cárcel de Caracas, tuvo la iniciativa de ir con Carmelita a buscar a su madre y llevarla a Maracaibo en donde la internó, por su cuenta, en una casa para alcohólicos y drogadictos, velando por su sostenimiento y acompañando a Carmelita en visitas semanales hasta el día en que su madre murió en paz, catorce o quince años atrás. Cuando Carmelita escuchó la historia de Polo y se enteró de su dificultad para conseguir quien le prestara los cheques para la universidad de su hijo, sin dudarlo un instante ofreció de todo corazón hacerle el favor. Emocionado con la generosidad de su antigua novia, Policarpo ofreció una botella adicional de vino y con sus vapores viajaron en el engalanado vagón del recuerdo hasta los años maravillosos de la niñez y la adolescencia en Santa Isabel del Lago… Si el primer beso que le dio Polo a Carmelita en un armario, poco más de cuatro décadas antes, le dejó un sabor a chupeta Charms de limón, el candoroso beso que como despedida y con mucha ternura le dio Carmelita esa tarde, le dejó en los labios al sorprendido Polo un agridulce sabor a vino chileno.

Por esas calendas y en medio de la complicada situación financiera de Policarpo, lo único que parecía funcionar cabalmente era que el préstamo de su comadre Emilce, de quien como se recordará también era fiador, se venía pagando puntualmente… Al menos eso era lo que creía el ingenuo Polo, pues no había recibido ninguna notificación al respecto y a su comadre no la veía desde hacía dos años, cuando había liquidado la droguería y se había marchado del pueblo.

La pensión en dólares de Policarpo correspondía a un cheque mensual que la compañía norteamericana de seguros enviaba por medio de un currier (servicio internacional de mensajería), desde su sede en Washington hasta la dirección de un amigo de Polo en Bogotá. Una vez recibido el sobre el amigo le avisaba a Polo, quien viajaba inmediatamente a la capital en el taxi de Borolas, para vender su cheque en una conocida casa cambiaria, en donde obtenía los pesos correspondientes al tipo de cambio del día… Así se hizo hasta que, comenzando el año 2002, la casa de cambio le informó que por nuevas disposiciones legales, tendientes a ejercer un mayor control sobre el lavado de dólares, debería negociar su cheque con un banco. Por fortuna, Polo contaba con su cuenta de ahorros en el Banco Nacional, con el cual hasta entonces no había tenido ningún problema, y desde esa fecha su cheque se cambiaba en la mencionada institución; con ello obtenía dos ventajas: por un lado no incurría en el gasto de transporte; y por el otro el banco, por tratarse de una pensión, le pagaba a una tasa ligeramente superior a la que le pagaban en la casa de cambio. Esto lo aclaramos, para que el lector capte la magnitud del problema que se le presentó a Polo con la llamada de Olga, que le informaba que su cuenta estaba castigada. Este anuncio significaba que nuestro amigo no podría hacer efectivo su cheque en el Banco Nacional ni tampoco en una casa de cambio.

