Policarpo. Capítulo – Cinco

Posted on : 17-08-2010 | By : kapizan | In : Capítulo - CINCO, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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Cuando Policarpo llegó a Colombia después de 30 años de ausencia encontró muchas cosas cambiadas. Para comenzar, Egidio estaba pasando por un duro momento debido a la liquidación de su empresa, que había quebrado como consecuencia de una grave enfermedad que mantuvo por dos años a su único socio confinado a una cama y consumiendo el capital en astronómicos gastos médicos, pues Poncho no tenía ningún seguro que lo protegiera; desde la muerte de éste, seis meses antes, Egidio trataba de generar algunos ingresos despachando mercancías y viajando a remotos municipios, mientras Edelmira complementaba los gastos del hogar cosiendo uniformes para colegio en una vieja máquina, que había quedado de la liquidación de la fábrica de muñecos de la abuela Chana.
De todos sus tíos únicamente sobrevivían: Lutgarda, quien mantenía la enigmática sonrisa que la acompañó desde el nueve de abril y permanecía recluida en un hogar geriátrico (Flora había muerto un año antes virgen y martirizada por la amargura de lo que pudo haber sido y nunca fue), y las dos monjas, que en un arranque de iluminación habían colgado los hábitos, ya en su madurez, y emprendido una frenética búsqueda espiritual por caminos diferentes al que habían recorrido como monjas de la Iglesia Católica, pero sin apartarse del todo de ésta; ambas residían en un cómodo apartamento en Medellín y disfrutaban de sendas pensiones del gobierno como educadoras que habían sido; la tía Rosalía, muy parca en el gastar, mantenía unos ahorros significativos de los cuales, sin cobrar ningún interés, le prestaba plata a su hermano Egidio cuando éste la necesitaba.
Teresita había muerto tres años antes de cirrosis, totalmente alcoholizada y fiel al fantasma de su marido; Kevin vivía en Alemania, en donde dictaba clases en una escuela secundaria, se había casado y divorciado tres veces y resultó tan “polvo seco” como el tío Godofredo, pues no tenía descendencia; y Kareth, vital, entusiasta, optimista y muy atractiva, se había convertido en pintora de cuadros abstractos que casi nadie entendía y muy pocos compraban, había sido una activista del feminismo criollo, y se sentía orgullosa, a mitad de los cuarenta, de su soltería bien administrada; y según Bartolo, nunca se atrevió a volverle a proponer que “jugaran groserías” como en su lejana niñez.

Polo y su familia, fueron recibidos en el aeropuerto por Egidio, que en la efusividad del encuentro no pudo ocultar del todo la preocupación que le embargaba. Mientras conducía un desvencijado Renault 4 de color mostaza que tenía un letrero descolorido de “SE VENDE” adherido al vidrio posterior, en el que se apretujaban los recién llegados y sus maletas, el viejo, que manejaba con una lentitud exasperante para los conductores de los demás vehículos que le lanzaban improperios, le contó a su hijo la causa de su angustia: estaban a punto de perder el apartamento en el que vivían, pues llevaban seis meses sin pagar la cuota de un préstamo hipotecario con el cual lo habían adquirido. Edelmira no había podido ir a recibirlos pues, a parte de no caber en el diminuto carro, esa tarde tenía que entregar un pedido de uniformes por cuya venta podría recibir el equivalente a dos cuotas; el problema era que las monjitas que le habían encargado la confección tardaban 30 o 60 días en pagar y el banco no daba espera. Antes de llegar a su destino, el rostro arrugado de Egidio se iluminó con una sonrisa, estacionó a la orilla de la Avenida El Dorado, se abrazó a su hijo y prorrumpió en un emocionado llanto mientras balbuceaba palabras de gratitud: Policarpo había llegado con la solución en el bolsillo: 3000 dólares de su último sueldo y un cheque por 1771 dólares, correspondiente al primer mes de su pensión. La inyección de divisas salvó el apartamento, evitó la venta del Renault, recompuso un tanto la difícil situación económica de Egidio y Edelmira, permitió que León ingresase al jardín infantil y que con la tarjeta de crédito de Egidio se financiasen el mercado y las demás necesidades de la casa que se cubrirían con los futuros cheques en dólares de Policarpo. La tarjeta también sirvió para que Policarpo comprase ropa apropiada para Bogota, pues en su maleta sólo había traído pantalones, camisetas y guayaberas, y necesitaba por lo menos dos trajes para usar con saco y corbata en su nueva vida, que aún no tenía claro cómo enrumbar pero, cualquiera que fuese su actividad futura, era evidente que necesitaba establecer contactos, y para ello la presentación personal era importante. El administrador de los recursos fue Egidio, quien hizo gala de su habilidad contable, manejando los dineros al centavo.
El apartamento, que irónicamente llamaba Egidio “nuestro penthouse”, quedaba en el quinto y último piso de “El Partenón”: un edificio sin ascensor, sin garaje y sin portero, situado frente a un transitadísimo puente vehicular, sobre la calle 53, a dos cuadras de la carrera 30 o Avenida Ciudad de Quito, al noroccidente de Bogotá y muy cerca del estadio Nemesio Camacho “El Campín”… demasiado cerca, en opinión y para disgusto de Egidio, quien desde su época de seminarista en Yarumal detestaba el fútbol y pasaba enfurruñado todos los domingos por las tardes y las noches de los miércoles, a causa de la gritería de los aficionados.

