Policarpo. Capítulo – Tres

Posted on : 04-08-2010 | By : kapizan | In : Capítulo - TRES, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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Los años vividos en Santa Isabel del Lago, fueron aprovechados por Polo y su prima Kareth para gozarse la infancia y la preadolescencia. Como eran los dos mayores, tenían más libertad que sus hermanos y pasaban todo el día juntos jugando en la casa deshabitada y aún sin terminar de Poncho, (cuyo noviazgo se iba prolongando en el tiempo, con la disculpa de que la casa todavía no tenía los lujos y las comodidades que merecía su futura esposa); o explorando el misterioso bosque de eucaliptos que rodeaba la pequeña laguna, en realidad un humedal, que la imaginación del Padre Llorente ofrecía como un lago.
Allí, en las ardientes y soleadas mañanas sabaneras, Policarpo y su prima, con esa ingenuidad y esa inocencia que poseen los niños, tuvieron en medio de la naturaleza sus primeros juegos sexuales de exploración, desprovistos de toda malicia y sin la posibilidad de interrupciones dañinas por parte de adultos que hubiesen ocasionado traumas en las mentes infantiles; a ello se debe que Policarpo haya tenido durante toda su vida una actitud limpia y desinhibida frente al sexo, como la llegó a tener su prima Kareth hasta que años después, influida por las monjas del colegio, suspendió los juegos anunciándole a su primo que “no podemos seguir jugando sin ropa porque eso es pecado”. Sin embargo, según cuenta Bartolo, un día su prima lo invitó, con una mirada maliciosa, a “jugar groserías”. Es evidente que la mentalidad de la niña respecto al sexo sólo cambió en la forma de percibirlo.

La urbanización cooperativa promovida por el Padre Llorente no presentaba, dos años después, la imagen de conjunto residencial con 30 viviendas, que el entusiasta clérigo les había hecho visualizar a sus primeros clientes; por el contrario, las únicas viviendas construidas eran las de los padres de Policarpo, la de la abuela Chana y las tías, la de Poncho y la de Dolores Murcia, una viuda flacuchenta, amargada y regañona que cuidaba todo el día dos enormes vacas lecheras, que llamaba “mis toa toas” y trataba con una ternura que no prodigaba a ninguno de los niños vecinos a los que pellizcaba, con o sin motivo, cada vez que los tenía al alcance de sus alargados y huesudos brazos.
A pesar del aspecto poco próspero del proyecto habitacional, el incansable curita continuaba promoviendo su paraíso, equipado con su maletín de contratos, al cual había agregado unas fotografías de las cuatro viviendas para vender la ilusión a desprevenidos compradores potenciales. Años después Egidio le comentaría a Policarpo, que desde entonces abrigaba la sospecha de que algo turbio se traía entre manos su antiguo compañero de sotana.

