Policarpo. Historia de un Deudor Amoroso – Prefacio

Posted on : 13-07-2010 | By : kapizan | In : Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso, Prefacio

1

“El dinero es el excremento del diablo
Pero resulta excelente para abonar
Las buenas obras en nombre del Señor”.
Párroco Anónimo

“No podemos decir a los acreedores que nos perdonen,
como perdonamos nosotros a nuestros deudores,
Porque un acreedor no es perfecto
Como nuestro Padre que está en los cielos”.
Miguel de Unamuno


En el año 171 de publicación continua del pintoresco almanaque de Bristol (2003, para las personas poco interesadas en las fases de la luna o en el Santoral), el martes 10 de septiembre, a las cuatro de la tarde para ser exactos, Policarpo se sirvió la vigésima taza de café negro del día, encendió su trigésimo cigarrillo y se arrellanó en el sillón de su estudio, dispuesto a despachar la poco agradable tarea de elaborar la lista de todos sus acreedores, a quienes esperaba calmar al día siguiente con la distribución, hasta el último centavo, de su mesada pensional: 1.771 dólares exactos. Cantidad que al tipo de cambio de la fecha (2990 pesos colombianos por dólar) representaba 5.295.290 pesos, ingreso que muchos asalariados envidiaban, pero que para Policarpo estaba siendo cada vez más insuficiente. Cuando iba por mitad de la lista, que elaboraba en un cuaderno cuadriculado, le interrumpió Luz Angélica, su esposa, para anunciarle mientras le entregaba el teléfono inalámbrico: “Polo, te llama Olga del Banco Nacional, dice que es muy urgente…”

El que la llamada fuese de carácter urgente preocupó a Policarpo, y su preocupación se aproximó al pánico cuando la voz sensual de la funcionaria se dirigió a él, con el tono que suelen emplear las maestras escolares para reprender a sus estudiantes, llamándolo, por primera vez en varios años, por su apellido, en vez de llamarlo don Policarpo como acostumbraba hacerlo regular y amablemente.

Con un nudo en la garganta y una extraña sensación en el estómago, el pobre hombre escuchó las palabras burlonas y despectivas de Olga que lo pusieron en guardia pues, aún después de colgar, retumbaban en sus oídos: “Señor Ladrón de Guevara, lamento notificarle que su cuenta ha sido castigada y por eso no podremos efectuar la transacción en dólares con su cheque, pues la auditoria interna y las regulaciones del banco lo imposibilitan a usted como sujeto de crédito o como sujeto comercial…En este momento usted, como codeudor del Señor Gustavo Salcedo, tiene una obligación pendiente con el banco por ocho millones quinientos treinta mil pesos…”.

Como dicen que les pasa a quienes han tenido una experiencia en el umbral de la muerte y han cruzado el túnel hasta llegar a la luz para efectuar un recuento instantáneo de sus vidas antes de retornar, en la mayoría de los casos a regañadientes, con el propósito de concluir su ciclo vital en este valle de lágrimas, la azarosa relación de Policarpo con el dinero, y con las deudas, se proyectó en su mente con la nitidez de una película grabada en el más sofisticado equipo de DVD.

Después de la “película”, el acosado deudor pensó que lo mejor para calmarse sería encender su pipa curva “de reflexión”; para el efecto, inició el ritual de pasar un escobillón a lo largo de la boquilla para limpiarla, raspar la bien curada cazoleta con la patinada cucharilla del atacador, y quitar la tapa de madera, con esponjilla en el centro, del humidificador de porcelana inglesa que había pertenecido a su tío Godofredo y guardaba en un cofre que también había heredado del viejo… Para comprobar, con cierta amargura, que en el fondo sólo quedaba un ripio de picadura reseca y sin aroma, que no alcanzaría para una tacada de su cachimba. Sin más opción, terminó recurriendo a otra taza doble de café negro y a un cigarrillo adicional… “Ya vendrán tiempos mejores – pensó con optimismo -, y podré darme otra vez el lujo de comprarme un buen tarro de picadura fina… por ahora, hay otras prioridades”.

