Punto de Quiebre – Capítulo XIV

Posted on : 07-05-2012 | By : kapizan | In : Capítulo XIV - Rumbo al exilio, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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RUMBO AL EXILIO

Miami, sábado 31 de marzo de 1984

Ninfa repartió una segunda ronda de café negro después de que una joven nicaragüense que le colaboraba en las labores de cocina, hubo retirado los platos del apetitoso desayuno, que acababan de consumir los invitados a la reunión convocada por Marietta en casa de Aníbal. En torno a la mesa de hierro forjado, protegida por un enorme parasol, en el jardín posterior de la mansión, a pocos metros de la piscina, se sentaban María José y Roberto, Horacio Gómez ― quien había llegado la víspera para asistir esa noche a la inauguración de la exposición individual de Elizabeth en Gruber´s Gallery ―, Elizabeth y Reinaldo, Aníbal y Marietta.
― En este momento disponemos de setecientos cincuenta mil dólares ― comenzó diciendo Marietta ―, es decir que la meta para la próxima subasta es un cuarto de millón de dólares. Si logramos alcanzarla, tendremos el dinero suficiente para adquirir el helicóptero de segunda, que vale ochocientos mil dólares y destinar el resto para la compra de medicinas y material sanitario.
― Un helicóptero para evacuar heridos y medicinas es un excelente aporte ― comentó Horacio ―, yo estoy dispuesto a donar dos cuadros para la subasta y Elizabeth me ha comentado que piensa destinar la mitad de lo que obtenga con la venta de sus obras para apoyar a la contra. Sinceramente creo que después de la exposición y la subasta habremos completado la cantidad total.
El grupo estaba optimista. La media hora siguiente la dedicaron a evaluar la situación general de la contra que estaba siendo fortalecida por el apoyo abierto de los Estados Unidos a través del gobierno de Reagan; sin embargo, Aníbal mostró su preocupación por las reacciones adversas al reciente minado de los puertos, que se estaban suscitando tanto en el plano internacional como dentro del congreso gringo. Roberto estaba de acuerdo con Aníbal y consideraba que, al sembrar las minas, la CIA se había descarado un poco, pues no parecía creíble que una operación de ésta naturaleza hubiese sido emprendida autónomamente por los mandos de la contra; llegó a afirmar que el verdadero efecto podría ser un rechazo del congreso para suspender la ayuda económica a los insurgentes de derecha. Marietta opinó que si la ayuda llegara a suspenderse, no había porque preocuparse, pues ella se había enterado de muy buena fuente, que el gobierno tenía un plan B: Reagan había encomendado esa tarea en muy buenas manos y no había porque preocuparse. En el grupo, el único preocupado era Reinaldo García. El cubano sabía que si los sandinistas no eran derrocados antes de diciembre de 1985, perdería para siempre a su hijo Efrén, que para entonces cumpliría la mayoría de edad y se emanciparía de la tutela paterna para irse a Nicaragua y unirse a las cada vez más numerosas brigadas de internacionalistas.
Apenas cuatro años antes, el hijo único de Reinaldo, siendo un adolescente imberbe se había fugado, en compañía de un primo lejano, de la casa de unos parientes en Guatemala, en donde pasaba vacaciones, para viajar de mochilero hasta Managua estimulado, como muchos jóvenes de la época, por la propaganda sandinista respecto a la “Cruzada Nacional de Alfabetización”. El mismo Reinaldo había tenido que viajar a Nicaragua para traer de vuelta a Efrén, con quien la relación se había deteriorado sensiblemente desde entonces y tendía a radicalizarse cada vez más, pese a los esfuerzos que hacían los profesores del exclusivo internado en que lo había inscrito, para convencerlo de que esa visión romántica del sandinismo no era real.