Al día siguiente de su llegada y todavía afectado por el soroche o mal de montaña que suele aquejar a quienes provenientes del nivel de mar llegan al altiplano de Bogotá, Policarpo, vestido con un pantalón y una camisa muy tropicales, y con un saco de su padre que le quedaba corto de mangas, se fue con él, a bordo de un atestado bus urbano rumbo al centro de la capital, en donde podrían adquirir a buen precio un par de trajes completos, dos camisas blancas de cuello duro y unos zapatos negros; no era necesario comprar corbatas pues Egidio le proporcionaría las que necesitase, de una razonable y variada colección que había reunido con los años. En el garaje de un amigo, a seis cuadras de El Partenón, quedó guardada “La amenaza mostaza”, como le decía Bartolo al Renault y el mismo Egidio reconocía, pues él manejando en el congestionado centro de Bogotá era una auténtica amenaza. Al final de la tarde y justo antes de que se desgajara un violento aguacero, los Ladrón de Guevara se dieron el lujo de regresar al Partenón en taxi con el producto de su compra: un traje completo azul oscuro y otro gris claro, con lo cual mediante combinaciones en realidad tendría cuatro, según la recomendación de Egidio; un par de zapatos negros charolados para no gastar en betún y dos camisas blancas. Por la compra les dieron como ñapa cuatro pañuelos.

Esa noche para dar la bienvenida a los recién llegados acudieron a una cena, organizada por Edelmira y preparada con recetas de la abuela Chana, Bartolo e Isabel con su esposo y sus dos mellizos Timoteo y Faustina, nacidos el 22 de mayo del 79 y obviamente bautizados con base en la tradición. Por primera vez en 30 años, la familia Ladrón de Guevara y Urrutia se reunió completa en la reducida sala del penthouse, en una escena que a los dos abuelos les hizo rememorar la reunión con el Padre Llorente en los años 40. La velada fue deliciosa y se prolongó hasta casi el amanecer; fue una noche de remembranzas en la cual abundaron las risas y las lágrimas con el sabor dulzón de la nostalgia. Al despedirse, Bartolo quedó con su hermano en que al día siguiente pasaría a recogerlo a las ocho de la mañana para llevarlo a que conociera los principales cambios urbanísticos de la ciudad de las últimas tres décadas. Edelmira y Luz Angélica dedicarían el día a buscar un jardín infantil para León, que tenía que quedar cerca de la casa “para no tener que pagar transporte que está carísimo”.

A las nueve de la mañana, y con la puntualidad propia de un militar, llegó Bartolo a bordo de un automóvil Mazda 323 de color blanco que todavía olía a nuevo, pues lo había adquirido con fondos de su liquidación cuando tuvo que entregar, con chofer y escolta, el Mercedes Benz verde oliva que había tenido asignado en su último cargo como jefe de un departamento en el Estado Mayor del Ejército; Polo, estrenando el traje azul completo y luciendo una vistosa corbata amarilla que le había prestado Egidio, se acomodó en el asiento del copiloto e inició con su hermano un recorrido por la ciudad, encaminándose por la avenida Ciudad de Quito hacia el centro de Bogotá para poder apreciar los cambios urbanísticos y arquitectónicos de una metrópoli que en las tres últimas décadas había ido adquiriendo un carácter cosmopolita y se había ido extendiendo como un monstruo de concreto casi desde Soacha al sur, hasta las inmediaciones de Chía al norte. Bartolo, como buen cicerone, fue dando a su hermano explicaciones sobre los procesos de crecimiento de la ciudad, aderezadas con anécdotas e interesantes datos. Al medio día y por petición de Polo, se enrumbaron por la calle 68 con intención de buscar el sector de Santa Isabel del Lago, para tratar de identificar las casas que habían conformado la cooperativa del Padre Llorente… Alrededor de una hora estuvieron dando vueltas por entre calles y carreras con la calzada destruida, llena de huecos que cuidadosamente sorteaba Bartolo para proteger la suspensión del Mazda, y con una nomenclatura caprichosa; fueron muchas las vueltas que dieron, sin que pudiesen identificar ninguna construcción que se pareciese a lo que habían sido las casas contiguas de la vieja Dolores, la abuela Chana, Egidio y Poncho, hasta que dándose por vencidos no tuvieron más remedio que aceptar la desaparición de su paraíso infantil absorbido por una sórdida sucesión de viviendas de mal aspecto, talleres mecánicos repletos de chatarra oxidada y grasienta, bares malolientes y prostíbulos de mala muerte.
Casi a las dos de la tarde y desesperado por salir de tan deprimente sector, Bartolo decidió que era una buena idea invitar a su hermano a almorzar en el Club Militar de Oficiales y hacia allí se encaminaron… Al llegar a un semáforo que acababa de cambiar a luz roja, se acercó a la ventanilla de Polo un indigente embrutecido por el bóxer de una botella que aferraba con la mano izquierda, al tiempo que estiraba su mugrienta y deforme mano derecha pidiendo una limosna; Policarpo, gracias a su excelente memoria, creyó reconocer en las facciones del viejo drogado a uno de sus amigos de la infancia; sin pensarlo sacó los billetes que tenía en el bolsillo y se los entregó al mendicante en el momento en que su hermano arrancaba nuevamente el vehículo, pero alcanzó a oír a otro menesteroso cuando grito: “Oiga Chupeta no se vaya a hacer el loco con las lucas que le dio el man…”. Entonces no le cupo ninguna duda: Chupeta, su compañero de juegos infantiles, había tenido un destino en la vida, peor que el del arborizado y lacustre escenario en que habían vivido sus mejores años.

