Punto de Quiebre – Capítulo I

Posted on : 06-02-2012 | By : kapizan | In : Capítulo I - Braulio, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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I
BRAULIO

Managua, sábado 10 de junio de 1978

A las nueve de la noche, después de una ducha refrescante, Braulio se puso un pantalón azul oscuro de algodón, unos mocasines negros de cuero y una guayabera blanca de lino que había comprado tres días antes en Panamá en la última escala de su viaje a Managua. A las nueve y media se encaminó al edificio principal del campus, en donde le habían asignado un cubículo como oficina temporal, y pidió una llamada a Boston para hablar con su esposa. La voz de Elizabeth, al otro lado de la línea, le pareció distante y fría, como un reflejo de lo que había sido su relación en los tres últimos años: insulsa, monótona y aburrida.

Después de colgar, se dijo para sus adentros que su relación con Liz era un desastre y que la idea de ambos de que esa separación temporal serviría para mejorarla, no tenía visos de funcionar; si bien es cierto que en la noche anterior a su viaje les pareció que la pasión de los primeros años se había revivido, el tono de voz y la frialdad de Liz denotaban un regreso a la rutina que suele preceder a las crisis matrimoniales. Todo había comenzado con el último embarazo frustrado, que a él le había afectado profundamente. Molesto por los resultados de su bien intencionado esfuerzo de aproximación, se quitó la argolla matrimonial, la guardó en una gaveta del escritorio y salió de su oficina.
Poco después, más calmado y sin ningún sentimiento de culpa, tomó las llaves del vehículo que habían puesto a su disposición y emprendió, con cierta pícara alegría, la aventura que estaba fraguando desde que la noche anterior, en compañía de algunos colegas, había quedado deslumbrado con la belleza, la sensualidad y la calidad artística de Adriana Harrison; una escultural y exótica vedette que daba realce, con su melodiosa voz, al show de media noche en el night club Atlantis, el más concurrido de la capital nicaragüense.

Según lo previsto, Braulio pasaría todo el verano como profesor de mercadeo en el Programa de Alta Gerencia que anualmente organizaba, para ejecutivos de grandes compañías, el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (INCAE)(1) – prestigiosa escuela de negocios, auspiciada por la Universidad de Harvard ―. El hecho de que a sus 34 años fuese un candidato doctoral en Harvard, perfectamente bicultural y bilingüe, unido a su experiencia como profesor adjunto en la misma, habían sido credenciales suficientes para que el director académico de INCAE le ofreciese un contrato como profesor durante los dos meses del programa de alta gerencia. Su intención era complementar el tiempo y los ingresos como consultor de estrategia empresarial, con una importante empresa comercial nicaragüense.

Mientras conducía el Chevrolet Malibú Classic de cuatro puertas que le habían asignado en INCAE, y lo enrumbaba por la carretera sur, pensó que era una suerte que el Atlantis estuviese a escasos ocho kilómetros de la entrada al campus, sobre el costado derecho de la vía que conducía hacía el norte hasta el sector de lo que había sido el centro de la capital ― completamente destruido por el devastador terremoto de 1972 ―, y hacia el sur hasta la ciudad de Rivas y la frontera con Costa Rica a escasos 150 kilómetros de Managua. Era una suerte, pues en los tres días que había pasado en la ciudad, si es que a Managua todavía se le podía decir ciudad, le había sorprendido que ésta no tuviese nomenclatura y las direcciones se daban en una forma que difícilmente podía descifrar un extranjero; algo tan folclórico como “mi casa queda de donde fue el arbolito dos cuadras al lago, una abajo y otra a la montaña”.
Como buen profesor de estrategia empresarial, había estado rumiando tácticas para abordar a la preciosa mujer de misteriosos e insondables ojos grises, que le habían capturado desde que sus miradas se cruzaron, por un instante, cuando se levantó para aplaudir la soberbia interpretación de Summer Dance, una alegre canción en inglés – que según anunció el maestro de ceremonias había sido compuesta por Adriana con música del desaparecido maestro Lissandro Moreira ―, acompañada por una impresionante coreografía ejecutada por seis parejas de bailarines, con máscaras blancas, que prácticamente volaban en medio de una escenografía que simulaba la playa en una noche estrellada y sin luna.
Al volante del confortable automóvil, Braulio se sentía alegre y excitado como un adolescente que acude a su primera cita, al tiempo que tarareaba el estribillo de la conocida canción popular “Managua Nicaragua donde yo me enamoré…”, pensaba que su profesor de estrategia tenía toda la razón cuando afirmaba que en la elaboración de cualquier plan, las probabilidades de éxito aumentaban considerablemente cuando se tenía claro el objetivo; y su objetivo, según la teoría, reunía los tres requisitos básicos: era claro, factible y medible; y las cosas se habían dado con sorprendente facilidad desde que se había puesto en acción al atardecer de ese caluroso sábado de junio de 1978.

(1) N de A: Desde finales de los años noventa, el INCAE es conocido como “INCAE BUSSINES SCHOOL”

 

***

Esa mañana, un Mercedes Benz había conducido a Braulio hasta la sede de la empresa comercial que había solicitado sus servicios como consultor, para asesorar a la gerencia en el diseño de una estrategia de expansión que tenían prevista para los próximos tres años. Después de recorrer, en el centro comercial Camino de Oriente, las instalaciones del primer almacén de lo que pretendía ser una cadena de distribución al detalle por departamentos, había sido invitado por Aníbal Argüello, fundador y gerente general de Casa Comercial Argüello, a un opíparo almuerzo en el restaurante “Los Ranchos”, en donde pudo comprobar que se servía el mejor churrasco de América Latina ― exceptuando talvez, y Braulio no estaba muy seguro, el churrasco Argentino ―. Aníbal, un hombre alegre, dinámico y extrovertido, resultó un estupendo anfitrión que escogió un espléndido borgoña para acompañar las carnes, y ofreció como aperitivo un delicioso “Ron Flor de Caña Oro”, servido con hielo y un chorrito de agua en vasos de whisky. Después de los postres y el café, Aníbal ofreció unos puros nicaragüenses de exquisito aroma, que Braulio apreció como excelente fumador que era; posteriormente le condujo, dentro del mismo edificio rústico del famoso restaurante a un pequeño y acogedor bar, situado al fondo, que llevaba el sugestivo nombre de “Las Leyendas”.

