Policarpo. Capítulo – Dos

Posted on : 28-07-2010 | By : kapizan | In : Capítulo - DOS, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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La sorpresiva llegada a este mundo del pequeño Policarpo con 45 días de anticipación se debió, indudablemente, a un desliz de Edelmira. Pero no la clase de desliz que maliciosamente supuso la muy chismosa Señora Santander, sino al hecho de que la joven embarazada pisó el jabón mientras se bañaba y cayó aparatosamente al piso… Dos horas después y como consecuencia inmediata del porrazo, el bebé pataleaba y chillaba cual endemoniado en la sala de partos de una modesta clínica del Barrio Chapinero. Reconocemos que aquello de “…hermoso niño de pelo castaño, ojos negros, mentón partido y diminuta pero claramente delineada nariz aguileña…”, es una mentira piadosa, más apropiada para las notas sociales de un periódico que para este relato, cuya pretensión no es otra que ajustarse a la verdad. Y la verdad, monda y lironda, es que como todo recién nacido, excepto para los ojos de sus progenitores, Policarpo era de un feo subido. Esa especie de mamífero bípedo implume, cuyo rostro durante la primera semana de vida semejaba un fríjol puesto en remojo, sufrió en seis meses una transformación favorable que lo dejó parecido a cualquier bebé de esa edad, gracias a los cuidados y los mimos de la abuela Chana que lo salvó de una muerte segura por inanición, pues los senos de Edelmira resultaron tan secos como llegarían a estarlo la cuenta bancaria y la de ahorros del sobreviviente, medio siglo después. La fórmula de la abuela era simple: tres cucharadas diarias de Emulsión de Scoott, reconocido y eficiente, pero detestable para muchos, brebaje del “hombre con el bacalao a cuestas en su etiqueta”.

Dicen los que saben, particularmente los sicólogos modernos, que la infancia y las condiciones que la rodean, así como los eventos especiales que en ella ocurran, son determinantes para formar la personalidad de cualquier adulto. La infancia de Polo fue feliz y estuvo rodeada de amor y mimos por parte de un sexteto femenino, encabezado por su abuela Chana y secundado por su mamá, sus tías monjas, especialmente Rosalía y las dos solteronas que volcaron en la criatura todo el caudal represado de su amor, incluido el maternal.
Gracias al hígado de bacalao cuchareado, en poco tiempo Policarpo se convirtió en un bebé rozagante, regordete y sonriente, pero común y corriente, que la visión exaltada de las seis mujeres percibía como un ángel escapado del cielo a quien se referían como: “el celestial”, “el seráfico” o según decía Fausta – la mayor de las tías monjas -: “Este muchachito, es la viva imagen del Niño Jesús de Praga” (para entonces, el Niño Jesús del 20 de Julio no había alcanzado la proyección internacional de su homólogo Checo).
Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que la característica predominante en la personalidad de Policarpo, la bondad, se formó entre las caricias de la abuela, los cuentos que le contaba su madre, la veneración un tanto melosa de las solteronas y el alegre revoloteo de los hábitos de las novicias contemporáneas de sus tías; porque si algo podemos decir de Policarpo, es que es un hombre exageradamente bueno, hasta el punto de que en muchas de sus acciones bordea los límites de la pendejada; sin atrevernos a decir por ello que nuestro personaje es un pendejo, como en múltiples oportunidades se lo han enrostrado su mamá, su hermana menor o como lo comentan, a espaldas suyas, algunos de sus amigos.

Edelmira no fue tan prolífica como su suegra, y su quinteto familiar se completó a un ritmo más lento y espaciado: al nacimiento de Policarpo siguió, en agosto de 1946, el de Bartolomé, a quien le sucedió, dos años después, Isabel, la única hija de la pareja. En ambos casos, los nombres también fueron asignados por la dupleta Chana-Egidio sin consultarle a Edelmira y, por supuesto, con base en el Bristol, a pesar de que nunca estuvo totalmente de acuerdo con el nombre de su primogénito, a quien hubiese preferido bautizar con el nombre de alguno de los galanes de las radionovelas que escuchaba diariamente como la única distracción que su condición económica le permitía; pero como era una mujer conciliadora y enemiga de la polémica, se resignó sin mayores aspavientos y se alegró de que los Santos, que según Chana la habían ayudado en los respectivos alumbramientos, llevasen unos nombres más normalitos que los de algunos de los hermanos de su marido, incluido el de este último, que en verdad nunca la había convencido del todo.