El sabor amargo que les dejaron la frustrada expedición al virtualmente desaparecido Santa Isabel del Lago y el triste y fugaz encuentro con Chupeta, lo borraron con los aperitivos que bebieron en el bar principal del club y con el exquisito almuerzo con vino francés con que Bartolo quiso dar la bienvenida a su hermano. El resto de la tarde lo pasaron en los cómodos sillones del bar degustando unos vodkas y dedicados a ponerse al día sobre lo que habían sido sus vidas desde la separación. A las seis de la tarde, y como remate del día, Bartolo sugirió que tomaran un baño sauna en las excelentes instalaciones que para el efecto tenía el club. En el fondo, lo que pretendía Bartolo era impresionar a sus antiguos colegas con su nueva figura y su nuevo peso que había descendido 30 kilos del nivel que mostraba la báscula seis meses antes.
Ante la sorpresa de un Coronel barrigón y mofletudo que pronto sería Brigadier General y que quiso saber cuál era la fórmula que había utilizado Bartolo para adelgazar, éste le respondió en un tono que dejaba traslucir su amargo resentimiento: “No te va a gustar pero es muy simple: tienes que escoger entre ser flaco o ser General, si prefieres adelgazar, entonces ve y dile a los jefes que te boten del ejército como me botaron a mí”.

A las diez de la noche y tan alicoradito como el Padre Llorente en sus mejores tiempos, subió Polo las empinadas escaleras hasta llegar al penthouse; su hermano se había despedido en la puerta para dirigirse a pasar la noche con una de sus cuatro mujeres. Le abrió un excitado Leoncito que se abrazó a sus piernas y le dijo: “Papito ya conseguimos colegio, se llama Pinocho y mañana entro, mi mamá me va a llevar a pie porque queda muy cerquita y lo bueno es que no vas a tener que pagar bus”. Según supo, el programa para el día siguiente ya estaba organizado: Egidio y Edelmira llevarían a Luz Angélica a conocer la ciudad, mientras el niño estaba en el jardín infantil; y Polo había sido invitado a almorzar por la prima Kareth en su taller.

A las once de la mañana Polo, vestido con el pantalón del traje gris y un suéter azul oscuro que le prestó su padre, tomó un taxi que le condujo al barrio de La Candelaria, en donde Kareth tenía su taller en una casona que compartía con un escultor, una actriz de teatro, un músico de la banda sinfónica y un poeta pobre; por aquellas extrañas coincidencias del azar, la casona quedaba exactamente al frente de la que había pertenecido a la tía Rosalba cuando los Ladrón de Guevara Misas llegaron a Bogotá a comienzos de los años 30. El área de la casa que ocupaba Kareth correspondía al antiguo comedor que comunicaba, por una puerta de madera con doble hoja, con lo que en sus buenos tiempos fue una alacena; en la cocina, antaño de carbón, había una inmensa estufa de gas, pero era comunitaria. Su prima, que había aprovechado al máximo y decorado con muy buen gusto el espacio, tenía su habitación con un minúsculo baño en la alacena, y el comedor lo había dividido con un tabique de madera en dos áreas que destinaba una para taller y otra para sala comedor. En la salita tenía dos poltronas desvencijadas pero muy cómodas y un puf de piel de ternero, relleno con bolitas de icopor, en el cual permaneció reclinada todo el tiempo de la charla con su primo, antes y después del almuerzo. Terminado éste, que resultó ser una combinación de platos exóticos de comida Tahitiana que le había enseñado a preparar uno de sus múltiples amantes y que a Polo le pareció exquisita, regresaron a la sala, Policarpo se sentó en la poltrona y Kareth puso en una pequeña mesita entre los dos, una botella de aguardiente y dos copitas que los transportaron al mundo de los recuerdos infantiles y al natural recuento de sus respectivas vidas. La noticia más importante era que su prima había decidido viajar a fines de ese año a Europa para reunirse con su hermano e iniciar una nueva vida en Alemania, en donde estaba segura de que su obra sería valorada…
Muy rápido captó Polo que mientras él se tomaba una copa de aguardiente su prima se tomaba tres, sin que al parecer le hicieran efecto; para sus adentros pensó que quizá Kareth había heredado la tendencia dipsómana de su madre… Como a las seis de la tarde su prima le dijo: “Polito, me entró la inspiración y quiero hacerte un retrato… Creo que mereces ser inmortalizado en uno de mis cuadros, que será talvez el único figurativo de mi obra”. Ligeramente tambaleante Kareth se levantó del puf, en cuya blanda y moldeable superficie quedó marcada la huella de las redondas nalgas y la espalda de la artista, quien tomada de la mano del medio mareado Polo se encaminó al taller, le ordenó sentarse en un butaco, se puso un delantal manchado con todos los colores, y con paleta y pincel en mano comenzó su obra…Dos horas después dio la última pincelada en lo que era la barba de Polo, metió el pincel en un frasquito con agua, y le mostró el lienzo a su primo. En realidad por aquello de que los barbudos y los calvos, como los negros y los chinos, se parecen todos, podría uno asegurar que el esfuerzo por retratar a su primo tuvo resultados satisfactorios.
Con la disculpa de que en dos horas no habían tomado nada y de que la culminación de la obra merecía una celebración, Kareth trajo una botella de brandy barato, sirvió dos copas generosas y brindó por la buena fortuna de su primo en Colombia. Polo, que escasamente humedeció los labios con el brandy, observó horrorizado cómo Kareth, después de apurar de un trago su copa y servirse otra, volvió a coger la paleta y el pincel y empezó a lanzar pinceladas de todos los colores y en todas las direcciones hasta conformar sobre la tela un verdadero galimatías de manchas, que observó por un buen rato totalmente concentrada y sin modular palabra, hasta que como enloquecida empezó a embadurnar sus dedos con óleos de todos los colores, para hacer sobre las líneas originales un nuevo enredo de trazos gruesos y brillantes hasta que estuvo satisfecha. El pobre Polo, que no sabía cómo actuar ni qué camino coger, optó por esperar, no recuerda cuánto tiempo, hasta que su prima le mostró el producto de su frenesí y le dijo con la voz alterada por la excitación y el alcohol: “Este cuadro es mi interpretación del Caos. Te lo regalo primo pero hay que dejarlo secar por lo menos dos meses… Tu retrato y ese cuadro los vamos a dejar en mi estudio hasta que sequen, después los voy a enmarcar y, te acordarás de mí, primo, que cuando yo sea famosa esos cuadros se cotizarán muy bien. Créeme”.

