Policarpo. Capítulo – Uno

Posted on : 21-07-2010 | By : kapizan | In : Capítulo - UNO, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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San Policarpo, Obispo y Mártir, se alegró en el paraíso celestial al saber que el martes 23 de febrero de 1943, a las ocho de la noche y en luna menguante, en Santa Fé de Bogotá, nació un hermoso niño de pelo castaño, ojos negros, mentón partido y diminuta pero claramente delineada nariz aguileña, como correspondía al linaje de los hidalgos caballeros que, en 1595, habían traído al Nuevo Reino de Granada el muy noble y linajudo apellido Ladrón de Guevara. Pues bien, amigo lector, lo que queda de ese niño, la totalidad de su nombre: Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, y su cuerpo de sesentón, se agitan, por ahora, en el mar tormentoso de las deudas, con la circunstancia agravante de que el orgullo de su apellido ha quedado por el suelo, cada vez que lo pronuncian con sarcasmo los funcionarios bancarios o los abogados especializados en cobranzas. Emerenciana Misas de Ladrón de Guevara, su adorada abuela paterna, que en paz descansa, no hubiese soportado tan cruel como sutil insulto al abolengo de su venerado esposo y al ilustre apellido de sus doce hijos – ocho varones que incluían tres curas, dos militares, un abogado, un ingeniero y un contador autodidacto y comerciante, padre de Policarpo; y cuatro mujeres, dos monjas y dos solteronas -, sus ocho nietos y sus doce bisnietos. ¡Alabado sea el Señor por librarla de tan humillante oprobio!.

Emerenciana Misas Posada (Chana o Chanita Misas como la conocían todos en la alta sociedad de Yarumal) era la más bella, la más inteligente, la más piadosa y la más rica de todas las jóvenes de su época en edad de merecer. Ante la frustración de doce pretendientes que ambicionaban poseer no sólo la belleza sino la fortuna de Chanita, el beneficiario vino siendo un joven flaco, de mirada perdida y perfil aguileño, que había llegado a la cordillera antioqueña en busca de aventuras, procedente de la Costa Atlántica. Su extraño acento, su desparpajo y su simpatía lo diferenciaban por completo de los galanes paisas y desde el primer momento cautivó el corazón de Chana y obtuvo el beneplácito de sus padres, muy interesados en que su fortuna se acrecentase y su linaje se ennobleciese con el ilustre apellido del joven costeño: Ladrón de Guevara. Don Saturnino Misas se frotaba las manos mientras comentaba con sus amigos: “Los Ladrón de Guevara son hidalgos de la más pura estirpe española, la Costa Atlántica debe en gran parte su desarrollo a los antepasados de este muchacho que quiere emparentar con nosotros, y Chanita no ha sido indiferente a los simpáticos requiebros del joven Belarmino; pronto tendremos boda y pienso echar la casa por la ventana… ¡Ah! y lo mejor que tiene es que es godo hasta los tuétanos y ahora que los liberales se están alborotando necesitamos fortalecer estas alianzas”.

Para entonces, soplaban vientos de guerra que echarían al olvido el ingenuo verso de Don Rafael Núñez, otro costeño flaco y de mirada perdida: “Cesó la horrible noche”, pues la horrible noche duraría mil días y, sin que pudiese amanecer del todo, los enfrentamientos entre godos y cachiporros durarían hasta nuestros días… Pero bien amigo lector, ésta no es una obra de historia patria, sino la historia de nuestro amigo Policarpo, en la cual lo importante es cómo esa fortuna acrecentada de los Misas y los Ladrón de Guevara, se esfumó con la misma rapidez con que se diluyen las ilusiones de nuestro actual deudor amoroso.

