Punto de Quiebre – Capítulo XI

Posted on : 16-04-2012 | By : kapizan | In : Capítulo XI - Una Guerra Sucia, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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XI
UNA GUERRA SUCIA

Frontera Sur de Honduras, noviembre de 1983

Sobre el telón de fondo de un cielo despejado se destacaban, como gigantescos abejorros ronroneantes, tres helicópteros UH-1 de color verde oliva con matrícula hondureña, que avanzaban en formación hacia la frontera con Nicaragua, al sur de Tegucigalpa. Los ocupantes de las tres naves, habían realizado el mismo vuelo por lo menos una docena de veces y sabían perfectamente a dónde y a qué se dirigían; con excepción de Misael Antonio Luque Jaramillo, capitán retirado del ejército colombiano, que había llegado la víspera a la capital hondureña y estaba ansioso por conocer el tipo de trabajo para el cual había sido contratado por Lamb Corporation, una supuesta empresa de seguridad norteamericana, que en realidad era una organización de fachada de la CIA.
Para el capitán Luque esta aventura había comenzado siete meses antes, a mediados de abril de 1983 en Bogotá, con una llamada del coronel Castillo, retirado como él, que había sido su jefe en una unidad de contraguerrillas a la que había pertenecido años antes. En esta oportunidad, su antiguo jefe le preguntó que si estaría dispuesto a iniciar un proceso de selección en una empresa extranjera, que estaba buscando un oficial colombiano para trabajar, como asesor de seguridad, en una organización muy grande que operaba en un país latinoamericano. El coronel lo había recomendado con entusiasmo y además el salario era en dólares.
Dada la respuesta afirmativa de Misael, el coronel le había citado para el día siguiente en un elegante restaurante al norte de Bogotá. Una vez allí, encontró a su antiguo comandante en compañía de un gringo de ascendencia hispana, que le fue presentado como Don Ramón; un amable y elegante ejecutivo que se expresaba en perfecto español con acento puertorriqueño. Tras ordenar el pedido, que por sugerencia de Don Ramón estuvo acompañado por un exquisito borgoña, la conversación fue hábilmente manejada por éste que, mediante la técnica sutil del debriefing, logró que Misael contara sus antecedentes familiares y lo más relevante de su experiencia castrense. Al final de la conversación, el gringo le mencionó que estaba gratamente impresionado con su brillante ejecutoria profesional y que a partir de esa fecha se volverían a reunir para continuar con otras etapas de un riguroso proceso selectivo para escoger, entre varios candidatos colombianos, cual de ellos recibiría una oferta para convertirse en asesor de seguridad en una organización muy importante del Opus Dei en un país centroamericano. Durante cinco meses, las reuniones con el gringo se repitieron cada quince días, en lo que fue para Misael un agradable recorrido por los mejores restaurantes de Bogotá, consumiendo los mejores vinos y las más apetitosas recetas, cuyas facturas estaban muy lejos del modesto ingreso del oficial.
A comienzos de septiembre Don Ramón le informó a Misael que había sido seleccionado para el cargo, le hizo una oferta económica que superaba sus mejores expectativas, y le anunció que a finales de mes deberían viajar a Panamá para formalizar el contrato. Una vez en la capital Panameña, firmó el correspondiente documento que le acreditaba como asesor permanente en la nómina de Lamb Corporation, con una vinculación a término indefinido; un salario mensual de cinco mil dólares, el derecho a visitar a su familia, tres veces al año, con todos los gastos pagados; y una vaga alusión a los servicios profesionales que debería prestar, siguiendo instrucciones del executive officer que le fuese asignado en la sede de la empresa en Washington. Esa misma noche, se reunió con Don Ramón y con Vincent Bruce, otro gringo que se presentó como el responsable de la fase de inducción y entrenamiento especial que debería cumplir durante dos meses en las instalaciones de Lamb a las afueras de Washington D.C.