Después de beber dos tazas de café negro y de haber obligado a su prima a tomarse otras tantas que le aplacaron la borrachera, Polo esperó hasta dejarla profundamente dormida en el puf, cubierta por una gruesa manta, y regresó pasada la media noche al apartamento de sus padres. Allí se encontró con la gratísima sorpresa de que sus tías, Fausta y Rosalía, habían llegado esa tarde de Medellín con el exclusivo propósito de volver a ver al “seráfico” (como detenidas en el tiempo sus otrora tías monjas, siguieron refiriéndose a Polo con el celestial apelativo que le habían endilgado en su infancia) y a su familia. Las tías habían llegado por obra y gracia de San Miguel Arcángel, verdadero conductor de otro Renault, de color azul celeste, que la tía Rosalía había heredado de su hermana Flora y que aún después del tiempo que llevaba en su poder no atinaba a manejar correctamente. Incuestionablemente se trataba de otra amenaza rodante. No es necesario describir el aspecto físico de las dos tías, pues Leoncito las señaló en una Biblia que incluía fotografías a color de los últimos Papas; el niño descubrió que la tía Fausta era igualita a su Santidad Paulo VI, en tanto que la tía Rosalía era una reproducción de la rechoncha figura y las facciones de su Santidad Juan XXIII.

La tía Rosalía aprovechó el tiempo que pasó en Bogotá, algo más de un mes, para transmitir a su sobrino todas las enseñanzas que había recibido en la Sociedad Teosófica y en las llamadas Escuelas de Misterios que había recorrido en compañía de su hermana en la búsqueda febril de un nuevo sendero espiritual, diferente al transitado en su vida conventual, y que ambas habían iniciado desde su retiro, casi simultáneo, de sus respectivas comunidades. Polo y Rosalía recorrieron juntos las librerías esotéricas de la capital y la tía fue comprando para su sobrino una verdadera biblioteca sobre temas esotéricos y metafísicos que condujeron a Policarpo a descubrir un camino espiritual basado en el principio de que “el único pecado que existe es la falta de amor”, y al convencimiento de que la humanidad estaba entrando en una Nueva Era en la que iban a reinar el amor, la paz, la belleza, la armonía y la opulencia. Sin abandonar sus convicciones católicas, logró una mayor claridad respecto al propósito de su vida y se despertó en él una sed de conocimientos que gradualmente fue adquiriendo a través de la lectura y cuya práctica le permitió conquistar una cierta paz interior y aquilatar la bondad de sus sentimientos. Llegó entonces al convencimiento de que todos los seres humanos deben cumplir una misión en este mundo y de que para ello el Padre Creador les ha dotado de ciertos dones que deben poner al servicio de la humanidad. Un inventario honesto de sus aptitudes y su experiencia, especialmente la relacionada con la academia, le llevó a pensar que el Creador le había dotado de una particular habilidad para transmitir sus conocimientos a otros y que ésta era la forma en que él podría aportar algo concreto para el bienestar de sus congéneres. Creyó entonces haber encontrado en el desarrollo de la pequeña empresa y en sus propios conocimientos sobre el tema, el medio para hacer algo que justificara su razón de existir.

Por ello, soñador como siempre y bastante influido por su experiencia en Centroamérica, decidió crear su propia organización que denominó “CENTRO DE ENTRENAMIENTO EMPRESARIAL, L. De Guevara & Cia. Ltda.” (Por las mismas razones que tuvieron su padre y Poncho años atrás, evitó el uso completo de su apellido). Con un elaborado discurso sobre las necesidades de capacitación en el sector de la PYME, convenció a Egidio y a su hermano Bartolo para que fuesen sus socios en esta empresa que según sus propias palabras y en tono un tanto mesiánico veía como: “…un apoyo determinante para el desarrollo, inicialmente del país y posteriormente del resto de países de América Latina… Pues estaremos dedicados a ‘alfabetizar gerencialmente’ a una inmensa masa de propietarios de pequeñas y microempresas que no han tenido la oportunidad de acceder a la educación formal…”.