A mediados del año 2003 tanto Polo como Bartolo se habían ido perfeccionando, desde la muerte de Egidio, en lo que el vulgo conoce como el arte de “saltar matones”, que no es otra cosa que una habilidad que a lo largo del tiempo ha desarrollado la agobiada clase media para sobrevivir recurriendo a la técnica de endeudarse, para pagar sus deudas o, como se dice comúnmente, abriendo un hueco para tapar otro. La red de Polo, cuyo acceso al crédito bancario era imposible por las razones antes explicadas, combinaba crédito en las tiendas, principalmente en la de Borolas, préstamos esporádicos de cien, doscientos o hasta trescientos mil pesos que le facilitaba la esposa de Borolas “hasta que me llegue el cheque” y que servían para pagar las cuentas de servicios; la “línea de crédito” con Chirrinche; la Banca Lombarda por conducto de su hermano Bartolo; y en casos de emergencia, los préstamos de la tía Rosalía; sin contar con que en los últimos meses y para resolver problemas inmediatos de liquidez, Polo se había visto forzado a vender un equipo de sonido que había comprado a plazos años antes, el televisor, la nevera y el microondas, con lo cual sus electrodomésticos quedaron reducidos a la plancha, la licuadora y un pequeño radio de pilas con el cual se entretenía Luz Angélica… Para justificarse consigo mismo y tranquilizar su espíritu, recurría a una explicación muy convincente sobre la importancia de los desapegos, que había aprendido de la tía Rosalía y que remataba enfatizando las palabras de Anthony de Mello: “Los tres enemigos de la felicidad son los apegos, las creencias y los miedos”. En esta forma transcurría la vida de nuestro amigo, totalmente privado, además, de cualquier diversión elemental como ir al cine, invitar a Luz Angélica a un buen restaurante o incluso a una copa de helado; la ventaja era que nuestro amigo nunca miraba hacia arriba para hacer comparaciones y continuaba haciendo obras de caridad con los más necesitados; confiando siempre en que algún día Dios, por la intervención de San Policarpo Obispo y Mártir, cambiaria la escasez por la abundancia… “Talvez – le comentaba a su esposa – Leoncito, que es muy estudioso se gana una beca que nos dé un respiro, o lo que es mejor, se convierte en un gran economista y se ocupa de nosotros en la vejez”…
La educación superior del aplicado Leoncito era una prioridad de altísimo grado para Policarpo, quien se opuso enfáticamente a la posibilidad de que su hijo se retirara de la universidad e incluso a que trabajara de día y estudiara de noche, como el mismo muchacho se lo propuso. A lo único que accedió fue a que su hijo trabajara como mesero, los sábados y domingos, en un restaurante cercano a Subachoque, para que sufragase sus gastos de transporte, almuerzo y fotocopias. Infortunadamente, el promedio semanal de las propinas que Leoncito recibía era inferior en varios miles de pesos a lo que el pobre joven gastaba en fotocopias y en el “corrientazo” diario, popular almuerzo corriente a base de arroz, papa, yuca, lentejas, espaguetis o frijoles, con una minúscula porción de carne o pollo, acompañado por un jugo o un vasito de gaseosa, que en total costaba 3.000 pesos sin sopa o 3.500 pesos con el espeso brebaje que el joven nunca pedía.

Llegó pues, en medio del apretado panorama financiero, el funesto mes de septiembre y con él la fatídica llamada que dio origen, como recordará el lector, a este relato. La solución costosa que vislumbró Polo al amanecer del día siguiente a la llamada, no fue para nada brillante. Sencillamente fue el reconocimiento de que, como reza el viejo dicho: “No tenía otro palo del cual ahorcarse”. En otras palabras no tenía más alternativa que asumir por segunda vez la deuda de su amigo, y negociar con el banco alguna forma de pago. Por desgracia, el otro fiador de Colitas, su tío, había muerto tres años antes sin enterarse de que al abandonar este mundo su nombre como el de su sobrino y el de Polo quedaba registrado en las listas de SIS DATA, muy diferentes a las del santoral.

El banco accedió a la propuesta de Polo y le permitió, previa firma de los correspondientes pagarés, que cubriera los ocho millones y medio en diez meses con diez cuotas iguales de ochocientos cincuenta mil pesos mensuales, sin contar los ciento noventa y tres mil pesos correspondientes a honorarios de los abogados que habían llevado el caso; en esta forma, los ingresos de Polo se vieron reducidos en casi un millón de pesos al mes, con lo cual se agravó sensiblemente la situación económica de nuestro amigo. El único factor a favor de Polo era que el peso se estaba devaluando y se estimaba que para fin de año en el mercado cambiario un dólar estaría sobrepasando los tres mil pesos. Con esa tasa de cambio Polo elaboró un minucioso flujo de caja y un plan para hacer el uso más eficiente posible de sus curiosas fuentes de financiamiento. Por desgracia, a partir de enero y como una maldición tanto para Polo como para los exportadores del país, el bendito peso comenzó una inesperada revaluación que para la fecha en que Polo terminó de pagar el préstamo de Colitas (junio de 2004) le había hecho un hueco que fácilmente totalizaba otros cinco millones de pesos…Con la primera caída del dólar, Polo, que nunca había creído en juegos de azar, decidió por sugerencia de Borolas apostar diariamente al chance (popular juego en el cual por cada peso apostado le pagan al apostador cuarenta pesos en caso de que los números jugados coincidan con el número ganador del premio mayor de la lotería del día, sin ningún número de serie); desde entonces y religiosamente Polo “invirtió” dos mil pesos diarios, apostándole al mismo número: 1771. Los cuatro dígitos fueron escogidos por corresponder al monto exacto de su pensión en dólares… Esperanzado en que este número mágico le proporcionaría los ocho millones de pesos que necesitaba para cubrir el saldo de la deuda de Colitas, no falló ningún día hasta el 10 de junio del año 2004, cuando terminó de pagar la deuda y llegó al convencimiento de que no era ganándose un chance como iba a resolver sus problemas económicos. Dejó entonces de apostar… Tres días después, casi le da un infarto cuando Borolas le mostró el número ganador: ¡1771!