Reconstruir la infancia, la niñez y la preadolescencia de Policarpo es, poco más o menos, como intentar hacer una colcha de retazos con anécdotas dispersas que él nos ha contado y nos sirven como referencia para mostrar los rasgos determinantes de su personalidad y de la de su hermano, con quien sólo comparte la generosidad y la nobleza de corazón, pues en el resto de inclinaciones, dones, defectos y atributos, así como en el aspecto físico, no parecen ni siquiera prójimos. Sin embargo es importante puntualizar que, a pesar de sus diferencias, Bartolomé y Policarpo se aman entrañablemente y han sido siempre el uno apoyo del otro. Polo y Bartolo construyeron su amistad fraternal, compartiendo travesuras en las cuales el autor intelectual y material siempre era Bartolo, a quien el buen Polo seguía con la misma lealtad con que Robin sigue a Batman, para terminar siempre, por ser el mayor, asumiendo sin chistar la responsabilidad de los hechos y el correspondiente castigo. Desde entonces, Isabel creció convencida de que su hermano mayor, a pesar de que no tenía cara de, era un güevón.

Empecemos a tejer la colcha de recuerdos, con la primera anécdota agridulce de su infancia, que aún hoy en día él rememora, mientras se soba el brazo izquierdo como para calmar un dolor intenso:
“Era un domingo y yo tenía como cuatro años… Recuerdo que a mi hermanito Bartolomé lo llevaba mi mamá en brazos… Ese día, la tía Rosalía tenía visita y el ambiente era de fiesta. Después de misa, en un patio inmenso, las novicias organizaron unos juegos; no recuerdo si había más niños, pero yo me sentía como el centro de atracción en un círculo cerrado, entre cuatro monjitas que cantaban, reían y me lanzaban como una pelota, desde los faldones del hábito recogidos con la mano a la altura de la rodilla como formando hamacas, de una monja a la siguiente. El vuelo era delicioso. No sé en qué momento se apareció la superiora del convento dando gritos amenazantes y con el rostro desencajado… El instinto de conservación, me impulsó a buscar un escondite para evadir la ira de esa especie de gallinazo iracundo… Entonces, me escabullí por entre las faldas de una de las novicias, en donde por un rato me sentí a salvo, hasta que la huesuda mano de la enfurecida superiora me agarró por un brazo, y me sacó a la brava del cálido refugio, mientras me lo retorcía con los dedos, que tenían la fuerza de unos alicates, hasta formar en la parte superior del pellejo un pezón rojizo que me duró más de dos semanas y todavía me duele”