― Por razones de seguridad ― le había dicho Bruce en un español aceptable ― debemos cambiar tu identidad. A partir de ahora te llamarás Ricardo Albán ―. A continuación, sin mayores explicaciones, le entregó un pasaje Panamá – Washington, para el día siguiente, y un pasaporte ecuatoriano, con visa múltiple, en el cual junto a la foto de Misael, figuraba que había nacido en Ambato en 1944, y era odontólogo de profesión.
La sede de Lamb en Washington, era una casona de estilo victoriano escondida en un bosque a unas treinta millas de la capital, protegida por un muro alrededor de sus tres hectáreas y dotada con los más avanzados instrumentos electrónicos de seguridad. Allí, Misael recibió un curso individual e intensivo sobre armamento liviano de última generación y manejo de explosivos. Dos días antes de partir hacia el país en donde prestaría sus servicios, el colombiano fue sometido, como culminación de su entrenamiento, a la prueba del polígrafo. Un tanto intrigado, pero con la calma y la serenidad que lo caracterizaban, Misael pasó la prueba con un alto puntaje. Para entonces, ya estaba convencido de que su trabajo nada tenía que ver con el Opus Dei y barajaba dos posibilidades: la DEA o la CIA. La duda se despejó al día siguiente cuando le entregaron un pasaje con destino a Tegucigalpa. Para nadie era un secreto que el gobierno del presidente Reagan apoyaba con entusiasmo a las fuerzas contrarrevolucionarias mediante operaciones clandestinas conducidas por la CIA, ni que la frontera sur de Honduras se había convertido en un santuario de la contra, con varias bases militares esparcidas a lo largo del límite con Nicaragua.
Ese viernes, alrededor de medio día, el vuelo comercial en que viajaban Misael y Vincent Bruce, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Toncontín de la capital Hondureña. Les esperaba un funcionario de Lamb que se encargó de los trámites migratorios y media hora después los recién llegados se registraban en el Hotel Honduras Maya en el centro de Tegucigalpa. Dos horas más tarde, siguiendo instrucciones, Misael se reunió con Bruce, que le esperaba en la cafetería del hotel, en compañía de William Stanton, quien sería a partir de ese momento su jefe inmediato.
― Bienvenido a Honduras Ricardo ― dijo Stanton poniéndose de pié para darle un fuerte apretón de manos acompañado por una franca sonrisa. Era la primera vez que Misael escuchaba el nombre por el que sería conocido a partir de ese momento. ― Estoy realmente impresionado con tus antecedentes y convencido de que juntos haremos un buen trabajo. Puedes llamarme Bill.
La camisa de tipo hawaiano, el pantalón vaquero y las sandalias de cuero no lograban disimular el porte y los ademanes militares de Stanton, antiguo coronel de los marines norteamericanos, veterano de Vietnam, y vinculado a la CIA desde 1972, en donde había desarrollado una destacada carrera hasta ocupar el cargo de Chieff of Station (COS) responsable de las operaciones clandestinas en Honduras. La conversación, mientras consumían un almuerzo liviano, fue totalmente intrascendente, y Stanton, contrario a lo que esperaba Misael, no hizo ningún comentario relativo al tipo de trabajo que le correspondería realizar en el país; una hora después, al despedirse, le sugirió que descansara pues al día siguiente a las seis de la mañana, un vehículo de la compañía pasaría a recogerlo. Por su parte, Bruce anunció que esa misma tarde tomaría un vuelo con destino a Panamá.
Una vez a solas se dirigió a un puesto de revistas y mientras las ojeaba, escuchó a sus espaldas la voz, para él inconfundible, de su primo hermano Nando Jaramillo, a quien no veía desde hacia por lo menos siete años. Un gran esfuerzo le costó a Misael reprimir el deseo de abrazar a su primo, mientras ocultaba apresuradamente su rostro y tomaba clara conciencia de que con su nueva identidad le sería imposible darle una explicación creíble a Nando.