Santa Isabel del Lago limitaba en dos de sus costados con sendos barrios obreros, que solían recorrer Policarpo y Kareth para comprar golosinas baratas en las tiendas y para jugar con niños de su edad, cuya pobre apariencia hubiese escandalizado a personas como la tía Rosalba y la fallecida abuela Concepción. La interacción con estos niños, a quienes siempre vio como iguales, fue una de las principales causas de la actitud que ha mantenido Polo respecto a sus semejantes, obrando siempre sin tomar en cuenta los símbolos externos con los cuales la sociedad discrimina a los seres humanos, agudiza las divisiones, genera resentimientos y dificulta la convivencia pacífica. Así pues, “Piolín” y “Chupeta”, los hijos de una viuda campesina que vendía fritanga; las hermanas González: Cristina, Mercedes, Cecilia y Carmen, hijas de un zapatero remendón, cuyo hermano mayor llegaría a ser un conocido actor de televisión; y Carmelita Rojas, hija de padre desconocido y una prostituta de tercera categoría; llegarían a ser los amigos de los descendientes de Belarmino y Chana, Concepción y Celestino… por supuesto, después del descenso en la caprichosa escala social que les impuso el destino.
La posición personal de Policarpo respecto al dinero, seguramente tiene su origen en “la caja de la abuelita Chana” y puede expresarse con algunas frases que acostumbra pronunciar con frecuencia: “Jamás he conocido un problema de dinero… siempre es un problema de ideas”; “la única función del dinero es no necesitarse”; “la plata no es buena, lo bueno es lo que dan por ella”, y otras de cuño parecido. En el interior del inmenso armario de la abuela, protegida como un sagrario por las imágenes de seis o siete Santos, Chana mantenía una vieja caja de madera de tabacos habanos (los preferidos de Belarmino), cuyo contenido brillaba ante los ojos de su nieto, como el baúl del tesoro de un pirata, pues se mantenía repleto de monedas mezcladas con billetes de baja denominación, normalmente un peso o cincuenta centavos. A este “tesoro”, aparte de su propietaria, el único privilegiado que tenía acceso era su nieto preferido. Cada vez que a Polo se le antojaba ir al barrio vecino a comprar golosinas, se limitaba a decirle a su abuelita, con voz melindrosa y mirada que a la vieja le parecía angelical: “Abuelita, yo te quiero mucho… ¿Me das plata para ir a la tienda?”, a lo cual siempre Chana respondía: “Claro que sí mi muchachito, abrí la cajita y sacá la que necesités, pero dejáme alguito”; por supuesto, el mocoso sacaba en cada oportunidad dinero suficiente para comprar golosinas, no sólo para él, sino para todos sus amiguitos. Cuando Polo nos contó lo que hacía con el dinero extraído de la caja de la abuela, encontramos allí el origen de su generosidad.
Hoy en día, “la caja de la abuelita”, que por supuesto heredó nuestro deudor amoroso, se conserva repleta de letras de cambio, tarjetas de la “Banca Lombarda” (de la cual hablaremos a su debido tiempo), y tres o cuatro cuadernos cuadriculados en los cuales anota las exhaustivas listas de sus acreedores. En la actualidad, y con el agua al cuello, Policarpo sostiene que el espíritu de su abuela Chana desde el cielo y la tía Rosalía en la tierra, velan permanentemente por su complejo sistema financiero; pues la abuela le da las ideas y en múltiples ocasiones la tía le proporciona el dinero. “Filosóficamente” hablando, la frase favorita de Policarpo, tomada de Don Simeón Torrente el inolvidable personaje de Salom Becerra, “debo luego existo”, se ha convertido para él en una profunda máxima.

Con un maletín de cuero terciado, que lucía como adorno las letras ABC en amarillo, azul y rojo respectivamente, en que llevaba “La Alegría de Leer” forrado en papel azul, dos cuadernos cuadriculados, dos rayados, uno tipo ferrocarril, un borrador, una caja de colores, una regla de madera, dos lápices y un tajalápiz, el 10 de febrero de 1950, Policarpo ingresó al Gimnasio Católico Francés que regentaban unos frailes galos que imponían una rígida disciplina y tenían fama de ser excelentes educadores. No nos detendremos a relatar sus experiencias como escolar, idénticas a las de cualquier niño de su edad y similares a las de su prima Kareth, que el mismo año comenzó un recorrido parecido en un colegio de monjas, sino que contaremos lo que la abuela Chana contestó, profundamente convencida, cuando su nieto, mostrándole orgulloso el maletín, le preguntó “¿abuelita qué quieren decir estas letras?”: “Estas letras, mi muchachito adorado, son: la A que es la primera de todas las letras y es la letra con la que escribimos amor; y vos Polito, sos un amor; ésta otra es la B, con la que escribimos bueno y vos sos un niño muy bueno; y ésta otra, es la C de capaz y vos mi seráfico sos muy capaz…”. Esas palabras calaron profunda y benéficamente en el corazón de Polo, de quien aún hoy en día nadie duda de que es un amor de tipo, dueño de una bondad que, como dijimos antes, raya en la pendejada, ni de que es un profesional muy capaz como llegaría a demostrarlo en su condición de profesor universitario y consultor en su país y en el exterior.