Si Polo fue el niño mimado de la abuela Chana, Bartolo lo fue de su papá y su mamá; esta última, con los senos igualmente secos, no quiso experimentar con su segundo bebé la fórmula de la Emulsión exitosamente utilizada por su suegra, sino que engordó a la criatura a punta de leche en polvo Klim importada. Si nos atenemos a los resultados visibles en los dos hermanos, podemos suponer que el hígado de bacalao convirtió a Polo en un larguirucho pero dócil muchachito, en tanto que la leche convirtió a Bartolo en un cabroncete indómito y regordete… Con los años, Polo alcanzaría un metro con ochenta de estatura, en un cuerpo bien proporcionado, rematado por un perfil “igualito al de San Francisco de Asís”, según opina su tía Rosalía, que aún hoy a los 83 años, perfectamente lúcida y con 32 años de haber abandonado los hábitos, ama a Polo “con trapitos y todo” y ha sido el salvavidas financiero de su sobrino, pues lo ha rescatado cada vez que la tormenta agita el lago profundo de sus deudas.
El parecido de Polo con la imagen de cualquier Santo tonsurado del medioevo, se debe a una calvicie frontal, bordeada por una barba entrecana que se confunde con los restos laterales de lo que fue una ensortijada cabellera negra. Bartolo, por su lado, sólo alcanzó una mediana estatura, diez centímetros por debajo de su hermano; su cuerpo, esbelto en la juventud y en sus primeros años de vida militar, se deformó con una enorme panza de cervecero a partir del grado de capitán; y en la cúspide de su gordura, con el rango de coronel, llegó a pesar 105 kilos (medidos en la báscula del sauna del club militar de oficiales, de cuya exactitud nadie se atreve a dudar); su rostro redondeado luce unos mostachos de largas guías al estilo Pancho Villa, debajo de una ancha y protuberante nariz que, como la calificó un compañero suyo del ejército, era “capaz de captar un pedo a treinta metros de distancia en campo abierto”. Polo envidiaba la frondosa melena, antaño negra, ahora plateada de Bartolo, en tanto que éste lamentaba haber heredado el apéndice nasal de los Posada, en vez de la aguileña y aristocrática nariz de los Ladrón de Guevara. Para resumir, podemos asegurar que si algún director de cine, teatro o televisión promoviese un “casting” para escoger actores que representasen a Don Quijote y a Sancho Panza, los dos hermanos no tendrían contendor que lograse desplazarlos.

Si el país recuerda el año 48 del siglo XX como un año que pasó a la historia, cargado de violencia, a raíz del famoso Bogotazo, los Ladrón de Guevara lo recuerdan como el año en que su vida dio un importante giro, que tendría repercusiones en la mente infantil de Policarpo. Para Egidio, el año comenzó con una mejoría en la sociedad que años antes había constituido con su amigo Poncho y que, según pensaba, le ayudaría a cubrir los gastos que se veían venir a partir del tercer y último embarazo de Edelmira, que había resultado difícil y la tenía confinada a una cama bajo los cuidados médicos del Doctor Pantoja, un pastuso serio y malgeniado, que cobraba unos honorarios que hubiesen merecido un trato mas amable y simpático para su paciente. Con Edelmira en cama, la abuela Chana decidió asumir las funciones de ama de casa para cuidar a la enferma, estar cerca de su amado nieto Policarpo y controlar los ímpetus destructivos de Bartolo, que sin cumplir los dos años correteaba por toda la casa haciendo estragos en la modesta cristalería y en los pocos adornos que conformaban la decoración de la casa.

Recordemos que la abuela, debido al celibato voluntario o forzoso de los curas, las monjas, las solteronas, el marica, y al hecho de que Godofredo resultó estéril, sólo tuvo ocho nietos: los hijos de Benedicto, el Coronel, tres varones: Cirilo, Casimiro y Roque, todos bautizados por el Bristol; los hijos de Severiano y Teresita Molina (una costeña chiquita y tetona que ejercía el mando en su hogar y dominaba a su marido, quien se contentaba con ejercerlo en el pelotón de infantería que comandaba en el Batallón Guardia Presidencial) que se opuso a la tradición, no permitió que el nombre de sus hijos surgiese de las estrambóticas listas del Santoral y prefirió, por esnobismo o por rebeldía, bautizarlos con nombres de origen angloamericano: así pues, la mayor, una niña de la misma edad de Polo, se llamó Kareth, y un niño, contemporáneo de Bartolo, con quien llegó a competir en creatividad para montar travesuras, se llamó Kevin; y por supuesto, los tres hijos de Egidio, incluida Isabel que, como se explicó, era un proyecto incierto.