Instalados en unas bajas pero cómodas butacas en torno a una pequeña mesa redonda, Aníbal y Braulio pasaron el resto de la tarde en una agradable e intrascendente conversación, en la cual se puso de manifiesto que entre el empresario y su consultor podría surgir una amistad, pues desde el principio hubo empatía y Braulio disfrutó la amena charla del nicaragüense, que demostró poseer un inagotable repertorio de anécdotas sobre la vida en Managua, antes, durante y después del terremoto, combinada con una interesante y erudita exposición sobre la historia del país, que fascinó a Braulio.
Cuando quiso explorar la opinión de Aníbal sobre la situación política del país, éste recorrió la vista por las mesas del local, bajó la voz y prácticamente al oído le murmuró: “El tema es muy importante, pero dejémoslo para hablarlo luego, pues el flaco que está sentado cerca al piano con esa rubia, es el general Baltodano, un hijo de la gran puta de quien te hablaré más adelante. La chela ― en ese momento Braulio aprendió que en el lenguaje popular nicaragüense a los rubios se les dice cheles o chelas ― que lo acompaña es una bailarina del Atlantis…”. Aníbal recuperó el volumen normal de su voz y la conversación regresó a su cauce anterior, en el cual los dos hombres parecían un par de amigos de confianza pasando la tarde del sábado al calor de unos tragos.

Como a las cinco de la tarde hubo un pequeño revuelo en el bar cuando un oficial de la Guardia Nacional, uniformado y con rango de capitán, irrumpió en el bar, se dirigió directamente a la mesa del general Baltodano, que vestía de civil con guayabera de color crema y pantalón café, y le dijo unas palabras al oído. A continuación, se cuadró, hizo el saludo militar, dio media vuelta y salió haciendo retumbar las botas altas sobre el piso del local. Baltodano se levantó, le dijo al bartender con el mismo tono con que se hubiese podido dirigir a un recluta: “me voy, cargue todo a mi cuenta”. Cuando pronunció estas palabras, de la mesa contigua se levantaron cuatro mastodontes cuyas guayaberas difícilmente ocultaban el bulto de sendas pistolas Colt calibre 45 de dotación, y sin ningún reato, sacaron de debajo de la mesa cuatro subametralladoras Uzi, se colocaron alrededor del general y éste, rodeado por su guardia pretoriana, salió de “Las Leyendas” como lo hubiese hecho Calígula al salir del circo romano, no sin antes mirar inquisidoramente a Braulio, como preguntándose “¿de dónde coños salió éste jodido?”. Por su parte, la rubia no pudo ocultar su admiración por el aspecto viril, elegante y atractivo que observó en el profesor, a quien dedicó una coqueta y sugestiva sonrisa a espaldas de Baltodano.

Cuando el general salió de “Las Leyendas”, escoltado por sus gorilas, Aníbal ordenó la segunda media botella de ron de la tarde, esperó que el mesero les sirviese el primer trago, y ofreció un puro a Braulio, que lo declinó amablemente y prefirió encender un cigarrillo. Aníbal aspiró con delectación el puro, lanzó unas volutas hacia el techo y como si hubiese adivinado los pensamientos de Braulio, le dijo:
― Es apenas lógico que Baltodano te haya mirado con curiosidad, pues vos no sólo sos extranjero sino bastante notorio, y él como jefe de seguridad de Somoza debe estarse preguntando quién sos vos y que hacés charlando conmigo…

Aníbal hizo una pausa para beber un sorbo de ron y continuó con una clara explicación sobre la gravedad de la situación política en Nicaragua, especialmente en los últimos meses desde el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, director del diario “La Prensa” y principal opositor del gobierno. Según Aníbal, se rumoraba que la muerte de Chamorro había sido ordenada por “el Chigüín” – hijo menor de Anastasio Somoza – a sus espaldas, para silenciar al periodista.
Días antes, Chamorro había publicado una serie de informes que se hicieron famosos, bajo el nombre de “Crónicas del Vampiro”, por denunciar las aberrantes actividades de Plasmaféresis, empresa muy rentable, que procesaba en Managua el plasma y lo exportaba a los Estados Unidos. El hijo del dictador era socio de un cubano en esta oscura operación que consistía en comprar a indigentes, borrachines y drogadictos su propia sangre, pagando a éstos pobres infelices 35 córdobas (5 dólares), por litro del líquido vital. Era frecuente que estos desdichados vendieran la sangre con una frecuencia inferior a la recomendable para recuperar la cantidad traficada y varios habían muerto. La exposición documentada de éstos hechos ante la opinión nacional e internacional, deterioró significativamente la imagen del dictador que permitía a su hijo enriquecerse a costa del dolor, el sufrimiento y la ignominia de su propio pueblo. Para los opositores del régimen, el motivo del asesinato era obvio.
El magnicidio había tenido tal repercusión a nivel mundial, que podría representar el comienzo del fin de la dictadura, pues no sólo había despertado la ira de muchos sectores de la sociedad ― especialmente de los empresarios privados que no tenían negocios con la familia Somoza ―, sino que había ocasionado el repudio de los gringos y de la mayoría de países latinoamericanos. Le contó también, que en los últimos meses él y otros empresarios eran vigilados por la Guardia Nacional por ser amigos o haber sido vistos en compañía de Alfonso Robelo, un líder empresarial que estaba organizando un movimiento antisomocista. A partir de julio de ese año, el movimiento de Robelo sería parte fundamental en el llamado Frente Amplio de Oposición, que unido a los Sandinistas, terminaría por derrocar al dictador Centroamericano.
Por un buen rato evaluaron preliminarmente las implicaciones que podría tener la situación política del país, para la estrategia de expansión de la empresa de Argüello. En este sentido, Aníbal se mostró pragmático y le dio a entender a Braulio que una de sus intenciones al contratarle como consultor, era que le ayudase a preparar opciones para los dos escenarios posibles: que Somoza fuese derrocado por los Sandinistas o que lograse sofocar la insurrección y mantenerse en el poder.