Al escuchar el ruido de los helicópteros, el coronel Enrique Bermúdez Varela, más conocido como El Comandante 3-80, máximo jefe militar de la Fuerza Democrática Nicaragüense y miembro de su directorio nacional, se ajustó el cinturón de reata del cual pendía la pistola de dotación, se caló la gorra camuflada y se encaminó al helipuerto de la base de la F.D.N. en la vereda Las Vegas, situada a cuatro horas por tierra al sur de Tegucigalpa.
De las naves descendieron Alfonso Calero Portocarrero, presidente y comandante en jefe de la F.D.N.; Indalecio Rodríguez Alaníz, Edgar Chamorro Coronel, Lucía Cardenal Vda. de Salazar, Marco A. Zeledón y Alfonso Callejas Deshon, miembros del Directorio Nacional de la organización; William Stanton, coordinador de las operaciones de la CIA en Honduras; la escolta armada que usualmente acompañaba estos desplazamientos; y el desconcertado Misael Luque, a quien Stanton presentó, sin escatimar elogios sobre su experiencia y capacidades, como Ricardo Albán el nuevo asesor de la contra en operaciones de guerra irregular y en acciones aerotransportadas. El gringo fue muy claro al anunciar que, con la incorporación de éste experto en guerra irregular, la eficiencia en la ejecución de operaciones tácticas marcaría un sensible cambio positivo en el curso de la lucha que estaban librando.
La admiración y el respeto que desde el primer momento le prodigaron oficiales, suboficiales y combatientes rasos, pero sobre todo, la expectativa que creó su presentación ante la cúpula de la F.D.N. le indicaron al abrumado Misael, la magnitud de la tarea para la cual lo tenían destinado sus nuevos jefes gringos. También captó una torva y envidiosa mirada, que le produjo desconfianza, en el único ojo del oficial que le fue presentado como comandante Black Jack.

***

Tegucigalpa, noviembre de 1983

Al día siguiente de la despedida de Adriana en Simon´s Club, Roberto recibió la misteriosa llamada de un hombre que con una sola frase revivió en su mente el atormentador recuerdo de la muerte de Max y el ajusticiamiento de Baltodano. Con voz sin matices, se había presentado como un aliado y le había dicho:
― Yo sé que usted participó en la muerte del general Baltodano. Pero también sé que el asesinato de su hermano no fue responsabilidad del general. El verdadero asesino está vivo y es muy peligroso para su salud y la de su hermana. Yo tengo la forma de neutralizarlo, pero necesito alguna información que usted puede proporcionarme…
Para convencer, al sorprendido Roberto, su interlocutor le mencionó que él personalmente había conocido los detalles sobre el complot del Atlantis, según la versión de Bernardo el mulato, con quien había combatido en el frente sur a órdenes de Edén Pastora. De hecho, sabía que Bernardo se había encargado personalmente de disparar contra Baltodano y que a raíz de ese hecho su hermana, el dueño del Atlantis y el actual propietario del Simon´s Club en Tegucigalpa se habían exiliado en Costa Rica. Finalmente el hombre, que dijo llamarse Salomón Escobar, lo citó para las tres de esa misma tarde en un parque del barrio La Esperanza.
En el aterrado Roberto, pudieron más la curiosidad y la urgente necesidad de cerrar para siempre éste sórdido capítulo en su vida: a la hora convenida, nervioso e intrigado llegó al lugar en donde le esperaba el personaje. Éste, resultó ser el tipo con aspecto de mongol que recordaba haber visto tres días antes a bordo del mismo avión en el último trayecto de su vuelo a la capital Hondureña.
Salomón se mostró cordial y sin mayores preámbulos fue directamente al grano:
― Tengo perfectamente ubicado al asesino de su hermano. Actualmente es oficial de rango medio en el campamento de la contra en Las Vegas. Por razones que a usted no le importan, me he propuesto eliminar a esa escoria. Supongo que ni a usted ni a su hermana les interesa participar en esta ejecución; pero le aseguro que una vez logrado mi objetivo ustedes podrán vivir más tranquilos y seguros de que la muerte de Max fue vengada.
― ¿Y en que cree usted que puedo ayudar? ― preguntó Roberto sorprendido por el curioso giro que estaba tomando la entrevista con el enigmático Salomón.
― Con información ― fue la respuesta del mongol.
Ante el desconcierto de Roberto, Salomón se apresuró a relatarle las circunstancias en que Bernardo le había contado los detalles de la ejecución de Baltodano; en esa ocasión el mulato había hecho alarde de su participación y le había descrito los detalles del operativo; también se había referido a la novia de Max y le había dicho que Vigorón no permitió que ella disparara pues consideraba que estaba muy alterada para hacerlo y podía cometer errores. Salomón suponía que Roberto podría darle información sobre su cuñada, pues Bernardo había muerto en combate al día siguiente de su relato y no tuvo oportunidad sino de saber que él estaba enamorado de la joven y aspiraba casarse con ella. Concretamente, le solicitaba el nombre y el paradero de la muchacha, pues creía que ella no tendría inconveniente en apoyarlo en la ejecución del plan para vengar a su antiguo novio.

