Takumara y Kundemaro

Posted on : 30-04-2010 | By : kapizan | In : Encuentros de Almas Gemelas

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Islas del Pacífico año 3.113 A.C.

La suave brisa matutina, un rayo de sol que se filtró por entre el follaje que la cubría y el cálido aliento de un venado sobre su rostro, despertaron a Takumara de su profundo y reparador sueño, después de una larga jornada a pie desde su aldea. Lentamente para no asustar al animal se incorporó sonriente y le acarició con ternura la cabeza y el lomo; salió de su improvisado refugio, se dirigió al lago cercano, bebió agua en el cuenco de la mano y se enjuagó el rostro. El agua fría le proporcionó una agradable sensación de frescura que la hizo sentir tonificada y optimista.

A este ritmo, pensó, llegaré en tres días a la tierra de los hermanos que viven en la montaña. A continuación, de cara al sol, con sus ojos color caramelo completamente abiertos, oró al gran espíritu agradeciéndole el estar viva y el permitirle disfrutar de la belleza y la armonía de la naturaleza. Extendió sus brazos con las palmas de las manos hacia arriba y lentamente, tensionando los músculos, desplazó las manos hasta colocarlas unidas por las yemas de los dedos frente a su cara de pómulos ligeramente destacados y facciones hermosamente delineadas. Colocó los dedos pulgares tapando las fosas nasales, haciendo inhalaciones alternadas de aire en forma rítmica y pausada, mientras repetía mentalmente, las invocaciones que Jadkim, el sacerdote que la había iniciado tres lunas antes en el arte del amor y le había enseñado a controlar el uso de su fuerza sagrada, al declararla ante el resto de la tribu mujer sana y apta para procrear.
El ejercicio anterior energizó su cuerpo, despejó su mente y le produjo una dulce sensación de plenitud que recorrió su piel desnuda desde la planta de los pies hasta la coronilla. Durante las inhalaciones, que se prolongaron por espacio de diez minutos, su mente estuvo centrada en la visualización de una blanca y delicada flor de ayuro, una planta reconocida por todos en la tribu como el símbolo de la pureza y el amor.

Takumara, acostumbrada desde su primera infancia a bañarse en el mar, no resistió la tentación de hacerlo en las dulces y cristalinas aguas del sereno lago que veía por primera vez a la luz del día, misterioso en su quietud pero invitador. Entusiasmada como una niña, desanudó el cintillo multicolor que rodeaba su cabeza a la altura de la frente como único símbolo de su noble estirpe; con manos ágiles trenzó su larga y espesa cabellera negra; descolgó de su hombro la mochila terciada, con las viandas de pescado seco y maíz; estiró sus brazos al frente y sin pensarlo dos veces, zambulló su cuerpo en las frías aguas que la acogieron formando perfectas ondas concéntricas en torno a su figura. Retozó un largo rato, nadando con sincrónicas brazadas o remando boca arriba con los brazos extendidos a los lados, mientras flotaba en las apacibles aguas y contemplaba extasiada el vuelo de las aves que planeaban con elegancia en un cielo sin nubes. De repente tuvo la impresión de que la observaban; entonces, al girar la cabeza hacia la orilla opuesta del lago, lo vio: sonriente, con los brazos cruzados sobre su ancho y formidable pecho, el cuerpo broncíneo, bien proporcionado, varonil, para sus ojos: ¡hermoso! Nadó hacia él, que galantemente hincó una rodilla en tierra y le extendió la mano derecha para ayudarla a salir del lago.