Alrededor de las cinco de la tarde, casi todo estaba listo para la inauguración; faltaba reacomodar tres cuadros que Elizabeth, con la guía experta de Horacio, había decidido cambiar de lugar, en forma tal que la iluminación los favoreciese. Sentada en una confortable poltrona, Marietta calmaba la sed con te helado mientras observaba a los dos pintores haciendo los arreglos y se decía para sí misma: “es increíble la atracción que estos dos sienten el uno por el otro. No pueden ocultarlo. ¿Qué pasará mañana cuando Reinaldo viaje a Paris? Seguramente nada pues a pesar de la sexualidad tan fuerte que tiene esta muchacha, no creo que se atreva a serle infiel a Reinaldo; y si lo llegara a hacer, la mataría el remordimiento. El problema es que ella no pertenece, aunque pretenda parecer, al grupo de mujeres que prefieren la monogamia en sus relaciones de pareja. No me cabe duda de que la gente se casa enamorada y cree que el enamoramiento le va a durar toda la vida, por eso se juran una fidelidad que con facilidad rompen física o mentalmente. No tiene sentido mantener esas relaciones a partir del engaño. Ahh, si todos los seres humanos aceptasen que somos poligámicos por naturaleza y monogámicos por elección, se acabarían los divorcios y todos vivirían felices y sin engaños como Nando y Lorena. La clave está en entender que la lealtad es un principio y la fidelidad es un mero concepto cultural”.

Esa noche, el coctel de inauguración estaba muy concurrido y Marietta presentía un éxito total: en las primeras dos horas se habían vendido seis de los veinticuatro cuadros expuestos por Elizabeth. A las nueve de la noche llegó Adolfo Calero, el jefe político de la FDN, en compañía de un apuesto oficial del Cuerpo de Marines que lucía su uniforme con varias filas de condecoraciones obtenidas en Vietnam. Pronto se formó un corrillo alrededor del líder político y su acompañante. El oficial fue presentado como el teniente coronel Oliver North, a quien recientemente había designado Ronald Reagan como oficial de enlace entre la Casa Blanca y los rebeldes nicaragüenses. Según Calero, el coronel North estaba completamente comprometido con la causa y había disipado cualquier temor respecto a la posibilidad de que el ala demócrata del congreso lograra la suspensión de la ayuda en efectivo para la contra. Según North, no había porque preocuparse; lo único cierto era que los paladines por la libertad dispondrían de efectivo suficiente para operar y en el aspecto táctico podrían contar con asesores especializados. Ésa era la misión que le había encargado personalmente el Presidente Reagan y él, como oficial del cuerpo de marines, juraba por su honor que no los abandonaría. La breve pero emotiva perorata de North, fue recibida con nutridos aplausos de los concurrentes.

La charla prosiguió y pronto surgió entre el pequeño grupo un tema candente: Edén Pastora. La lógica reforzaba la conveniencia de que ARDE, el grupo organizado por el Comandante Cero para combatir a los sandinistas desde el frente sur en territorio costarricense, se uniese a la FDN y a los rebeldes miskitos que luchaban en la Costa Atlántica, a fin de que pudiesen ofrecer un frente organizado e integrado bajo un mando central. El problema era la reticencia de Pastora a “luchar al lado de antiguos somocistas corruptos”, unida a los celos que suscitaban, entre los líderes de la contra, su don de mando y su carisma. Para esas fechas Edén Pastora se había convertido en una piedra que tallaba tanto en el zapato izquierdo como en el derecho. El coronel North mencionó que muy pronto la CIA le pondría un ultimátum a Pastora: o se une al mando conjunto o se le retira por completo el apoyo en dinero, armas y pertrechos. Obviamente, el oficial omitió mencionar que en algunos círculos de Washington se estaba considerando como una opción, eliminar a Pastora en caso de que no se plegase a los requerimientos de la CIA.
En medio de la discusión, un mesero se acercó discretamente a la anfitriona y le indicó que tenía una llamada telefónica en su oficina… al otro lado de la línea, la voz de Braulio sorprendió a Marietta: el ecuatoriano acababa de llegar a Miami procedente de Honduras y le urgía hablar con ella para tratar un asunto muy delicado, sin que Aníbal Argüello se enterase.