Tenemos pues, a los tres meses de su regreso a Colombia, a Policarpo convertido en Director General de su propia empresa, a Egidio en Director Financiero y a Bartolo, luciendo su nueva figura más delgada, como Gerente de Ventas. La flamante empresa con un capital social simbólico de cinco millones de pesos, funcionó durante un año (financiando su capital de trabajo en parte con la pensión de Polo y en parte con la tarjeta de crédito de Egidio) como un centro para la formación de “Extensionistas Gerenciales”, una especie de capacitadores-consultores preparados para entrenar y dar consultoría a gerentes-propietarios de pequeñas y microempresas, según un modelo desarrollado por la universidad centroamericana y en cuya creación había participado Polo.
Con su equipo de entrenadores, el CEE (sigla que identificaba la empresa de los tres socios) se dedicó con relativo éxito a capacitar empresarios hasta que un buen día (que ahora los hermanos no quisieran recordar) Bartolo, como Gerente de Ventas, consiguió un contacto político con el gobierno para realizar un programa masivo de capacitación y consultoría dirigido a 30.000 empresarios del sector de la PYME… Este contacto creó una expectativa desorbitada en los tres socios, que en menos de tres meses se estrellaron contra la realidad de la corrupción política y experimentaron su primera quiebra financiera.
“Una tarde, mientras mi papá y yo hacíamos malabares para equilibrar las precarias finanzas de la empresa, cuyos gastos a duras penas se cubrían, llegó Bartolo excitado, eufórico y sonriente y nos dijo: ‘Dejen de hacer cuentas par de güevones y pongan atención que su vendedor estrella los va a sacar de pobres con un mega proyecto que estoy negociando con un asesor personal del alcalde, que fue subalterno mío y quedó entusiasmadísimo con lo que podemos hacer…’ En resumen, teníamos que elaborar una propuesta escrita y entregarla en 48 horas con un plan de capacitación masiva para microempresarios… Desde ese momento comenzamos, como decía el tío Godofredo a ‘revolar en cuadro como culebra en quema’ y en el plazo fijado preparamos una propuesta que, estábamos seguros, lograría revolucionar al sector de la pequeña y microempresa en la capital… Una semana después, Bartolo nos comunicó que, según su contacto, al alcalde le había fascinado la propuesta y que prácticamente estaba aprobada, pero deberíamos estar en capacidad de comenzar a ejecutarla en menos de 60 días. Esa presión de tiempo, unida a nuestro deseo de tener éxito y a la opinión del asesor que nos garantizaba ‘99.9% de probabilidad’ de que el proyecto fuese aprobado, nos llevó a iniciar los preparativos en serio… Entonces, llevados por el entusiasmo y la certeza de que en menos de 15 días firmaríamos contrato, empezamos a invertir en preparación de materiales didácticos y compra de equipo por valor de 20 millones de pesos (cuatro veces el capital social que no teníamos), suma que ante la imposibilidad de gestionar un préstamo bancario, pues no teníamos ninguna garantía real, llevó a mi papá a buscar la plata prestada con un comerciante que había conocido en sus épocas de la sociedad con Poncho. En otras palabras, cometimos la estupidez de ‘ensillar antes de traer las bestias’. Para no alargar el cuento, te diré mi querido Leo que una mañana, y por sugerencia del asesor, nos reunimos en un elegantísimo hotel de Bogotá con el susodicho personaje, en un desayuno de trabajo que, según Bartolo, tenía como propósito ultimar detalles presupuestales antes de la firma del contrato… El desayuno, que comenzó muy bien, se me atoró en la garganta cuando descubrí que el asesor pretendía que rehiciéramos la propuesta económica que originalmente representaba 400 millones de pesos… Este ladrón de cuello blanco pretendía que la aumentáramos a 600 millones, cosa que al principio me pareció maravillosa, pues ingenuamente creí que en vez de 30.000 empresarios lo que querían capacitar era 45.000; pero la sonrisa burlona del personaje en cuestión y su descarado comentario no dejaron duda de que, cual piraña con hipo, lo que este miserable pretendía era dar una gran mordida: ‘Mi estimado Policarpo, usted no me ha entendido, lo que pasa es que por el monto de la propuesta tenemos que distribuir 50 millones entre un grupo de concejales para que aprueben el proyecto; 50 millones tenemos que darle al tesorero para que agilice los desembolsos… y por supuesto, que yo aspiro a mi partecita que vale 100 millones…’ Siempre he sido un hombre pacífico y calmado pero reconozco que en ese momento la ira me cegó y estuve a punto de clavarle la mano a ese hampón… Me controlé para no hacerlo, me paré bruscamente de la mesa y le grite en la cara: ‘No se equivoque con mi apellido, que aquí el verdadero ladrón es usted; ahora sí entiendo porqué este país está jodido…’”.