Con un entusiasmo inusitado, la abuela Chana comenzó desde enero los preparativos de una piñata para celebrar el quinto año del “seráfico”, en la cual pensaba reunir a todos sus nietos y a cinco niños vecinos de Chapinero, que Policarpo consideraba sus amiguitos, pues compartían el carrusel, el rodadero y los columpios del parque infantil del Barrio. Lamentablemente las cinco velitas que adornarían la torta, amorosamente preparada por la abuela, nunca se encendieron; pues el Teniente Severiano Ladrón de Guevara Misas murió, no en el campo de batalla, como lo había soñado cubierto de gloria, sino de una prosaica peritonitis que dejó viuda a Teresita y huérfanos a Kareth y a Kevin.
A la velación del tío, en cámara ardiente y con guardia de honor, fue llevado Policarpo, que no pudo reprimir el deseo de apagar las velas – tal como lo había ensayado con su abuela para la fiesta -, que iluminaban el féretro de su tío como si fueran las velas del ponqué. Esta fue tal vez la única travesura infantil de Polo que no fue inducida por Bartolo; sin embargo, la mirada asesina del Teniente que comandaba la guardia de honor y la reprimenda (primera y última) de su abuela, mataron para siempre la posibilidad de convertirse en pundonoroso militar como sus tíos e hicieron más difícil su breve y traumático paso como soldado raso del “Army” gringo, que narraremos a su debido tiempo.

Aparte de la inesperada muerte del tío Severiano, que frustró la piñata de Policarpo, y del complicado embarazo de Edelmira, el giro en la existencia de los Ladrón de Guevara, tanto los Misas como los Urrutia, tuvo en ese año su apoyo en otros pivotes: la destrucción, en un incendio desatado por la violencia del 9 de abril, de la pequeña fábrica de muñecos del Barrio Egipto, que redujo a cenizas lo que quedaba de la precaria herencia que recibieron Chana y sus dos hijas de la tía Rosalba; un macabro hallazgo que traumatizó a Policarpo y no produjo ningún efecto en Bartolo y el cual merece párrafo aparte; el hacinamiento de las damnificadas, Chana y sus dos hijas, la viuda de Severiano y los primos huérfanos, sumados a los miembros de la familia de Egidio y Edelmira, en el pequeño apartamento que estos ocupaban en Chapinero; y la aparición del Padre Llorente, un cura caleño, obeso, simpático y parlanchín, antiguo condiscípulo de Egidio en el seminario de Yarumal, que estaba incursionando en el cooperativismo y tenía un proyecto de construir viviendas en un inmenso predio al noroccidente de la capital.

El 9 de abril del funesto año 48, después de la siesta, Chana y Edelmira encendieron el viejo radio de tubos para escuchar su radionovela favorita mientras Egidio simulaba que hacía cuentas, pues no reconocía su secreta afición por “esas pendejadas que escuchan las viejas”, y se las arreglaba para no perderse capítulo. En lugar de la melosa voz del galán, susurrando cursilerías al oído de la protagonista, todos escucharon la voz alterada de un locutor que anunciaba la formación de turbas, enfurecidas por el asesinato de Gaitán, que estaban arrasando el centro de la capital y su periferia; el primer pensamiento atemorizado de Chana se centró en la suerte que pudiesen correr Flora y Lutgarda, quienes habían quedado encargadas de la fábrica de muñecos mientras su madre se ocupaba de atender las complicaciones ocasionadas por el embarazo de su nuera. Que sus temores tenían fundamento, quedó demostrado esa misma noche cuando las dos mujeres llorosas, temblorosas y tiznadas, llegaron a pie hasta la casa de su hermano, para contar entre sollozos la realidad, casi completa, de su desgracia.
Las malas lenguas llegarían a sostener después que la más fea de las dos, Lutgarda, había adquirido una sonrisa permanente y un extraño brillo en los ojos debido – según decían y a nadie, diferente a su discreta hermana, le consta – a que en esa lluviosa tarde, conoció no uno, sino tres varones que la violaron mientras Flora, escondida en el zaguán de una casa vecina, no tuvo el valor para correr una suerte similar y por ello continuó su existencia virginal y amargada. ¿Quién filtró la noticia? A ciencia cierta, nunca se supo. Sin embargo, en opinión de Bartolo, que con base en su experiencia se convertiría en un experto “mujerólogo”, la hipótesis más sólida era la de que las mujeres tienen una mejor amiga, a quien confían todos sus secretos y la tía Lutgarda no era la excepción; estaba casi seguro de que la Señorita Silvia (otra solterona de la nobleza decadente e íntima amiga de la tía), reunía todas las características para ser la responsable de la infidencia, que por fortuna nunca descubrió la pobre… ¿victima?.