El catolicismo exaltado, casi fanático, de los Misas de Yarumal escondía, hasta donde se puede esconder algo en este mundo en que “nada hay oculto bajo el sol”, el origen judío de este apellido del que comentaban sus amigos, en voz baja y a espaldas de Don Saturnino, después de que éste había echado una de sus acostumbradas peroratas antisemitas: “Saturnino cree que porque su papá no lo hizo circuncidar, dejó de ser judío; pero la verdad es que antes de llamarse Misas, los antepasados de este viejo eran judíos… y para salvar el pellejo aceptaron bautizarse cuando la cosa se les puso difícil con los Reyes Católicos persiguiendo moros y judíos por todos lados…” “Creanme (enfatizaba Eladio Restrepo su mejor amigo’) que antes de ponerse el muy católico apellido Misas se llamaban Damisa y eran tan judíos como Judas Iscariote…”

El primero de enero de 1897, el dinero y la hidalguía de los Misas y de los Ladrón de Guevara se fundieron en una impresionante ceremonia nupcial, oficiada por un obispo y tres curas del Seminario Mayor, importantísima institución de Yarumal, seguida de una fastuosa fiesta en la hacienda de los padres de la novia. La fecha fue escogida por ser el día de “Santa María Madre de Dios. El dulce nombre de Jesús”, como aparece y ha aparecido en forma continua a lo largo de 171 años de publicación del pintoresco almanaque de Bristol. Con esa decisión que no le fue consultada al novio, éste conoció el fervor de los Misas por el almanaque y por los productos (Agua Florida de Murray & Lanman, Jabón de Pacholí y Tricófero de Barry para “el cuidado y embellecimiento del cabello”) que desde su aparición ha promocionado el susodicho almanaque y que la novia llevó cuidadosamente empacados en una pequeña valija a su viaje de bodas en la Costa Atlántica. El buen Belarmino, cuya mirada perdida de intelectual en verdad escondía su ingenuidad, nunca se imaginó que en vez de un sólo hijo, como la Madre de Jesús, su amada Chanita le daría doce; ni mucho menos, que este capullo de matrona impondría, sin derecho a pataleo, el nombre de sus hijos con base en las sagradas listas de los Santos que publicaba el almanaque. Así pues, los tíos paternos de Policarpo fueron condenados, en única instancia, a llamarse Eulogio, Benedicto, Gaudencio, Flora, Plácido, Fausta, Godofredo, Ceferino, Lutgarda, Rosalía, Severiano y Egidio, su padre.

El viaje de bodas de la aristocrática pareja duró poco más de un año, que aprovecharon para conocer las islas del Caribe, todas las propiedades de la familia y las ciudades de la Costa Atlántica desde Riohacha hasta Panamá, que para esa época ni siquiera sospechaba que sería amputada de la geografía colombiana, pocos años después, con un garoso zarpazo del oso Roosevelt. La mayor parte del tiempo la pasaron en casa de unos parientes panameños, debido a que Emerenciana tuvo algunas molestias con su primer embarazo que el 9 de enero de 1898 desembocó, felizmente, con el nacimiento del primogénito, que llegaría a ser Monseñor Eulogio Ladrón de Guevara Misas, Obispo de Mompox. Entre los cuatro Santos del día, fue escogido San Eulogio pues tenía fama, entre las amigas de Chana, de ser más milagroso que San Julián y San Mariano; y por razones obvias, la recién llegada criatura no podría honrar la memoria de Santa Basilisa. Sin acostumbrarse del todo a la arbitraria asignación de apelativo para su hijo, pero resignado, el buen Belarmino sólo atinó a dar gracias a Dios por darle el privilegio de un hijo varón en vez de una niña, que no hubiese merecido ser castigada con el nombre de la Santa del día.

De regreso a Yarumal, Belarmino demostró que su ingenuidad no era total pues, sin prisa pero sin pausa, se dedicó en los años subsiguientes a duplicar con hábiles negocios la fortuna fusionada de las dos familias; a mantener embarazada a su prolífica consorte con una regularidad tan matemática, que entre el nacimiento del mayor y el de Egidio el menor (padre de nuestro deudor amoroso), y en un tiempo record de diez años, completó la docena de hijos (si no tuvo más, fue por problemas prostáticos que redujeron su líbido a niveles menos peligrosos); y a desdibujar su delgada figura, agregando a su contorno un promedio de diez kilos cada año, hasta adquirir el perfil de un rinoceronte con sombrero, pantalones, tirantas y zamarros, cuya mole difícilmente lograba soportar un percherón traído especialmente de los países nórdicos.