Dos días después y cuando aún resonaban en el éter las carcajadas del travieso dios de la suerte (¿cómo se llama?), que se gozaba la jugada que le había hecho al pobre Polo con el chance, y como una fatal comprobación de la conocida ley de Murphy que más o menos reza: “Toda situación mala es susceptible de empeorar”, Polo se vio forzado a tomar la decisión de entregar el apartamento en el pueblo, cuyo canon de arrendamiento ya no podía pagar, y pedir posada en Villa Edelmira; pero cuando llegó a la casa para hablar con su mamá la encontró demacrada, pálida y con dificultades para respirar… Dos horas después fue internada en el Hospital Militar con una neumonía severa; sometida a todo tipo de exámenes, le detectaron un tumor en el pulmón izquierdo de diez centímetros de diámetro, que después de la correspondiente biopsia resultó, según le dijo un Coronel médico a Bartolo “…maligno, muy agresivo e imposible de operar, pues el pulmón derecho también está afectado y la edad de la señora no garantiza el éxito en una intervención…”.

Una semana después Polo, su mujer y su hijo se habían instalado en Villa Edelmira, y Luz Angélica e Isabel habían hecho un cursillo básico de enfermería para turnarse en la atención y los cuidados que requería la desahuciada Edelmira a quien con buena suerte y dado el tamaño del tumor, le podían quedar uno o máximo dos meses de vida.