El 10 de abril a las nueve de la mañana, el sector residencial de Chapinero parecía un pueblo fantasma; una calma chicha se percibía en el ambiente y mantenía a sus habitantes recluidos en sus casas escuchando las noticias: el centro de la capital ardía en llamas y era saqueado por una turba de energúmenos enchichados, por efecto del consumo desaforado de chicha combinada con cerveza y aguardiente; pilas de cadáveres se amontonaban, sin distingos de clase social, en las aceras del cementerio central a donde eran conducidos en carretas de tracción animal o en volquetas.
El apartamento que compartían Egidio, Edelmira, sus hijos y desde la víspera los arrimados, formaba parte de una vetusta edificación de dos pisos con doce apartamentos, todos de dos alcobas, alrededor de un patio central que servía como garaje a la destartalada camioneta de la sociedad “L de Guevara & Duque Ltda.” y como lugar de juegos para los niños de esta suerte de “conventillo argentino” al que habían ido a parar los otrora nobles de Yarumal y La Candelaria.
A esa hora, el pequeño terremoto en que se había transformado Bartolo desde que aprendió a caminar y a correr sobre sus cortas piernas, se subió al estribo del vehículo cuya puerta le había ordenado abrir a Policarpo y con la agilidad con que años más tarde cruzaría los obstáculos de las pistas de Infantería, intentó treparse a la silla del conductor con el propósito de timonear la camioneta, uno de sus juegos preferidos. Al apoyar su manita en el piso, ésta quedó empegotada de un líquido rojo y viscoso que parecía pintura, pero que en realidad era sangre semi-coagulada; sin inmutarse, el pequeño diablillo restregó su mano en la camisa de la pijama y siguió avanzando hasta que un objeto negrusco y alargado atrajo su atención; lo tomó en su manita derecha y lo examinó con curiosidad, mientras con la izquierda, totalmente ensangrentada, se quitaba de la frente un mechón rebelde, con lo cual su carita quedó impresionantemente manchada, y se volvía sonriente hacia su hermano, con el objeto en la mano, para decirle: “Mila Polo éste lelito que me encontlé…”.
Aterrorizado por la visión de su hermano ensangrentado que empuñaba un dedo índice con la misma tranquilidad con la que un mico empuña un banano, Policarpo dio un grito y perdió el sentido. Años después, en Guatemala a finales de los 80’s, su siquiatra anotaría este episodio como la causa primigenia del pavor que siempre sintió Polo ante cualquier espectáculo sangriento y como una razón por la cual su espíritu amaba la paz y odiaba la violencia… ¿Quién era el dueño del dedo que encontró el niño?, ¿cómo fue a parar al piso de la camioneta?, son por lo menos las dos preguntas, entre muchas otras, que puede llegar a formularse el lector. Trataremos entonces de responderlas con base en los recuerdos de nuestro amigo Polo.