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Villa Santa Clara, Honduras, sábado 31 de marzo de 1984

Una semana antes, cuando el doctor Mendieta les anunció a Juanito y a Braulio la imposibilidad de seguir manteniendo en su clínica a Maribel, Juanito consiguió que un antiguo amigo de Simón, les prestase Villa Santa Clara, una cómoda propiedad rural a unos treinta kilómetros de la capital hondureña, en inmediaciones de un bosque de pinos y lo suficientemente alejada de la carretera principal, como para ofrecer un refugio seguro. Allí fue trasladada la joven enferma junto con Lorena y Adriana que habían viajado desde Managua para apersonarse de la situación.
Neutralizado el riesgo que implicaba la presencia de Maribel en la clínica siquiátrica, el doctor Mendieta había accedido a continuar su tratamiento utilizando los procedimientos modernos para manejar ésta enfermedad, conocidos en la comunidad médica como short term therapy. Según explicó el doctor, el Trastorno Afectivo Bipolar no tenía cura, una vez manifestado, pero era controlable con el uso de medicinas ― ansiolíticos para las fases maníacas y antidepresivos para la fase contraria ―; siempre y cuando, el paciente evitase hasta donde fuera posible las condiciones de presión y estrés que habían desencadenado la enfermedad. En el caso de Maribel, recomendaba un período de reposo de un par de meses, dedicados a establecer una nueva forma de vida y a prepararse para reanudar la relación con su padre y su hermana. Él estaría visitándola una o dos veces por semana para verificar los progresos y consideraba que a finales de mayo o comienzos de junio podría viajar al reencuentro con su familia.
En pocos días, los cambios en la conducta y en el ánimo de Maribel eran evidentes; incluso su aspecto físico había mejorado y se le notaba tranquila. La rutina diaria incluía media hora de ejercicios al aire libre, antes del desayuno; dos horas de clase de guitarra con Adriana; trabajo en la huerta situada a espaldas de la casa; almuerzo y breve siesta. En las tardes las tres mujeres se reunían a conversar en la biblioteca y Maribel que había recuperado su sentido del humor, entretenía a sus amigas con simpáticas anécdotas de su permanencia en Cuba y de su actividad como oficial del ejército sandinista. En todo momento, Lorena y Adriana dejaban que Maribel tomase la iniciativa en las conversaciones y habían evitado tratar el doloroso tema de la relación con su padre y su hermana. Por su lado, la joven en ningún momento había hecho referencia a los traumáticos episodios que habían alterado su mente y los alejaba de su pensamiento cada vez que acudían. La narración detallada de lo sucedido con la muerte de Max, la explosión de la bomba y la eliminación de Black Jack, había quedado en el diván del doctor Mendieta y para su propia sanación, era importante que allí permaneciera. De ese pasado tormentoso e incierto sólo quería conservar un grato recuerdo: Misael Luque. Ya se había enterado del parentesco de éste con Nando y de su valerosa actitud al decidir no denunciarla.
El único problema por resolver era de tipo migratorio. Braulio y Nando habían decidido no usar el pasaporte guatemalteco que portaba Maribel pues consideraban que podía ser riesgoso utilizarlo; así pues, la única opción que les quedaba era acudir a Marietta Gruber para que, moviendo sus contactos con las altas esferas de Washington, encontrase la forma de evacuar a la joven hacia Miami con estatus de exiliada política. Con ese objetivo Braulio había viajado esa mañana a los Estados Unidos.

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Campamento de ARDE, Frontera Sur de Nicaragua, sábado 31 de marzo de 1984

Las aguas del río San Juan se rizaron por efecto del movimiento rotativo en las aspas del helicóptero que se aproximaba. Misael alertado por el ruido de la nave, recogió su equipo y se encaminó al pequeño claro que servía como helipuerto, en la rivera nicaragüense del río a pocos metros del puesto de mando de ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática), el frente contrarrevolucionario que había organizado Edén Pastora, como jefe militar, y al cual se había unido Alfonso Robelo como líder político. Allí concluía, para el oficial colombiano, el tercer y último día de la visita de inspección que acababa de realizar siguiendo instrucciones del coronel Stanton.
En ese lapso había podido comprobar varias cosas que pensaba incluir en un corto pero contundente reporte: la cifra de combatientes activos había sido notoriamente exagerada; Pastora recibía de la CIA un dólar diario por cada hombre en armas, pero la cifra de tres mil quinientos dólares era cuatro veces superior a la cantidad real de sus tropas; la fuerza de ARDE, tenía planeado capturar algunos enclaves en la Costa Atlántica, pero Misael dudaba de que pudieran sostenerlos, precisamente por falta de efectivos; la moral de las tropas era normal pero su entrenamiento era deficiente; y lo peor, había serias discrepancias entre Pastora y Robelo pues el primero se oponía rotundamente a una fusión con la contra de Honduras, en tanto que el segundo era partidario de la unión. Misael había llegado al convencimiento de que Edén Pastora era un ególatra que empleaba mas tiempo en recrear sus glorias pasadas que en pensar seriamente en el futuro de su accionar con la tropa que había conformado; anticipaba que en caso de que aceptase unirse a la FDN surgirían serias disputas por el liderazgo que podrían poner en riesgo los objetivos estratégicos de toda la operación.