Comenzando julio, Edelmira había regresado del Hospital Militar a su casa para esperar la muerte resignada, lúcida y serena, y la nueva rutina de Villa Edelmira estaba perfectamente establecida: Policarpo y Luz Angélica, por disposición de la moribunda, ocuparon el cuarto principal que ésta había compartido con Egidio; en un cuarto más pequeño pero con baño privado, se acomodó Edelmira, quien desde que salió del hospital estuvo conectada a una botella de oxígeno y para sus desplazamientos usaba una silla de ruedas; en un tercer cuarto se acomodó León; y la habitación que había sido matrimonial antes de la ampliación de la casa, fue convertida en el estudio de Policarpo. Allí, nuestro amigo reprodujo la decoración del estudio que había tenido en el apartamento del pueblo: una vieja mesa redonda con cuatro sillas por las cuales Polo había cambalacheado una grabadora de pilas y 20 mil pesos con uno de sus vecinos carniceros, y que había servido como “mesa de conferencias” del CEE durante su breve reactivación; dos poltronas colocadas en ángulo frente a una mesita de centro; un pequeño escritorio con un asiento de cuero, sobre el cual había una estatuilla de María Auxiliadora en porcelana que había pertenecido a la abuela Chana; un archivador de madera en donde guardaba la caja de la abuelita repleta de letras de cambio y cuadernos cuadriculados con los flujos de caja que el acucioso deudor mantenía al día para manejar su siempre estancada liquidez. La decoración era simple: un crucifijo, cuatro cuadros con fotografías en sepia de Belarmino, Chana, Egidio y el tío Godofredo; encima del archivador y como una pieza exótica colocada en el pedestal equivocado, se destacaba el valioso cofre árabe con las pipas y sus implementos esperando, como el buen Polo, que llegaran tiempos mejores para ser usados; y por supuesto, los dos óleos que le había hecho su prima, a los cuales Policarpo había bautizado: “El caos de mis deudas” y “Retrato de un deudor amoroso”, desde el momento en que recibió una extensa carta de su prima, en la cual ésta le contaba que al llegar a Alemania había conocido a Hans Müller, propietario de una galería de arte, se había casado con él, que era un hombre maravilloso, pues le había ayudado a superar su problema incipiente de alcoholismo y, lo más importante, había valorado su trabajo como artista, la había promovido y su obra se estaba cotizando en un rango de precios que fluctuaba entre los mil y los mil quinientos euros por lienzo.
En las tardes, cuando el sol poniente se filtraba por el amplio ventanal del estudio, Rasputín, un gato enorme, de espeso pelambre gris y ojos con una mirada penetrante y sobrecogedora como la que cuentan que tenía el misterioso monje ruso, se convertía en adorno viviente, plácidamente instalado en el centro de la mesa de conferencias en impasible posición de esfinge, mientras duraba su baño de sol que culminaba con el ocaso, hora en que Rasputín desaparecía hasta el día siguiente a las dos de la tarde.
Rasputín era un gato con historia: Recién llegado Polo con su mujer y su hijo al apartamento en el pueblo, Leoncito se torció un tobillo jugando fútbol; entonces Emilce, que todavía no era comadre de Polo, le recomendó que lo llevara a donde la señora Etelvina, una sobandera, hija de un viejo tegua que tenía fama de brujo y que según decían le había enseñado a Etelvina todos los secretos de las ciencias ocultas; la consulta era muy barata pues la vieja sólo cobraba mil pesitos. Esa misma tarde en el taxi de Borolas llegaron hasta la casucha de Etelvina en Barroverde la vereda más alejada y montañosa del municipio… La vieja, vestida con una gastada y descolorida batola que algún día fue morada, fumaba tabaco por entre su desdentada boca y estaba sentada en una banca, en donde los recibió con una sonrisa que acentuaba sus arrugas y produjo un raro efecto tranquilizador en el joven que se sorprendió cuando la bruja, sin que se le hubiese explicado el motivo de la visita, le dijo: “Quítese el zapato muchachito que esa torcedura se la voy a componer del todo…”. Media hora después y prácticamente sin dolor, Leoncito espontáneamente le dio un beso y un abrazo de gratitud a la sobandera, y Policarpo, que ese día había cambiado su cheque, le dio un billete de 20 mil pesos que la vieja recibió alborozada y metió con su arrugada mano por entre el abultado seno, se levantó, regresó con un pequeño gato gris metido en una canasta de mimbre y les dijo: “Ustedes dos son gente buena, llévense este gato que se llama Rasputín y es hijo de Rigoberta, mi cuidandera”.
Cuando llegaron al apartamento con el diminuto Rasputín, Emilce, que los vio llegar, le dijo a Polo: “…si ese gato lo van a tener en el apartamento, hay que castrarlo, porque si no se vuelve vagabundo… y además, le va a salir carísima la arena especial para que pueda hacer popó, mejor lléveselo pa’ la casa de su papá”. Así llegó Rasputín a convertirse en sigiloso merodeador de Villa Edelmira y en mudo pero atento escucha de Egidio, que pasaba horas enteras filosofando en voz alta con el gato. De sus misteriosas capacidades protectoras daba fe Edelmira, quien contaba que en una ocasión en que Egidio estaba reparando el marco de una ventana, de repente brincó el gato frente a él y lo hizo retroceder en el preciso momento en que se desprendía una teja de barro, que de no haber sido por el brinco hacia atrás que dio su marido, le hubiese caído en la cabeza.
Vale la pena mencionar que Edelmira heredó verbalmente, desde que supo la gravedad de su estado, todos sus muebles a Policarpo, algunas poquísimas joyas a Isabel, y sus libros y su colección de discos a Bartolo; previsiva como era, hizo una escritura ficticia de venta a nombre de su yerno Abelardo (único varón de la familia que no estaba reportado en SIS DATA) con el compromiso, aceptado por todos, de que una vez fallecida podrían vender la casa en 90 millones de pesos y repartir el producto de la venta entre los tres hermanos. En ese momento Policarpo tenía acumuladas deudas, sobre las cuales pagaba el 5% de interés, por 22.500.000 pesos; y por cruel que parezca, lo primero que se le ocurrió a Bartolo fue hacerle caer en cuenta a su hermano de que la venta de la casa resolvería por completo sus problemas económicos agravados, día a día, por la caída del dólar que los genios del Banco de la República no lograban atajar.
Volviendo a la cuestión de los muebles, contaremos que Policarpo obtuvo un millón y medio de pesos (que cayeron de perlas para cubrir uno de los cheques girados a la universidad por Carmelita) por la venta de los muebles de sala, comedor y alcoba que le pagó Doña Lucrecia, una señora enorme, malencarada y con bigote, que tenía un almacén de muebles usados en el pueblo y que administraba los recursos de varios usureros que conformaban el llamado sistema “gota a gota”, que consistía en arrancar sin anestesia el 10% de interés, disfrazado en “cómodas y módicas” cuotas de diez mil pesos diarios, por préstamos de hasta un millón de pesos, que la vieja cobraba con una puntualidad de general prusiano a los pobres tenderos y pequeños comerciantes del pueblo, que recurrían a esta ilegal y perversa forma de financiamiento para conseguir su capitalito de trabajo. Una de las víctimas de tan atorrante latrocinio fue la comadre Emilce, que apareció un día llorosa y desesperada en Villa Edelmira para contarle a su compadre Polo el resumen de sus desgracias tan graves que darían tema para una trágica telenovela y, en opinión de Polo, justificaban su salida del pueblo en circunstancias tan lamentables como las de cualquier familia desplazada por la violencia. Finalmente y después de muchos rodeos, se atrevió a contarle que muy pronto lo visitaría un cobrador de la Cooperativa Flor del Campo, pues ya el monto de la deuda sin pagar ascendía, con intereses acumulados, a siete millones y ella se había visto obligada, y le pedía mil perdones, a decirle al abogado de la cooperativa que su compadre, según le había contado Chirrinche, vivía en la casa de su señora madre por cuya salud ella rezaba todas las noches un rosario…Comprensivo como siempre (güevón como siempre, según dijo su hermana y ratificó Abelardo), Polo escuchó enternecido las cuitas de su comadre y al final le dijo: “No se preocupe comadrita que yo soy un experto en torear cobradores y con la ayuda de San Polo algo se nos ocurrirá… Guerra avisada… ”

