Punto de Quiebre – Capítulo VII

Posted on : 19-03-2012 | By : kapizan | In : CapÍtulo VII - La Toma, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VII
LA TOMA

Managua, lunes 14 de agosto de 1978

“Hasta siempre” fueron las únicas palabras que sin pensar pronunció Adriana, al momento de despedir en el aeropuerto a Braulio, que regresaba a New York una vez cumplido el propósito de su viaje a Managua, y después de haber pasado juntos el fin de semana en las Isletas de Granada. Para ella había sido una sorpresa encontrar allí al profesor, en un ambiente en el cual era difícil mantener la distancia, tal como se lo había propuesto desde el primer encuentro con el ecuatoriano que le había dejado una dolorosa sensación de engaño; a su pesar, las cosas no habían sucedido como racionalmente las hubiese preferido y en la noche del viernes el rescoldo de su pasión fue avivado por el encanto del lugar, las bebidas y la música. Fueron tres noches de frenesí que como las tormentas terminó súbitamente, a primera hora del lunes, ante la inminente separación de una pareja que sin decírselo había llegado a la conclusión de que el suyo era un amor sin futuro.

***

A la misma hora, al otro lado de la ciudad Max y Maribel eufóricos por el éxito en el operativo, se separaban como medida de seguridad con la intención de reunirse esa noche en Jiloá para “celebrar tu graduación como guerrillera”, según le había dicho el joven con una mirada que anticipaba lo que, sin saberlo, sería la última noche de pasión en la vida de los dos amantes.

***

“Lo que pasó anoche, nunca pasó. ¿Me entendiste?”. El tono perentorio y la actitud fría y distante de Maribel al pronunciar estas palabras retumbó, una vez más, en el cerebro de Bernardo cuando la vio abrazada a Max haciendo gala de la misma voluptuosidad con que lo había arrastrado a él ese domingo de junio hacia el torbellino de una exultante y furiosa sexualidad, estimulada por la frustración y los efectos de la botella de ron que había bebido, furiosa, al enterarse de que Max no había llegado con sus hermanos el día que conocieron a Braulio.
Hasta ese día Maribel había sido para Bernardo un amor idealizado e inalcanzable, pero la pelirroja se había encargado de hacerlo primero real y tangible para después convertirlo en lacerante herida que le atormentaría por mucho tiempo, especialmente por el afecto, la admiración y el respeto que Max le inspiraban. Lo más doloroso había sido la facilidad con que ella siguió tratándolo sin perder nunca la picardía y sin dejar de dedicarle la misma sonrisa que le había enamorado perdidamente de la alocada muchacha; en cambio a él le costaba ingentes esfuerzos borrar de su mente y apartar de su corazón ese recuerdo único e irrepetible.

Con el ánimo de distraer sus sentimientos, el mulato hizo un esfuerzo por regresar en su memoria a los días de entrenamiento en Tipitapa, durante los cuales él se había encargado, bajo la orientación de Vigorón, de instruir a Maribel en uso de armas cortas y técnicas de combate cuerpo a cuerpo; por ello no dejaba de sentir cierto orgullo por la forma serena y precisa en que había desempeñado su papel esa mañana durante el operativo, que se cumplió milimétricamente. Seguramente Maribel nunca sería para él, pero la causa podía estar segura de que ella sería una excepcional combatiente.
Un rato después, cuando Bernardo se percató de que la pareja se disponía a regresar a la casa, evitó un encuentro para él embarazoso, dio media vuelta y se fue a dormir. Poco antes de las cinco de la madrugada, lo despertó el ruido de la motocicleta de Max que partió rauda hacia Managua, rumbo a su casa de Bolonia, apenas con tiempo para cambiarse y acudir a una cita que tenía a las siete de la mañana con Vigorón para recibir las instrucciones que el día anterior había impartido personalmente Edén Pastora.