Con el ánimo de calmar los sentimientos encontrados que le produjo la revelación, Roberto sopesó brevemente las implicaciones de lo que iba a decir y le propuso a Salomón:
― Le doy la información que tengo sobre ella a cambio de que usted me diga el nombre del asesino y se comprometa a no volver nunca más a mencionarme el tema.
Salomón aceptó, tomó atenta nota de cada palabra y opinión expresada por Roberto sobre su cuñada y cuando éste hubo terminado, le dijo:
― El asesino de su hermano es el teniente Lorenzo Baltodano Rodríguez.

Con esas palabras, el mongol terminó la charla, dio media vuelta y se marchó rumbo a la embajada de Nicaragua en Tegucigalpa. Una vez allí, utilizando un radio que mantenía enlace directo con la Comandancia del Ejército Sandinista, se identificó como El Turpial y pidió que lo comunicaran con el comandante Martínez.

***

Managua, diciembre de 1983

El perezoso ventilador de techo no lograba más que esparcir un aire caliente sobre la sala de espera frente al despacho del comandante Martínez, responsable de las operaciones encubiertas de la inteligencia sandinista en territorio extranjero. Vestida con un holgado pantalón de algodón y una cotona bordada con vivos colores que escondían la sensualidad de su cuerpo, “La Leona”, sentada en una vieja silla de mimbre se sentía indefensa sin el respaldo de su uniforme y la pistola de dotación. Una vez agotada la lista de interrogantes que se había planteado, para tratar de dilucidar el motivo de su citación urgente a las oficinas de la seguridad del estado, dedicó el resto del tiempo a rememorar lo que había sido su vida desde que se había unido al F.S.L.N. a mediados de 1978, hasta convertirse, después del triunfo de la revolución, en oficial del ejército sandinista, con destacada actuación en combate contra los residuos de la antigua Guardia Nacional que asolaban la frontera norte del país convertidos en bandoleros; su arrojo y ferocidad en combate le habían valido el mote de “La Leona” del cual se sentía orgullosa.