El encargado de llevar a los dos primos al colegio era Clodomiro, que hacía el recorrido, con los dos niños en el asiento trasero de la camioneta Chevrolet mientras escuchaba, a todo volumen, las estridentes rancheras en una emisora que alternaba la música azteca con un programa de humor bastante flojo, pero que a él le encantaba. Estas experiencias motivaron el que Policarpo se dedicara a pulir un fino sentido del humor y llegara a detestar, al igual que su prima, la música mexicana.
La tranquilidad de Clodomiro, que casi siempre aprovechaba los viajes para llevar en el asiento del copiloto alguna de sus potenciales conquistas femeninas, terminó tres años después cuando al recorrido infantil se sumaron Kevin y Bartolo, los alborotados, inquietos y traviesos primos. Todos recuerdan la ira contenida de Clodomiro y su acompañante de turno, la empleada del servicio en casa de la vieja Dolores Murcia (aquella era una joven cuyas facciones semejaban las de una princesa chibcha, condición que reafirmaba su nombre: Arcelia Piracun y Yayo Carativa Clavijo Yupasa), el día en que Bartolo, con unas tijeras le cortó las trenzas a la pobre Arcelia, mientras Kevin las sostenía. Este episodio desbordó la paciencia de Clodomiro, que renunció ese mismo día a su trabajo, incapaz de soportar los ultrajes, las pilatunas y las bromas de los atrabiliarios mocositos. En esa época, el castigo físico más común para reprender a los hijos, era “la pela”: una azotaína con el cinturón de cuero que sostenía los pantalones del padre. La formidable pela motivada por la mutilación de las trenzas, de la cual sólo se salvó Isabel, dejó coloradas las nalgas de los inquietos muchachitos; y como siempre, los verdugones que se ganó Policarpo “por darle mal ejemplo a su hermano y a sus primos”, superaron en intensidad los de los verdaderos responsables.

Con la renuncia de Clodomiro, el transporte de los muchachitos se volvió una operación más compleja, pues Egidio contrató como chofer a Efraín (tampoco nadie recuerda su apellido, pero todos lo describen como un tipo alto, flaco y risueño, con largas y anchas patillas, espeso bigote negro recortado con esmero, colmillos recubiertos de oro y pañuelo de colorines envolviendo su cabeza como un gitano; era además muy hábil con una soga de enlazar que mantenía enrollada colgando de un ancho cinturón con chapa de cobre, y sus enormes pies iban siempre embutidos en unas negras botas puntiagudas, de media caña, con tacón cubano que aumentaba su estatura varios centímetros), y decidió que ya era hora de que sus hijos varones aprendieran a viajar en bus de servicio público; entonces, el recorrido en la camioneta quedó establecido únicamente para las niñas, pues Teresita estuvo de acuerdo en que su hijo se uniera a sus primos en el medio de transporte. Así pues, Polo quedó con la responsabilidad de acompañar, en bus de transporte público urbano, a Bartolo y a su primo hasta un paradero en la avenida Caracas, en donde transbordaban al bus escolar que los llevaría hasta el Gimnasio. Como el recorrido era tan largo, los tres niños no iban a su casa a la hora del almuerzo, sino que almorzaban en casa de “Las Varguitas”: tres vejestorios que habían sido amigas de Chana en su época de La Candelaria y que, como ella, también se habían escurrido por la escalera de las clases sociales hasta aterrizar en una pequeña casa arrendada a pocas cuadras del colegio. Por las tardes el recorrido era el inverso.