Una vez en la orilla, la muchacha se volvió de espaldas a él, soltó la trenza, alisó su cabello con los dedos, desenrolló el cintillo que había envuelto en la muñeca izquierda, lo estiró, lo colocó sobre la frente, lo anudó por detrás de la cabeza con rápido movimiento de sus manos y giro en redondo para mirarlo, sin asomo de pudor mientras le ofrecía una cálida sonrisa y la visión de su cuerpo escultural completamente desnudo.
El joven sostuvo su mirada por un largo rato, como escudriñando su alma, retrocedió dos pasos sin dejar de mirarla, se detuvo, recorrió con los ojos el contorno femenino y en tono admirativo, con voz clara le dijo:
— ¡Eres hermosa Takumara!
Ella que se había sentido complacida con la acariciadora mirada del mancebo, se sobresaltó un poco al escuchar su nombre y un tanto nerviosa, pero sin perder la dignidad y la compostura, sólo atinó a preguntar:
— ¿Acaso eres Kundemaro el nieto del Taita Kunde?
— En efecto princesa, yo soy Kundemaro. El Taita ― agregó con una amplia sonrisa y un resplandor en sus ojos negros ―, no me habló del brillo mágico de tu mirada y le faltaron palabras para expresar lo que yo iba a sentir en tu presencia.
— En cambio de tí no me anticiparon ningún detalle ― explicó Takumara mientras experimentaba una extraña sensación de alegría que no podía definir ― la abuela Yaya, sólo me dio tu nombre, me dijo que eras el primogénito de Kundegaro y nieto del Taita Kunde y sin más aclaraciones, me ordenó emprender camino hacia las montañas, diciéndome que al encontrarte, me indicarías lo que debo hacer.
— Eso haré ― replicó él con un tono de voz que a Takumara le gustó.
— Ven, vamos a sentarnos a la sombra de aquel árbol ― dijo el joven tomándola de la mano y dirigiéndose hacia un frondoso sicomoro, que sobresalía de la exuberante vegetación que rodeaba el lago a unas trescientas varas de la orilla.
— No te preocupes por tu mochila, yo tengo suficientes viandas para los dos ― dijo mientras apresuraba ligeramente el paso y agregó ― caminé toda la noche cruzando el valle que se extiende al pie de las montañas y al rayar el alba descansé debajo del árbol, dormí un rato, me desperté con la luz del sol y me levanté con intención de bañarme en el lago; entonces te ví y no me atreví a interrumpir tu deleite; me pareció que nunca habías disfrutado un baño en aguas dulces.
— Es cierto, nunca. En nuestra aldea solamente utilizamos el agua lluvia para beber, para preparar los alimentos y para lavar nuestros cuerpos ― contestó Takumara que sentía la curiosa sensación de haber conocido a Kundemaro desde siempre. El contacto con sus manos le proporcionaba una dulce sensación de tranquilidad, seguridad y confianza a la vez que sentía la transmisión de su potente energía.

Al llegar al sicomoro, Kundemaro se adelantó unos pasos, apartó con la mano unos arbustos y arrastró hacia el árbol un enorme y pesado fardo de cuero crudo, amarrado con tiras delgadas del mismo material. Con movimientos rápidos desanudó el paquete, lo abrió y de su interior extrajo una especie de machete de cobre, dentado como una sierra por uno de sus filos y cuidadosamente afilado por el otro; un enorme mazo de piedra; un cuchillo de plata con mango de hueso; una estera de hoja de palma entretejida, que venía enrollada; siete vasijas de cobre de diferentes tamaños; dos copas de plata con inscripciones rúnicas en bajo relieve; una bolsa de cuero curtido, repleta de carne de venado, magra, seca, salada, y cortada en lonjas pequeñas; y un cesto cilíndrico de mimbre con tapa del mismo material y con abundante provisión de tortillas de maíz cocido.
Cuando hubo terminado de extender sobre el envoltorio de cuero todos los elementos del menaje, tomó la vasija de cobre más grande y emprendió un ligero trote hacia un pequeño arroyo que corría paralelo al borde del lago, como a quinientas varas del árbol; llenó la vasija de agua pura y regresó al lado de la muchacha que lo observaba recostada en el tronco del sicomoro; se agachó, escogió dos lonjas de carne seca, dos tortillas y llenó las dos copas con agua, se sentó al lado de ella y le dijo:
— Lo que tengo que indicarte es breve, pero muy importante; sin embargo, creo que es mejor comer antes.
— Como prefieras ― respondió Takumara que sentía una gran curiosidad pero estaba muy hambrienta.
— Toma ― dijo el joven, tendiéndole un trozo de carne, una tortilla y una copa de agua. Comieron lentamente y en silencio, disfrutando cada bocado y la compañía mutua en medio del paradisíaco paisaje. Al terminar, él se colocó de rodillas frente a ella, apoyando el cuerpo sobre los talones y mirándola intensamente a los ojos, le dijo con voz que denotaba una profunda emoción:
— El Taita Kunde me hizo una revelación; me dijo antes de partir a tu encuentro que había recibido un mensaje en sueños, del gran espíritu, quién le indicaba que yo su nieto y único heredero desde la muerte de mi padre, debería tomar por esposa a la princesa Takumara nieta de la abuela Yaya, la mayor y la más sabia del consejo de ancianas, que gobiernan la tribu que habita más allá del lago a orillas del mar que circunda nuestra isla, ― Kundemaro hizo una pausa para observar la reacción de la princesa. Takumara, sin pronunciar una sola palabra, se levantó para situarse de rodillas frente a él tomó sus manos y en un susurro le dijo:
— Continúa por favor.
El joven se sintió reconfortado por la suave pero firme presión de las manos de ella sobre las suyas y prosiguió:
— También me dijo el Taita, que tú y yo tenemos asignada una misión muy importante: una vez consumada nuestra unión, habremos de convivir solos a la orilla del lago por espacio de siete años criando el fruto de nuestro amor, que será un par de mellizos, a quienes llamaremos Brendamaro y Brendamara, pues serán un niño y una niña; y que al término de ese periodo, nos traslademos a las montañas, en donde viviremos otros siete años en medio de mi tribu, para conocer a fondo nuestras costumbres y nuestro sistema patriarcal de gobierno; concluido lo cual, descenderemos a la orilla del mar para convivir siete años más con tú tribu y en igual forma aprender sus costumbres, sus tradiciones y su sistema matriarcal de gobierno; y que en este último lapso, construiremos una gran embarcación que llevará a nuestros hijos y a todos los jóvenes de ambos sexos de las dos tribus, menores que ellos, hasta un continente de grandes cordilleras que queda a cien leguas de nuestra isla, en dirección al sol poniente; y que allí se asentarán y fundarán un gran imperio que preservará lo mejor de nuestras tradiciones y será gobernado por nuestros hijos con una forma de gobierno que combine nuestros sistemas actuales, procurando una convivencia armónica y pacífica. Eso es todo lo que me comunicó el Taita Kunde ― concluyó Kundemaro y se quedó en silencio, mientras oprimía con fuerza las manos de la joven ―.