Como a las seis de la tarde, los dos hombres se despidieron y Aníbal invitó a su consultor a un almuerzo al día siguiente en su casa a orillas de la laguna de Jiloá, “para que tengás la oportunidad de probar la comida típica nicaragüense, y de conocer a mis hijas y a unos amigos de confianza… te sugiero que llegués temprano, tipo diez de la mañana para que podás gozar de un buen baño en la laguna o de practicar navegación a vela, buceo o esquí acuático…”

De regreso al INCAE, en el mismo Mercedes que le había recogido por la mañana, Braulio se dirigió al sector del campus en que se alineaban unas cincuenta casitas de dos pisos con tejas de barro, que normalmente servían de alojamiento a los estudiantes casados del programa de Master en Administración de Empresas (MAE), que había concluido quince días antes. Las mismas viviendas serían utilizadas para alojar a los cerca de cien participantes extranjeros que tomarían el programa de alta gerencia, así como a los profesores invitados. En la zona de parqueo pudo darse cuenta de que algunos estudiantes guatemaltecos, salvadoreños y costarricenses, a juzgar por las placas de sus vehículos, habían llegado con alguna anticipación, pues el programa se inauguraría el lunes a las ocho de la mañana. Algunas luces de las casitas estaban encendidas y el ambiente comenzaba a cobrar vida.
En la casa que le habían asignado encontró a Fernando (Nando) Jaramillo Pacheco, un colombiano, también candidato al DBA (Doctor of Bussines Administration) quien desde hacía un año, era profesor adjunto de finanzas en INCAE, área en la cual trabajaba en su tesis doctoral. Nando y Braulio eran excelentes amigos desde su juventud en New York, en donde habían jugado juntos en el mismo equipo de baloncesto.
Braulio era hijo de Emilio Rivadeneira, un multimillonario banquero ecuatoriano y Amélie Francisconi, una afamada escultora argentina de ascendencia franco italiana. Sus padres se habían divorciado cuando Braulio tenía 15 años, y desde entonces, vivía con su madre y su hermana Ofelia en un lujoso apartamento de Manhattan. Nando y su hermana Elizabeth, eran hijos de Jesús María Jaramillo, un colombiano que junto con su esposa, Sofía Pacheco, administraba un pequeño restaurante de comida típica colombiana en el Distrito de Queens.
Ambos amigos, tenían la nacionalidad estadounidense y cuando los Estados Unidos se involucraron de lleno en la guerra de Vietnam, Nando, a la sazón, teniente de infantería en Fort Bragg, fue destinado al frente. Por su parte, Braulio se enroló en los Cuerpos de Paz, gracias a las influencias de un senador amigo de su padre, y fue enviado a Colombia, como integrante del programa Alianza para el Progreso, en donde trabajó con comunidades indígenas del departamento del Cauca. A su regreso de Vietnam, Nando se retiró del Ejército por la misma época en que Braulio volvió de Colombia, para terminar estudios de economía en la Universidad de New York.
En la primavera de 1969, los dos amigos consiguieron ser aceptados en el programa de master de Harvard, Elizabeth inició estudios de Bellas Artes en Boston University y se convirtió en la novia de Braulio de quien había estado enamorada siempre. Terminada la maestría, en el verano de 1971, Braulio de 28 años y Elizabeth de 20, aún estudiante en mitad de carrera, culminaron su romance con una elegante boda, financiada por el padre del novio, y con Nando y Ofelia como padrinos.

***

Braulio que en los primeros meses de su matrimonio con Elizabeth había sido fiel, se había dejado tentar cada vez más por las oportunidades de flirtear durante sus viajes profesionales fuera de Boston; y ahora, que su matrimonio pasaba por una crisis, no veía inconveniente en tener una aventura como la que estaba fraguando con la vedette del Atlantis. Por ello, se alegró de encontrar a su cuñado que preparaba unas hamburguesas mientras saboreaba una cerveza Victoria. Animado por los rones de la tarde le dijo:
― Hola Nando, que bueno que estás cocinando, prepara para los dos, pues ese roncito ya me tiene con hambre…
― Te veo contento cuñado y con ganas de seguir la parranda, si quieres esta noche…
― Esta noche no Nando ― le interrumpió rápidamente Braulio ―, pues ya le puse el ojo desde ayer a la cantante del Atlantis y pienso conquistarla esta noche,
― ¡Apunta alto mi cuñado! – Replicó Nando sonriente mientras lo miraba apreciativamente – La Harrison es una mujer hermosa, pero según me han dicho nadie en Managua, ni siquiera el general Baltodano, con todo su poder, ha logrado llevarla a la cama… ― Cuando Nando mencionó al general, Braulio se envaró e interrumpió a su amigo:
― Hoy en la tarde coincidimos con el general en “Las Leyendas”. No me gustó para nada el aspecto mefistofélico de ese tipo y mucho menos la forma en que me miró al salir. Me inspiró desconfianza y miedo.
― Tienes razón, ese Baltodano no sólo tiene cara de Mefistófeles, es un maldito demonio y maneja un grupo de salvajes torturadores a los que se les han muerto muchas de sus víctimas, y después las arrojan como carroña en la que llaman “Cuesta del Plomo” – comentó Nando y agregó con tono preventivo: ― Date cuenta del riesgo que corres de despertar las iras de ese canalla si te llegaras a enredar con la Harrison; en fin, según cuentan, ella es una mujer amable que acepta una invitación a la mesa y departe con los clientes, siempre y cuando estén dispuestos a invitarla a una botella de champaña y ella sólo consume “Viuda de Clicquot”… Claro que si yo fuera la Harrison, preferiría un tipo con una pinta como la tuya al antipático general.