La forma abrupta en que las ilusiones y las expectativas de los tres socios se hicieron añicos, trajo graves consecuencias: una recaída severa de Policarpo, a quien se le reactivó por segunda vez la “psicosis tardía de guerra” y tuvo que ser hospitalizado; Egidio sufrió un infarto que lo tuvo al borde de la muerte; y de feria estaba la urgente necesidad de cubrir los 20 millones de pesos de la deuda con el amigo comerciante.
Policarpo, totalmente fuera de sí regresó a la oficina embargado por una ira aún más grande que la desatada en Centroamérica cuando tuvo su primera crisis. Al contarle a Egidio lo sucedido, éste palideció y sólo alcanzó a decir: “!Dios mío, nos jodimos!”; se llevó la mano al pecho, hizo una mueca de dolor y se derrumbó en una silla. Inmediatamente Polo y Bartolo llevaron a su padre al Hospital Militar en donde quedó recluido en cuidados intensivos. Esa noche Bartolo y Edelmira se quedaron en el hospital y Polo regresó a la oficina, abrió los archivadores y empezó a arrojar por la ventana, uno a uno, todos los materiales didácticos que habían preparado para el proyecto. Regresó al apartamento que desde hacía seis meses había alquilado en un conjunto residencial construido por la Caja de Vivienda Militar y que un Coronel compañero de Bartolo le había alquilado a muy buen precio. Allí, con la mirada perdida y ante la sorpresa y el temor de Luz Angélica, sacó de un baúl un viejo uniforme de combate que había usado en Saigón, unas botas de paracaidista y con la tensa pero maquinal actitud que tienen los soldados antes de entrar en combate se lo puso, se anudó un pañuelo camuflado como una banda alrededor de su calva, y salió del apartamento, para iniciar un rítmico y enérgico trote dando vueltas alrededor del conjunto residencial, al tiempo que gritaba las mismas frases en inglés que entonaba el Sargento encargado de su pelotón en los lejanos días de entrenamiento en Fort Bragg. Por fortuna, un compañero de Bartolo, alertado por los vigilantes sobre el extraño comportamiento de Policarpo, llamó a la policía, que acudió en una furgoneta de puertas laterales corredizas, y estacionó frente al conjunto; entonces el Coronel, uniéndose a Policarpo en el trote, le dijo al oído: “El helicóptero está listo para despegar, combatiente, vamos”. Nuestro amigo detuvo su marcha, respiró profundo y subió sin chistar a la furgoneta, que inició una veloz marcha hacia el pabellón siquiátrico en el sótano del Hospital Militar en donde Bartolo, advertido por Luz Angélica, esperaba a su hermano. ¿Qué pasó después?…
“Por un milagro del Santo Putas mi papá ya estaba fuera de peligro cuando me localizó Luz Angélica en el hospital, e inmediatamente me puse en contacto con “el loco” Pulido, un Coronel médico a quien todos le decíamos así pues era el Director del Departamento de Psiquiatría y había sido alumno mío en su curso para ascenso. Siguiendo sus instrucciones, cuando llegaron con mi hermano, que saltó de la furgoneta como si en realidad hubiera saltado de un helicóptero para empezar a correr a buscar un supuesto refugio tras una jardinera, lo llamé indicándole que ya había cesado el combate, que yo estaba al mando y que lo esperábamos para una reunión en el puesto de mando. Resultó patético el salto que dio Polo para saludarme militarmente y con voz estentórea contestar: ‘!Yes, Sir!’, para después seguirme muy erguido hasta una sala en donde le esperaban un siquiatra designado por el loco Pulido y dos musculosos enfermeros. Con el cuento de que necesitaba un chaleco antibalas lo inmovilizaron, sin que opusiese resistencia, con una puñetera camisa de fuerza, le aplicaron una puta inyección que lo adormeció, y lo acostaron en una camilla. Lo que nadie tuvo los cojones de decirme, es que el loco Pulido había advertido a su subalterno que mi hermano era potencialmente peligroso, porque había combatido en Vietnam. Por esa época estaba muy fresca en la memoria de todo el mundo la famosa masacre de Pozzeto, el restaurante capitalino en donde un soldado psicópata que había estado en Vietnam había disparado contra los clientes causando muchas muertes. Por eso extremaron las medidas de seguridad y le pusieron un soldado armado con un fusil G3, para vigilarlo permanentemente frente a su camilla… Como a las diez de la mañana, después de haber descansado un rato en la habitación a la cual habían trasladado a mi papá, bajé al sótano para ver a mi hermano y me encontré con un espectáculo que revivió en mi mente una soberana cagada infantil… al pobre Polo, desnudo de la cintura para abajo y todavía con la camisa de fuerza atando sus brazos, una enfermera lo estaba lavando con una manguera, pues a pesar de que le había suplicado al centinela que lo llevara al baño, no tuvo más opción que cagarse en los pantalones camuflados”.

Por recomendación médica, tanto del loco Pulido como del cardiólogo, se decidió el traslado de la familia de Bogotá a un pueblito sabanero que proporcionaría un ambiente apacible y tranquilo para la alterada mente de Polo y para el débil corazón de Egidio, lejos de la atafagada vida capitalina. A fin de cubrir la deuda no hubo más opción que buscar un crédito bancario; para el efecto, Egidio decidió afiliarse a una cooperativa de ahorro y crédito que prestaba, a un relativo bajo interés, tres veces el valor de los aportes. Los aportes por valor de 6 millones de pesos se hicieron con el producto de la venta de la amenaza mostaza y del automóvil de Bartolo, que se fue con ellos, pues en el pueblo era más fácil la vida sin carro. Obviamente, el CEE cerró sus puertas por primera vez y se inició una nueva etapa en la vida de nuestros personajes.
Egidio y Edelmira se instalaron en una pequeña casa campestre que en una operación de mano a mano cambiaron por el apartamento, única propiedad de la pareja en Bogotá; Polo, su mujer y su hijo alquilaron un modesto apartamento en el pueblo; y Bartolo se acomodó en el primer piso que le arrendó una viuda, a pocas cuadras del apartamento de su hermano; como era de esperarse, dos meses después la viuda se había convertido en amante del inquieto Bartolo.

Transcurridos tres años, cuando se pagó la última cuota del préstamo y Bartolo, gracias a los cuidados de la viuda, había recuperado veinte kilos y la figura que tenía antes de su retiro del Ejército, el gerente de la cooperativa convenció a Egidio de que hiciera un nuevo préstamo para ampliación de vivienda. La idea del viejo era convertir su pequeña casa en una casona de abuelos en la que pretendía revivir el ambiente familiar de su niñez en Yarumal. El proyecto entusiasmó a los dos hermanos, que de paso sirvieron como fiadores del préstamo… Seis meses después, la ampliación estuvo terminada y Egidio bautizó la propiedad, en homenaje a su esposa, como “Villa Edelmira”. Lejos estaban los dos hermanos de imaginar que ese préstamo sería la causa de sus complicaciones financieras… Pero mejor regresemos a lo que fue la vida de Polo y Bartolo como inmigrantes en el pueblo sabanero.

Bartolo, que como dijimos había sido muy activo en las funciones de catre haciendo gala de una promiscuidad que lo llevó a engendrar seis hijas con cinco madres diferentes, se volvió, tal vez por los aires tranquilos del pueblo, completamente monogámico, sin que esto significara el abandono de sus responsabilidades como padre ni de la amistad con las antiguas integrantes de su harem. La beneficiaria de sus ardores preclimatéricos fue Rocío, la viuda que le arrendó el apartamento y le proporcionó, a una edad en que la mayoría de los hombres son abuelos o se aprestan para serlo, la satisfacción de ser padre de tres muchachitos en menos de tres años; con lo cual su vida cambió y sus gastos, como padre responsable que siempre fue y sigue siendo, aumentaron exageradamente. Rocío, cuyo catolicismo y fertilidad eran comparables a los de la abuela Chana, se negaba enfáticamente al uso de anticonceptivos y siguiendo las instrucciones de la iglesia se atenía al método del ritmo… El problema, según el propio Bartolo era que “Yo soy incapaz de coger el ritmo bailando y mucho menos tirando”. Los tres hijos varones del Coronel, por sugerencia de Polo que los apadrinó, y con anuencia de la madre, fueron bautizados, al mejor estilo de sus antepasados, con nombres estrafalarios obtenidos en las listas del Santoral; por fortuna para las víctimas, la abuela Edelmira propuso nombres compuestos que atenuaron, en cierta forma, el castigo vitalicio. Finalmente, los tres indefensos muchachitos quedaron registrados como José Exuperio, Luis Gualberto y Raúl Osmundo Ladrón de Guevara Ariza.