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Washington, martes 22 de agosto de 1978

El general Baltodano no se inmutó cuando el teléfono de su apartamento en Washington sonó por primera vez, lo dejó sonar durante los dos minutos que le tomó limpiar y guardar la barbera marcada con la palabra Dienstag (martes), enjuagarse la cara y aplicarse la acostumbrada sobredosis de loción. Cuando levantó el auricular, la voz conocida y marcial del capitán Burgos, uno de sus ayudantes, lo saludó desde Managua:
— ¡Buenos días mi general! Me reporto para comunicarle las novedades del día. Pero antes, me permito recordarle, con todo respeto, que hoy es 22 de agosto y el señor subteniente Lorenzo Baltodano cumple veintitrés años. Mi general, en este momento puede localizar a su hijo en el comando del BECAT, pues tiene asignada la investigación de un asalto bancario que cometieron ayer en la mañana los sandinistas…
Diez minutos después cuando terminó la rutinaria llamada que le mantenía informado hasta del más mínimo detalle sobre lo sucedido en Managua en las últimas veinticuatro horas, Baltodano se sirvió una taza doble de café negro y se sentó a preparar mentalmente lo que tenía pensado decirle a su hijo. Como regalo de cumpleaños le daría una pistola Lugger alemana que había usado durante la Segunda Guerra Mundial el mariscal Karl Rudolf von Runsted, y había comprado a un coleccionista con problemas financieros; quería además, compartir con él la decisión que había tomado de regresar a Managua a fines de agosto para proponerle matrimonio a Adriana Harrison, la vedette del Atlantis; de lo que no estaba muy seguro era cómo decirle lo de su matrimonio, pues no podía imaginar cual sería la reacción de su hijo. Estaba seguro de que éste lo admiraba y lo respetaba, pero desde la llegada del muchacho, después de su graduación en Saint Cyr, lo había notado sutilmente distante y muy interesado en conocer detalles sobre los años de convivencia con su difunta esposa. Obviamente no le diría, al menos por ahora, nada sobre sus planes derivados del proyecto “somocismo sin Somoza”. Miró el reloj, comprobó la hora: 05:15, y llamó a su hijo.

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Managua, martes 22 de agosto de 1978

Con ira controlada Lorenzo Baltodano colgó el teléfono tras agradecer, en un tono tan normal como pudo, la llamada de su padre. A pesar de que hacía grandes esfuerzos para aparentar que la relación con éste, a quien había mantenido idealizado por muchos años, continuaba igual a como había sido desde la muerte de su madre: respetuosa, afectuosa y de mucha confianza, lo cierto era que durante la semana posterior a su graduación le fueron hechas unas revelaciones, de cuya veracidad no le quedaron dudas, respecto a las circunstancias que habían propiciado el suicidio de su madre.
Por aquellas misteriosas coincidencias de la vida, el general Baltodano no había podido viajar a Francia y entregarle las insignias de su rango como subteniente, debido a una operación quirúrgica para extraerle unos cálculos renales. Durante la ceremonia conoció a Susana Rodríguez de Rivera, la madre de Federico Rivera, un joven dominicano que se graduó en su misma promoción, y con la cual compartió la mesa durante la fiesta posterior a la ceremonia. Esa misma noche Susana, quien lo había identificado fácilmente por su apellido y el notorio parecido con su madre, le reveló que Federico y él eran primos hermanos pues ella era la hermana mayor de Alcira. La semana siguiente la pasó Lorenzo en Marsella en casa de sus nuevos parientes.
Dos días antes de su regreso a Nicaragua, Susana le había contado sórdidos detalles de la relación entre Ulises y su hermana. Para demostrarle la veracidad de su versión, le entregó una gran cantidad de cartas que Alcira le había escrito y en las cuales se evidenciaban facetas del general Baltodano, que sorprendieron a Lorenzo y sembraron en él un resentimiento hacia su padre de quien no le cupo la menor duda, era el responsable de haber enloquecido a su madre hasta llevarla a su fatal determinación. El joven, ambicioso como era, sabía que a su carrera profesional no le convenía un enfrentamiento con el poder que representaba el general; decidió entonces callar, disimular y esperar la ocasión propicia para encontrar la mejor forma de vengar a su madre.