Mientras comían las hamburguesas, Nando aprovechó para instruir a su amigo sobre como aumentar sus probabilidades de éxito en el Atlantis, del cual era cliente consuetudinario. El dueño era Simón Camargo, un marica peruano y viejo que cuidaba a su vedette como si fuese una hija; por ello, para invitarla a una mesa era indispensable que él diese la autorización, y nunca por más de dos horas que transcurrían entre el show central de media noche y las presentaciones que ésta hacía cantando y acompañándose con la guitarra. Para invitar a una cualquiera de las bailarinas, bastaba hablar con Felipe el jefe de meseros a quien nunca le caía mal una buena propina; claro que lo más fácil era invitar a una de las muchas busconas de razonable calidad y presencia, que solían encontrarse jugando en las mesas de Black Jack o en las máquinas traga monedas. En caso de conquista exitosa, en la carretera a León, cinco kilómetros al oeste de la carretera sur, se encontraban tres o cuatro moteles cómodos y muy bien dotados. En caso de que insistiese en su propósito de invitar a la Harrison, le sugería que al hablar con Simón se presentase como amigo del colombiano de INCAE. La botella de Veuve Clicquot costaba quinientos córdobas, es decir algo más de 70 dólares norteamericanos, al tipo de cambio de la fecha: siete córdobas por un dólar.

El Atlantis era una construcción sin ninguna pretensión de magnificencia arquitectónica. Construido e inaugurado seis meses después del terremoto, se había convertido en el lugar preferido de esparcimiento para los estratos altos de la sociedad nicaragüense y de los turistas que acudían a Managua atraídos por la morbosa propaganda turística del gobierno, que promovía recorridos por el desaparecido down town para “apreciar las ruinas de la capital”, y no se iban del país sin echar una cana al aire en el afamado night club.
El sitio era un galpón cuadrangular de 3000 metros cuadrados de área – 300 de largo por 100 de ancho ―, con paredes de ladrillo recubiertas de estuco y con techo de láminas de asbesto que se sostenía por fuertes vigas de concreto. Los ambientes estaban separados por arcos de madera decorados con figuras geométricas. En el vestíbulo, había dos roperos atendidos por amables y pulcramente uniformados conserjes que recibían estolas y capas livianas de las damas que acudían en las frescas noches, vestidas de largo y escoltadas por caballeros que, según la etiqueta tropical, lucían esmoquin blanco o finas guayaberas de lino con diagramas bordados en hilo de seda. Allí, con mucha discreción los hombres entregaban sus armas después de someterse a una rápida pero eficiente revisión. A continuación del vestíbulo, un zaguán de 30 metros de largo daba acceso, a mano derecha, al salón de máquinas tragamonedas, juegos de ruleta y black jack, y a mano izquierda, a un salón reservado con una mesa para sesiones privadas de póquer. Al final del zaguán se entraba de lleno al amplio salón que ocupaba tres cuartas partes del edificio, y que constaba de dos lustrosas barras de caoba, con 16 butacas altas de espaldar corto forradas en cuero, que giraban en los 360 grados y con una bien surtida provisión de cervezas, vinos y licores nacionales e internacionales. Dos altos y atléticos negros vestidos de etiqueta, atendían las respectivas barras.
La magia del Atlantis radicaba en su decoración interior de la cual Simón, su propietario, como buen marica, era artífice. Las barras reproducían la apariencia del bar en un exclusivo club inglés de los años 20. El piso de mármol, las mesas, los manteles, los candelabros y los floreros solitarios, siempre con rosas rojas, parecían sacados de un salón de baile europeo de la misma época. Las mesas que ocupaban las dos terceras partes del salón, dejaban espacio para una pista de baile que se extendía hasta la tarima de la orquesta, detrás de la cual se levantaba, a metro y medio del suelo, el escenario cubierto por un pesado telón rojo de terciopelo, con piso de tablas y con tramoyas que permitían cambios rápidos de escenografía dependiendo del show central. Las presentaciones de Adriana – los jueves, viernes y sábados ―, se hacían por fuera del telón cuando cantaba acompañándose por la guitarra, y sus actuaciones, cuando le acompañaban los bailarines, variaban cada noche y cada semana en su escenografía, su iluminación y sus coreografías.
Detrás del escenario y en el último tramo del enorme edificio había siete camerinos, de los cuales el central, con baño privado y cama individual, era el asignado a la vedette. En el extremo derecho del sector de camerinos, Simón había construido su apartamento privado, que había decorado con exquisitez y era el lugar que solía compartir con su joven amante de turno. En la parte posterior y frente a un patio adoquinado de unos 40 metros de ancho, había tres puertas: a la derecha, la que daba acceso al apartamento de Simón; la del centro, por la cual se entraba al camerino de Adriana; y la de la izquierda, que era utilizada por el resto de los bailarines. El patio, usado como estacionamiento privado para el dueño y los bailarines, estaba conectado por dos estrechas calzadas a lado y lado del edificio que comunicaban con el parqueadero principal, situado frente al local en un espacio aproximado de 1000 metros cuadrados, sobre el borde de la carretera sur. El parqueadero se iluminaba con faroles de hierro forjado, que evocaban los parques europeos de los años locos, del periodo entre las dos guerras mundiales del siglo XX.
El Atlantis no tenía servicio de restaurante; sin embargo, Simón había hecho un favorable convenio con los dos mejores restaurantes de la época: “El Lobster’s Inn”, especializado en mariscos; y “Los Ranchos” en carnes. Situados sobre la carretera sur, a pocos kilómetros de distancia del Atlantis, ambos favorecían la rapidez del servicio con el apoyo de cuatro motocicletas provistas de gavetas térmicas, que daban un promedio de veinte minutos desde el pedido hasta que el plato llegaba a la mesa del cliente. En el extremo lateral derecho de la barra, del mismo lado del local, había una pequeña cabina comunicada por una ventanilla en donde los motociclistas entregaban los pedidos que eran directamente recibidos por los meseros, quienes al igual que los barmen lucían traje de etiqueta blanco. Felipe, el mâitre, se distinguía de los camareros por su traje de etiqueta rojo oscuro y corbatín del mismo color.