Durante el primer año de su vida en el pueblo, Polo se dedicó a preparar un libro totalmente gráfico y muy didáctico para transmitir las principales técnicas gerenciales a pequeños empresarios; a consolidar una curiosa red de amigos entre los carniceros de la localidad, el propietario de una pequeña tienda de abastecimientos, y las dueñas de algunos pequeños negocios como un salón de belleza, tres boutiques que distribuían ropa de contrabando o de confección nacional, regalos para toda ocasión y bisutería de diversa índole; y a convertir su casa en una especie de consultorio en el cual, sin cobrar un sólo peso, comenzó dando clases de inglés a los hijos de sus amigos, ayudando a los estudiantes del Colegio Departamental a elaborar sus trabajos, y a atender todo tipo de consultas como una especie de médico del alma que ayudaba a resolver problemas sentimentales, líos conyugales, disputas familiares y todo tipo de problemas humanos que se exacerban en el contexto de un pueblo pequeño. Haciendo gala de una gran capacidad para escuchar a los demás y dar consejos sensatos a quienes acudían a visitarle, en poco tiempo se creó en torno a la alargada figura de Polo un halo de patriarca bondadoso, generoso y sabio. Nuestro personaje, que como indicamos al comienzo de este relato, había emprendido el camino espiritual, se limitaba a responder a los elogios diciendo: “Todo lo que pretendo es comportarme como un ser amoroso”; y cuando alguien elogiaba su ya proverbial y reconocida generosidad para repartir limosnas, comprar boletas en cuanta rifa se organizaba para recaudar fondos destinados a todo tipo de causas, o regalar mercados a familias necesitadas, con una sonrisa repetía una frase que le escuchó a su tía Rosalía: “Cuando uno se muere deja todo lo que tiene y se lleva todo lo que dio”.

La red de amigos de Polo en el pueblo incluía, como los más cercanos, a “Borolas”, un pintoresco y simpático personaje que tenía una corpulenta figura, una cigarrería muy bien surtida, y un taxi; a “Chirrinche” un carnicero alegre, dicharachero, delgado, como Polo aunque un tanto más bajito, pero tan amoroso y servicial como él; a Elsita, una diminuta mujer de grandes y oscuros ojos con una “pechonalidad” por entre cuyo escote se escurría curiosa la mirada de Bartolo cada vez que la tenía a su alcance, y mantenía la boutique mejor surtida del pueblo, en donde toda la familia compraba su ropa y los regalos de ocasión y de quien decía en tono burlón Bartolo: “En este pueblo a mí me viste Elsita… y me desviste la que se atreva”; a María Paulina, una acuerpada y exuberante rubia cuyo bien torneado cuerpo se sostenía en dos maravillosas piernas de antología cinematográfica, principal atractivo de su salón de belleza unisex (obviamente, las piernas de la estilista mantenían equilibrada a la clientela entre los dos sexos); y a Doña Emilce, una cuarentona madre de tres hijos que administraba una farmacia en el primer piso del edificio que había alquilado Policarpo como residencia y se convirtió en su comadre tras un año de su llegada, durante el cual él le había ayudado a Onofre, el segundo hijo de doña Emilce, a recuperar siete materias que llevaba perdidas en el colegio, nombrándolo padrino de confirmación del muchacho. En los cuatro establecimientos, que representaban un elevado porcentaje de la actividad económica del pueblito, Polo gozaba de amplio crédito que pagaba puntualmente el día que recibía y cambiaba su cheque en dólares. Al respecto, Bartolo comentaba: “Cuando el cheque de mi hermano se atrasa, se tambalea la economía pueblerina”.

Recién llegado al pueblo, Polo se dedicó a recorrer las tiendas en las cuales solían reunirse los ancianos patriarcas de la localidad, en amenas tertulias, en torno a una mesa de cerveza o aguardiente; en una ocasión formaba parte del grupo Sergio, el sepulturero, que terminó convirtiéndose en uno más de los curiosos amigos de nuestro personaje; amistad que se consolidó el día en que viajaron juntos en el mismo bus hasta Zipaquirá, en donde después de hacer sus respectivas diligencias, regresaron al pueblo y se tomaron unos aguardientes en el bar El Trébol. En esa época, Polo solía usar una gorra marinera y Sergio estrenaba el sombrero Barbicio que acababa de comprar en Zipaquirá; en medio de los tragos llegaron al acuerdo de que quien muriese primero heredaría el cubrecabeza del otro; gracias a su amistad con el sepulturero, éste ayudó a resolver un problema que de otra forma no hubiese sabido cómo sortear Policarpo el día en que se enterraron, cuatro meses después, las cenizas de Egidio, su padre.