Miró el reloj: faltaban cuarenta minutos para las seis de la mañana, hora en que debería comenzar el operativo de seguimiento al guerrillero cuya descripción, nombre y dirección exacta, le había proporcionado el día anterior uno de los testigos del asalto a la sede del First National City Bank en la colonia Los Robles. Por fortuna para el joven inquisidor, el informante era un estudiante de derecho de la UNAN, hijo de un diputado somocista que no dudó al señalar a uno de los guerrilleros asaltantes a quien conocía de tiempo atrás como estudiante de la facultad de ingeniería, que se desplazaba siempre en una motocicleta Honda de alto cilindraje y color rojo.
Lorenzo comprobó que tenía tiempo suficiente para hacer algunos ajustes importantes al plan, que por fortuna aún no había comunicado a los encargados de ejecutarlo. Mandó llamar al sargento Gutiérrez, un veterano a quien conocía desde su niñez, pues había sido el conductor y guardaespaldas de su madre. Al ser destinado como oficial del BECAT, el joven subteniente se había alegrado al encontrar al viejo como miembro de su unidad, pues sabía que éste podría proporcionarle mucha información sobre el pasado de sus padres.
— Gutiérrez, vos sos el único que me podés ayudar – le dijo en un tono afectuoso – mi papá decidió reemplazar a mi mamá por una puta fina ¿cómo te parece? Tenemos que impedir ese matrimonio. La buena noticia es que tengo en mis manos la forma de hacerlo… Necesito que te encargués personalmente de capturar al cabrón que estamos buscando, no voy a ordenar el seguimiento que tenía previsto. Oíme bien, es muy importante que esa captura no se haga oficial. Ni siquiera, y en esto me la juego toda, mi papá debe saber que lo agarramos. Ya sabés la dirección, es cuestión de que le caigan hoy mismo y cuando lo tengás lo llevés a un sitio seguro, para yo ocuparme personalmente de él. ¿Te quedó claro?

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Poco después del amanecer Vigorón, en su casa del barrio Don Bosco al suroccidente de Managua, degustaba una taza de café negro mientras especulaba sobre cual sería el objetivo escogido por Pastora para ejecutar el operativo que se realizaría al medio día de ese martes y que según le había dicho el mismo Edén “si funciona como lo tengo previsto, le dará un giro determinante a la revolución. Vos sabés que llevo años preparando este golpe, por seguridad no revelaré ningún detalle… Si el golpe fracasa, había agregado Pastora, estaré muerto y Chinto quedará al mando de mis hombres desde Costa Rica”.
Gran sorpresa se llevó el guerrillero cuando alrededor de las siete de la mañana en vez de Max llegó Roberto, profundamente alterado, para informarle atropelladamente que a su hermano se lo habían llevado seis hombres armados, vestidos de civil, lo habían inmovilizado al descender de la moto frente a su casa y embarcado en una furgoneta. Él pudo ver la acción desde la ventana del segundo piso a la cual se había asomado al escuchar el alboroto. A su hermano lo metieron junto con la moto en la furgoneta, de color azul oscuro, sin placas. Todo había sucedido tan rápido que cuando salió a la calle, ya se habían perdido de vista.