Superado el impacto inicial, después de tres o cuatro procacidades justificadas y con la mente un tanto más serena, consultó su inseparable Bristol, verificó que esa noche sería plenilunio (tiempo propicio para la reflexión), se encomendó a San Nicolás de Tolentino siguiendo la pía costumbre, inculcada por su abuela, de invocar en todo trance la protección del Santo del día, cuya lista también aparecía en el Bristol, y se dijo mentalmente algo que aprendió en la conferencia televisiva de un gurú oriental y repetía con frecuencia: “Toda situación, por adversa y terrible que parezca, tiene escondido un bien oculto”.

Tratando de dilucidar cuál sería el bien que ocultaba el hecho de que el banco lo pusiese entre la espada y la pared, Policarpo descubrió que talvez ésta era la oportunidad para que su amigo y confidente Eleuterio, el escritor, quien conocía con pelos y señales la mayoría de sus venturas y sus desventuras, crease una novela basándose en la historia de su vida, y relatando las angustias económicas que le habían acosado en los últimos años, particularmente desde que, una vez pensionado, había abandonado la actividad académica para crear su propia empresa y comenzado, quince años antes, un lento recorrido por la senda espiritual, tratando de orientar todas sus acciones inspirado en el amor. Por ello, se había proclamado como un deudor amoroso (a-moroso) y no moroso, como lo calificaban los bancos y lo evidenciaba su vergonzante inclusión en la terrorífica base de datos del sistema de control financiero SIS DATA que, con un simple click y sin respetar el sagrado derecho a la defensa, descalificaba a cualquier ciudadano honesto como sujeto de crédito para convertirlo en sujeto de descrédito.
Mientras esperaba que el reloj de su estudio marcase las 12:02 (Hora señalada en el Bristol para el plenilunio total), Policarpo encendió un velón rosado, el color apropiado para ese día, según lo recomendado por el gurú, y una varita de incienso, apuró otra taza de café y se sumergió en el caudal de sus pensamientos… Concluyó que septiembre era un mes históricamente aciago; bastaba recordar que en una nefasta noche septembrina, los conspiradores palaciegos casi nos dejan sin libertador; que el primero de septiembre de 1939 los alemanes invadieron Polonia, con lo cual estalló la Segunda Guerra Mundial; o que, en un septiembre que la prensa calificó como negro, murieron los rehenes israelitas que participaban en las olimpiadas de Munich; y sin ir más lejos, fue el 11 de septiembre del año 2001 cuando los terroristas de Osama Ben Laden, hirieron el orgullo gringo pulverizando las simbólicas torres de New York. Ahora, en su pequeño mundo, y precisamente en septiembre sus precarias finanzas se veían gravemente amenazadas por la inesperada decisión bancaria.

A las 12:00 y dispuesto a practicar una de las técnicas de meditación que había aprendido en los programas del gurú oriental, decidió rezar antes un Padrenuestro, con el texto que le enseñó su abuela; único que consideraba válido, pues en su opinión, algún burócrata del Banco Vaticano había influido en su Santidad para que cambiase las muy cristianas palabras: “…Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…”, por la menos específica fórmula: “…Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”, con lo cual habían dado pauta para el surgimiento de prácticas tan absurdas como la de crear engendros del corte de SIS DATA, especie de prisión cibernética para la dignidad, en la cual era muy fácil que tu nombre quedara enjaulado, y de la cual era casi imposible salir sin estigmas que te acompañarían por el resto de tu existencia.

Cuando el gallo del vecino cantó por tercera vez, coincidiendo con el acto de perdonar de todo corazón, según la nueva fórmula del Padrenuestro, lo que consideraba una ofensa de Olga por el tratamiento desdeñoso del cual le había hecho objeto; Policarpo creyó ver una posibilidad de solución para su problema inmediato, costosa sí, pero al fin y al cabo una solución; y otra, que en poco tiempo seguramente resolvería sus problemas financieros de por vida. Entonces, más sosegado y completamente insomne, esperó la luz del día y se encaminó con su baúl de recuerdos en la mente y con la ilusión de que su amigo escribiese una obra magistral que se hiciese famosa…