En enero del año 1996 sucedieron tres cosas: Polo se ganó un lote de 400 metros cuadrados, en una rifa organizada por la parroquia durante un bazar, el cual según le dijeron estaba valorado comercialmente en doce millones de pesos y correspondía a una donación de una vieja beata por la que recibió indulgencia plenaria del agradecido párroco; como propietario de finca raíz Polo se vio de la noche a la mañana convertido en fiador potencial para cualquier préstamo. A Egidio le sobrevino un segundo infarto y fue necesario efectuarle una operación a corazón abierto, de la cual salió con un grave daño cerebral, con el cual vivió hasta octubre de ese año. Bartolo, acosado por las exigencias alimenticias y educativas de su dispersa prole, se vio obligado a vender un apartamento en el norte de Bogotá que le había sido otorgado por la Caja de Vivienda Militar. Estos tres hechos resultaron curiosamente entreverados, pues en la cooperativa el gerente les informó que el préstamo estaba asegurado, la póliza cubría a Egidio, y por tanto no era necesario que siguiesen pagando las cuotas mensuales; en reunión con el gerente, Bartolo informó que había tenido que vender su apartamento, pero Polo ofreció el lote que se había ganado como garantía de la deuda con la cual habían efectuado la ampliación de la casa paterna. Según las normas de la cooperativa todo préstamo requería dos fiadores con buenos ingresos y uno de ellos por lo menos con finca raíz… “Claro que esto es un arreglo provisional mientras el seguro acepta la reclamación – les dijo el gerente de la cooperativa – pues obviamente don Egidio, al estar incapacitado para generar ingresos, queda cubierto por la póliza”. Lo que no les dijo el gerente, era que había cometido un error al ordenar la suspensión de los pagos, pues en la letra menuda de la póliza se especificaba que el seguro no cubría a Egidio por cuanto al momento de ingresar a la cooperativa había sobrepasado la edad límite de 70 años.

Egidio salió de la clínica y regresó a Villa Edelmira, en un aparente buen estado físico pero con sus facultades mentales bastante disminuidas, hasta el punto de que confundía a Edelmira con su nuera Luz Angélica y se dirigía a sus hijos con los nombres de sus hermanos ya fallecidos; el 12 de octubre de ese año murió tranquilamente en su lecho sin percatarse de que en diez meses la deuda impagada ascendía, con los correspondientes intereses por mora, a doce millones de pesos; lo peor del caso era que sus hijos tampoco sabían la magnitud de su desfase financiero, pues creían que la póliza del seguro había cubierto la totalidad de la deuda; es más, daban gracias a Dios de que hubiese existido el seguro pues la situación económica de ambos fiadores era cada vez más apretada; pero la realidad les fue notificada por escrito en una escueta y fría carta que firmaba el gerente de un banco que había adquirido la cooperativa que al parecer estaba al punto de la quiebra, quien les citó a su despacho pocos días después del entierro de su padre.

A propósito del entierro, Egidio, antes de ser operado, le había pedido a su hijo mayor que, en caso de muerte, sus exequias se efectuasen en Bogotá con una misa de cuerpo presente, que sus restos fuesen cremados y sus cenizas depositadas en un osario en el cementerio del pueblo. El primer tropiezo que tuvo Polo para cumplir la última voluntad de su padre fue con el párroco del pueblo, un curita decimonónico y retrógrado bastante reacio a que se hiciese un entierro “sin precedentes en el pueblo y que puede afectar a los buenos parroquianos que creen que la práctica de cremación es pecaminosa y contraria a la voluntad del Señor”; media hora de argumentación y cuatrocientos mil pesos de limosna, obsequiados por la tía Rosalía, terminaron por vencer la resistencia del anticuado sacerdote que finalmente accedió, a regañadientes, a oficiar una misa y a bendecir el osario. “Sobre el pedestal de la ignorancia se yergue, altiva, la estatua del atrevimiento”, fue la frase lapidaria que pronunció Polo, con ira contenida, al salir de la casa cural.

El segundo tropiezo se presentó cuando los dos hermanos se encontraron en uno de los cementerios del norte de Bogotá con su hermana Isabel, quien había quedado encargada de reclamar las cenizas a las dos de la tarde para llevarlas en compañía de sus hermanos hasta el pueblo pero, para sorpresa de Polo y Bartolo, Isabel desesperada frente a la gerencia del cementerio les indicó que a su papá no lo habían cremado todavía, pues hacía falta un trámite burocrático que ella acababa de realizar pero no alcanzaban a entregarle las cenizas sino hasta el día siguiente, lo cual implicaba posponer la ceremonia 24 horas… “¡Imposible! – exclamaron al unísono los dos hermanos -, la ceremonia no se puede posponer, el pueblo entero está pendiente de este entierro y nada raro que el curita se nos eche para atrás”. Fue entonces cuando Polo encontró una solución: conseguir que el gerente del cementerio les prestase la urna vacía, efectuar la ceremonia con la sola presencia espiritual de Egidio y buscar apoyo en su amigo Sergio para que al día siguiente abriese nuevamente el osario y les permitiese depositar finalmente las cenizas de su padre en el lugar que éste había escogido. El cortejo con la urna, tan vacía como los bolsillos de los hijos del fallecido Egidio, fue desde la iglesia del pueblo hasta el cementerio local ante la mirada, entre curiosa y espantada, de los vecinos que se santiguaban, más por miedo que por respeto, ante el paso de “un entierro sin muerto”, como dijo el bobo del pueblo, cuando vio pasar la procesión, que marcaba el fin de la vida de un hombre bueno y el comienzo del calvario para sus endeudados hijos.

Espera la próxima semana el Capítulo SEIS

2 Comentarios

He retomado esta fasinante historia que contiene todas las vicisitudes económicas de una familia actual,estaré pendiente del próximo capitulo cuando “cristo”verdaderamente comience a padecer.un fuerte abrazo amigo Pancho

Me encanta que te esté gustando la tragicómica pero muy real historia de Polo. Me alegra contarte entre mis lectores. Un abrazo,Kapizán

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