Por enésima vez en los últimos años, su mente recreó los momentos previos a la explosión de la bomba de contacto que un guerrillero preparaba bajo su orientación y, como siempre que lo intentaba, no pudo establecer cual había sido el error. Lo cierto era que el joven inexperto había muerto; que Mónica, una chiquilla de apenas diez y siete años, había perdido ambos brazos; y que ella, había sufrido graves heridas en el vientre y otros órganos internos que exigieron una delicada operación quirúrgica para extirparle la vesícula y el riñón izquierdo. Por fortuna para las dos jóvenes, su comandante se encontraba en el cuarto contiguo ultimando los detalles para el operativo que tenían planeado realizar, en la madrugada del día siguiente, contra una guarnición militar en las afueras
Para La Leona, los recuerdos de las horas posteriores a la explosión eran fragmentarios y habían sido completados con el relato de la otra joven sobreviviente. Recordaba haber recobrado el sentido en el momento en que las dos eran trasladadas desde el interior de una vieja furgoneta a una habitación en una residencia desconocida. Una vez acomodada en un colchón extendido en el piso, que en minutos había quedado anegado con su propia sangre, cayó nuevamente en la inconsciencia… treinta y seis horas después, volvió a despertar a bordo de un avión venezolano poco antes de aterrizar en un aeropuerto militar cercano a Caracas. A su lado, en una camilla, se encontraba Mónica a quien era evidente que le habían amputado ambos brazos: el izquierdo a la altura del codo y el derecho unos quince centímetros por encima de la muñeca. Jamás olvidaría las primeras palabras que pronunció la joven mutilada al dirigirse a ella, con los ojos brillantes y un gesto de determinación en los labios apretados:
― Compañera ¿Vos creés que con las prótesis que me van a poner podré volver a disparar mi metralleta?

En el aeropuerto militar las esperaba un avión ambulancia de la Cruz Roja a bordo del cual fueron llevadas a la Habana. Detrás de esta gestión humanitaria se encontraba el propio presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez.
Después de haber sido sometida con éxito a una delicada intervención quirúrgica en un hospital cubano, La Leona convaleciente y en silla de ruedas, visitaba todas las tardes a Mónica y juntas pasaban horas enteras hablando y haciendo planes para su regreso a Managua. A diferencia de ella, Mónica no había perdido la conciencia después de la explosión y tenía muy claros los detalles de las horas posteriores hasta su llegada a Venezuela.
Según Mónica, las dos debían su vida a una conjunción de factores: su jefe, Vigorón, había actuado con serenidad y prontitud; haberlas llevado a un hospital hubiera sido un suicidio pues para esa época la Guardia Nacional mantenía vigilancia en hospitales, clínicas y puestos de salud; por ello, la decisión de trasladarlas a la residencia de un profesor de INCAE, en las afueras del instituto, había sido acertada; por fortuna, de camino al escondite, recogieron en su casa a un médico sandinista quien, pese a no contar con el instrumental apropiado, había logrado amputar sus extremidades superiores, detener la hemorragia interna de su compañera y estabilizarlas a ambas; al amanecer del día siguiente y gracias a las gestiones del comandante Tomás Borge, que operaba en la clandestinidad, habían conseguido asilo en la embajada de Venezuela; para su traslado contaron con la colaboración de Fernando Jaramillo, el profesor de INCAE, propietario de la casa que les sirvió de refugio; éste, mantenía una relación amorosa con Lorena, una de las guerrilleras del grupo de Vigorón, y asumió el riesgo que implicaba proteger a los combatientes; es más, prestó su vehículo, un Audi amarillo con placas MI, para facilitar el desplazamiento hasta la embajada.

El 19 de julio de 1979, dos meses después de su llegada a la Habana, las dos jóvenes ya en franca recuperación, Mónica aprendiendo a utilizar sus brazos ortopédicos y ella caminado apoyada en un bastón, recibieron con júbilo la noticia del triunfo de la revolución sandinista que ponía fin a cuatro décadas de dictadura somocista. En septiembre de ese año el comandante Humberto Ortega, que había asumido la responsabilidad de organizar el nuevo ejército sandinista, llegó a la Habana y se entrevistó con un grupo de nicaragüenses que se recuperaban de sus heridas de guerra en hospitales cubanos. De éste grupo formaban parte las dos jóvenes. Ortega, habló con ellas por separado: primero con Mónica, a quien le garantizó un cargo administrativo en la comandancia del ejército, una vez fuera dada de alta; cuando le tocó el turno de hablar con el comandante y éste supo su nombre y sus antecedentes familiares, le ofreció el rango de teniente, con instrucciones de permanecer seis meses en Cuba recibiendo entrenamiento militar y formación política. La joven halagada aceptó gustosa y veinte días después, cuando fue dada de alta, se incorporó con entusiasmo a la escuela cubana de formación de cuadros a la cual fue asignada.
Las remembranzas de La Leona fueron interrumpidas cuando se abrió la puerta del comandante Martínez y salió un joven uniformado que se dirigió a ella por su propio nombre:
― ¿Teniente Maribel Argüello?
― Si.
― Pase adelante compañera, el comandante la está esperando.