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Manágua, agosto 22 DE 1978

¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE!… ¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE! ¡SE TOMAN EL PALACIO NACIONAL!… Hoy a las 12:15 a.m. guerrilleros sandinistas al mando del autoproclamado Comandante Cero, se tomaron por asalto el Palacio Nacional de Nicaragua mientras sesionaba la cámara de diputados presidida por Luis Pallais Debayle, primo hermano del general Anastasio Somoza, presidente de la República. Hasta el momento no se han divulgado las exigencias del comando sandinista y crece el temor ante un posible contraataque de la Guardia Nacional nicaragüense, con consecuencias impredecibles…

La noticia fue transmitida en los principales idiomas y causó gran revuelo en las salas de redacción de los más importantes medios de comunicación del mundo occidental: las emisoras suspendieron su programación habitual para transmitir los despachos, los noticieros del medio día destacaron el hecho, las principales cadenas de televisión y los diarios alertaron a sus corresponsales en Managua o se aprestaron para enviar periodistas especializados a cubrir el desarrollo de los acontecimientos. En cuestión de horas el Comandante Cero cobró un protagonismo mundial, comparable al que en su época logró Fidel Castro con su revolución cubana, y comenzó a ser identificado como uno de los más destacados líderes del FSLN.

El Palacio Nacional de Nicaragua era “una vieja casona insípida y pretenciosa, con muchas ventanas y una fachada con columnas de Partenón bananero” según descripción de Gabriel García Márquez. El edificio se erguía aislado en el costado sur de una enorme plaza frente al lago de Managua, pues las edificaciones circundantes habían sido destruidas durante el terremoto de 1972. En sus oficinas funcionaban el Congreso Nacional, que ese día concluía su período de sesiones, y los ministerios de Finanzas y del Interior.
Meses antes, después del exitoso ataque a Rivas, Fidel Castro había invitado a Pastora y a otros líderes sandinistas a la Habana. En esa oportunidad el mandatario cubano intentó disuadir a Edén de su proyecto para asaltar el Palacio Nacional:
― La toma del Palacio es una locura ― le advirtió Castro con ánimo disuasivo y agregó ―: Recuerda que todos los atacantes murieron cuando intentamos algo similar en la época de Batista. Olvida esta idea. Nicaragua necesita hombres como tú.
Edén insistió, pero el líder cubano era tan terco y obstinado como él:
― Vas al suicidio. No tienes una posibilidad en mil.

De regreso a Nicaragua Pastora se reunió con los hermanos Ortega y los convenció para que le apoyasen en la ejecución del plan que venía fraguando desde hacía varios años. Días después, reunido en Panamá con los líderes de las tres facciones sandinistas e inducido por Daniel Ortega, les expuso su proyecto. Acordaron entonces, que el ataque al Palacio sería una operación conjunta que serviría para consolidar la unión de las tres tendencias del Frente Sandinista.
Desde Panamá Pastora viajó a Honduras y adquirió en el mercado negro una ametralladora, el fusil G3 que usaría como arma personal y una carabina M2 con la que dotaría a Dora María Téllez, joven guerrillera proveniente de la aristocracia criolla, que actuaría como negociadora del grupo insurgente durante la toma. En los días subsiguientes se dedicó a escoger a los integrantes del grupo y a entrenarlos en una plantación de café en territorio nicaragüense. Por esas fechas Jaime Wheelock anunció que se retiraba de la operación y Pastora se enteró de que el grupo de la GPP tenía planeado hacer el ataque por cuenta propia para canjear a los rehenes por Tomás Borge, su jefe, que permanecía detenido. Tras consultar con los Ortega y recibir su apoyo en armas y pertrechos, Edén decidió actuar solo. Posteriormente se enteraría de que su operativo se había adelantado dos horas al planeado por los hombres de la GPP y que la frustración de estos unida a su envidia por el protagonismo de Pastora serían determinantes en su futuro político al momento de repartir las cuotas de poder después del triunfo de la revolución.
El éxito del plan, sencillo pero temerario y arriesgado, dependía de la actuación de Pastora y sus hombres que, uniformados como tropas de élite de la guardia personal del dictador, deberían convencer a los soldados custodios del palacio de que venían precediendo a Somoza quien llegaría en minutos, y por consiguiente entregar sus armas en cumplimiento de una vieja disposición según la cual, con excepción de su escolta personal, nadie, ni siquiera los soldados regulares, podían portar armas en un recinto al que éste acudiese. La representación de los atacantes resultó creíble y en un santiamén desarmaron a quince hombres por ese procedimiento, iniciado por el propio Edén desde su ingreso al Palacio por la puerta principal. Hugo Torres, identificado como comandante uno, único veterano del grupo en éstas lides pues había participado en el “ataque de la fiesta de navidad”, se vio obligado a eliminar a unos guardaespaldas del Ministro del Interior que se acercaron demasiado cuando se aprestaba a entrar por la puerta trasera del edificio.
En menos de veinte minutos Pastora, desde entonces conocido como Comandante Cero, al mando de veinticinco guerrilleros, asumió el control total de la situación después de atar a un grupo de cerca de cincuenta diputados y tomar como rehenes a cerca de mil quinientas personas, incluidos el Ministro del Interior y José Somoza, sobrino del dictador. Ante un grupo de aterrados y temblorosos legisladores, Edén exigió a Luis Pallais Debayle, Presidente del congreso y primo hermano de Somoza por línea materna, que notificara a éste sus exigencias: liberación de ochenta y tres prisioneros sandinistas, publicación de una serie de comunicados del F.S.L.N. y diez millones de dólares en metálico. Además, exigió la integración de una comisión de mediadores integrada por Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua; los obispos de León y Granada; y los embajadores de Panamá y Costa Rica.