En la educación de la prole, el rol de Belarmino fue pasivo, indulgente y tierno; en cambio Doña Chana demostró la dureza de un Sargento Mayor de Infantería entrenando reclutas, en contraste con su apariencia física de Madonna inofensiva. La ternura de la abuela Chana sólo vino a desbordarse en el ocaso de su vida, con la suavidad con que se desborda un copón repleto de miel cuyo contenido sólo pudo disfrutar nuestro apreciado Policarpo, hijo mayor del menor de sus hijos.

Alguien clasificó alguna vez, de manera por demás simplista, a la humanidad en dos grandes grupos: hijueputas y gente; y agregaba que la ventaja de la gente, era que de vez en cuando podía ser hijueputa, en tanto que los hijueputas jamás serían gente. Plácido, el abogado, quinto hijo de Belarmino y Chana, sin que la Señora fuese la causa, era un perfecto hijueputa. Bajo una máscara de facciones delicadas y hermosas, que envidiaban sus cuatro hermanas (las poco agraciadas solteronas y las dos monjas), escondía la esencia de su personalidad: desleal, deshonesto, descarado, destructivo y marica.

La obra maestra de su perversidad fue haberse apoderado truculentamente, con manipulaciones al testamento de Belarmino (fallecido de apoplejía en 1927), de la herencia de su madre y sus once hermanos; con lo cual en menos de dos años los Ladrón de Guevara, al menos la rama que emparentó con los Misas, pasaron de la opulencia y la ostentosa condición de blasonados, a la muy triste situación de nobles venidos a menos. No vale la pena reconstruir la miserable historia de Plácido; bástenos saber que con la bolsa repleta con el dinero arrebatado a su familia, huyó del país rumbo a Europa en compañía de su amante: un juez venal, cómplice de su felonía, que terminó apuñalándolo en una sórdida escena de celos.

Lo único que se salvó de las sucias maniobras de Plácido, fue el viejo caserón de Yarumal en que se había criado la docena de hijos de Doña Chana, y las joyas personales de la viuda, de las cuales vivió cuatro años hasta que se vio forzada a vender la casona y viajar a Bogotá en compañía de sus hijas solteras, para vivir arrimadas en casa de Doña Rosalba Posada, tía materna de Chana, aristocrática anciana que al morir heredó su propiedad del tradicional Barrio La Candelaria a sus sobrinos.

A la sazón, los curas, los militares y las monjas de la familia tenían resuelto el problema de subsistencia; no así Godofredo, el séptimo de la lista, quien con el producto de la venta de un collar obsequiado por su madre, viajó a Barranquilla y se embarcó rumbo a los Estados Unidos de Norteamérica en donde se radicó definitivamente, se convirtió en ingeniero y jugó un papel muy importante en la vida de Policarpo. A los 17 años Egidio, el menor de los hermanos, por recomendación de Eulogio, el cura, y con la bendición de su madre, ingresó al Seminario Mayor de Yarumal, más por razones prácticas de sustento que por vocación auténtica. La fragilidad de su vocación se puso en evidencia, cuando conoció a Josefina, una prostituta de formas voluptuosas que trastornó su mente juvenil y le hizo abandonar la sotana; con ella vivió un amor tormentoso que duró exactamente tres meses y tres días, cuando la muy puta lo abandonó para irse con un agente viajero que la deslumbró con una camioneta en la que transportaba el muestrario de sus mercancías. Sin ánimo y sin ganas de volver al seminario, no le quedó más opción que viajar a Bogotá para aumentar la carga de Doña Chana que era doble: capotear la pobreza y disimularla.

Doña Rosalba era una viuda sin hijos y sin dinero, que subsistía gracias a una magra pensión del gobierno heredada de su difunto esposo, presunto héroe conservador de la guerra de los mil días; sin embargo, la viuda había desarrollado un profundo conocimiento y un manejo impresionante del arte de aparentar, hasta el punto de que era reconocida en las altas esferas sociales, no sólo como una mujer de abolengo sino como propietaria de una inmensa fortuna, que según decía le administraba la Banca Suiza. Sus frecuentes viajes al viejo continente para atender sus asuntos, no eran más que una farsa que la vieja hacía creíble encerrándose, hasta por seis meses, en un convento escondido en un pueblecillo de la Sabana, en el cual pasaba los días entre rezando y tejiendo en crochet, en frivolité o en punto noruego, preciosas carpetas y cubiertas para los muebles que “traía de Europa ” a sus amigas, “como un detallito que encontré en Bélgica en un almacencito primoroso en Brujas y me pareció que se vería divino cubriendo tu canapé inglés…”; y urdiendo una trama perfectamente coherente y creíble de lo que había sido su viaje. En menos de dos meses y bajo la experta orientación de la tía Rosalba, tanto Chana como Flora y Lutgarda, ya para entonces un tanto quedaditas, se convirtieron en hábiles simuladoras de opulencia animadas, especialmente las poco agraciadas hermanas, por la esperanza de que San Antonio les hiciese el milagro, enviándoles un galán buen mozo, elegante, con pergaminos… y rico.