Un buen día, Kevin no fue a clases por causa del sarampión y los dos hermanos hicieron solos el recorrido hasta el colegio; de regreso, se presentó un problema de origen escatológico que llevó por primera y única vez en su vida al pacífico Polo a usar los puños en defensa de su hermanito:
“…Recuerdo que era un primer viernes de abril o mayo, y ese día, por alguna razón que ya olvidé, no tuvimos clase por la tarde y nos despacharon para las casas como a las doce del día; por supuesto, no hubo almuerzo donde Las Varguitas… Bartolo venía sentado en la última fila del bus, en donde solían acomodarse los niños de su curso; yo iba en el primer asiento al lado de Fray Daniel, que era muy deferente conmigo y daba clases de español, en segundo de bachillerato. Para entonces, yo tenía diez años, estaba en quinto de primaria, y Fray Daniel no me había dado clases todavía… Como responsable de la ruta, el cura tenía fama de ser muy estricto y manejaba la disciplina dentro del bus golpeando con una regla metálica las palmas de las manos de cualquier niño que intentase armar alboroto.
Me parece que veo el bus, pintado de anaranjado chillón, con una franja azul oscura con el nombre del Gimnasio dibujado en blanca letra gótica, con siete u ocho hileras de asientos a cada lado y la última hilera, la que llaman “de los músicos”, donde se apretujaban unos ocho o nueve compañeritos de Bartolo. En cada una de las bancas laterales cabían dos niños con sus respectivos maletines; como te dije, yo iba en la primera banca de la izquierda, del lado de la ventanilla, flanqueado por el Fraile enfundado en una sotana negra de paño con muceta blanca, que emulaba el hábito del Santo francés fundador de su orden… Todavía recuerdo el apestoso olor a ajo que transpiraba el sudoroso Fray Daniel, pues el día era muy caluroso y el sol estaba “para secar mierda en latas”, como diría Bartolo en una de sus descripciones cuartelarias…
El bus avanzaba, de sur a norte, como una tortuga anaranjada por la congestionada avenida Caracas, en la etapa final de su recorrido. Las cuatro últimas paradas sobre la reverberante calzada eran: en la calle 26, donde se bajaban los hermanos Bermúdez; en la calle 45, donde se apeaba un flacuchento bizco y con lentes como culos de botella, que estaba en quinto de bachillerato; en la calle 60, donde se quedaban los belicosos gemelos Pineda y otros cuatro niños; y en la calle 68, donde nos apeábamos nosotros para tomar el bus urbano que nos llevaba hasta su último paradero, en el barrio Las Fiestas. Desde allí, debíamos caminar unos dos kilómetros por una polvorienta carretera, hasta Santa Isabel del Lago.
El despelote comenzó cuando el bus arrancó después de dejar al flaco de bachillerato que, talvez con su presencia de mayor y su seriedad de comelibros, había mantenido contenida la reacción de los Pineda, quienes con chillona voz de acusetas empezaron a gritar al unísono: “Fray Daniel, Bartolo se hizo popó en los pantalones y ya manchó la silla…”. El Fraile saltó de su silla como un energúmeno, blandiendo la regla cual espada justiciera y avanzó por el pasillo hasta el fondo del bus; los carajetes que quedaban a bordo, saltaron hacia adelante por encima de las sillas, alejándose de mi hermano con gran aspaviento y en exagerada actitud de asco; y Bartolo, solito en la última silla, comenzó a gritar y a llorar de ira al tiempo que agarraba por la corbata a uno de los Pineda; el gemelo reaccionó dándole una cachetada al pobre Bartolo, que se revolvió gritando mi nombre pidiendo ayuda. Reconozco que la ira me cegó y de cuatro saltos alcancé al agresor y con toda la fuerza de mi cuerpo infantil le di simultáneamente una patada y un trompadón que le reventó las narices… Con cuatro gritos Fray Daniel nos paralizó a todos, impuso silencio y anunció su sentencia inapelable: “¡Los Ladrón de Guevara se bajan del bus inmediatamente, y mañana se presentan al prefecto de disciplina!”…
Cuando el bus se detuvo, por orden perentoria del iracundo Fraile, íbamos a la altura de la avenida Caracas con calle 50. Con una dignidad propia de nuestro apellido, Bartolo se sorbió los mocos y bajó las escaleras del bus al tiempo que el interior de sus zapatitos de cuero se encharcaban con la amarillenta caca que corría, en forma de incontenibles churrias, por sus piernitas; en ese momento, al que le rodaban las lágrimas era a mí… Cogidos de la mano y en silencio, emprendimos el camino a pie hasta el paradero de la avenida 68; algo más de veinte cuadras, pues al caprichoso planificador urbano encargado de la nomenclatura de ese sector se le había ocurrido repetir la calle 63, hasta completar una buena porción del alfabeto (calle 63, 63A, 63B, 63C, 63D, 63E y creo que hasta 63F). Cuando llegamos finalmente al paradero, Bartolo tenía la carita roja como un tomate, la caca se había secado por efectos del sol, y ambos sudábamos embutidos en los uniformes de grueso paño azul oscuro, con saco, camisa blanca de cuello almidonado y corbata negra, como las nubes que se empezaron a formar, alrededor de las tres de la tarde, anunciando un aguacero que se desgajó poco antes de que cogiéramos el bus que nos llevaría hasta Las Fiestas… ni para qué te cuento Eleuterio el hambre que teníamos…
Por fortuna, el interior del atestado bus mantenía tal variedad de olores en su sofocante y nauseabundo ambiente, que el olor del pobre Bartolo pasó desapercibido. El tramo final, a pie hasta la casa, en medio de una llovizna pertinaz que ablandó nuevamente la mierda acumulada en los zapatos del pobre Bartolo, que se resbaló y se cayó dos veces en el barro ensuciando calamitosamente su uniforme y por consiguiente el mío, se nos hizo eterno …
A mi mamá, casi le da un infarto cuando nos vio llegar; no recuerdo lo que dijo, pero sí lo que hizo: nos empelotó a los dos, nos paró en la alberca de cemento y con la misma manguera con que bañaba a los perros nos lavó con agua helada, nos restregó con un estropajo hasta casi despellejarnos, nos frotó con alcohol por sugerencia de la abuelita Chana, y después, con ayuda de ésta, nos hizo una fricción en la cual se gastaron dos frascos completos de Agua Florida de Murray & Lanman, para eliminar hasta el último vestigio de hediondez.