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Obcecado por el odio que venía acumulando desde que supo la verdad sobre su padre, Lorenzo incurrió en un error que no pueden permitirse los interrogadores eficientes: dar rienda suelta a sus sentimientos personales respecto al interrogado. Por ello, desde que se había quedado a solas con él se había dedicado a golpear con furia el cuerpo desnudo de Max, que pendía de una cuerda con las manos unidas sobre la cabeza y se bamboleaba como un saco de boxeo al ritmo frenético de los golpes, con los pies a diez centímetros del suelo. La mente embotada del joven guerrillero se aferraba al recuerdo de Maribel que le daba fuerzas para resistir mientras se repetía mentalmente la versión distorsionada que todos habían preparado para desinformar al enemigo en caso de ser capturados.
Pronto había captado que el enloquecido oficial tenía más interés en la relación de su hermana con el general Baltodano, que en obtener información sobre el asalto al banco. “Te vas a morir gran cabrón y con eso veremos si a tu puta hermana le van quedar ganas de casarse con mi papá” y esas palabras repetidas una y otra vez resonaban en el cerebro de Max llevándole a la convicción de que debería resistir hasta el final.
Más de cuatro horas de flagelación inmisericorde cesaron cuando el sargento Gutiérrez abrió la puerta del fétido cubículo para transmitir la orden que acababa de recibir del comando del BECAT: todas las unidades debían concentrarse en el cuartel general, listos para actuar bajo órdenes directas de Somoza, ante la grave situación creada por el comando sandinista que al medio día se había tomado las instalaciones del palacio nacional con cerca de mil quinientos rehenes.
— Lo del palacio esta muy grave mi teniente – le dijo Gutiérrez a Lorenzo mientras éste se cambiaba el ensangrentado uniforme y limpiaba con antiséptico sus heridos nudillos –, lo mejor es que dejemos al detenido por cuenta del “maquillador” que lo va a terminar de ablandar. Ese loco, es capaz de hacer cantar un mudo. No se le olvide mi teniente que todavía no le hemos sacado información a este cabrón sobre sus compinches.

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Al medio día, en casa de Aníbal en Jiloá Vigorón que, para sorpresa de todos había acudido con Lorena, presidía una reunión convocada de urgencia para decidir un curso de acción ante la captura de Max. Estaban presentes además del guerrillero y la bailarina, Roberto, Adriana, Bernardo, Aníbal y sus dos hijas. Maribel y Vigorón coincidían en que por las circunstancias de la captura era lógico presumir que se trataba de una desaparición forzada ejecutada por los esbirros del perro Baltodano, que nunca figuraría en los registros oficiales y por ello sería inútil acudir a los cuarteles de la Guardia Nacional a denunciar el hecho como lo había sugerido Roberto.
Haciendo alarde de una serenidad no esperada, Adriana planteó con claridad que si los responsables de la captura de su hermano eran los hombres de Baltodano, ella estaría dispuesta a ser muy amable con el general a cambio de la vida de Max… En esas estaban cuando la radio emitió el primer comunicado sobre el asalto al palacio.