***

Frontera Norte de Nicaragua, diciembre de 1983

Tendido sobre una roca cubierta por un matorral en lo alto del cerro El Cangrejo, Black Jack se quitó el sombrero camuflado y el parche de badana que cubría la cuenca vacía de su ojo izquierdo, se limpió el rostro sudoroso con una bayetilla verde oliva, apuró un trago de agua tibia de su cantimplora, extrajo de la mochila un antiguo catalejo de marino ― auténtica pieza de museo que había pertenecido a su padre ―, lo extendió en sus cuatro partes, lo acerc0ó al ojo sano e inició un recorrido visual tratando de no perder detalle de lo que en ese momento sucedía en el pequeño valle que se extendía a sus pies.
Cinco minutos le bastaron al tuerto para corroborar con satisfacción que la información arrancada bajo tortura a un imberbe oficial del ejército sandinista, capturado el día anterior, era cierta: un batallón enemigo había establecido una base permanente a tan solo seis kilómetros de la frontera con Honduras y a nueve de la base principal de la Fuerza Democrática Nicaragüense (F.D.N.) situada en Las Vegas, al sur de Tegucigalpa. Desde allí “La contra”, como se conocía popularmente a la F.D.N., emprendía frecuentes incursiones armadas en territorio nicaragüense, con la anuencia del gobierno derechista del vecino país. Indudablemente, pensaba Black Jack mientras su patrulla iniciaba el descenso para regresar a Honduras, la información era valiosa y si la manejaba adecuadamente, tal vez podría lograr que lo nombrasen comandante de una fuerza de tarea integrada por combatientes contrarrevolucionarios de dos o tres comandos regionales, con la misión de atacarla. El único inconveniente era que las cosas habían cambiado desde que un mes antes los gringos de la CIA habían llevado a Las Vegas a un asesor militar con el cual no había simpatizado y cuya presencia representaba una amenaza a la influencia que hasta entonces había tenido sobre El 3-80, su comandante, quien últimamente escuchaba menos sus opiniones y demeritaba su experiencia como antiguo oficial de la derrotada Guardia Nacional Nicaragüense, para darle más peso a las recomendaciones del extranjero avalado por la CIA.
Durante la marcha nocturna la imaginación exaltada de Black Jack lo llevaba a visualizar los pormenores del plan de ataque a la base sandinista y a redactar mentalmente el titular de prensa y la nota que darían cuenta de su valerosa acción al destruir al enemigo: “PALADINES DE LA LIBERTAD PROPINAN APLASTANTE DERROTA A CACHORROS DE SANDINO”… “En la madrugada del 12 de diciembre la fuerza de tarea Cóndor del FDN al mando del comandante Black Jack aniquiló al batallón 40-14 del ejército sandinista en una brillante operación que dejó…”.
La fecha que había escogido para el imaginario golpe representaría una conmemoración para el tuerto: cuatro años antes, el 28 de diciembre de 1979 había llegado exiliado a Guatemala y se había incorporado al incipiente movimiento contrarrevolucionario que con el nombre de “Brigada 15 de Septiembre” operaba en la capital Chapina bajo el mando de el coronel somocista Ricardo Lau mas conocido como el Chino Lau. A la sazón, la pretendida brigada no era más que un grupo heterogéneo de forajidos que recurría al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el asalto a entidades bancarias con el propósito de recaudar fondos para emprender la lucha que les llevaría a recuperar el poder en Nicaragua tras derrocar a los sandinistas.
Los sueños de grandeza de Black Jack no se compadecían con la verdadera catadura del supuesto paladín de la libertad. En realidad era un cobarde torturador y asesino despiadado con tendencia a exagerar sus cuestionables éxitos militares y a construir en torno a su imagen una leyenda que en el fondo ni el mismo se creía.
Para esa época, la guerra sucia que estaban librando los nicaragüenses en ambas orillas de la confrontación ideológica en los oscuros años de la guerra fría, no era el escenario apropiado para el heroísmo ni el apelativo de paladines, demagógicamente adjudicado por Ronald Reagan, correspondía a la realidad del FDN. Ésta fuerza irregular estaba dirigida por una mezcla de antiguos oficiales somocistas huérfanos de poder, empresarios quebrados, políticos ambiciosos que intrigaban en Washington, sandinistas desencantados, aventureros cubanos de Miami, y mercenarios de todos los pelambres. La tropa estaba conformada por unos siete mil campesinos analfabetos, mal entrenados y deficientemente dotados que se plegaban a la ley del más fuerte sin ningún ideal político y con el único afán de subsistir; al menos en la contra tenían garantizada la alimentación.
Del otro lado, los cachorros de Sandino, apelativo demagógicamente adjudicado por Daniel Ortega, eran un conjunto de jóvenes entre los 16 y los 20 años, organizados como ejército regular con base en el modelo cubano, politizados hasta el fanatismo con las doctrinas marxistas-leninistas, y dispuestos a morir por cuenta de los ideales revolucionarios que proclamaban los nueve comandantes desde sus cómodas mansiones, confiscadas a los antiguos jerarcas somocistas. Al mando de las unidades de cachorros se encontraban jóvenes oficiales igualmente fanatizados y dispuestos al sacrificio en aras de los supuestos ideales sandinistas que enmascaraban una férrea dictadura de izquierda.
Para los Estados Unidos de Norteamérica, era una guerra de baja intensidad en su vecindario, cuya financiación era repudiada por los sectores más liberales del congreso pero se había convertido en una obsesión para el presidente Reagan. A su vez, para los militares gringos y la CIA no era más que un campo de experimentación de armas y tácticas novedosas en las guerras de intervención. Para cubanos y soviéticos el objetivo era utilizar a Nicaragua como una base en Centroamérica encargada de estimular y apoyar la revolución comunista en países convulsionados como Guatemala y El Salvador.