***

Al ingresar al salón principal, con casi todas las mesas ocupadas, Braulio echó una rápida ojeada al local y al observar que un obeso personaje de reluciente calva, enfundado en un traje de seda de color azul rey, camisa celeste y corbata rosada, hablaba con el negro que atendía la barra del costado izquierdo, supuso que era el dueño y se encaminó a una de las butacas. Antes de que tuviese tiempo de pedir un trago, fue abordado por el calvo del traje azul, quien le tendió la mano y con voz amable y meliflua le dijo:
― Bienvenido profesor, anoche lo vi en la mesa de los catedráticos de INCAE y por lo visto le gustó el Atlantis… Espero que hoy se divierta mucho, yo soy Simón, el dueño de este paraíso – agregó con una amplia y coqueta sonrisa – permítame que le invite a un cóctel de bienvenida por cuenta de la casa, le fascinará, la receta es mía y por supuesto es secreta, lo he llamado “Embrujo”. Alcanzará a saborearlo mientras empieza la presentación de Adriana a las once – después de mirarlo con inocultable admiración y antes de que Braulio respondiera, le preguntó: ¿Vino solo profesor o espera a alguien?
― Gracias por el cóctel – contestó Braulio cortésmente sin dar a su voz ninguna entonación que pudiese ser malinterpretada por el marica y agregó –: si, vine solo y con la exclusiva intención de apreciar el arte de su vedette, que me dejó sorprendido anoche con sus interpretaciones en inglés y en francés; tiene una voz increíble. A propósito, me han informado que para invitarla a una mesa necesito su autorización… ¿es posible invitarla esta noche?
Simón suspiró, blanqueó los ojos mirando hacía arriba, extendió sus manos regordetas en señal de desconsuelo y dijo con voz compungida:
― Lamentablemente hoy no es posible profesor, pues Adrianita es muy solicitada y esta noche se le anticipó un personaje muy importante del gobierno… Pero si usted desea, con muchísimo gusto le reservo un encuentro con Adriana para el próximo jueves. De todas maneras, para que no esté solo, puedo presentarle a Lorena, una rubia preciosa, muy inteligente y muy culta… El profesor colombiano de INCAE puede darle referencias de ella. Ese colombiano es un encanto, supongo que usted lo conoce…
Tratando de ocultar su frustración, que no escapó a la astuta mirada de Simón, Braulio dijo:
― Gracias por su oferta Simón, esperemos como transcurre la noche y quizá más adelante puedo invitar a Lorena. Es una lástima que el jueves no pueda venir pues estaré ocupado, talvez el viernes en la noche o el sábado, y en ese caso le llamaría por teléfono para que me reserve el privilegio…― Simón miró el reloj, lanzó una breve exclamación y dijo:
― Que pena profesor pero Adriana actúa dentro de quince minutos y debo darle algunas indicaciones, con permiso… ― Dio media vuelta y atravesó el salón repartiendo apresurados saludos a sus clientes y se encaminó a los camerinos, pavoneándose por entre las mesas.

A las once en punto se apagaron las luces del local, un potente reflector enfocó el extremo izquierdo del telón y la orquesta interpretó una cortina musical a cuyo ritmo salió a escena la vedette, que suscitó un nutrido aplauso mientras se desplazaba hasta el centro, seguida por la luz del reflector que arrancaba destellos al aderezo de plata y al hermoso traje largo de lamé verde esmeralda, con escote profundo que envolvía el imponente y majestuoso cuerpo de Adriana. Un maestro de ceremonias anunció que la artista interpretaría en esa primera presentación de la noche, dos canciones que en su época había hecho famosas la inolvidable Edith Piaff: Non, je ne regrette rien y A quoi ça sert l’amour; y que finalizaría su intervención interpretando su propia versión en español de Hasta Siempre, la canción con la cual había obtenido el primer puesto en el concurso New Talents, realizado por una conocida cadena de televisión londinense en 1974, como autora de la letra y con la música del recientemente fallecido maestro angloportugués Lissandro Moreira…
A espaldas de la barra, de pie y con una emoción creciente, Braulio siguió la magistral actuación de Adriana con la mirada fija en el escenario… Al finalizar la canción que la joven había creado, sintió un estremecimiento cuando ésta le miró directamente a los ojos y vocalizó, con voz sensual y profundo sentimiento, las últimas palabras de su emotiva canción: … No temas no es un adiós. No temas no es una canción sólo son las cenizas eternas, de las alas del amor… ¡Hasta siempre! ¡Hasta siempre! ¡Hasta siempre!