Una pela de antología que Polo, Bartolo y Kevin aún recuerdan, fue la que se ganaron (bien merecida por cierto), con una pilatuna que por fortuna no terminó, como pudo haber terminado, con un muerto y una casa ajena incendiada. Los hechos sucedieron en una finca cercana a Sasaima, que Humberto Posada, pariente lejano de Edelmira, por línea materna, le prestó a Egidio para que disfrutara la temporada navideña de 1954, con su familia, en tierra caliente. A los once miembros del clan Ladrón de Guevara Misas, se unió Poncho con su novia y su cuñado (enviado especial de la suegra para vigilar a la doncella, cuya boda no se había concretado y estaba muy lejos de consumarse). Eventualmente, durante los fines de semana acudían a la finca amigos o colegas de los dos comerciantes con quienes éstos la pasaban en grande jugando cartas; discutiendo sobre política, la mayoría a favor y unos pocos en contra de la dictadura de “Gurropín”; bañándose en la piscina; tomando cerveza o aguardiente y saboreando la deliciosa comida antioqueña que preparaba la abuela Chana.
Uno de esos fines de semana, llegó a la finca “Herodes” Garzón, un antipático odontólogo que se había convertido en el torturador de los niños, a quienes odiaba genéricamente sin distingos de raza, color o sexo, y con quienes disfrutaba (según testimonio unánime tomado cincuenta años después a los protagonistas de este episodio), hurgándoles las muelas con la fresa hasta llegar al nervio sin anestesia. El Doctor Plinio Garzón, como en realidad se llamaba el verdugo, se apareció en compañía de una sueca cuarentona, pálida, de ojos verdes desteñidos y mirada fría, recién llegada a Colombia como funcionaria de la embajada de su país, y a quien Herodes presentó como “mi señora”, con el propósito de que le permitiesen compartir un cuarto con la flacuchenta europea que desde hacía un mes se había convertido en su amante.
Como los cuartos de la casa principal estaban ocupados, los anfitriones decidieron acomodar a los aparecidos en una casita campesina, situada como a 20 metros de la casa principal al borde de un cafetal. Es importante detallar, para efectos de este relato, que la casita no tenía sanitario y para quien la ocupase, resultaba más cerca, especialmente en la noche, utilizar una letrina de madera encerrada en un cobertizo a espaldas de la casa. Por supuesto, Herodes y la sueca quedaron encantados con su alojamiento, pues les brindaba el aislamiento apropiado para practicar sus maromas de alcoba como si estuviesen en luna de miel; lejos estaban de imaginar que en breve se les convertiría en “luna de hiel”.
Todo comenzó como una venganza fríamente calculada por la retorcida mente infantil de Bartolo, a quien la flacuchenta, por cualquier motivo baladí, o sin motivo, le propinaba dolorosos coscorrones, disfrazados de caricias. El día de autos, los deliciosos fríjoles antioqueños con garra que había preparado la abuela Chana para el almuerzo, le cayeron muy pesados a “mi walquiria” (inmerecido homenaje de Herodes a su filiforme y antipática pareja), y le desencadenaron una diarrea que la mantuvo el resto de la tarde y gran parte de la noche visitando tres o cuatro veces por hora la letrina. El plan urdido por Bartolo involucraba como cómplices a su hermano y a su primo… Escondidos en el cafetal, pudieron comprobar que el tiempo promedio entre visitas de la flaca a la letrina era de aproximadamente 15 minutos; tiempo que consideraron suficiente para montar su dispositivo. El dispositivo era simple y constaba de cuatro elementos: una bomba de caucho, más conocida como “chupa” con mango de madera para destapar inodoros; un guante negro de cuero; un pedazo de alambre; y algodón.
El objetivo de los muchachos era claro: “joder a la flaca y asustarla para que se largue con Herodes de la finca”. Al caer la noche, desde su observatorio, los complotados ultimaban los detalles de su artefacto: en el extremo del mango de la chupa cortado por la mitad, ataron el guante relleno de algodón, a cuyos dedos le habían dado forma con el alambre para que pareciese una mano abierta, que debería emerger del fondo de la taza para “agarrarle el culo a esa vieja antipática”… Imagine como quiera el lector lo sucedido a las diez de la noche al interior de la letrina lo cierto es que la sueca, al salir despavorida con los calzones a media pierna y dando alaridos, antes de caer sin sentido en brazos del aterrado Herodes, tropezó con la lámpara de kerosén, que al romperse prendió fuego al cobertizo… Sofocado el incendio, desenmascarados los responsables y después de presenciar el flagelo correspondiente, Herodes alegando que su “walquiria” necesitaba atención médica, regresó a la capital y no volvió, como lo había anunciado, en los siguientes fines de semana de la temporada.