Esa misma tarde, Misael redactó su informe y viajó por tierra, desde la base militar de El Aguacate hasta Tegucigalpa en donde se entrevistó con el coronel Stanton. Una vez cumplida la formalidad, decidió desplazarse hasta Villa Santa Clara, cuyas señas le había indicado Nando, con el único propósito de volver a ver a Maribel Argüello. Era indudable que el arrebatado gesto de la joven trastornada, había logrado trastornarlo a él. Desde entonces, no lograba alejar de su mente la imagen de la hermosa e impulsiva joven.
El sol poniente dibujaba arreboles en las nubes y pintaba de rojizos tonos las hojas de los árboles, cuando Misael detuvo el campero frente a la casa principal de Villa Santa Clara. La intriga de Lorena y Adriana ante el visitante se despejó con el súbito cambio en la expresión de Maribel que se volvió hacia ellas, les dijo “es mi doctor Zhivago”, y salió a su encuentro para sorprenderlo con una efusividad y un entusiasmo que le recordaron a Adriana los mejores tiempos del romance de la pelirroja con Max.

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Washington, martes 17 de abril de 1984

― Siempre he dicho que no se trata de tener muchos amigos, sino de tener pocos pero muy bien ubicados en los centros de poder ― le dijo Marietta a Braulio con el rostro iluminado por la satisfacción que produce haber contribuido a la solución de un problema, que para cualquier mortal común y corriente parecería insoluble. Un brillo orgulloso en sus ojos, denotaba que ella no se consideraba así misma ni común, ni corriente.
A Braulio le parecía imposible que con solo dos llamadas telefónicas se hubiese resuelto el problema migratorio de Maribel. Las respuestas a los interrogantes que semanas antes se habían planteado con preocupación los amigos de la joven en Tegucigalpa, sobre cómo, cuándo, y hacia dónde trasladarla, las había encontrado el todo poderoso Senador William Richardson, sin hacer un esfuerzo mayor al requerido para ordenar, telefónicamente, una pizza en un restaurante. En menos de veinte minutos quedó demostrado que el senador Richardson era uno de los hombres con mayor poder en las altas esferas políticas de Washington. También quedó claro que la estrategia de Marietta de esperar los resultados de la exposición y la subasta había funcionado: antes de pedir apoyo para evacuar a Maribel, había presentado al senador su oferta de donar un helicóptero y doscientos mil dólares en medicinas para la contra.

El senador Richardson era el líder del grupo de congresistas de la derecha republicana, conocidos por la opinión como “Los Halcones” en contraste con sus colegas demócratas a quienes llamaban “Las Palomas”. El veterano político tenía gran ascendiente sobre el director de la CIA y por ello le resultó muy sencillo atender el requerimiento de Marietta. Lo acordado implicaba que el avión C130 en que se llevaban dos veces por mes provisiones a la contra en un vuelo hasta la base militar de El Aguacate en Honduras, trasladaría en la última semana de mayo el helicóptero, desarmado y las medicinas adquiridos con los fondos recaudados por Marietta y de regreso traerían a Maribel para que se reuniera con su familia. Maribel ingresaría a los Estados Unidos como asilada política y podría fácilmente obtener sus documentos como residente en los Estados Unidos.
Esa misma tarde Braulio y Marietta regresaron a Miami y la francesa quedó con la responsabilidad de poner al tanto a Aníbal sobre el regreso de su hija. Obviamente se le informaría que Maribel deseaba de todo corazón reencontrarse con su familia, pedir perdón y buscar la forma de iniciar una nueva vida que le ayudase a resarcir el daño que su absurda ruptura, a raíz de la muerte de Max, le había causado a los suyos.