La sordera del atareado Santo comenzaba a producir estragos en las ilusiones de las dos hermanas; entonces, llegó el joven seminarista despechado que fue recibido no sólo como el hijo pródigo, sino como una luz de esperanza para que con su hermosura varonil, su inteligencia y su mirada ensoñadora lograse conquistar a una cualquiera (“la que sea pero con apellidos y con plata” clamaban al unísono las cuatro mujeres) del ramillete de jóvenes casaderas de la alta sociedad capitalina. El único inconveniente con el cual tropezaron las cuatro casamenteras, fue la actitud reticente de Egidio para establecer cualquier tipo de relación formal con cualquier espécimen del sexo opuesto; debida talvez a las secuelas dejadas en su frágil corazón por el aputarachado y breve romance que vivió con Josefina. De nada valieron las insinuaciones, los consejos y la infinidad de encuentros orquestados por la tía Rosalba y sus cómplices, para encontrarle pareja apropiada (léase con pergaminos y plata, sin que valiesen para nada la apariencia física o la personalidad de la candidata)al paupérrimo joven.

A diferencia de su madre, sus hermanas y la tía Rosalba, Egidio no mostraba el menor interés por la nobleza y la prosapia de su apellido, y se burlaba de sus maniobras por aparentar lo que alguna vez había sido y ya no era. En una ocasión, en que encontró a sus dos hermanas elaborando un árbol genealógico, les dijo: “No sigan hurgando en el pasado, pues de pronto comienzan a aparecer las tataraputas y los tatarapícaros de la familia”. El comentario que las solteronas consideraron procaz e injusto, le valió que le retirasen la palabra durante seis meses. El aislamiento, primero de sus hermanas y después de su propia madre y la tía Rosalba, se volvió insoportable para Egidio, quien decidió comenzar a buscar un empleo que le permitiese independizarse. Quiso la fortuna que en poco tiempo lograse, gracias a su simpatía, a su facilidad de expresión y a la amplia cultura general adquirida en el seminario, conseguir un puesto como vendedor de mostrador en una inmensa cacharrería situada en el centro de la capital.

Cuando Flora y Lutgarda comenzaban a tomar conciencia de que su destino era el más aburrido celibato, a descubrir su imposibilidad para despertar cualquier tipo de pasión en los caballeros casaderos de la época y Egidio, a los 32 años de edad, se perfilaba como un solterón, sucedió un milagro: Edelmira Urrutia Vélez, una preciosa joven de 20 años, se convirtió en la novia oficial de su escurridizo hermano. Las cuatro conspiradoras de antaño, ofrecieron una novena de gratitud a San Antonio y se dedicaron a especular sobre el futuro de Egidio, convencidas de que el último varón de la familia emparentaría con la única heredera de Don Celestino Urrutia; de quien se aseguraba en los círculos que frecuentaba la tía Rosalba, “está forrado en oro”. Lo que todas ignoraban era que el pobre viejo estaba totalmente quebrado y su esposa Doña Concepción Vélez, otra señorona de la más rancia aristocracia antioqueña, superaba con creces a Doña Rosalba en el arte de aparentar. Paradójicamente, las matronas de las dos familias estaban convencidas de que si ese noviazgo llegaba a boda, recuperarían la fortuna que la vida les había arrebatado. También ignoraban que desde que se conocieron Edelmira y Egidio, ambos estaban hartos de ser objeto de las manipulaciones de sus engreídas familias para buscarles pareja con apellidos y plata; y compartían su actitud burlona respecto a una nobleza apolillada y marchita que resultaba totalmente anacrónica y ridícula en pleno siglo XX.