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La primera reacción del general Baltodano al enterarse de los acontecimientos fue regresar a Nicaragua para ponerse al frente de sus funciones como jefe de seguridad nacional, pero esa noche recibió un telex con instrucciones de Somoza que le ordenaba permanecer en Washington hasta nueva orden y atento a las reacciones del gobierno norteamericano frente al desarrollo que pudiesen tener los hechos.

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Esa mañana en Washington, el Mayor Alexander Jefferson se encontraba en su oficina del pentágono impartiendo instrucciones a Nando que regresaría a Nicaragua el jueves. El colombiano retomaría sus actividades en INCAE para cumplir el compromiso de dictar una serie de seminarios ejecutivos sobre manejo financiero de empresas industriales, que se realizarían entre la última semana de agosto y el mes de septiembre en los países centroamericanos. Su idea era reunirse antes con Lorena para disfrutar juntos el fin de semana de “vacaciones dosificadas” que tendría la joven por cuenta de la presentación en el Atlantis de la orquesta de Lucho Bermúdez.
Mientras ultimaban detalles, los dos amigos fueron interrumpidos por la secretaria de Jefferson quien les informó lo que acaba de escuchar en el noticiero sobre la toma guerrillera… Una hora después, Nando decidió anticipar su viaje a Managua y logró conseguir cupo en el vuelo de Braniff para el miércoles a primera hora. Antes de partir se comunicó con Lorena, a quien había dejado el Audi, y le pidió que le recogiese en el aeropuerto de Managua, pues suponía que la ciudad estaría totalmente militarizada y en esos casos las placas de misión internacional siempre facilitaban las cosas.

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Reinaldo García escuchó la noticia de la toma, en su apartamento de Manhattan, mientras ultimaba los detalles para recibir a sus invitados: Marietta, Elizabeth, Braulio que había llegado la noche anterior y vendría en compañía de Amélie, su madre, y Ofelia, su hermana. El propósito del cubano era doble: por un lado, celebrar el éxito rotundo de la exposición, pues en sólo diez días se había vendido la totalidad de la muestra; y Por otro, anunciar que una prestigiosa galería francesa había propuesto realizar la segunda exposición individual de Elizabeth en diciembre de ese año.
La charla de sobremesa estuvo centrada en la situación Nicaragüense y en las implicaciones que podría tener para el gobierno somocista la toma del Palacio Nacional. Marietta pasional y flexible en el amor, demostró que en política era igualmente pasional pero inflexible. Sus comentarios rápidamente dividieron a los comensales en dos grupos: los radicales como ella, Reinaldo y Amélie, visceralmente anticomunistas, críticos del gobierno demócrata de Carter y convencidos de que si triunfaban los sandinistas Nicaragua sería un bastión comunista en Centroamérica apoyado por Cuba y financiado por la Unión Soviética. Aseguraban que ello conduciría a la región a un desastre muy riesgoso para la seguridad de los Estados Unidos y el resto de América Latina; y que, en última instancia, sería responsabilidad de la timorata actitud del presidente Carter. Los moderados, encabezados por Braulio, que traía información reciente e influida por Aníbal Argüello y sus hijas, secundado por Elizabeth y Ofelia, argumentaban que la facción a la cual pertenecía Pastora era claramente nacionalista, pluralista, no comunista y estaba recibiendo un amplio apoyo de los gremios de la empresa privada, la iglesia y los intelectuales. Según ellos, los días de Somoza estaban contados y el apoyo internacional a los sandinistas era cada día más notorio.