Terminada la ovación que mereció Adriana, se encendieron las luces y Braulio se dio vuelta para pedir un trago; se percató entonces de que en la silla de al lado se había sentado una joven rubia, a quien reconoció como la acompañante de Baltodano esa tarde en “Las Leyendas”. La rubia se giró levemente hacia él con su rostro iluminado por una cálida sonrisa y sin más, como suelen hacer las personas que comparten una barra, le comentó:
― Es maravillosa la voz de Adriana, ¿no le parece? – Braulio le devolvió la sonrisa y dijo:
― Sí, es estupenda, esa mujer tiene mucho talento y veo que el público la adora…
― Yo también la adoro – coincidió con entusiasmo la rubia y agregó ―, no sólo eso, además somos muy amigas desde hace dos años, cuando trabajamos juntas en el Ballet Folclórico de Nicaragua. Después de una presentación que hicimos en el Teatro Rubén Darío, Simón, el dueño del Atlantis, quedó fascinado con la voz de Adriana y con la forma en que Juanito y yo bailamos; entonces, nos ofreció a los tres un contrato para montar los espectáculos del Atlantis. A Juanito y a mí, nos verá actuando más tarde en el show de media noche. A propósito, ayer le ví en la mesa de los profesores de INCAE y esta tarde lo volví a ver en “Las Leyendas”, ¿no me recuerda? – antes de que Braulio respondiera le tendió la mano y le dijo: ― me llamo Lorena y si me lo permite, le ofrezco mi amistad.
A Braulio le pareció una afortunada coincidencia que la rubia fuese amiga de Adriana, pues eso podría facilitar una aproximación a la vedette; sin embargo, le intrigaba su vinculación con Baltodano. Estrechó la mano de la joven y le dijo:
― Gracias Lorena, acepto tu ofrecimiento y espero que lleguemos a ser buenos amigos. Anoche, por las máscaras que llevaban los bailarines no te reconocí, pero si recuerdo que te ví esta tarde con el general Baltodano – Braulio hizo una pausa y en tono de confidencia le dijo: ― si vamos a ser amigos, me gustaría saber que tipo de relación tienes con el general… ― Lorena soltó una breve carcajada y dijo:
― Por fortuna ninguna, a ese cerdo no creo que lo quiera ni su propia madre, y para estar con una mujer, no le queda más remedio que pagar por ella o valerse de su poder. En mi caso, le he acompañado a algunos sitios como parte de lo que podríamos llamar campaña de relaciones públicas de Simón con un cliente, a quien le teme y con quien no quisiera tener ningún problema. A Baltodano le encanta que le vean en compañía de mujeres jóvenes y bonitas… Por mi parte, yo me acuesto únicamente con quien quiero y cuando quiero y acostarme con Baltodano es talvez lo último que desearía hacer en esta vida; me limito a cumplir instrucciones de mi jefe y tomo esos ratos en su compañía, como la única parte desagradable de mi trabajo… ¡Hablando del diablo y éste aparece! – exclamó Lorena en voz baja, mientras señalaba con disimulo hacia la
entrada por donde en ese momento ingresaba el general acompañado por un hombre de edad mediana con grandes orejas y cara ratoncillesca y una fea pero elegante dama, seguidos, sin ninguna ostentación de armas, por uno de sus escoltas que le acompañó hasta una de las mesas, frente al escenario. El gorila se colocó discretamente en un extremo del mismo y se sentó en una silla dispuesta de espaldas a la orquesta, desde donde podía observar a su protegido y mantener vigilado el salón.
― En realidad, el show de media noche empieza a la una – dijo Lorena mirando directamente a Braulio con sus ojos azules de niña inocentemente pícara y le sugirió ―: probemos suerte en la ruleta pues dispongo de casi hora y media antes de mi presentación y no quiero verle la cara al general… Por hoy he tenido suficiente de su engreída charla…
― No me gusta el juego – replicó Braulio sonriente ― tampoco me gusta el general; preferiría aprovechar el tiempo hablando contigo y creo que podemos hacerlo ignorando la presencia del chafarote. ¿Qué deseas tomar? – preguntó Braulio ante el gesto de aceptación de la rubia.
― Una copa de vino blanco con soda, pues debo estar muy lúcida para el show. – Braulio ordenó el vino para Lorena y un martíni seco para él…
Lorena Benítez resultó una sorpresa para Braulio que, como suelen hacer muchos hombres, la había prejuzgado cuando la vio en compañía de Baltodano, como un figurín de cara bonita y cuerpo espectacular, pero sin seso. Resultó ser, en cambio, una interlocutora inteligente, interesante y con un delicioso sentido del humor. Le contó entre muchas otras cosas que en los últimos meses había salido varias veces con su amigo Nando, al cual se refería como “un hombre encantador y todo un caballero”, con quien había establecido una hermosa amistad. Reconoció que había comenzado a enamorarse de Nando pero que éste la había puesto a pensar mucho al explicarle sus conceptos sobre el amor.

El show de media noche, con seis parejas de bailarines en una impresionante coreografía que evocaba los años cincuenta, bailando mambo, y con dos intervenciones de Adriana cantando boleros en español fue estupendo. Para rematar el espectáculo, Adriana sorprendió al público y al mismo Simón cuando al compás de los primeros acordes del tango Ojos Negros, salió a escena Juanito ataviado con un frac, se aproximó con elegancia a la vedette, le ofreció el brazo y juntos comenzaron a bailar demostrando una variedad de pasos y figuras, ejecutados hábilmente, en una improvisación que nunca antes se había visto en el escenario del Atlantis y mostró al público una faceta hasta entonces desconocida de la artista. El tango emocionó intensamente a Braulio cuya madre le había inculcado una verdadera pasión por la mundialmente famosa música rioplatense y le había enseñado a bailar con verdadera maestría tango y milonga. A Braulio le pareció que la mayor parte del tiempo, Adriana le miraba y le sonreía y notó que durante toda su presentación no dirigió ni una sola vez su mirada hacia la mesa de Baltodano, que compartía con sus invitados quienes, según le explicó el negro de la barra, eran el director del Banco Central de Nicaragua y su esposa. La cuarta silla en la mesa de Baltodano permanecía vacía, y Braulio sintió un desagradable presentimiento, que se confirmó diez minutos después de concluido el show, cuando el general se puso de pie y retiró la silla para que Adriana se sentara. Al punto, un camarero se acercó, extrajo una botella de Veuve Clicquot de una hielera de plata, le mostró la etiqueta a Baltodano que dio su aprobación con una leve inclinación de cabeza y con maestría la destapó con el ¡plop! característico. Mortificado por el hecho de que el acompañante de la exótica mujer con la que había anhelado departir esa noche fuese el despreciable general, se bebió de un trago el tercer martini de la noche, pagó la cuenta y se largó enfurruñado.