En aras de la verdad, es importante aclarar que la relación entre Egidio y Edelmira fue, desde el comienzo, totalmente ajena a los intereses mundanos de sus respectivas familias; pues desde que se conocieron en la Biblioteca Nacional, el hecho de que ambos estuviesen buscando el mismo libro, sirvió para que se rompiese el hielo, comenzasen a descubrirse los intereses intelectuales comunes y después, frente a una taza de café, se prendiese la llama de un amor auténtico. El noviazgo, que se formalizó sin contar con la participación de las casamenteras de ambos bandos, fue sencillo en términos de que estuvo totalmente desprovisto de la parafernalia, la hipocresía y la manipulación de que hubiesen sido objeto los dos jóvenes, si Doña Rosalba y sus cómplices o Doña Concepción y sus amigas, hubiesen participado en las etapas preliminares del idilio. Por ello, cuando Egidio presentó a su novia, se limitó a notificar su decisión de contraer matrimonio; incluso se tomó la libertad de anunciar la fecha: Mayo 25. Corría el año de 1942.

Edelmira por su parte, la noche en que Egidio pidió su mano, frenó los alocados impulsos de Doña Concepción que llegó a insinuar la posibilidad de hipotecar la casa para financiar los festejos de la boda “que van a ser de ensoñación, pues tenemos que descrestar a todos los invitados, que van a ser muchos; al fin y al cabo la que se va a casar es ni más ni menos que la única heredera de Celestino Urrutia…”. La respuesta de la joven fue contundente: “Bájese de esa nube mamacita, que yo me voy a casar con Egidio porque lo amo y no por sus apellidos, y con lo que usted propone terminaré convertida en heredera de una deuda impagable”.

Finalmente, la pareja contrajo matrimonio en la parroquia de Usaquén en una ceremonia sencilla, el 13 de junio a las seis de la mañana. El cambio de fecha fue la única concesión que hizo Egidio a su madre y a sus hermanas que le pidieron, ignorantes aún del lamentable estado financiero de los Urrutia, que la boda se realizase el día de San Antonio de Padua, a quien siguieron atribuyendo el milagro de que su hermano no se quedase solterón, con la esperanza de que el Santo, agradecido por este homenaje, les hiciese a ellas el correspondiente favor. Después de la celebración religiosa, oficiada por Monseñor Eulogio Ladrón de Guevara Misas, de un brindis en la sacristía y de un desayuno en casa de los Urrutia, los jóvenes desposados partieron en viaje de bodas a Girardot; único lugar de clima cálido al alcance de los precarios ahorros de Egidio, conseguidos con esfuerzo en dos años detrás del mostrador de la cacharrería y como correspondía a la valerosa pareja, que prefirió asumir la realidad de su pobreza y descender, por lo menos tres peldaños, desde el estratosférico nivel de la escala social en que pretendía mantenerlos su fatua y encopetada parentela.

A regañadientes, Doña Rosalba aceptó ser madrina de boda de la pareja, en lo que consideraba “una celebración de tercera que no se compadece con la dignidad de los Misas, los Posada, los Ladrón de Guevara, ni mucho menos con la alcurnia y la fortuna de los Urrutia…”; este comentario dio pauta a Egidio para aterrizar a su familia en la dolorosa realidad financiera de su futuro suegro. La noticia produjo una taquicardia auténtica a Doña Rosalba, sumió a las dos solteronas en la más honda depresión y a Doña Chana le produjo un remezón interno que serviría, poco después, para que a partir de profundas reflexiones comenzara, inspirada en el ejemplo de Egidio y su nuera, a aceptar su nueva condición de recién llegada a la doliente y trabajadora clase media.

Mientras la parejita disfrutaba a plenitud su modesto viaje de bodas, la tía Rosalba anunció a sus amistades la intención de “darme una vueltica por Europa para revisar mis asuntos y ver en qué forma les puedo ayudar a mis ahijados; pues cómo les parece que los Urrutia están en la más absoluta inopia… Pero lo tenían muy bien disimulado ¿Qué tal ¡Ah!?” La verdadera sorpresa se presentó un mes más tarde, pues el entramado de mentiras que había urdido hábilmente la tía Rosalba se desplomó con una jugada de la parca: infarto fulminante.