Dos días después de la visita de la compungida comadre Emilce, apareció el cobrador. A las dos de la tarde, con un sol recalcitrante que hacía las delicias de Rasputín, Policarpo, que en ese momento acariciaba el lomo de su mascota, observó desde la ventana que una flota de servicio intermunicipal se detenía en el paradero que quedaba sobre la carretera, a unos 800 metros de Villa Edelmira cuyo emplazamiento privilegiado, en una colina, le permitía observar a quien se desplazara por el polvoriento camino veredal hasta su casa… Desde la distancia pudo ver que el anunciado “chepito”, ataviado con traje completo de tres piezas, saco chaleco y corbata, y portando un maletín de mano, emprendía el ascenso hacia su casa; entonces, no le cupo la menor duda… Al abrir la puerta se encontró con un congestionado joven sudoroso y sin aliento que con voz entrecortada le dijo: “Buenas tardes profesor, ¿no se acuerda de mí?”. Polo, que le había reconocido al instante como funcionario de la antigua Cooperativa de Ahorro y Crédito (la misma que fue absorbida por TETRABANCO), que había sido su alumno en un curso que en forma gratuita y con espíritu muy solidario había dictado sobre Mercadeo en Empresas Cooperativas, le respondió sonriente y un tanto aliviado de poderse entender con alguien conocido: “Claro que te recuerdo, tú eres Diego, pero sigue, sigue y ponte cómodo – le dijo al tiempo que le indicaba uno de los sillones de su estudio, y agregó: – ya te traigo un vaso de agua porque con ese solazo debes estar reseco”.
Diego, que trabajaba ahora como asistente de un abogado que manejaba la cartera morosa de la cooperativa Flor del Campo, no encontró la forma apropiada de abordar a su antiguo profesor.
“…El pobre muchacho cometió el error de no ir directamente al grano y preguntarme muy cortésmente: ‘¿Cómo le ha ido profesor?’. Obviamente le contesté algo así como: ‘’No muy bien, especialmente por la salud de mi mamá que está muy enfermita y por la situación económica que está muy complicada por culpa de la caída del dólar…’ y a partir de esa introducción el pobre Diego se tuvo que soportar la historia completa, casi tan detallada como te la he contado a ti desde que se frustró el proyecto con la alcaldía, pasando por el infarto de mi papá, mi hospitalización, la venida al pueblo, la muerte de mi papá, la reactivación de la empresa y su liquidación, hasta la enfermedad de mi mamá; te confieso Eleuterio que el pobre muchacho me escuchó con mucha atención y estoy seguro de que le ablandé el corazón pues hubo momentos en que le vi los ojos húmedos… Como a las cuatro de la tarde, como que se percató de cuál era el propósito de su visita, miró el reloj, se enderezó en la silla y con el rostro serio comenzó a decir: ‘En realidad profesor yo vengo de parte del abogado…’ y no pudo decir nada más porque en ese momento sucedió lo inesperado… Rasputín, cual pantera enfurecida, saltó desde la mesa de conferencias hasta el centro del escritorio en donde estaba entronizada María Auxiliadora, la virgen de los sicarios según Vallejo y me pregunto yo, ¿también de los cobradores?, y sin rozarla se reacomodó girando sobre sus patas posteriores, las tensó y dio otro salto enorme hasta caer en mitad de la mesita, frente a las poltronas, miró fijamente a los ojos del pobre Diego, esperó unos pocos segundos como midiendo la distancia, se abalanzó sobre su pecho y se afianzó con las garras delanteras en la corbata de lana y el chaleco del cobrador, lanzó un gruñido, que a mí mismo me pareció espeluznante, y le aproximó el hocico hasta rozarle la nariz al aterrado joven, que reaccionó echándose hacia atrás abriendo los brazos, y dando un grito que enfureció al gato y le hizo mandar un zarpazo que por fortuna sólo le arrancó las gafas sin aruñarlo… Casi no logro desprender la garra izquierda de Rasputín, que había quedado enredada en la corbata. Al fin, un tanto avergonzado por el incidente, pero riéndome por dentro, logré sacar el gato del estudio y calmar a Diego con un té aromático que le devolvió la calma para reanudar su planteamiento…”.
El joven cobrador venía en plan conciliatorio, en representación del abogado que tenía el contrato para la recuperación de la cartera morosa de la Cooperativa Flor del Campo, y tenía cierta capacidad de negociación en este caso. Propuso entonces un plan de pagos en esencia similar al que había tenido que aceptar Policarpo en el Banco Nacional para saldar la deuda de Colitas. Ante esto, Polo fue muy claro en el sentido de que para él en ese momento era imposible asumir un compromiso de cuotas fijas, cuya razón seguramente Diego, con quien había sido totalmente franco al contarle sus penurias, sabría comprender… Sin embargo, sugirió Policarpo, talvez la cooperativa podría aceptar como forma de pago algunos activos valiosos que él poseía: los derechos de autor del libro sobre pequeña empresa, que podría ceder a la cooperativa por un tiempo determinado para que ésta los explotara comercialmente; los dos cuadros de su prima, cuyo valor en el mercado en euros superaba el monto de la deuda; y el cofre árabe, una verdadera antigüedad que en los años cuarenta había sido certificada con un precio de tres mil dólares. Diego le explicó que una decisión de ese tipo tenía que consultarla con su jefe, pero propuso que preparara una carta indicando las opciones. Una hora después el joven partió con la propuesta de Polo en su maletín.
Transcurrida una semana, Polo no había recibido ninguna respuesta del abogado, pero en ese lapso Edelmira se agravó y después de una corta agonía murió en su lecho con el tiempo suficiente para impartir una bendición a sus hijos y dar sabios consejos a sus nietos. Sus cenizas fueron depositadas en la misma cripta en que reposaban las de Egidio, en el cementerio del pueblo. Como lo había sugerido Bartolo, la venta de Villa Edelmira podría significar la solución a los problemas de endeudamiento de los dos hermanos, y mejorar la no muy holgada situación económica de Isabel.