El enorme dedo índice de la mano derecha, estuvo durante 33 años formando parte de la anatomía musculosa y completa de Laurentino Sastoque; un boyacense gigantesco, malhumorado pero supremamente eficiente y con un acendrado sentido de la responsabilidad, que un año antes se había convertido en el primer empleado de “L de Guevara & Duque Ltda.”, para cumplir las funciones de chofer de la camioneta, de mensajero y de todero de la microempresa comercial. El 9 de abril a las tres de la tarde, Laurentino se encontraba al sur de la capital repartiendo unos pedidos de mercancía, hecho lo cual tenía instrucciones de regresar al apartamento de Egidio, después de recoger a Poncho en un pequeño depósito que los socios habían alquilado en el Barrio Santa Fé. Ignorante de los sucesos violentos originados por la muerte del caudillo liberal, encaminó el vehículo por la carrera séptima… A la altura de la calle tercera, el paso estaba obstruido por una multitud vociferante de exaltados que blandían machetes, cuchillos, revólveres y hasta fusiles calibre punto 30; la turba avanzaba como poseída por el demonio interrumpiéndole el paso; como pudo, retrocedió para dar la vuelta y escapar del peligro en medio de un tiroteo que se hacía cada vez más intenso. No supo en qué momento una bala de fusil hizo impacto en la mano que sostenía el timón cercenándole el dedo; su reacción inmediata fue cubrirse, con una bayetilla el muñón que sangraba profusamente, mientras aceleraba el vehículo para alejarse del lugar y ponerlo a buen resguardo en el patio del conjunto que habitaba su patrón. Sólo entonces pensó en buscar asistencia médica.
Tal era su sentido de la responsabilidad, que los dos socios reconocieron emocionados y agradecidos; pues no sólo le hicieron un aumento en el sueldo, sino que lo conservaron como empleado valioso hasta el día de su muerte, diez años después, en una riña de cafetín. La pelea en la cual perdió la vida, se originó cuando un borracho con quien jugaba una partida de naipes le ofendió llamándolo por el apodo que nadie se atrevía a pronunciar en su presencia: “mano e’ mico”.

El hacinamiento de diez personas, seis adultos y cuatro niños, en escasos ochenta metros cuadrados de construcción, fue una dura prueba de convivencia que todos soportaron con diferentes grados de paciencia y dignidad; pero con la llegada al mundo de Isabel – una cagona cuya actividad fecal mantenía atareadas a Edelmira y a Chana lavando y planchando pañales –, hizo insostenible una situación para la cual no se veía salida alguna, pues la combinación de los ingresos de Egidio y la exigua pensión de la viuda, no daban abasto para sostener los gastos de la casa. Fue entonces cuando apareció una luz de esperanza, que todos vieron en la convincente labia y en el brillo entusiasta de los ojos saltones del Padre Llorente, el día del bautizo de la niña que celebraron apeñuscados en la diminuta sala del apartamento, en medio de libaciones de vino barato, en vez de la champaña francesa que añoraban en silencio los paladares de Chana y las solteronas.

La agenda oculta del Padre Llorente, que éste venía madurando desde el reencuentro con su antiguo compañero a quien le aceptó gustoso bautizarle a Isabelita, era muy concreta: vender por lo menos tres proyectos de vivienda, con lo cual completaría el cupo de la cooperativa que había fundado para construir la primera etapa, con 30 casas de un barrio de lo que hoy podríamos llamar estrato 4, o 3.5 si los indicadores de estratificación fuesen más exactos. La cuota inicial para adquirir el derecho al préstamo correspondiente y convertirse en asociado de la cooperativa era de $2000 – claro que estamos hablando de la época “cuando la plata valía” como suele decir “Borolas”, otro personaje de ésta historia que conoceremos en la etapa de las congojas económicas de Policarpo -, cantidad de la cual sólo disponía Poncho, el padrino de Isabelita, quien no sólo era muy ahorrativo -hasta el punto de que su nuevo compadre acostumbraba decir “gasta más Tarzán en corbatas que Poncho en diversiones”-, sino que permanecía soltero y con planes de matrimonio con Clarita (una hermosa pero simplona e ingenua muchacha de Santuario, su pueblo natal). La virginal Flora, que lo amó en silencio y sin esperanzas desde que lo vio por primera vez, y lo escuchaba siempre embelesada con ojos de ternera hambrienta, se sintió feliz de pensar que serían vecinos.
Como en esa época la palabra también valía, poco antes de las doce de la noche, el Padre Llorente sacó un viejo maletín de cuero, que siempre lo acompañaba, pues en su interior llevaba el breviario y los formularios para afiliar miembros potenciales de la cooperativa y para llenar contratos de compraventa, y cerró el negocio. Quedaron pues con expectativa de tener casa propia: Poncho que ofreció pagar de contado al día siguiente y le compró por $1000 el anillo de bodas a Chana – una preciosa joya con tres diamantes engastados en oro, que el difunto Belarmino había cambiado medio siglo antes por cuatro morrocotas de oro -, con lo cual, junto con las solteronas y Teresita, que aportó $1000, completó la cuota de la segunda casa; en tanto que Egidio obtuvo un préstamo de su compadre, pagadero en cuotas mensuales, sin intereses, con cargo a la cuenta “retiros de socios” de la empresa cuya propiedad compartían.