***

En los años setenta, la Laguna de Jiloá se había convertido en uno de los balnearios de moda en Managua. La construcción de un club náutico en una de sus orillas, había contribuido a incrementar el flujo de turistas locales y extranjeros aficionados a los deportes acuáticos. A su alrededor, algunos nicaragüenses acaudalados habían construido hermosas casas campestres, en las cuales solían pasar los fines de semana y las temporadas de vacaciones dedicados a disfrutar del idílico paraje practicando la navegación a vela o el esquí acuático.
Aníbal Argüello tenía allí su vivienda permanente desde que seis años antes había fallecido Josefina, su esposa, en un absurdo accidente automovilístico. El empresario había construido, a pocos metros de la casa, una pequeña capilla en cuyo interior erigió un sobrio mausoleo en el que depositó los restos de Josefina “para que el espíritu de su mamá nos acompañe”, les había dicho a María José y a Maribel, sus dos únicas hijas.
María José, a los 22 años era una joven madura, reflexiva pero romántica y sensible. Había heredado el cabello negro y lacio de su padre y los ojos verdes de su madre; según Aníbal era “la primera dama” y como tal se encargaba de ser la anfitriona en su casa y de manejar las relaciones públicas de la Casa Comercial. Estudiaba el último año de administración de empresas en la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua) y tenía planeado para después de graduarse trabajar cinco años como asistente de Aníbal en el manejo de la proyectada cadena de almacenes, para después ingresar al programa de MAE en INCAE que duraba dos años. Mantenía una relación sentimental seria con un joven abogado, nieto del mejor amigo de su abuelo paterno y a la sazón encargado de manejar los aspectos legales de Casa Comercial Argüello. Cuando Aníbal le comentó a Braulio los proyectos de su hija mayor, éste le había dicho: “Tienes una gran ventaja con el interés de tu hija por asumir algún día el control del negocio. Son escasas las empresas pequeñas y medianas de tipo familiar que tienen tan claramente definida la sucesión empresarial…”.
Su hermana menor era una inquieta, simpática y alocada pero adorable muchacha, sin cuya existencia Aníbal no hubiese podido soportar el duro golpe que significó la pérdida de su esposa, ni la difícil tarea de ser padre y madre de sus hijas. Con 20 años recién cumplidos, Maribel era una pelirroja de enormes y expresivos ojos cafés, sombreados por unas largas y encrespadas pestañas que aumentaban la picardía casi permanente de su mirada. Bastante precoz, pasional y creativa, enmascaraba su espíritu rebelde en un carácter alegre, burlón y extrovertido. En Nicaragua, país de lagos, volcanes y poetas, ella había decidido que una vez concluyese la secundaria se dedicaría a estudiar música pues soñaba con ser compositora y poeta. Cuando tenía 14 años, conoció a Maximiliano, un joven revolucionario, seis años mayor que ella, se enamoró perdidamente y le dijo a María José: “Con ese chavalo o me caso o me mato”. Esa misma noche escribió cuatro poemas eróticos y se los entregó a Max al día siguiente. Cuatro años después logró conquistar a Maximiliano, para lo cual se volvió Sandinista, primero como estrategia amorosa, pero después de todo corazón. Eventualmente había servido como correo clandestino de los insurgentes y soñaba con participar al lado de su novio en algún operativo de verdad. Obviamente, ni su padre ni su hermana tenían conocimiento de las actividades secretas de Maribel; pues si bien es cierto que Aníbal era antisomocista y para la época simpatizaba con “los muchachos”, como le decían a los jóvenes guerrilleros, hubiese enloquecido al enterarse de las peligrosas andanzas de su muchachita.

Ese domingo María José, posesionada de su papel como anfitriona, se levantó a las seis de la mañana, nadó una hora en la laguna, tomó un desayuno ligero e impartió instrucciones a Ninfa – voluminosa y maternal negra de la Costa Atlántica que había sido la nana de las dos hermanas y se encargaba de la cocina ―, para que preparara los platos típicos con los cuales María José quería impresionar al profesor de Harvard cuya amistad le convenía pues tenía el propósito de que éste la asesorara en la preparación de su tesis de grado que había denominado “Estrategias Implícitas de Mercadeo en Pequeñas Empresas Comerciales y de Servicios”. Optó por seguir la sugerencia de Ninfa y ofrecer como plato principal “Caballo Bayo” – delicia de la cocina nicaragüense, a base de arroz blanco, frijoles molidos con crema casera, carne de res cocida y deshilachada, queso frito, plátano maduro y tortillas de maíz cocidas en comal, que se sirve en una mesa larga ―; y para acompañar las bebidas una gran variedad de “bocas” – pequeños entremeses ―, en cuya preparación, Ninfa era una experta.
Braulio fue el primero en llegar. Había recorrido el tramo de la carretera sur y los 8 kilómetros de la carretera a León hasta tomar el desvío que lo conduciría a Jiloá, guiándose por un croquis que le había elaborado Nando y al volante del flamante Audi último modelo que su amigo había adquirido recientemente y que generosamente le había cedido para que “el placer de conducir esta nave, te quite el mal sabor de tu frustrada aventura en el Atlantis y para que no te jodan en los retenes de la Guardia pues tiene placas de MI (Misión Internacional) y hasta ahora estos cabrones las respetan…”. En efecto, en su recorrido Braulio encontró un retén en la intersección de la carretera hacia León y otro en el desvío hacia la Laguna. En ambos fue tratado con amabilidad y forzada cortesía. No le pidieron documentos ni le inspeccionaron el automóvil.
En una pequeña plazoleta contigua a la casa que servía como estacionamiento, fue recibido por Aníbal y María José que lo condujeron a un pequeño kiosco, rodeado de palmeras a escasos 20 metros de la orilla de la laguna volcánica desde donde se apreciaba el exuberante paisaje de esta rareza natural. Provistos de una deliciosa cerveza helada, Aníbal aprovechó que estaban solos para mencionar el asunto de la tesis de su hija. Braulio, elogió el tema escogido por la joven, señalando que estaba dentro de su especialidad y ofreciéndose gustoso para ayudarle en lo que ésta requiriese. Media hora después apareció Maribel en traje de baño y con el rojo cabello todavía húmedo después de haber nadado un rato; y al observar a Braulio, expresó con mucho desparpajo su admiración por “la pinta de galán que tiene tu amigo”. En ese momento llegaron dos automóviles. Del primero, un Mercedes Benz deportivo, se bajó una pareja de mediana edad, que Braulio supuso eran los amigos de confianza que Aníbal había ofrecido presentarle; del otro, un Honda Civic, se bajaron un joven alto y muy apuesto y una hermosa mujer de elegante porte, que cubría su espesa cabellera negra con una pava blanca de paja y ocultaba la mirada bajo unas enormes gafas de sol. El joven rodeo tiernamente su cintura con un brazo y ambos avanzaron sonrientes hacia el kiosco…
Mientras se aproximaban, Braulio alcanzó a escuchar que Maribel le decía a su hermana, con tono de ira reprimida: “¡Mierda, no vino!”. Aníbal, por su parte le comentó a Braulio: “Los que llegaron en el Mercedes son Vicente Arce, mi primo hermano y María Teresa su esposa”…Braulio, sorprendido con los ojos grises que brillaron, en todo su esplendor, cuando la joven de la pava se quitó las gafas, se giró intrigado hacia Aníbal, y le preguntó:
― ¿Quiénes son los jóvenes del Honda?
― Él es el abogado de la empresa, y ella, la profesora de guitarra de mis hijas.