Días después del sepelio de Edelmira, se presentó Diego en compañía del abogado, un hombre elegante, de edad mediana y muy culto que conducía un lujoso Mercedes Benz. Enterado el abogado de la expectativa de venta de la casa, propuso que Policarpo aceptase firmar un documento en el cual se comprometía a pagar la totalidad de la deuda hasta la fecha y un interés corriente, no de mora, por el tiempo que se demorasen en vender la propiedad, pues lamentablemente la cooperativa no aceptaba ninguno de los activos que había ofrecido Policarpo en su propuesta. Como garantía por ese tratamiento especial, el cofre antiguo quedaría bajo custodia del abogado que lo devolvería una vez saldada la deuda. Policarpo aceptó, pero antes de entregar el cofre y firmar el documento que el abogado dictó a Diego, quien lo digitó en un computador portátil, extrajo sus amadas pipas con todos sus accesorios… Mientras el Mercedes Benz se alejaba de Villa Edelmira con el valioso cofre, Policarpo sintió que la vida le había conducido en los últimos años por el camino de los desapegos y una vez más, pensando en su madre, repitió en voz alta: “Cuando uno se muere deja todo lo que tiene y se lleva todo lo que dio. Por fortuna aún estoy vivo y la vida mantiene igualmente vivas mis ilusiones y mis esperanzas”.