Después de guardar los documentos en su maletín, el Padre Llorente eufórico y un tanto “golondrino” por efecto del vino barato, se puso de pie para anunciar con tono de voz trascendental y cargado de los matices retóricos que habían hecho famosas sus homilías: “Celebramos hoy, día de Santa Isabel Reina de Portugal, un doble festejo; por un lado hemos incorporado a la Fé Católica a ésta preciosa criatura que alegrará la vida de mis amados hermanos Edelmira, y Egidio mi condiscípulo de épocas pretéritas en el Seminario Mayor de Yarumal, que tuvo el valor de reconocer públicamente su incapacidad para afrontar el celibato y optó por servir a Dios desde el seno de la primorosa familia que ha constituido (Hic)…; y el ingreso de todos ustedes a la cooperativa que sólo pretende proporcionar un techo digno a quienes como ustedes, mis amigos, lo merecen por la gracia de Dios (Hic)… Es por ello, que he tomado la decisión irrevocable de bautizar nuestro barrio con el nombre de quien será desde éste instante su amorosa patrona, (Hic)… perdón matrona, cuya mano, con la ayuda del creador, nos guiará con ternura y nos protegerá de todo mal (Hic)… Así pues – agregó con los ojos saltones relumbrantes de emoción, el rostro congestionado por el esfuerzo y en tono de vibrato -: ¡Nuestro barrio se llamará Santa Isabel del Lago!”.

Comenzando el año 49, las tres viviendas en el paraíso prometido por el Padre Llorente estaban casi terminadas pero habitables y los inquilinos del conventillo de Chapinero emprendieron emocionados su traslado a la tierra prometida. Meses después del trasteo, se respiraba entre los antiguos hacinados, un ambiente de optimismo y entusiasmo que presagiaba la llegada de tiempos mejores; la abuela Chana, decidió entonces reinstalar la fábrica de muñecos con nuevos ímpetus, pues a la pequeña industria se vincularon Teresita y Edelmira. En poco tiempo, la costeña demostró unas habilidades fuera de lo común para las ventas, y el negocio creció en forma inusitada con clientela en las principales ciudades del país. Algo similar sucedió con la empresa de Poncho y Egidio, que amplió sus operaciones mediante la distribución exclusiva de una línea de productos de plástico importados directamente de Alemania; la vieja camioneta fue cambiada por una de modelo más reciente y mayor capacidad, se compró una camioneta adicional y por fin los Ladrón de Guevara y Urrutia tuvieron el primer automóvil para uso familiar: una camioneta Chevrolet panel, de segunda mano pero en perfectas condiciones, que los acompañaría muchos años y en la cual aprendieron a conducir Edelmira y sus hijos y que en los primeros años manejaba Clodomiro (nadie recuerda su apellido), un pintoresco personaje de muchas palabras y pocas ideas, con pinta de galán de telenovela barata y camisas estrafalarias, cuyas únicas habilidades eran conducir vehículos y seducir ingenuas empleadas del servicio doméstico o romper los corazones de las seis operarias que había incorporado Chana a la fábrica de muñecos…
Comenzó pues una época de bonanza para los Ladrón de Guevara, que sirvió como marco para la felicidad de los cinco niños que rememoran esos años como los más felices de su vida.

Espera la próxima semana el Capítulo TRES

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