***

Tegucigalpa, diciembre de 1983

Siguiendo órdenes del comandante Martínez, La Leona, con documentos falsos a nombre de Julieta Meneses, llegó al aeropuerto Toncontín, el martes 6 de diciembre, procedente de Managua. El día anterior había terminado un proceso de entrenamiento intensivo e individualizado en técnicas de inteligencia bajo la orientación de un experto cubano y elaborado un detallado plan para el cumplimiento de la misión que le habían asignado: infiltrarse en el campamento de la F.D.N. en la vereda Las Vegas.
La infiltración, se haría desde territorio nicaragüense como segunda fase del plan; por ahora la primera fase consistía en presentarse ante un contacto en Tegucigalpa con quien trabajaría en estrecha coordinación durante el resto de la operación. Su contacto identificado con el nombre clave de El Turpial, la esperaría a primera hora del día siguiente, en una dirección del barrio Bello Oriente de la capital hondureña. Allí recibiría instrucciones precisas para la tercera fase del plan y se le daría información sobre el primer objetivo que debería alcanzar una vez infiltrada. Se alojaría en la casa que ocupaba El Turpial y debería regresar a Nicaragua en el primer vuelo del jueves 8 de diciembre, reintegrar el pasaporte oficial que le habían entregado y trasladarse a Ocotal para comenzar la etapa de infiltración.

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