Policarpo es en la actualidad un excelente matemático y un ameno narrador; pero le cuesta poner por escrito sus relatos pues, según reconoce:
“Desde el bachillerato tengo un terrible vacío en todo lo que tiene que ver con reglas de puntuación, sintaxis y creación literaria. El culpable de mis inseguridades literarias es Fray Daniel, a quien llegué a detestar con toda mi alma y a causa de esto, por extensión, le cogí fastidio a la asignatura que nos dictaba a partir de segundo de bachillerato: Español y Literatura…”.
Creerá el lector que la aversión de Polo por el mencionado fraile tuvo su origen en el suceso del bus. Pues no. La causa verdadera del odio por Fray Daniel, fue el resultado de un abominable episodio en que se vio envuelto nuestro amigo y que por fortuna no tuvo ninguna consecuencia, aparte de la mencionada aversión por la clase de español y literatura, en el comportamiento sexual ni en la virilidad de Polo. Fray Daniel resultó ser un pederasta astuto que, como nos contó Policarpo, era muy deferente con él. Al día siguiente del diarreico episodio y cuando Polo esperaba una reprimenda del prefecto de disciplina, se sorprendió con la disculpa de Fray Daniel por haberlos bajado del bus y por haber perdido los estribos. En su bondad, Polo aceptó las explicaciones del clérigo y el asunto finalmente no tuvo mayor trascendencia. A mitad del año 53 cambiaron de Fraile en el control del bus, Fray Daniel se fue a Francia a la sede de su comunidad y regresó, en enero de 1957, como Director de Curso en el segundo año de bachillerato y como profesor de español.
“Una noche, recién llegados a Santa Isabel del Lago, la abuelita nos contó un cuento con final feliz, en el cual una rana y un sapo, deshecho el embrujo, se convirtieron en una hermosa princesa y él en un apuesto príncipe… Desde el día siguiente y por mucho tiempo nuestras excursiones al humedal tuvieron como objetivo capturar todo tipo de batracios; mi afición por los animalitos brincones se volvió casi obsesiva y me duró hasta bien entrada la adolescencia. En las vacaciones navideñas del año 56, Camilo Pérez, hijo de un comerciante amigo de mi papá, trajo del Amazonas, una enorme y voluminosa rana con unas gruesas y poderosas ancas, que hubiesen hecho las delicias de cualquier chef japonés, y me la cambió, mano a mano, por un tarro repleto de canicas de varios colores y tamaños. “Caspiroleta”, nombre que le había puesto Camilo a la rana, convirtió el solar de la casa en su hábitat y pasaba el día adormecida detrás de unas piedras y la noche cazando insectos. Con mucha maña, en las horas nocturnas de su actividad, yo la llevaba a mi cuarto y me encerraba mucho tiempo, haciendo esfuerzos por amaestrarla… Una semana antes de entrar al colegio mi paciencia como domador había dado algunos resultados y Caspiroleta saltaba a mi orden, sobre un pequeño obstáculo de madera; para lograrlo, simplemente daba una sonora palmada que la rana obedecía en el acto.
El primer día de clase, a mediados de febrero del 57, tuve la desafortunada ocurrencia de llevar a Caspiroleta al Gimnasio, metida entre una vieja caja de zapatos, para hacer a mis compañeros una demostración de sus habilidades acrobáticas. A las diez de la mañana salimos al recreo, que duraba media hora, y mis compañeros realmente gozaron con sus graciosos y obedientes saltos; diez minutos antes de que terminara el receso, la metí en su caja, la guardé en el cajón de mi pupitre, que compartía con Felipe, uno de los gemelos Pineda, y me fui a la tienda a comprar mi acostumbrado refrigerio: una Kolkana (bebida gaseosa colombiana, que por muchos años le hizo la competencia a Coca Cola) y un roscón relleno de arequipe… Cuando regresé al salón, Fray Daniel, sentado frente a un escritorio de madera, desde el cual los profesores se dirigían a sus alumnos, esperaba que sonara la campana para tomar lista del curso. Fue entonces, cuando después de abrir la gaveta del escritorio, dio una palmada en el aire para imponer silencio y… ¡Oh sorpresa, Caspiroleta saltó del interior del cajón para aterrizar en la reluciente calva del sorprendido fraile!
La escena del fraile asustado fue tan patética que todos los alumnos soltamos una carcajada, que aumentó su ira. Con voz estentórea y amenazante ordenó silencio y preguntó “¿Quién trajo ese bicho?”. Después de un pesado silencio se oyó la voz de los lambones Pineda que lanzaron su acusación en coro, a pesar de que los separaban cuatro pupitres, mientras me señalaban: “Esa rana la trajo Policarpo”. Aún recuerdo la malévola sonrisa del rubicundo fraile, que dirigiéndose a mí sentenció por entre sus amarillentos dientes: “Ladrón de Guevara, como castigo se presenta en esta aula, el próximo sábado a las dos de la tarde, para hacer un trabajo especial… y este bicho queda confiscado”…