Permanecieron sumidos en sus propias reflexiones y con las manos entrelazadas más de dos horas, hasta que movidos por un súbito impulso, se pusieron de pie, se abrazaron y se unieron en un prolongado beso que selló su unión por el resto de sus días. Al atardecer, se hizo visible en el firmamento la mitad de la luna anunciando el comienzo de la fase de luna llena. Los dos jóvenes tomados de la mano, percibieron la señal del astro nocturno y comprendieron que la hermosa misión de procrear los anunciados mellizos, se completaría en siete noches.

13 Comentarios

No me canso de tu minuciosa narrativa que muestra con precisión cada paso de tus personajes. Linda la historia y los paisajes. Un cerrado aplauso. Quedo a la espera. JUAN HERRERA G.

Gracias por el aplauso. En verdad ese es el único alimento del artista.Un abrazo.

Socito

Sencillamente reconfortante

Gracias

Me alegra ayudar a reconfortarte mi querida socia.Un abrazo.

Viejo Capi… una historia diferente sin guerras y sin muertos.. rica, deliciosa y paradisíaca. Gracias.

Gracias viejo Freddy. Como estás enamorado recomiendo que leas los otros cuentos publicados, en este blog, en la categoría de “Encuentros de Almas Gemelas” y que los compartas con tu adorada y adorable Luisa. Conociendo el caso, yo diría que ustedes son la prueba de que las almas gemelas existen y se encuentran cuando lo merecen por su alto nivel de evolución y espiritualidad. Un abrazo para ambos.

¡Hola, Don Capi! No puedo menos que estar de acuerdo con los comentarios anteriores. Un cuento muy bonito, dulce y agradable de leer. Hubiera sido lindo conocer personalmente a Takumara (si hubiera nacido en esta época seguramente sería top model). Un abrazo, Don G.

Gracias Don Guillermo por tu amable comentario. En realidad la chica que me inspiró a Takumara es una de mis primeras amanuenses: Claudia patricia , quien había sido reina de belleza en en Neiva, Colombia. Un abrazo.

Ah! Como se diría por estos lados… ¡flor de inspiración!

Pancho,0tra vez me pones con tus relatos a volar la mente…y ahora solo espero que mi vicky davila como takumara me engendre un par de mellos.Desde la hermosa bahia del rodadero en espera de cumplir mi fantasia,un fuerte brazo.

Manten la fe y no pierdas la esperanza que algún día tu Vicky aparecerá para calmar todos tus afanes. No desesperes que la fe todo lo puede.

Un abrazo

Capi:La belleza de su prosa transporta al lector

a otros mundos.A kapizania.

Mi querido Gabriel muchas gracias por el comentario y por ponerle un nombre al mundo de mi fantasía:Kapizania

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