14 Comentarios

Me encanta comenzar a leer esta historia ya conocidade parte tuya,verla enaplabras escritas me emociona abrazos.
Mafecillal

Gracias mi querida Mafecilla por tu comentario sobre esta novela cuyo trasfondo conoces. Espero que disfrutes la versión escrita.
Cordial Abrazo

Me cautiban las detalladas descripciones y el simutaneo empalme, de los personajes, con los lugares y el independiente desarrollo, de cada uno de sus interesantes y suspensivos roles. Se nota la extrema sensibilidad que tienes como escritor, que con la tinta dibuja en las letras la novela de una realidad. ¡¡¡Muchas gracias!!!

Apreciada Ángela: Gracias por tus estimulantes palabras; espero mantener tu interés como lectora hasta el capítulo XIX.
Codrial Abrazo.

Me cautiban las detalladas descripciones y el simutaneo empalme, de los personajes, con los lugares y el independiente desarrollo, de cada uno de sus interesantes y suspensivos roles. Se nota la extrema sensibilidad que tienes como escritor, que con la tinta dibuja en las letras la novela de una realidad. ¡¡¡Muchas gracias!!!

Excelente mi querido Capi, la novela me hace recordar nuestros tiempos en el INCAE. Admiro tu memoria y lujo de detalles, en donde entrelazas la realidad de aquellos tiempos con personajes y lugares que parecen sacados de una novela de Gabriel García Márquez. Sigue adelante, espero con interés la continuación de la novela.

Muchas gracias por tu comentario mi querido José. Mientras escribía esta novela tuve todo el tiempo en mente a mis compañeros de MAE X y posteriormente a quienes fueron mis colegas en la facultad o mis alumnos en INCAE. Es para tí y para ellos que la escribí tratando de recrear esos viejos tiempos que compartimos en la Managua revolucionaria.
Un abrazo

Pancho,fascinante este primer capitulo..es muy gratificante leerte..ante los elegios de los comenteristas que me antecedieron…me han dejado mudo…no encuentro palabras para expresar mi admiraciòn por tu narrativa impecable..!oye!pero a al Braulio morboso si le baila el ojo…me identifico con él..ja.ja.ja un fuerte abrazo

Mi querido e ilustrísimo Conde de Lumylaba. Siempre es un honor para mí, el saber que me lees y recibir tus comentarios estimulantes y provistos de tu gracioso toque de humor. Un abrazo

Interesante el tema sobre todo para los que estuvimos pendientes de Somoza y el movimiento sandinista. Como siempre y consistente con tu estilo, con un lenguaje descomplicado desarrollas la historia creando muchas expectativas que invitan a continuar su lectura. Caluroso saludo

Muchas gracias mi querido José Fiorello por tu amable y estimulante comentario. Espero mantener tu interés hasta el final.Cordial y afectuoso abrazo.

Mi querido colega y amigo. Esta vez quedé enganchado en el relato desde el primer capítulo de Punto de Quiebre. No me perderé los siguientes. Saboreé la lectura en un paréntesis de domingo. Aquí, en el kilómetro 15.5 de la Carretera Sur, lejos momentáneamente de casa, y viendo a través de tu relato, las imágenes retomadas del tiempo, algunas con el color ocre de las fotografías de añoranza, otras nítidas como el cielo de Managua visto desde el lago, sugestivas las más, tras el claro oscuro de “Las Leyendas” y otros rincones de la ciudad y sus alrededores, realistas en la interpretación de los caracteres, violentos unos, temerarios otros, sobrios pocos, hermosas ellas, hasta ahora sin excepción y todas anticipando más trozos de historia-ficción-historia, hasta algún “punto de quiebre.” Congratulaciones por aprovechar tan bien tu don de la narraativa.

Mi querido colega y amigo. Esta vez quedé enganchado en el relato desde el primer capítulo. No me perderé los siguientes. Saboreé la lectura en un paréntesis de domingo. Aquí, en el kilómetro 15.5 de la Carretera Sur, lejos momentáneamente de casa, y viendo a través de tu relato, las imágenes retomadas del tiempo; algunas con el color ocre de las fotografías de añoranza, otras nítidas como el cielo de Managua visto desde el lago y desde aquí arriba; sugestivas las más, tras el claro oscuro de “Las Leyendas” y otros rincones de la ciudad y sus alrededores. Me pareció como muy realista la interpretación de los caracteres, violentos unos, temerarios otros, sobrios pocos, hermosas todas ellas, hasta ahora, sin excepción. Todo anticipa más trozos de historia-ficción-historia, hasta algún “Punto de Quiebre.” Congratulaciones por aprovechar tan bien tu don de la narrativa.

Apreciado Francisco: Tus comentarios revisten para mí un valor importantísimo, toda vez que fuiste observador de primera línea de los sucesos históricos que he pretendido novelar en Punto de Quiebre. Quedo en espera de tus observaciones a medida que vayas leyendo la obra. Me alegra que hubieses quedado “enganchado” desde el primer capítulo; pago por ver si logro mantener tu interés hasta el final del capítulo XIX. Si te parece conveniente, puedes difundir entre antiguos colegas o Incaistas de la época el enlace de mi blog.
Cordial Abrazo

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