Mientras asistía al rezo de maitines en la capilla del convento, la pobre señora se fue de este mundo, simulando piedad y con una camándula en las manos… amanecía el viernes 26 de julio de 1942 día de San Joaquín y Santa Ana, Padres de la Santísima Virgen María, San Olimpo y Santa Bartolomea, a cuyos espíritus las monjitas y el capellán del convento encomendaron su alma. Como podrá imaginar el lector, el desenmascaramiento póstumo de la tramadora matrona produjo un revuelo inusitado en los selectos círculos de la sociedad capitalina, y por mucho tiempo los Ladrón de Guevara Misas fueron la comidilla en reuniones sociales y en los costureros de “piadosas” beatas ricachonas.

El año 43 comenzó con cambios significativos en la vida de los Ladrón de Guevara Misas y los Urrutia: Don Celestino murió de cáncer en el estómago desencadenado, tal vez, por la presión de sus acreedores, y al poco tiempo Doña Concepción le siguió en el camino a la eternidad, por causas que nunca pudieron aclararse y que sus “amigas” del costurero atribuían a un suicidio con barbitúricos, pues “la pobre Concepción no pudo soportar la vergüenza de ver a su hija casada con un pobretón como su marido”; Chana, sus dos hijas y Egidio se convirtieron, de la noche a la mañana, en herederos de la casona de la Candelaria, cargada de antiguallas, una que otra pieza valiosa y un fantasma -¿el espíritu de Rosalba?-, cuya presencia atormentaría a los nuevos ricos que la adquirieron con la intención de escalar socialmente los mismos peldaños por los cuales descendieron las tres mujeres; por su parte, la joven pareja comenzó a vivir la plenitud de su amor, al tiempo que aprendía el arte de “saltar matones”, desarrollado por el pueblo para sortear los apuros económicos de toda familia recién creada, especialmente cuando el primer embarazo anuncia que el número de bocas por alimentar se aumentará en pocos meses.

Como “la necesidad es la madre de la industria” según reza el viejo aforismo, Doña Chana y las dos solteronas decidieron emplear el dinero, obtenido con la venta de la casona, en la creación de una pequeña fábrica de muñecos de peluche, que instalaron en una vieja casa alquilada en el mucho menos distinguido Barrio Egipto. Egidio, con los conocimientos y la experiencia adquiridos como vendedor de la cacharrería, se sintió capacitado para convertirse en agente viajero y distribuidor de mercancías para una dispersa clientela de cacharreros en los principales municipios de Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes; para el efecto, se asoció con Alfonso Duque (joven antioqueño nacido en el Santuario que se había convertido en su mejor amigo y que como él, era vendedor en la cacharrería del centro). Poncho, como le decían todos a su nuevo socio, aportó una destartalada camioneta Ford que había pertenecido a su padre, y Egidio aportó 700 pesos, parte que le correspondió de la venta de la casa de la tía Rosalba. Consciente de que su apellido completo podría ser interpretado (como llegaría a comprobarlo con los años) en forma suspicaz por sus clientes, acordó con Poncho que la nueva empresa comercial se registraría como “L. De Guevara & Duque Ltda.”, nombre que recorrería las tortuosas y polvorientas carreteras de la época, pintado en letras azules que se destacaban sobre el amarillento color en que se había convertido el blanco original de la camioneta.

El 23 de febrero, como ya lo indicamos, el primogénito de Egidio Ladrón de Guevara y Edelmira Urrutia, cometió la imprudencia de irrumpir en este mundo, mes y medio antes de tiempo, provocando malintencionados comentarios de las viejas del costurero, que se ejemplifican con el emitido por Doña Sinforosa Santander – supuesta descendiente del hombre de las leyes –: “A la pobre Chana le cayó la desgracia: no sólo su tía Rosalba se le murió pobre y no rica como todas creíamos, sino que le dejó ese vejestorio de casa que no vale mayor cosa y le tocó volverse costurera; y de feria, su nuera como que se comió la torta antes de la fiesta, pues resultó con muchachito mucho antes de tiempo”.

Después de este breve recorrido por los antepasados cercanos de Policarpo, es hora de que empecemos a contar, tan fieles a la verdad como sea posible, la historia de nuestro personaje.

Espera la próxima semana el Capítulo DOS

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