La clase de español era diaria y siempre posterior al recreo matutino; durante toda la semana Policarpo vivió la angustia del sentenciado y no pudo concentrarse un sólo instante en las, para él, aburridas y monótonas explicaciones del profesor sobre la lengua de Cervantes. Al fin llegó al sábado y acudió dispuesto a soportar cualquier trabajo o incluso el flagelo, con tal de poner fin a su creciente incertidumbre, que se aumentaba al desconocer el paradero de su amada mascota. No nos detendremos a pormenorizar la escena que tuvo lugar al interior del aula, que el fraile había sumido en la penumbra, cerrando las pesadas cortinas por las que escasamente se filtraba la claridad plomiza de un frío y lluvioso sábado. El hecho es que valiéndose de su poder, el pervertido fraile intentó violar al aterrado Policarpo, que hoy atribuye a un milagro de su Santo protector el hecho de haber podido escapar indemne del aula para abandonar el colegio y regresar a su casa, bajo la lluvia, empapado, avergonzado y temeroso.

El episodio quedó, desde entonces, sepultado en el subconsciente de nuestro amigo, que no se atrevió a contárselo a sus padres por temor a una reacción violenta de Egidio y guardó silencio hasta que decidió contárnoslo para que fuese incluido en esta historia. Lo cierto es que durante seis meses, en los cuales siempre obtuvo un inmerecido cinco en su calificación de español, su asistencia a la clase matutina le indigestaba el roscón y le revolvía la Kolkana con la sola presencia de Fray Daniel en el aula. Pero como “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, el enfermo fraile fue sorprendido in fraganti, seis meses después mientras sodomizaba al joven ayudante del panadero del Gimnasio; para acallar el escándalo, Fray Daniel fue enviado a Francia y nunca más se supo de él. Respecto a Caspiroleta, fue transformada, no en princesa como lo hubiese soñado Policarpo, sino en pieza del Museo de Ciencias Naturales del colegio. Es posible que aún hoy en día permanezca disecada y erguida con elegante altivez, sobre un pedestal de madera con un letrero escrito a mano alzada en primorosa caligrafía, por Fray Clemente, un sabio viejecito taxidermista. La correspondiente ficha científica, a la letra dice:

RANA TORO (Leptodactylus pentadactylus)
Longitud: 22 centímetros
Hábitos: Principalmente terrestres.
Hembra adulta.
Ubicación: América central y norte de América del sur.

Es difícil, casi imposible, que un adulto normal no recuerde con nostalgia las circunstancias de tiempo, modo y lugar que rodearon su primera experiencia amorosa en la adolescencia. El primer amor de Policarpo, que como todo joven en circunstancias similares cree que será eterno, fue Carmelita Rojas, la hija de la prostituta que vivía en el barrio vecino. El 18 de mayo de 1957, sábado a las seis de la tarde para ser más exactos, los dos adolescentes, agazapados en el mamotrético armario en que la mamá de Carmelita colgaba sus coloridos y brillantes vestidos de trabajo, se hicieron novios y sellaron su amor con un tímido beso, que dejó en los labios de Polo un ligero sabor a chupeta “Charms” de limón y una sensación de éxtasis que lo transportó al quinto cielo. El episodio en sí no fue tan determinante en la vida de Policarpo como sí lo fueron las palabras de la abuela Chana, esa misma tarde, cuando el muchacho emocionado le confesó: “Abuelita ya tengo novia, se llama Carmelita y la quiero mucho, pero ¿cómo hago para que me dure?”… La abuela lo miró enternecida y le contestó: “Muy fácil mi muchachito, tenés que ser muy tierno con ella, ser muy galante con ella y nunca decirle mentiras”. Desde entonces y a lo largo de su existencia, las mujeres que han amado a Policarpo coinciden al reconocer que éste jamás les mintió, que ha sido siempre tan galante que en su compañía se sentían como princesas y que fue muy tierno.