La euforia invadió su espíritu y mientras avanzaba por las callejuelas del pueblo su imaginación hacía cuentas: “Si se venden 100.000 ejemplares de la obra a $20.000, y el editor nos reconoce el 10% como regalías, tendremos doscientos millones, mitad para Eleuterio y mitad para mí; pero como la obra va a ser muy famosa, nada raro sería que logremos vender en tres años los 500.000 ejemplares que ha vendido Rosario Tijeras y eso sin contar con que nos puede pasar lo mismo que al joven escritor, al que ya le tradujeron su obra a ocho idiomas, se lo van a traducir al inglés y le propusieron hacer una película… ¿por qué no?… Al fin de cuentas, Leo (como acostumbraba decirle a su amigo Eleuterio) escribe muy bien y todo lo que tiene que hacer es poner en orden lo que sabe de mí y lo que voy a contarle, tomarse una que otra licencia literaria y producir lo más rápido posible un buen libro… ¿por qué no? … si casos se han visto”. Polo en su ingenuidad, estaba sobrevalorando las aptitudes literarias de su amigo, quien en realidad escribía bastante bien, llevaba varios años trabajando en una novela cuyos manuscritos había compartido con Policarpo y eventualmente publicaba cuentos razonablemente buenos y algunos poemas no tan buenos, en un periódico mensual que se distribuía en forma gratuita en cuatro municipios de la Sabana de Bogotá.

Así pues, el sempiterno soñador, con el grave problema bancario diluido en las pompas de jabón de sus ilusiones, llegó sonriente y dispuesto a inyectar a su amigo una sobredosis de entusiasmo. Tres horas después, frente a una vieja máquina Rémington heredada de su abuelo y que se negaba a reemplazar por un moderno computador, Eleuterio tecleó el título de la obra que los convertiría en ricos y famosos.

Espera la próxima semana el Capítulo UNO

Un comentario

Quiero compartir la grata impresión que tuve al leer la excelente novela, “Policarpo. Historia de un Deudor Amoroso”, escrita por El Capi Francisco Javier Gómez Cadavid.
La compré en “Lulu.com”, sistema que vende libros online y los despacha en forma rápida y segura, correcta y profesionalmente impresos. La leí de un tirón; como suelo hacerlo con las buenas novelas. Es una historia coherente, variada, llena de gracia y anécdotas, muchas de la vida militar.
En un lenguaje plano, fácil de entender; sin malabarismos idiomáticos, pero muy bien escrita, resalta los valores esenciales del ser humano, la bondad, el amor por la familia, la amistad, la lealtad a los principios personales que guían y dan sentido a la vida. Donde el dinero no es la medida de las personas ni de su realización; sino un medio para ayudarle a los demás en la solución inmediata de los problemas que, como el autor lo dice: “Saltaban matones todos los días”, “abriendo un hueco para tapar otro”.
Al leerla recordé a don Simeón Torrentes y a otras buenas novelas sobre el mismo tema, como Papá Goriot, donde la pobreza económica no es más que un estilo de vida, y las deudas se adquieren por servirles a los demás.
Graciosa sobremanera, está saturada de sabios dichos, muy bien traídos, como ese de que “No tenía otro palo para ahorcarse”, y frases de autores famosos, llenas de sabiduría, como Anthony de Melo, cuando nos recuerda que, “Los tres enemigos de la felicidad son los apegos, las creencias y los miedos”.
En esta novela no hay violencia ni sexo pornográfico. Es una excelente sátira a la sociedad capitalista, a todas sus prácticas y a todas sus mañas. Muy bien tratado, el tema religioso; y sus representantes, curas y monjas. Y también, las modernas sectas engatusadoras. Erudita en muchos aspectos históricos, y didáctica en cuanto a las finanzas personales. Nos enseña el manejo de la pensión y de cómo se hunde una pequeña empresa, por causa de la corrupción política.
Es la vida nuestra, de los últimos cien años; que nos pertenecen a todos; pues en ellos vivieron nuestros abuelos, hemos vivido nosotros y los viven nuestros hijos y algunos nietos. Tal vez, por esto, me gustó tanto.
El final, espectacular, es producto de la magistral estructura de la novela. Al terminar el libro, después de habernos hecho reír muchas veces, termina uno apreciando a Policarpo, y entendiendo el subtítulo, un deudor amoroso; pues casi todas sus afugias eran la expresión de sus afectos, dando con cada angustia económica un paso más en el camino hacia el cielo. Le auguro mucho éxito literario a Pacho Gómez. Me siento orgulloso de contarme entre sus amigos.

Mario Bahamón Dussán

Dejar comentario

Gathacol.net