Hoy, al cumplirse doce meses de los hechos que dieron origen a esta historia, creemos que no hay nada más que agregar y es hora de darla por terminada. En lo que respecta a quien escribe estas líneas, es importante reconocer que a lo largo de estos meses la mejor ganancia que ha obtenido es consolidar su amistad con un hombre como Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, a quien la adversidad no ha logrado arrancarle sus sueños ni borrar la sonrisa que refleja la bondad de su corazón y la paz interior que rigen su existencia. Se preguntará el lector, ¿qué se sabe de su desaparecido amigo Gustavo Salcedo, Colitas?, y debemos contestar que en forma tan abrupta como reapareció, veinticinco años después, en la vida de Polo, desapareció sin que hasta la fecha se conozca su suerte. Lo único cierto, es que a diferencia de Bartolo que todavía se refiere a Colitas como “Ese tetrahijueputa que nos puso a mi hermano y a mí a parir piñas…”, Policarpo jamás ha proferido ninguna frase que implique un juicio o una condena contra Salcedo, de quien dice: “No lo puedo juzgar, porque no conozco las circunstancias que lo obligaron a actuar como lo hizo… seguirá siendo mi amigo; pues la amistad cuando es sincera vale más que todo el oro del mundo”.

Eleuterio Bernal
Septiembre 10 del año 2004


EPÍLOGO

En el año 174 de publicación continua del pintoresco almanaque de Bristol (2006, para las personas poco interesadas en las fases de la luna o en el Santoral), el viernes 10 de febrero, para ser exactos, Policarpo se sirvió la vigésima taza de café negro del día, encendió su trigésimo cigarrillo (la pipa continuaba temporalmente vedada) y se arrellanó en el sillón de su estudio, leyó el fax de la quinta editorial que cortésmente rechazaba la novela de Eleuterio, suspiró con resignación y se dispuso a despachar la poco agradable tarea de elaborar la lista de todos sus acreedores, a quienes esperaba calmar al día siguiente con la distribución, hasta el último centavo, de su mesada pensional: 1.771 dólares exactos, cantidad que al tipo de cambio de la fecha (2248 pesos colombianos) que representaban 3.981.208 pesos y un dramático descenso de 1.314.082 pesos, en las cada vez más deterioradas finanzas de Polo respecto a lo que percibía dos años y medio antes. El bajonazo era consecuencia de una inesperada revaluación del peso frente al dólar, que en los últimos dieciocho meses había hecho estragos entre los exportadores, los pensionados en dólares y los pobres colombianos, en su mayoría viejos, que se sostenían con modestas remesas “en verdes” que les enviaban sus parientes, después de matarse trabajando como esclavos en el país del norte.

Cuando iba por mitad de la lista, que elaboraba en su abigarrado cuaderno cuadriculado, le interrumpió Luz Angélica para anunciarle, con una entonación de voz y una expresión en el rostro que denotaban una inmensa sorpresa, mientras le entregaba el teléfono inalámbrico: “!Polo, te llama Rubiela, la mujer de Colitas, desde Alemania…!”.
Tres minutos después, con los ojos anegados en lágrimas, Policarpo se santiguó y rezó un padrenuestro, con la vieja fórmula que aprendió de la abuela Chana, por el eterno descanso de su viejo amigo Gustavo Salcedo, Colitas, que había fallecido en un hospital en Bonn, dos días antes… En síntesis, Rubiela le había contado que habían tenido que huir del país acosados por las deudas y sin decirle nada a nadie. Ella asumía la responsabilidad por haber inducido a su marido a actuar en una forma que ahora reconocía como una traición y pedía sinceramente que Policarpo la perdonase. A Colitas, algunos meses después de llegar a Alemania, le detectaron un cáncer en el estómago que no se dejó operar y que a los seis meses hizo metástasis en el hígado y se lo llevó, por fortuna apaciblemente, tres meses más tarde. Por último, Rubiela le pedía la dirección del amigo en Bogotá, a donde le enviaban el cheque de su pensión, para remitirle un paquete con una carta que había escrito de puño y letra Gustavo la víspera de su muerte.