La vida de Policarpo puede agruparse en cuatro etapas, de quince años cada una, marcadas por un episodio de profundo significado para él. En una ocasión en que una amable vendedora le ofreció un descuento especial para personas “de la tercera edad”, Policarpo, que para entonces tenía 55 años, le dijo: “Muchas gracias jovencita pero yo ya no pertenezco a la tercera edad, voy por la cuarta y dentro de 5 años empezaré la quinta; de manera que si me quiere hacer un mayor descuento, no me pondré bravo…”.

El ingreso de Polo a la segunda edad se celebró el 10 de febrero de 1958, día de Santa Escolástica y del cumpleaños de su prima Kareth (imaginará el lector de la que se salvó la quinceañera si su madre no se hubiese revelado contra las listas sacrosantas del Bristol. ¿Escolástica Ladrón de Guevara?); pues las dos familias decidieron anticipar el festejo de Polo, que cumplía el 23, y organizaron una hermosa fiesta en la cual se puso de manifiesto que la condición económica de los Ladrón de Guevara había mejorado sensiblemente. A la fiesta, organizada en el amplio salón de confecciones de la fábrica de muñecos de la abuela Chana, asistieron todos los amigos de los primos, incluyendo los del vencidario, que lucieron sus trajes domingueros, y con lo cual no se notó en ningún momento la diferencia de clases sociales. La abuela Chana, haciendo gala de una tolerancia que en sus épocas pretéritas no había tenido, aceptó sin reparos la asistencia de Clemencia Rojas, la llamativa “suegra” de su nieto; el único lunar en el festejo, en opinión de las tías solteronas, fue la actitud “descarada y atrevida de esa vagabunda” a la que le captaron miradas insinuantes y coquetas que dirigía en todo momento al Padre Llorente, quien, dicho sea de paso, había llegado al ágape bastante alicoradito y respondía a los vulgares devaneos de Clemencia, con una mirada brillante de emoción y una sonrisa bobalicona…

El estar boyantes, les permitió a los tres socios fundadores de la cooperativa del Padre Llorente afrontar el colapso cuando el curita colgó la sotana y se voló para Venezuela con todo el dinero que habían aportado los asociados. Por supuesto, el Padre Llorente, con plata y habiendo renunciado a su voto de castidad, no se fue solo; para desgracia del pobre Polo, se fugó con Clemencia Rojas, la puta, la mamá de su adorada Carmelita… La cabanga del enamorado Policarpo a raíz de la desaparición inesperada de su novia, fue apenas comparable con la decepción y el dolor cristiano que sintió la abuela Chana, por los pecados del Padre Llorente a quien había convertido en su confesor.

El sábado 28 de junio, día del Sagrado Corazón de María, con 77 años de edad, el dulce corazón de la abuela Chana se paró mientras dormía, sumiendo en el más profundo dolor a Policarpo, que lloró ocho días con sus noches hasta que “se me secaron para siempre las lágrimas”. Con la muerte de la abuela se liquidó la fábrica de muñecos, las solteronas y Teresita consiguieron empleo en el gobierno, gracias a un antiguo compañero del difunto Severiano que ocupaba un cargo importante en la Contraloría General de la Nación (era la época de “los Quíntuples”, como se conoció a los miembros de la junta militar que remplazó a Rojas Pinilla); Poncho, recién casado por fin, y Egidio, sus hermanas y su cuñada, lograron malvender las tres casas y decidieron, cada uno por su lado, regresar a Chapinero a vivir en sendas casas arrendadas. Nunca se supo qué pasó con la casa de Dolores, ni cuál fue el destino final de la antipática anciana y su par de vacas, que en su tiempo sirvieron para que los primos aprendieran a enlazar ganado bajo la experta guía de Efraín, que tenía habilidades de vaquero criollo.
Al entierro de la abuela viajó el tío Godofredo, que había enviudado dos años antes y vivía en New York completamente solo y ciego, como consecuencia del accidente en que murió su esposa. Godofredo y Policarpo establecieron desde el primer momento una maravillosa relación tío-sobrino, que se consolidaría durante varios años en la ciudad de los rascacielos.

Espera la próxima semana el Capítulo CUATRO

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