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A las seis de la tarde de ese martes, Simón Camargo recibió una llamada del manager de la orquesta de Lucho Bermúdez cancelando el contrato de presentación en el Atlantis por razones de seguridad. Esto precipitó una decisión que el empresario venía considerando desde la muerte de Pedro Joaquín Chamorro: vender el night club y trasladarse a Costa Rica. Su olfato político le llevaba a concluir que pronto soplarían agitados vientos de guerra en Nicaragua. Talvez podría convencer a su elenco de bailarines para que se fuesen tras él. Estaba seguro de que Juanito lo acompañaría, pero tenía sus dudas respecto a Adriana y aún más sobre Lorena dada su vinculación al frente sandinista, que él entendía y apoyaba. De todas maneras, con o sin ellos, un cambio de escenario era no solo urgente sino saludable. Por ahora lo único que podía hacer era transferir sus cuentas al vecino país, reactivar contactos con dos posibles clientes que con anterioridad le habían propuesto compra del Atlantis “a puerta cerrada” y esperar el desenvolvimiento de los hechos originados con la audaz toma del Palacio Nacional.

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Las placas MI del Audi facilitaron, como lo había previsto Nando, un desplazamiento sin contratiempos entre el aeropuerto y la casa de éste último en INCAE. Desde el primer momento el colombiano captó en el rostro taciturno de Lorena, una expresión que iba mucho más allá de la preocupación natural de cualquier nicaragüense ante la gravedad de los hechos. Con mucho tacto Nando evitó cualquier comentario al respecto y se comportó con la naturalidad acostumbrada. Esa misma noche, después de hacer el amor, Lorena con algo de alivio en el peso de la tensión producida por la incertidumbre ante la desaparición de Max y en medio de la seguridad protectora que le ofrecían los brazos de Nando, se atrevió a contarle lo sucedido, incluido el plan de Adriana para seducir a Baltodano como único medio de conseguir la libertad y preservar la vida de su hermano. Estuvo a punto de confesarle su vinculación activa al frente sandinista pero decidió abstenerse y consultar antes con Vigorón. Al fin de cuentas el profesor era ciudadano norteamericano y a pesar de que se había mostrado crítico del régimen, ella no tenía ninguna evidencia sobre su posición frente a la insurgencia.

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El operativo de Pastora fue un éxito contundente: el jueves 24 de agosto cuarenta y cinco horas después de haberse tomado el Palacio Nacional, Somoza, presionado por su familia, desistió de un contraataque propuesto por sus generales y accedió a cumplir las exigencias del grupo insurgente. Esa misma tarde los sandinistas llegaron a Panamá en donde fueron recibidos como héroes por el presidente Omar Torrijos que acudió en compañía de dos famosos escritores: Graham Greene y Gabriel García Márquez.
Entre los liberados se encontraba Tomás Borge, cuya molestia al no haber sido rescatado por cuenta de los hombres del GPP, era tan evidente que Graham Greene, percibió la semilla de la frustración posterior de Pastora y de su ruptura con los sandinistas. Años después en su obra Getting to know the General escribiría, refiriéndose al rol protagónico del Comandante Cero adquirido a raíz del espectacular asalto, en clara alusión al cargo secundario que asignaron los sandinistas a Pastora después del triunfo de la revolución: “un actor que representó a Enrique V, aplaudido por el mundo entero, ¿Puede acaso contentarse luego con el papel de Pistol?

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El acuartelamiento de las unidades militares en la guarnición de Managua fue suspendido al medio día del sábado y sólo al anochecer Lorenzo y el sargento Gutiérrez pudieron regresar al sórdido lugar, a medio camino entre la capital y Masaya, en donde habían dejado a su prisionero a cargo del maquillador. La expresión frustrada en la turbia mirada del psicópata carcelero y su anuncio: “este hijo de la gran puta no aguantó el segundo corrientazo y se murió esta mañana sin decir ni mierda” le indicaron al joven oficial cual sería el siguiente paso en su plan de venganza contra su padre.

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