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Ciudad de Panamá, viernes 20 de abril de 1984

El aspecto corriente, inofensivo, casi anodino de Iscariote, encubría a la perfección su oficio: asesino profesional. Su verdadero nombre, su edad y su origen, se escondían en media docena de pasaportes que acreditaban diferentes nacionalidades y profesiones. En realidad era un apátrida cuyo único credo era la eficiencia y la pulcritud en su trabajo por el cual cobraba tarifas de seis cifras a quien pudiese pagarlas. El turbio escenario de la Guerra Fría había propiciado las circunstancias para que Iscariote acumulase una considerable fortuna y un auténtico respeto entre los jefes de los servicios secretos de las dos potencias, que acudían a sus servicios para “resolver problemas” en los cuales no consideraban conveniente involucrar a sus propios efectivos. En años recientes, desde que el enfrentamiento Este-Oeste comenzaba a tener vigencia en Centro América y el Caribe, Iscariote había establecido en Panamá una sede alterna y desde allí, había planificado y ejecutado múltiples operaciones especiales por cuenta de la KGB y de la CIA. Entre sus víctimas, en atentados impecables, se contaban un exministro disidente en Cuba, un obispo católico en El Salvador, un candidato presidencial de izquierda en Guatemala, un antiguo general de la Guardia Nacional nicaragüense y el rector de una universidad hondureña, entre otros.
Para contactar a Iscariote, era necesario ser referido por uno cualquiera de los altos oficiales, en ambos servicios de espionaje, con quien éste hubiese tenido negocios en el pasado. El sistema era simple: el nuevo cliente debería comunicarse con un número telefónico en Lisboa y responder unas cuantas preguntas. En menos de cuarenta y ocho horas recibiría una llamada telefónica del propio Iscariote definiendo el lugar y la hora de la cita.
Dos horas antes de lo acordado con su nuevo cliente, Iscariote se registró en el Hotel Continental de la Vía España en Ciudad de Panamá, bajo el nombre de Alexander Bright, ciudadano australiano, se instaló en una confortable suite y se dispuso a esperar la llegada de un tal comandante Martínez, del Ejército sandinista, que venía recomendado por el coronel Igor Vlasinsky, oficial residente de la KGB en Managua, a quien Iscariote conocía de operaciones anteriores en Europa Oriental.
Media hora duró la reunión entre Iscariote y el comandante Martínez; en resumen: el nicaragüense aceptó el precio de doscientos mil dólares por la operación que debería ejecutarse en menos de sesenta días. Según lo acordado entregó un maletín con el cincuenta por ciento en billetes de banco de baja denominación. Lo verdaderamente interesante para Iscariote era que una semana antes el coronel Stanton, de la CIA, le había anticipado una suma exactamente igual por el mismo objetivo: Edén Pastora.

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Villa Santa Clara, sábado 26 de mayo de 1984

El tratamiento del doctor Mendieta, los cuidados de sus dos amigas y la rutina apacible de Villa Santa Clara, no habían contribuido tanto a la increíble recuperación de Maribel, como las tres visitas que en las últimas semanas le había hecho Misael. Ese día la joven lo esperaba con ansiedad pues sería la última vez que se verían antes de su viaje a Miami, previsto para el lunes de la siguiente semana. Las tres mujeres habían conspirado para que Maribel pudiese pasar su primera noche de amor a solas con su “doctor Zhivago”. Una prueba de que Maribel ya había logrado controlar su enfermedad y su comportamiento era normal, la constituía un cuaderno en que la joven había compuesto, como en su primera juventud y para su primer amor, una serie de hermosos poemas eróticos.
Misael llegó a Villa Santa Clara al caer la tarde trayendo como presente un hermoso ramo de rosas rojas. Bien pronto, el colombiano leyó en los ojos de la apasionada Maribel lo que sucedería esa noche largamente anhelada… Al día siguiente poco antes de partir, Misael le prometió a Maribel que en sus próximas vacaciones iría a visitarla a Miami. Al despedirse, ambos quedaron con la sensación de haberse reencontrado con el amor y llenos de la esperanza y la ilusión que produce en los seres humanos el amor correspondido.

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