Días después, el veintitrés de febrero, San Policarpo Obispo y Mártir se frotaba las etéricas manos al observar, desde el paraíso celestial, la expresión de Policarpo mientras desempacaba el paquete que su amigo le había traído desde Bogotá; éste aprovechó para felicitarlo por su cumpleaños y desearle toda la suerte del mundo en su recién iniciada “quinta edad”.

El sabor agridulce de la nostalgia invadió el espíritu de Polo, cuando con mano temblorosa abrió un estuche mediano de terciopelo negro, en el cual brillaban las cuatro condecoraciones que había recibido Colitas en Vietnam; y su emoción fue aumentando a medida que leía las palabras que con dificultad escribió su amigo en el umbral de la muerte:

“Querido Polo:

Muchas cosas pasan por la mente de un hombre cuando tiene la certeza de que le quedan pocos días de vida… En la soledad de esta cama de hospital he revivido, con una exactitud impresionante, los maravillosos días que compartimos en el New York de los años sesenta, con todas las locuras juveniles en el fervor de nuestro lema hippie “Peace and Love”… Después, nuestras peripecias en Vietnam, en donde me condecoraron por un valor que talvez en esa época tuve y que la vida me fue quitando hasta convertirme en un cobarde que abandonó a su amigo por un estúpido enredo de dinero. Te envío mis cuatro condecoraciones (único medio que encontré para reparar, al menos simbólicamente, el enorme daño moral que seguramente te causé con mi cobarde huída). Como un sincero homenaje a quien ha demostrado con su ejemplo, que el verdadero valor no está en apretar el gatillo sino en abstenerse de hacerlo. En este sentido tú has sido completamente fiel a tus principios pacifistas y has demostrado que paz y amor, más que un lema, es una fuerza incontenible y resume la única filosofía válida en este mundo enrevesado que nos ha servido como escenario para vivir.
Recibe un estrecho y efusivo abrazo de quien, a pesar de sus errores, te amó siempre como su mejor amigo.
De todo corazón,

Gustavo”

10 Comentarios

Dramática la historia por la que le tocó pasar a Policarpo,pero me ha conmovido más el reconocimiento desde la puerta del cementerio del colitas a ese amigo de muchos quilates.Ojalá muy pronto podamos ver esta conmedora novela en pantalla.FELICITACIONES-La disfruté mucho-Un fuerte abrazo Lumylaba

Gracias por tu comentario mi querido Lucho. El director de Low Battery Productions está buscando candidatos para que representen al desventurado Polo y yo, que como tu sabes desde chiquito le jalo a la actuación, me ofrecí para representar al panzón cafuche y lampiño Bartolo.

SEGURO BARTOLO LO COMENTARIA ASI:
“QUE PUTERIA”, ABSOLUTAMENTE GENIAL

ABRAZOS DELCABRONCETE MENOR

Me encanta su calificación,totalmente Bartoliana.
Un abrazo del cabroncete mayor.

¡Llegamos al final! Fue inesperado; pensé que iba a ser algo más bien violento y resultó ser algo muy dulce (si excluimos el ataque de Rasputín al ayudante del abogado…). Moraleja (como subproducto): no endeudarse…
¡Felicitaciones! Y que se haga la película y te den el papel que mencionás…
Un gran abrazo.

Apreciado don Guillermo lectores como tu me llevan a la convicción de que el ensayo de publicar novelas por entregas semanales resultó ser un buen método. Seguiré utilizándolo. Cordial abrazo.

Apreciado tocayo: Ameno tu relato, a pesar de las desventuras. Además, muy colombiano en lo bueno y en lo menos bueno. Todos esos pormenores de deudas y moras pueden fatigar un poco, pero son la enjundia misma del relato. Espero nuevos frutos de tu inspiración y transpiración. Gracias. Un abrazo. Francisco Tostón

Gracias apreciado Tocayo por la lectura de la obra y tus comentarios. Lectores como tú son mi mejor motivación para seguir adelante con esta aventura literaria

Estimado Kapizan:
He leído con atención esta novela corta y me ha dejado con la sensación de conocerla a la perfección, pues, es la historia que muchos hombres y mujeres de clase media viven en nuestra América Latina. Es muy conmovedora, pero reveladora de una terrible realidad.

Tienes toda la razón mi querido Roberto. Lamentablemente es el calvario de la clase media de nuestros países atrapada en un sistema perverso e injusto. Mil gracias por tu amable comentario. Cordial abrazo

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